Reina Villana – Capítulo 53: La plaza de la ciudad

Traducido por Dimah

Editado por Ayanami


Cuando Eugene finalmente terminó de vestirse, se dio la vuelta y vio a Kasser de pie, esperándola, sin una capa a la vista que lo cubriera y ocultara su identidad. Frunció el ceño tan pronto como se acercó a él.

—Su Alteza, ¿dónde está su capa? —Kasser la miró y luego observó su atuendo.

—No necesito una. —Él dijo con confianza. Ante esa respuesta, Eugene plegó los labios.

—Usé la mía para ocultar mis ojos, a pesar de que no se notaban, —señaló. —Tus ojos, por otro lado, pueden ser vistos fácilmente por casi cualquier persona.

—Puedo cambiar el color de mis ojos en el momento que lo desee. —Explicó y, de repente, cerró los ojos por un momento.

Cuando los abrió, las pupilas de Eugene se agrandaron y dejó escapar un pequeño grito de sorpresa. Su iris ya no era de un tono azul claro, sino de un matiz más oscuro, muy similares a los de la gente del reino.

—Con poca iluminación, casi parece marrón, —afirmó Kasser —las personas no se darán cuenta.

—¿Cómo hiciste eso? —Preguntó asombrada, al mismo tiempo que lo miraba a los ojos.

—Yo… —se aclaró la garganta cuando ella se acercó más de lo esperado. —Es gracias a mi Praz, no es fácil de explicar. —Dijo. Eugene retrocedió al darse cuenta de lo cerca que habían estado.

—Sin embargo, ¿qué pasa si alguien te reconoce… incluso cuando cambias el color de tus ojos?

—Nadie podría identificarme. —Él la tranquiliza y ella frunce el ceño.

Sin estar convencida, insistió: —¿Nadie en toda la ciudad conoce tu rostro? —Sacudiendo la cabeza.

—¿Por qué crees que lo harían? —Le preguntó sonriendo.

—Bien, haces visitas tan frecuentes fuera del palacio…, —comenzó a hablar y se detuvo abruptamente; fue entonces cuando se dio cuenta de que, a pesar de las frecuentes salidas que el rey hace fuera de los muros del palacio, ninguna de las personas se atrevió a mirarlo a la cara.

Probablemente, nadie tiene el coraje de tan solo verlo a los ojos.

E incluso si se atrevieron, no pudieron identificar solo su rostro sin que su brillante cabello azul y sus ojos lo delataran.

Aun así, había algo que la seguía inquietando. Incluso ocultando el color de sus ojos y cabello, su rostro se destaca entre la multitud.

—¡Aunque no te reconozcan, seguirás sobresaliendo entre la gente! —insinuó. —Dudo mucho que tengamos un viaje tranquilo esta noche, no cuando, sin importar el lugar al que vayamos, la gente volverá la cabeza hacia nosotros debido a ti. Deberías usar una túnica. —Añadió, después de vacilar por un instante.

Fue en ese momento que se dio cuenta del silencio reinante en la habitación y de que se equivocó. No había tenido la intención de sonar imperativa, pero para los demás, podría haber parecido que le estaba dando órdenes al rey.

Contrario a sus pensamientos, los susurros de los sirvientes a su alrededor se debían a otra razón.

Ella no podía percibirlo, pero desde el punto de vista del personal presente, estaban teniendo una conversación muy íntima. Una que generalmente se escucha entre parejas casadas.

A pesar de no hacerlo como un espectáculo a mostrar, Eugene pensó que tener conversaciones como esta, como dos amigos, era completamente normal.

Tanto Marianne como los sirvientes, los rodearon, observándolos. La diversión era evidente en sus ojos mientras disfrutaban el intercambio. Daban la impresión de que se encontraban más cerca de lo que en realidad estaban.

Afortunadamente, la tensión del silencio fue rota por la ligera risa de Marianne.

—Su Alteza —interrumpió Marianne. —Su Majestad, la Reina, tiene razón; es una salida por su bien, sería mejor que siguiera sus sugerencias.

Eugene apretó los labios en una fina línea, nerviosa, pensando que, de alguna manera, había ofendido al rey con su pedido, pero parecía que no tenía nada de qué preocuparse. Kasser suspiró con resignación y luego se volvió hacia un sirviente, ordenándole que fuera a buscar su capa.

—Tráeme mi capa. —Ordenó, el criado se inclinó y fue a buscarla.

—Si, su Alteza.

Poco después, el sirviente regresó, en sus manos estaba la capa. Cuando Eugene se hizo a un lado, observó cómo ayudaban al rey, colocando la prenda sobre sus hombros.

No pudo evitar sentir que algo dentro de ella se agitaba, era una sensación extraña saber que un gobernante supremo seguía su orden, incluso si se trataba de un asunto trivial.

Cuando se puso la capa y los sirvientes retrocedieron para darles algo de espacio, Kasser la condujo al frente de los jardines. Allí se encontraba un hombre, y detrás de él había un carruaje, tirado por un par de caballos, esperándolos.

Desde lejos, Eugene notó que el hombre era bastante alto, al acercarse y una vez que lo tuvieron enfrente, no pudo evitar reconocerlo. Eugene finalmente descubrió que era uno de sus guías nocturnos.

—Sven. —Kasser llamó, reconociendo al caballero.

Sven se inclinó ante el rey, luego ante la reina, y les dio sus propios saludos. Cuando se enderezó, se presentó a Eugene.

—Mi nombre es Germane Sven, Su Majestad. Seré su escolta esta noche para cualquier emergencia que pueda surgir. Tenga la seguridad de que no se dará cuenta de mi presencia.

Pasaron un par de minutos más hasta que Eugene se dio cuenta de por qué se veía tan familiar.

—Ah, por supuesto, ha pasado un tiempo desde que nos conocimos, —dijo Eugene, y Sven le dedicó una sonrisa encantado.

Sven había sido una de las personas que la encontró en el desierto, de hecho, fue el primero a quien vio. También había liderado al grupo de guardias que la trajeron de regreso al palacio. En ese entonces, estaba segura de que la habían confundido con otra persona.

Sin embargo, el temor de quedarse atrás en medio del desierto se había apoderado de ella, por lo que permaneció en silencio. Ella había mantenido la boca cerrada hasta que llegaron al reino. Sven también había guardado su distancia durante ese incidente, solo hablándole cuando era necesario.

Pero él fue el más atento, dándole la comida y el agua necesarias, así como una cama cómoda para dormir cuando estaban de viaje.

Lo recordaba como si fuera ayer, el miedo de despertarse con nada más que vientos, arena y el calor abrasador del sol. Muy pronto, se encontró rodeada de extraños y llevada en contra de su voluntad.

Mirando hacia atrás ahora, encontró sus acciones extremadamente reconfortantes, y estaba agradecida por ello.

—Olvidé agradecerte, por lo de la última vez —le dijo.

—No me debe agradecimiento, Su Majestad. —le aseguró: —solo hice lo que se esperaba de mí. Permítame ayudarla a subir. —Él le ofreció su mano, estabilizándola mientras subía al carruaje.

Una vez que ambos miembros de la realeza estaban en el carruaje, partieron hacia la ciudad. Mientras Eugene se sentaba, observó cómo pasaban junto a los muros del palacio, se volvió hacia Kasser.

—¿Es Sven el único que estará con nosotros hoy? —No había visto a ningún otro guerrero escoltándolos. Kasser se giró hacia ella y asintió.

Respetó mi deseo con respecto a los guardias. Ella pensó.

Su última discusión sobre los guardias realmente no llegó a una conclusión, por lo que había asumido que él haría lo que quisiera y traería un pequeño grupo de escoltas. Después de todo, estaba bastante convencido de que necesitarían más de uno.

Sabía que no era mucho el avance, pero se sintió extremadamente conmovida por el gesto. En su novela, que ella escribió, Kasser era un hombre irreprochable. Una vez que había pensado que algo era correcto, no existía nada o nadie quien pudiera hacerlo cambiar de parecer.

—¿A dónde nos dirigimos primero?

—A la plaza —le dijo, e hizo un gesto hacia los caminos más adelante, —hay varias rutas para llegar a ella, así que puedes decidir cuál tomaremos.

Cuando ella eligió, hicieron lo que les había pedido y siguieron un camino en particular. El carruaje pronto se detuvo, Kasser salió primero y ayudó a Eugene a bajar. Tan pronto como descendió, jadeó asombrada ante la plaza que apareció ante sus ojos.

Se detuvieron en la esquina, pero desde allí podía ver el centro donde había crecido un árbol enorme; sus ramas se extendían en un arco hacia arriba, con hojas lo suficientemente grandes como para dar sombra, su tronco es tan ancho que parecía que se necesitarían al menos diez personas para rodearlo.

Alrededor del tronco se colocaron una serie de lámparas, su luz cálida y brillante resplandecía sobre las hojas, incluso bajo el negro cielo como la boca de un lobo. Cuando Eugene desvió la mirada hacia el suelo, vio piedras de colores de varias formas y tamaños cubriendo el suelo, como un piso de mosaico.

Fue entonces, cuando se dio cuenta de que la plaza se parecía a algo…

La Ciudad Santa. —Pensó y echó otro vistazo a su alrededor. Estaba segura de que el diseño utilizado para esta glorieta fue la de la plaza en la Ciudad Santa. Pero era simplemente una imitación, ya que el tamaño era más pequeño.

Sin embargo, esto le trajo una sensación espeluznante, una que lentamente logró llenarla.

Eugene había diseñado la plaza de la Ciudad Santa puramente a partir de su imaginación, y en el medio había un árbol enorme como pieza central.

Alrededor de la glorieta había familias, amantes y amigos, todos caminando, divirtiéndose, con una sonrisa en sus rostros. Algunos incluso estaban sentados en los bancos de madera colocados debajo del árbol.

Se sintió aún más emocionada ahora que lo estaba viendo en persona. Aunque el palacio era increíble, se percibía irreal. La plaza, por otro lado, era mucho más familiar y, por lo tanto, la hacía más impresionante.

En Mahar, las personas con las que Eugene había estado eran solo gente normal. Tan diferente de su mundo original, la vida en la que una vez vivió.

¿Dónde… dónde estoy parada?

¿Estaba realmente en medio de su novela? ¿Era posible crear un mundo solo con su imaginación?

—Jin. —Eugene saltó. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que estaba sosteniendo sus manos con fuerza. Cuando ella intentó soltarse, él la agarró con más solidez.

Ella levantó la vista y lo miró a los ojos.

—¿Quieres volver? —Él dijo. Su voz se escuchaba llena de preocupación. Eugene negó con la cabeza.

—No, solo estoy un poco sorprendida. Es más tranquilo de lo que imaginaba. Es como si nada hubiera pasado aquí.

Kasser miró a sus ciudadanos con una nueva perspectiva. Algunas personas pudieron haber muerto ayer, pero los sobrevivientes deben seguir viviendo. Pensó que sería difícil para ella entender sus vidas; tan llenas de guerra. Tan repletas de muerte.

—Quiero que te acostumbres a eso también.

—Yo no dije que no.

Kasser avanzó repentinamente, arrastrándola con él. Eugene lo siguió, tratando de no perder el equilibrio, caminaba bastante rápido. Rápidamente, disminuyó la velocidad cuando notó que ella estaba luchando por igualar su ritmo.

Es como si estuviéramos en una cita, —pensó Eugene mientras miraba sus manos entrelazadas.

Los dos caminaron cerca del árbol en el centro de la plaza.

—¿A dónde quieres ir? —Él le preguntó, y Eugene miró a su alrededor. Había múltiples caminos para tomar desde la glorieta. Cada uno conduce a mansiones de nobles, senderos llenos de casas de gente común, tiendas, mercados y mucho más.

Hmm… —pensó Eugene, mirando alrededor del lugar, tomándose un momento para decidir.

—No podemos visitar todos los caminos hoy. —Él agregó, y Eugene asintió.

—Lo sé. Eres un hombre muy ocupado, pero dedicaste algo de tiempo para hacer realidad este viaje. No tomaré mucho de tu tiempo. Siempre puedo regresar y pasar mi tiempo mirando alrededor. —Mencionó como un pensamiento tardío.

Kasser frunció el ceño ante el uso de la palabra ‘yo’. No pensaba que este viaje juntos fuera una pérdida de tiempo.

Quería estar con ella. Cuando estaba a punto de aclarar el malentendido.

—Yo…

—¿Qué tal ir allí? —Eugene interrumpió a Kasser antes de que pudiera decir más. Miró hacia donde ella señalaba. —¿Qué hay a lo largo de ese camino?

—Hay almacenes propiedad de comerciantes y posadas donde se hospedan los viajeros.

—Probemos esa calle.

—¿Esa? No habrá mucho que ver allí. —Él le dijo, y Eugene se encogió de hombros.

—Bien, ese camino me llamó la atención. Vamos. —Ella le dijo y empezó a bajar por ese sendero.

A Kasser no le gustó su idea. Era uno de los lugares menos seguros de la ciudad, donde los vagabundos deambulaban por las calles. Pero Kasser comenzó a caminar hacia donde ella señalaba sin más quejas. Estaba seguro de que se encontraba a salvo con él de pie a su lado.

Caminando junto a Kasser, los ojos de Eugene empezaron a agrandarse.

¿Por qué ese camino parece familiar? —Pensó nerviosamente, mientras observaba la dirección a la que se dirigía. Cuanto más sus pasos se acercaban al borde de la plaza, se dio cuenta de que su déjà vu no era solo una ilusión.

Conozco este lugar… Parece que he estado aquí antes.

Concretamente, Jin había estado aquí anteriormente. Era similar a cómo la memoria de Anika se representaba en su cabeza cuando entró por primera vez al comedor.

Pensé que Jin solo pasaba sus días en su dormitorio y estudio. ¿Cuándo vino aquí? Cuanto más pensaba en ello, frunció el ceño y, se giró hacia el rey.

—¿Hice viajes frecuentes fuera del palacio? —Preguntó, Kasser negó con la cabeza.

—Nunca dejaste el palacio antes. —Eugene sintió que su corazón comenzaba a acelerarse.

Oh, querida. ¿Por qué pensé que ella permaneció tranquilamente en el palacio? Obviamente podría haberse escabullido sin que nadie lo supiera.

Eugene se reprendió a sí misma. ¿Jin encerrándose en casa, mirando libros? No creía que pudiera ser más estúpida. Subestimó a la malvada mujer cuyo plan era trastornar el mundo. El estudio era sólo un truco, una coartada.

Los tres, incluido Sven, caminaron desde el borde de la plaza hasta la calle. Eugene escaneó el área rápidamente. Vio edificios toscos a ambos lados de la carretera, que parecían almacenes, con montones de cajas de madera en la calle. Personas, que parecían ser trabajadores, movieron las cajas al interior del edificio.

¿Qué hizo Jin aquí? Podría haber comprado artículos raros en secreto ya que es una calle llena de depósitos de comerciantes. Pensó que nada parecía sospechoso cuando algo captó su mirada. Sus pasos se detuvieron, mientras lo hacía, miraba fijamente al objeto que le había llamado la atención.

Era un edificio ruinoso, de unos dos pisos de altura. Hacía mucho tiempo que no se realizaban trabajos de mantenimiento en la edificación, la pintura verde oliva que se raspaba en las paredes exteriores era un indicio. Cuando Eugene se detuvo, Kasser se paró con ella y también giró la cabeza hacia el edificio.

—Es una posada cerrada. —Le dijo. Tablas clavadas sobre sus ventanas. —El edificio se ha cerrado.

Miró las ventanas cubiertas que él mencionó. A pesar de saber que estaba cerrado, seguía viendo destellos de escenas en lo profundo de su mente. Dentro del edificio había escaleras hechas de piedra que conducían al piso superior. Aunque parecía un edificio irregular en ruinas, en el interior, los peldaños estaban hechos con perfecta precisión. Subiendo los escalones, en el piso superior, había un pasillo estrecho con puertas, una frente a la otra. Una de esas puertas se agrandó y apareció frente a ella.

Luego vio la cabeza de una persona tendida boca abajo en el suelo. La siguiente escena se proyectó sobre ella como si estuviera hojeando un álbum… El hombre levantó la cabeza. Ella nunca lo había visto antes.

Tenía los ojos rojos.

Eugene respiró profundamente sorprendida. Kasser rápidamente sostuvo su cuerpo, que se tambaleaba por la conmoción.

Él la observó con un rostro severo lleno de preocupación. Su cara se veía cenicienta cuando él la miró.

—¿Estás bien? ¿Qué sucede?

—Yo… debe ser algo que comí. —Murmuró débilmente, tratando de no revelar demasiado.

—¿Por qué no me dijiste eso antes? Deberíamos regresar. ¿Puedes caminar? —Eugene asintió con confianza, pero se detuvo a los pocos pasos. Sus piernas se habían convertido en gelatina después de la impresión.

—¡Ah! —Ella gritó en el momento en el que su cabeza repentinamente comenzó a dar vueltas. Cuando finalmente se recompuso, sus piernas fueron barridas debajo de ella y Kasser la llevó al estilo de una novia. Se permitió relajarse y se apoyó en su pecho. Observó el viejo edificio por encima de sus hombros hasta que desapareció de su vista, mientras él la llevaba de vuelta a la plaza.

Eugene cerró los ojos. Estaba extremadamente agotada. El recuerdo de Jin nunca se había sentido tan intenso.

Algo había pasado en ese edificio.

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