Traducido por Shroedinger
Editado por Tsunai
Lo lamenté un poco.
¿De qué servía entrar con sigilo?
Si hubiera sabido que alguien irrumpiría con tanta alegría, habría irrumpido yo también. Aunque bueno, aún no era demasiado tarde.
Disparé de inmediato hilos afilados hacia la puerta. A mi voluntad, los finos filamentos alojados en el estrecho espacio comenzaron a forzar la cerradura.
En cuanto cedieron, las trampas se activaron al instante.
Esquivé una aguja envenenada y evité por poco un chorro de llamas que brotó de la pared.
Casi al mismo tiempo, el suelo del pasillo al otro lado empezó a derrumbarse.
Se están superando, pensé con una mezcla de indiferencia y resignación.
Mientras lo pensaba, enganché un hilo al techo y me impulsé hacia arriba.
Tras unos segundos, la nube de polvo que llenaba el pasillo comenzó a asentarse. Bajo el hueco recién abierto en el suelo se reveló una fosa con afiladas púas metálicas.
No sabía quién había diseñado eso, pero era una trampa bastante clásica. Extendí la telaraña que llevaba enrollada en la mano hasta la puerta abierta y me lancé en esa dirección.
Pateé la puerta con fuerza y entré.
El edificio seguía siendo un caos, así que nadie pareció notar el ruido. Y aunque lo hubieran hecho, sabía que pasaría un buen rato antes de que los guardias llegasen.
Agudice los sentidos y escaneé el entorno, pero no percibí ninguna presencia. Salvo una respiración débil, justo en el centro de la sala.
Avancé un par de pasos. Pisé una pluma en el suelo. Una gran jaula colgaba del techo. Y dentro, estaba la persona que había venido a buscar.
Pero su aspecto era lamentable: le habían arrancado por completo las alas y su cuerpo estaba cubierto de manchas de sangre seca.
Un brazo delgado colgaba fuera de la jaula, moviéndose débilmente. Los grilletes que lo sujetaban vibraban con cada leve intento de moverse.
La mujer alzó la cabeza con esfuerzo. Su melena azul ondulada se deslizó por su rostro, revelando cicatrices rojizas que marcaban su piel.
—Arachne…
Sus labios pálidos se movieron apenas.
—Has venido.
Estaba considerablemente peor que la última vez que la vi en el instituto de investigación.
Pero no al punto de volverla irreconocible. Después de todo, el envejecimiento de los sujetos de prueba se ralentizaba drásticamente una vez alcanzaban la adultez.
Lo que no podía entender era porque estaba encerrada en un lugar como este y en ese estado.
—¿Por qué me has llamado?
Fui directa, sin rodeos. No le pregunté cómo había acabado encerrada aquí, ni por su estado actual.
Supongo que, viéndolo desde fuera, podía parecer cruel que eso fuera lo primero que le decía a una antigua compañera de cuarto, a la que no veía desde hacía años.
Siren solía quejarse de mi falta de calidez incluso cuando estábamos en el laboratorio, así que no sería nada nuevo para ella.
Sin embargo, en esta ocasión, simplemente me miró con unos ojos apagados, como si ni siquiera le quedaran fuerzas para enfadarse.
Volví a hablar.
—¿Me has llamado para que te salve?
De nuevo, Siren me miró sin decir palabra. Tenía los labios tensos, apretados con fuerza.
Conocía bien su orgullo.
Por eso, a pesar de haber podido enviar un mensaje antes —un pájaro, una señal —no lo hizo. Aguantó. Aguantó hasta llegar a este punto.
—Si es así… dímelo.
Mi voz sonó seca, sin emoción. Y entonces, el cuerpo de Siren tembló levemente dentro de la jaula.
—Yo… ugh…
Intentó hablar, pero la voz se le quebró. Respiró hondo y al final, cuando por fin habló, su voz era tan áspera y rota que costaba creer que perteneciera a la misma Sirena cuyo canto había sido tan bello, tan encantador, que podía robar el alma de quien lo escuchara.
—Por favor… sácame de aquí.
Y me moví sin dudar.
Unos hilos afilados y precisos cortaron la parte superior de la jaula. Esta cayó con un fuerte estruendo al suelo.
—¡Ack! —Siren dejó escapar un grito breve.
Sin embargo, antes de que se estrellara contra el suelo, la sujeté con mis hilos, evitando que sufriera daños reales. Rompí los grilletes que la aprisionaban y la saqué de allí.
Vista de cerca, estaba aún peor de lo que parecía.
En el momento en que la jaula cayó, Siren intentó agitar las alas por reflejo, como si quisiera alzar el vuelo, pero sus alas, inertes, se desplomaron con ella.
Una pluma descendió, flotando lentamente.
Lo mismo le pasó a Odín… ¿Será que los tipos con poderes de pájaro pierden plumas así de fácil? ¿Será como una especie de alopecia aviar?
Supongo que le costará un tiempo recuperarlas.
Chasqueé la lengua. Sabía lo orgullosa que estaba Siren de sus alas. Eran parte de su encanto, de su poder, de sí misma.
Ella me miró desconcertada, el pelo despeinado flotando mientras se sostenía en el aire por mis hilos. Luego pareció aún más confundida por mi comentario, que no tenía nada que ver con la gravedad de la situación.
Finalmente, separó los labios temblorosos.
—¿Tú… tú me estás ayudando?
—Tú dijiste que lo hiciera.
Pasé junto a su cuerpo suspendido, la coloqué tras de mí y me dirigí a la puerta.
—¿Dónde está Leo?
Ante la pregunta, Siren se detuvo.
—¿También vas a salvar a ese perro guardián?
—¿Por qué crees que he venido hasta aquí?
La miré de reojo, esperando que se diera prisa en contestar.
Pero su reacción fue extraña.
Sus ojos azul oscuro, del mismo color que su cabello, se llenaron de lágrimas… y de rabia.
—Eres… Eres realmente una perra horrible.
Me quedé algo desconcertada ante la maldición que me soltó sin previo aviso. La miré sorprendida. Su rostro se tornó amargo y entonces gritó, con lágrimas resbalándole por las mejillas:
—¡No me escribiste ni una sola vez desde que salimos del laboratorio! ¡Ni una! ¡Y aun así sigues teniéndole cerca a ese cabrón…!
Suspiré, ligeramente irritada.
—Tú tampoco me escribiste nunca.
—¡¿Cómo puedes comparar?! ¡No es lo mismo!
Siren se molestó por lo que dije, sin que yo entendiera muy bien por qué. Fruncí el ceño cuando incluso llegó a batir las alas con indignación. Estuve a punto de preguntarle qué era lo que diferenciaba tanto nuestras situaciones, pero sus siguientes palabras me tomaron completamente por sorpresa.
—¡Siempre te he estado observando!
Me quedé en silencio.
—¡Desde que te encontré, después de que salimos del laboratorio!
Seguía hablando, pero yo solo escuchaba. No dije nada.
—Esperaba que fueras tú quien viniera a buscarme esta vez… ¡Me he estado conteniendo, pero…! —Su voz se quebraba mientras sollozaba —Estás tan ocupada pasando el rato con ese… Y ese cuervo… ¡Ni siquiera te importa cómo estoy yo! ¿Tienes idea de cuánto tiempo… cuánto tiempo he esperado…? Ugh…
No sabía muy bien cómo reaccionar ante aquella confesión repentina de acoso emocional.
Escuchar a Siren así me trajo de vuelta a los días del instituto de investigación. Siempre fue extrañamente pegajosa conmigo, hasta el punto de que Odín la llamaba “esa cosa tipo chicle”. Pero no era solo adhesiva, también era caprichosa, lo que me hizo asumir que simplemente era voluble por naturaleza.
Por otro lado, nunca se llevó bien con Leo. Y con Odín tampoco… su relación era abiertamente hostil. Se repelían como el agua y el aceite. Supongo que ambos detestaban encontrarse con alguien que tuviera un don similar: controlar a las aves. Tal vez verse reflejados era lo que más odiaban.
—Tú… no sabes cuánto deseaba verte. ¡Eres idiota, Arachne!
En cuestión de segundos, Siren estaba sollozando como una cría. Tras observarla un momento en silencio, finalmente hablé:
—¿Así que querías llamar mi atención… y por eso le contaste a esos cabrones traficantes de esclavos dónde vivíamos Leo y yo?
—E- eso…
Ante mi suposición, Siren se estremeció. Sus pupilas temblaron al mirarme y su intento de justificarse fue tan débil como su cuerpo.
—Estaba… estaba tan harta de que me torturaran…
Con los ojos y la nariz enrojecidos, su figura temblorosa daba auténtica lástima.
—Seguían preguntando dónde estaban los demás chicos… y por mucho que repetía que no había nadie más, no paraban…
Al oír lo que decía, suspiré sin darme cuenta.
—Aun así… sabía que si eras tú, Arachne, estarías bien. Eres fuerte.
Después de eso, Siren apretó los dientes y añadió con amargura:
—Además, aunque atraparan a ese perro guardián, estaba claro que tú vendrías a rescatarlo.
Le di un golpecito en la frente.
—¡Ay! —se quejó.
—Madura un poco.
—¡Soy mayor que tú, ¿sabes?!
Siren parecía bastante nerviosa. Tal vez porque era la primera vez que le hacía daño físico, aunque fuera algo tan leve.
—Leo. ¿Dónde está?
—Probablemente en la habitación de la derec…
En cuanto escuché eso, destruí la pared de la derecha sin pensarlo. Pero era una habitación vacía.
—¿No hay nada?
—E-en serio… no lo sé con certeza. Solo pensé que, siendo un “mutante” como yo, lo tendrían cerca…
No respondí. Empecé a romper las paredes, una a una, moviéndome hacia el otro lado del pasillo.
No sabía con exactitud dónde tenían a Leo, pero si Siren estaba en el centro del edificio, era razonable suponer que él estaría relativamente cerca. Además, el olor tenue a droga que había captado en el escondite de Leo era, sin duda, de una pastilla para dormir. Si podía tumbar incluso a Leo, debía ser potente. Pero con todo el caos que se había desatado, estaba segura de que pronto despertaría.
—Eh… lo siento si el perro guardián se ha hecho daño por mi culpa.
Siren, que seguía colgada de mis hilos detrás de mí, se disculpó en voz baja, con cierta culpa en la mirada.
En ese momento, un grito familiar resonó no muy lejos.
—No es Leo lo que me preocupa.
Siren parecía intrigada por lo que quería decir, pero no le di más explicaciones. Me limité a avanzar rápidamente hacia el lugar de donde provenía el grito.
