La Legión del Unicornio – Capítulo 4: El Duque Elmond

Traducido por Kavaalin

Editado por Nemoné


Al final del pasadizo secreto, se encontraba una escalera de piedra ascendente. Cerca de la parte superior de estas, una línea de luz apareció sobre sus cabezas. Alguien sabía que venían y abrió la puerta.

Después de ajustar su visión a la luz incandescente [1], Caín observó sus alrededores. El lugar parecía ser una bodega, además la trampilla de la puerta estaba cuidadosamente colocada en una esquina oscura.

—No recuerdo haberte llamado a ti.

Quien había abierto la puerta, era una persona vestida en un ordenado traje de mayordomo. Él preguntó en un tono lleno de arrogancia y desdén.

— ¿Dónde está Locke?

— ¿Edward? En el baño. Parece que comió algo en mal estado.

Encarando el cuestionamiento, el sirviente respondió con palabras toscas.

—Sígueme…

Norman George Walt, el hombre al que se referían como el mayordomo de la mansión del Duque, resopló fríamente, dándose vuelta para caminar a grandes pasos.

El mayordomo estaba de muy mal humor. Aun cuando odiaba al Tiburón de la Dentadura Dorada, ahora estaría forzado a ir personalmente y amistarse con más mercenarios nuevos. Eso era realmente desagradable.

Y la situación en la mansión del Duque, no era para nada, menos preocupante.

Antes de la guerra, un tercio de los sirvientes renunciaron y dejaron la capital para escapar. Los nuevos reemplazantes, provenientes del campo, eran tontos y nunca habían pasado por ninguna lección de modales para hacerlos más inteligentes. Como este chico nuevo, quien no dejaba de mirar alrededor.

Si se hubiese ido antes de la guerra, ni siquiera algunos de los comerciantes ambulantes hubiesen querido a alguien tan vulgar. El que alguien como él, vistiera un uniforme con la insignia familiar tan descaradamente, caminando por la alfombra de la mansión del Duque con sus zapatos sucios, era un insulto para la casa aristócrata.

—Hemos llegado.

El mayordomo se detuvo y llamó a la entrada.

La puerta estaba hecha de madera gruesa, con bordes de metal alrededor de toda esta. Una vez cerrada, no importaba cuán fuerte gritaras o lloraras, probablemente no llegarían al exterior.

Aunque se trataba de la mitad de la noche, la puerta fue abierta rápidamente.

La habitación era espaciosa y elegante, rebozada con olor a incienso. Los tapices, que cubrían las cuatro paredes, eran intrincados y exquisitos. Si lo viera, incluso la Reina Gracia exclamaría celosa: ¡Qué lujosos! 

Sólo había una ventana muy pequeña y con barrotes, como una jaula. En el centro se encontraba un altar de mármol, su diseño no era diferente a los vistos en los Templos Santos. Pero, por debajo de la atmósfera de su alrededor, este daba un sentimiento ominoso. [2]

Quien había abierto la puerta, era probablemente el Duque Elmond, quien era muy joven en comparación a su nombre y estatus.

De largo cabello negro, que enmarcaba su rostro. Poseía una expresión despreocupada, común entre los vanidosos aristócratas. Su tez pálida y su flequillo, que llegaba bajo sus ojos, indicaban que este era un individuo demasiado indulgente.

En cuanto vio al sirviente detrás del mayordomo, y al elfo que este cargaba en sus brazos, el Duque mostró una sonrisa como la de un niño que miraba a su juguete nuevo. Incluso se dignó a interactuar con el sirviente él mismo, ordenándole que colocara al elfo en el altar.

—Mi señor —Suspiró reservadamente el mayordomo—. Aunque no tengo derecho a imponerme en cuanto a su pasatiempo, quisiera que durante esas inusuales ocasiones usted pudiera…

—Norman, mi querido viejo Norman —Rió quedamente el Duque—. Nunca podrás entender cómo disfrutar de las cosas buenas. Cuatrocientas monedas de oro son triviales, ni siquiera los ingresos de un mes de La Sirena son comparables con este invaluable tesoro, ¿qué importancia tiene eso?

—El dinero no es el problema, mi señor —El mayordomo negó con la cabeza—. Comparado con el antiguo Rey, la nueva Reina es…

Para este momento, la expresión del Duque se tornó impaciente, el mayordomo sólo podía contener sus palabras con impotencia.

—Puedes retirarte. En cuanto a ti, quédate —El Duque apuntó al sirviente.

El mayordomo hizo una reverencia y silenciosamente dejó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Mientras el Duque y el mayordomo hablaban, ignorando su existencia, Caín obviamente percibió la razón de esto. Nunca planearon dejar a este sirviente con vida. El dejarlo quedarse era sorprendente, ¿podría ser que el Duque tenía el hábito de encargarse de silenciar a la gente él mismo, ensuciando sus propias manos?

Pero, posteriormente, toda la atención del Duque se centró en su nuevo juguete. Extendió su mano, acariciando delicadamente el cabello del elfo, hablando en un tono reservado para los amantes.

—Te llaman Ellen. En el lenguaje élfico significa estrella, ¿verdad? Que buen nombre.

Caín maldijo en su mente, dirigiendo una mano hacia la espada oculta en su chaqueta. Incluso si el Duque poseía alguna clase de gustos extraños, como el tener público durante el acto o los tríos, había escogido a la persona equivocada.

—Entonces, déjame enseñarte un placer del que tu raza célibe [3] no conoce.

El corazón de Caín se congeló, la espada empuñada se detuvo. La voz del Duque tenía un poder fascinante, por supuesto que no era el llamado carisma [4], sino que magia, una muy poderosa.

En ese momento, el Duque se estremeció, tropezando hacia atrás. Caín inmediatamente sintió desaparecer el poder que lo congelaba.

—Si el que hizo las Lágrimas de Sirenas hubiese sido realmente un maestro ilusionista, tal vez podrías haber cumplido tu deseo —El elfo soltó la daga, bajándose del altar de un salto. —Pero, confiaste demasiado en tus habilidades mágicas.

El Duque bajó su mirada a su pecho, la daga estaba totalmente incrustada en su corazón, dejando sólo su mango visible. La sangre fresca salía continuamente de la herida, manchando de rojo la delicada camisa de seda. Entonces, el Duque rió frívolamente.

—Como era de esperarse, las presas que se resisten son mejores —Alzó su mano para quitar la daga, dejándola caer sin cuidado a sus pies. —Ha sido un largo, largo tiempo desde que estuve tan emocionado.

El elfo palideció. En el pecho del Duque, la herida comenzó a curarse visiblemente, ya no salía sangre de ella.

—Pero, sin importar cuán bravo sea el minino, una vez que sus garras son removidas, ya no representa una amenaza.

El Duque se dirigió hacia el elfo, quien ya no poseía su arma, con las manos alzadas y uñas largas y afiladas. Le sonrió a su presa, revelando sus afilados colmillos. Súbitamente, una sombra entró en su campo de visión.

Casi al mismo tiempo, el Duque volvió a sentir frío en su pecho.

—Un gato tiene nueve vidas. ¿Cuántas posee un vampiro? —Dijo el caballero, posicionándose delante del elfo.

Empuño la espada firmemente, la sacó y la incrustó nuevamente en el cuerpo del Duque. Incluso sin armadura, una tenue luz blanca rodeaba el cuerpo del caballero. Era un Escudo Sagrado que bloqueaba toda la magia.

El Duque se limpió la sangre de las comisuras de su boca, revelando una expresión ligeramente molesta, solo ligeramente.

—Esa es la razón por la que odio a los caballeros, especialmente a los paladines. Incluso su sangre apesta a agua bendita.

El caballero no respondió, sólo sacó la espada una vez más y arremetió de nuevo.

Pero en esta ocasión, su espada sólo chocó contra el aire. El cuerpo del Duque había desaparecido. En su lugar, un murciélago alzó el vuelo a través de los barrotes de la ventana, desapareciendo en la oscuridad de la noche.

Después de aquello, un grito de sorpresa provino desde el exterior, el cual rápidamente se convirtió en un alarido que helaba la sangre.

El elfo se precipitó a la ventana para mirar hacia abajo. En el jardín del Duque, un guardia nocturno yacía en el suelo con un gran agujero vacío en el pecho, donde se suponía debía estar su corazón.


Aclaraciones:

[1] La incandescencia es una emisión de luz por el calor.

[2] Ominoso es un adjetivo para algo que merece ser condenado y aborrecido.

[3] Célibe es un término que es aplicable a la persona que no se ha casado.

[4] Carisma es la cualidad o don natural que tiene una persona para atraer a los demás por su presencia, su palabra o su personalidad.

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