La Legión del Unicornio – Capítulo 6: Paladín

Traducido por Kavaalin

Editado por Nemoné


Se apresuraron por las calles, esperando llegar al Hogar de los Mercenarios antes de que el alba iluminara más el lugar. El elfo volvió a su aspecto natural. El chico se había transformado en un niño humano cualquiera, que lo seguía silenciosamente.

Cada vez que el caballero intentaba acercarse a ellos, el muchacho se giraba y lo fulminaba con la mirada, de modo que el caballero solo podía seguirlos a una distancia media.

—Quien te encerró fue un vampiro —Cuando estuvieron a una distancia donde ya podían divisar el Hogar de los Mercenarios, Caín ya no pudo seguir resistiéndose a hablar—, no los humanos.

El joven sireno no respondió.

—Al menos nosotros…

—Así es —El joven finalmente se detuvo, girándose para encarar al caballero—. Me salvaste y como recompensa, puedo darte una noche de dulces sueños.

—Yo no…

—Solo dilo, ¿a quién quieres? Soy experto en esto. —La expresión del niño era burlona—. ¿Una monja? ¿O una mujer caballero? ¿Arrodillarte frente a la estatua sagrada para complacerte?

Los ojos de Caín estaban abiertos como platos mientras miraba estupefacto al chico.

—Puede ser incluso la Reina. —El niño continuó enérgicamente—. Hace solo unos días alguien hizo esa solicitud.

—No seas así —Suspiró Ellen, extendiendo su mano para posarla en el hombro del joven, girándolo hacia sí mismo—. Caín no pretendía presionarte.

El niño resopló, sin decir nada más.

Después de aquello, el grupo continuó caminando con un ambiente incómodo.

Al llegar al interior de los muros del Hogar de los Mercenarios, la puerta de la posada se abrió y dos personas vestidas como paladines salieron. Caín dejó escapar un gemido de sorpresa, como si quisiera esconderse. Pero las miradas de los dos paladines ya habían aterrizado sobre él.

— ¡Maldición! —Uno de los paladines se dio la vuelta ferozmente para cerrar la puerta, el otro corrió hacia Caín, y le dijo en voz baja y con tono urgente:

— ¡Félix, idiota! Deberías haber escapado hace meses, ¿por qué te quedaste en la ciudad?

—Yo…

— ¡Tienen la orden de arresto del Papa y están a punto de comenzar una persecución por todo el reino! ¡Corre! ¡Tan rápido como te sea posible!

—Carl… —dijo Caín débilmente mientras el otro presionaba una bolsa de monedas contra su mano—. Yo no…

—Lo sé, todos lo sabemos. —El caballero llamado Carl le dio un fuerte abrazo, luego lo empujó—. ¡Vete rápido! ¡Y no mueras antes de que podamos descubrir la verdad!

—Qué reunión tan conmovedora. —El sonido de aplausos vino de detrás de ellos—. Carl Turner, al conspirar para ayudar a un fugitivo y a sus cómplices, es culpable de malversación [1], será sentenciado a recibir latigazos y su nombre será tachado de la Orden. Knott, ¿por qué se queda parado? Arréstelo.

El elfo se dio la vuelta para mirar en silencio al dueño del sonido de los aplausos, posando su mano ligeramente sobre la empuñadura de su daga. El  joven sireno se escondió detrás de él, observando todo con un poco de miedo.

El paladín que había cerrado la puerta caminó de mala gana, agarrando las muñecas de su compañero y tirándolo hacia un lado.

— ¿Los otros todavía están dentro?

—Sí…

—Que sigan buscando, podría haber otros criminales escondidos dentro. —El propietario de los aplausos, el obispo de la iglesia de los barrios bajos, Charles Wrede, ordenó al grupo que se encontraba detrás de él de manera presuntuosa—. Rodéenlos, maten a cualquiera que intente escapar.

Con un sonido de pasos poco entusiastas, los paladines formaron un círculo lleno de aberturas, rodeando a Caín y a sus compañeros.

El obispo buscó en sus bolsillos por un momento, sacó un documento, se limpió el monóculo, tosió con fuerza y comenzó a leer en voz alta.

—Antiguo Caballero de la Orden Eclesiástica, Félix Paladín. Por mala conducta y sacrilegio [2] y, por dañar… —Antes de que pudiera terminar de leer, el documento en sus manos le fue arrebatado.

El obispo levantó su rostro con rabia, solo para que le pusieran otra hoja de papel en la cara.

—Por favor, termine de leer esto primero.

—Tú, tú, tú… —El obispo se quitó el trozo de papel del rostro, señalando con el dedo tembloroso al elfo—. Al siervo de Dios, ¿cómo te atreves…?

—Siervo de Dios, pero ciudadano de la Reina. —El elfo señaló el papel en las manos del obispo, al final se encontraba la elegante firma de la Reina Gracia.

Los ojos del obispo se ensancharon, luego agachó la vista para leer el documento. A medida que sus ojos lo escudriñaban, su cara se volvía roja.

— ¡¿Qué es esto?! ¡Es indignante!

—Si no está satisfecho, puede ir a preguntarle directamente a la Reina. —El elfo arrugó la orden de arresto y la tiró detrás de él—. Las órdenes del Papa ya no son válidas, estoy ejerciendo los derechos de reclutamiento de primera clase sobre este hombre.

— ¡Absurdo! ¡Me niego a reconocer esto!

—También, por favor, revoque el castigo de Carl Turner, él estaba asistiendo al subordinado directo de la Reina, no a un criminal.

—Tú, descarado mentiroso…

—El recién nombrado Vizconde del Valle de Soloris, a su servicio. —El elfo se inclinó ligeramente, observando cómo el rostro del obispo cambiaba de rojo a púrpura.

Los paladines que los rodeaban empezaron a hablar en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que el obispo los escuchara.

—Escuché que el antiguo Archiduque Crane estaba en muy buenos términos con el Papa…

—Últimamente, parece que la Reina quiere remover a algunos miembros del clero a lo largo del reino.

—Pase lo que pase, el Papa no querría oponerse a la Casa Real…

Normalmente, el obispo ya los habría regañado por su actuar grosero, pero ahora, al escuchar aquellas palabras su rostro se puso pálido. Un insignificante obispo de los barrios bajos y un nuevo noble, si hubiera alguna discusión con el que se dice es el favorito de la Reina, el Papa por ningún motivo se pondría de su lado.

El obispo finalmente decidió retirarse.

Se forzó a poner una sonrisa, la cual lucía peor que si hubiese estado llorando y devolvió humildemente el documento.

—Por favor… perdone el comportamiento grosero de este humilde, humilde servidor, Señor Vizconde. Todo será como dice, yo… me despido ahora. Que la protección de Dios esté con usted. Por favor… no le mencione este incidente a la Reina.

Después de la despedida del obispo, los paladines también comenzaron a retirarse.

Cuando pasaron junto al elfo, cada uno de ellos asintió con respeto y, cuando pasaron junto a Caín, le dieron una palmada en el hombro, lo empujaron o hicieron todo tipo de muecas extrañas.

—Buena suerte.

—Que Dios te proteja.

—Larga vida a la Reina.

—Ahora podrás beber vino libremente.

—Ahora podrás chiflarle a las monjas.

—Ahora podrás seducir damas nobles.

Caín se quedó parado en su lugar, escuchando esos buenos deseos que gradualmente se estaban volviendo más ridículos, intentando arduamente mantener una sonrisa en su rostro. Porque si no lo hacía, las lágrimas comenzarían a brotar.

—Estás sonriendo como un idiota. —Fue la observación del sireno. Pero cuando miró al caballero, ya no había ninguna hostilidad en sus ojos.

—Si lo deseas, puedes volver. —dijo el elfo suavemente—. Caí… No… ¿Señor Paladín?

—Caín está bien —El caballero volteó su mirada, sin mirar más en dirección a sus compañeros en retirada—. Félix Paladín fue un nombre conferido por la Iglesia, ya no lo necesito más.


Notas:

[1] Malversar es gastar indebidamente fondos ajenos.

[2] Sacrilegio es la profanación (degradar/mofarse) de algo que se considera sagrado.

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