La larga temporada de lluvias por fin acabó y los días soleados de verano regresaron junto con el cantar de las cigarras.
Después de mucho tiempo, al fin salí. Me apresuré a ir al lavabo con las doncellas de la lavandería para lavar las sábanas. Remangamos el dobladillo de los vestidos para que no se mojara, e hicimos burbujas con el agua resbaladiza del jabón. Luego, dimos saltitos y reventamos las burbujas. Seguí leyendo “Sin madurar – Capítulo 31: La despedida (4)”
El carruaje tirado por caballos, que se sacudía y rechinaba, tardó dos días en llegar finalmente a su destino. En la sección más externa de las viviendas de los nobles en la capital real, separada de las viviendas de los plebeyos por una única cerca, nos detuvimos frente a una antigua casa de pueblo. Era mucho más baja que la mansión de dos pisos en la que vivo, y apenas necesitaba levantar la cabeza para mirar hacia arriba.
—Hemos llegado… —Un suspiro escapó del Conde Terejia. Luego, me miró—. ¿Estás segura de que esto está bien? Seguí leyendo “Villana en un otome, ¿cómo acabaron las cosas así? – Capítulo 75: Casa de pueblo”