Dicen que nací hija de un rey – Capítulo 03: El mundo y la escala de los hombres (7)

Traducido por Lucy

Editado por Meli


Los derechos humanos de las mujeres eran prácticamente inexistentes. Incluso yo, que pertenecía a la realeza no tenía mayor relevancia en la sociedad.

Siempre creí que no había nada particular en mi posición hasta que llegué a la granja. Yo era como cualquier hombre común: no moría de hambre, ni trabajaba duro para obtener su comida.

Con cuánto privilegio he vivido…

¿Esas son esclavas?

Lo había leído en un libro, la sociedad estaba dividida en: realeza, aristócratas, plebeyos y esclavos. Y la mayoría de los esclavos, no, todos, eran mujeres.

Y como los antiguos esclavos negros en América, vivían marginados y en la miseria.

—¿No puedes trabajar derecha? Levántate. —Quién parecía ser el encargado golpeó a una mujer y amenazó al resto—: ¡Si hacen el vago, las mataré a todas!

La mujer cayó hacia adelante y repitió:

—Lo siento, lo siento.

¿De qué te disculpas?

Apreté los dientes y observé con asombro la destrucción de las mujeres. La realidad a la que había estado ajena.

He vivido una vida muy feliz. He tenido suficiente conocimiento, y he vivido hasta el punto de tratar de complacer a los hombres.

—¡Esfuérzate en el trabajo! Sino, ¿cómo podrás llenar tu cuota hoy? —Golpeó el suelo y todas las esclavas se estremecieron.

Era la primera vez que veía a una esclava en esas condiciones, las criadas en el castillo también eran esclavas, pero no eran denigradas así.

En este mundo, todos se desempeñan, cabalmente, con base en un firme identidad social en la que el hombre es el que gobierna y las mujeres se someten a él.

—Perro ¿te sientes mal? Tu expresión es muy divertida —preguntó Kim Hwansung.

Me reí.

Sí, parecía una divertida broma que yo hubiese pensado que con mi posición, podría hacer una diferencia en el mundo.

—No. Estar aquí con mi hermano hace a la chica muy feliz. —Sonreí y me aferré a su brazo.

Kang Kitae se estremeció. Quizás era la primera vez que veía a una princesa sujetar a un príncipe.

Kim Hwansung, jugó con su nariz, ensanchó los hombros y levantó la barbilla en alto.

Seguimos avanzando. Él dijo que se reuniría con el dueño del campo de algodón y que tendríamos una hora antes de pasar al siguiente lugar.

—¡Hazlo bien!

Hubo otro sonido sordo, seguido de un terrible grito de dolor de una mujer.

Me negué a ver la escena, sabía qué pasaba, pero no quería aceptarlo.

Estaba horrorizada, no podía ni imaginarme cómo haría yo para trabajar con la espalda recta bajo el sol abrasador.

Sabía que no podía mejorar su situación, pero al menos podía ayudarlas mientras visitaba el lugar.

—Dios mío, el sonido es tan aterrador. Soy una cobarde, y cada vez que lo escuchó, me asusto tanto que me cuesta caminar —dije con ojos de ciervo, una expresión que había practicado mucho frente al espejo.

—Los cachorros son cobardes —se burló—. Eso es patético.

¿Quieres ser golpeado por un perro patético? Algún día te voy a pegar de verdad.

—¡Oye! Cállate. ¡Déjalo! —exclamó Kim Hwansung.

Oh, mis oídos. Mis tímpanos van a romperse.

—Príncipe, si habla usando su maná, puedes dañar los oídos de la princesa—advirtió King Kitae.

—Está bien. Puedo arreglarlo.

¿Qué ha dicho? ¿Romperlos y arreglarlos de nuevo? ¿Quién demonios se cree?

—¿Quién es usted? —preguntó con el ceño fruncido uno de los cuidadores.

Kang Kitae, sacó la carta oficial de mis brazos y se la entregó al hombre que se acercaba a nosotros.

—Aquí.

Tras una breve presentación, el hombre se quitó el sombrero y saludó con amabilidad. Quizás era un plebeyo. No parecía haber una diferencia tan grande de estatus entre los hombres.

Por ejemplo, el príncipe podría ser el hijo de una familia de un CEO de la sociedad moderna, y el hombre el presidente de una pequeña empresa.

—Oye, asegúrate de que no oigamos el látigo. Me molesta.

—Está bien, siento no haber sabido que estaban aquí. No pude prestarles atención porque es un lugar que visitan muchos turistas.

El hombre sacó un radio y anunció un descanso.

Las esclavas enderezaron la espalda y dirigieron su vista en nuestra dirección.

♦ ♦ ♦

Una de las esclavas, la número siete. Vio a la mujer de piel blanca que estaba acompañada de dos hombres. Pensó que era una aristócrata, pero entonces via que el jefe se había inclinado cortésmente frente a ella.

Esto no puede ser… 

—Ustedes… Miren…

La envidio. Al menos no pasará hambre.

—¿Qué están mirando?

—Shhh.

Bajaron el tono, para evitar ser regañadas y perder así el descanso, algo que para ellas, era tan raro como la miel, se acurrucaron y disfrutaron de una charla.

—La número catorce lo hizo ayer.

—¿Con quién?

—No lo sé.

Todas suspiraron. El campo de algodón era un lugar visitado por turistas hombres que buscaban mujeres para procrear. Los cuidadores fingían no saber porque recibían dinero de los visitantes.

—Número catorce, ya tuvo una chica antes

—Tal vez sea mejor no embarazarse.

Si tenias un niño, podrías dejar de ser esclava y trabajar en el área administrativa de la granja, y cuando el niño crecía, se convertía en cuidador. Esa era la regla de ese lugar.

—Si estás embarazada, es muy difícil trabajar…

Tener sexo y procrear no era el problema en sí mismo. Ellas lo veían como algo natural. El problema eran las escasas probabilidades de tener un niño.

—Y ahora que he visto a cinco… ¿No es hora de que un niño nazca?

—Tal vez, pero la han maltratado demasiado.

En ese momento, una esclava, que estaba pálida, se desplomó. Número siete a su lado gritó:

—¡Número cinco!

Ese tipo de cosas sucedían todo el tiempo. Tal vez estaba desnutrida, con exceso de trabajo o alguna herida estaba infectada.

—¿Qué…? Número siete, ¿por qué corres de repente?

—¡Vamos a la habitación de cinco!

—¿Tienen algo de leche? Creo que tenemos que darle un poco.

—¡Número siete tiene que estar loca! ¿A dónde va?

La esclava número siete corría hacia los dos hombres.

♦ ♦ ♦

Vi a una de las mujeres corriendo hacia nosotros. Era muy guapa, pero tan delgada que me dio pena mi constitución. Su barriga se veía entre su ropa desgastada y desgarrada.

—¡Chica loca! —Un hombre trató de detenerla.

¡Detente!, quise gritar pero Kang Kitae se movió primero, tomó el látigo con sus propias manos y le recordó al hombre que el príncipe había ordenado no usarlo más.

Se movió rápido por su poderoso maná, superior al de los plebeyos. Incluso había leído que los hombres que están en el palacio, pueden luchar contra cientos de hombres adultos.

—Por favor, dame algo de comer —me rogó la mujer, de rodillas ante mí.

Quiere comida

—No tengo hambre. Mi amiga se ha desmayado. Está desnutrida. Está casi a término de su embarazo, pero se cayó porque tenía hambre. Santa señora… Por favor, déme algo de comer. Por favor…

—¡Cómo te atreves, esa lunática…! —El cuidador estaba rojo y azul, supuse que no sabía qué hacer. Con el príncipe allí, no podía actuar con libertad.

—¿Le doy una patada? —me preguntó Kim Hwansung—. Saldrá volando y morirá.

Eres malvado.

En ese momento, casi estallé contra él. ¿Cómo podía pensar en patear a una mujer que está en el suelo suplicando por la vida de alguien más?

Volví a sentir que las mujeres, en especial las esclavas, no eran tratadas como seres humanos. Nunca me había sentido tan incómoda con mi cuerpo.

Es… Es demasiado.

Mi compasión por las mujeres y la impotencia de no poder hacer nada por ellas se desbordaron como ira contra el mundo.

Mitad intencionalmente y mitad espontáneamente, mis lágrimas comenzaron a caer.

—Hermano.

—¿Qué pasa, perro? —Kim Hwansung parecía vulnerable a mi llanto.

La esclava se estremeció. Era bien conocido que Kim Hwansung había despertado a los once años y que era un caballero poderoso.

—¿Estás llorando por esta chica? ¿Debería matarla?

Kang Kitae se estremeció, asombrado de que parecía que el príncipe preguntaba por mi permiso para asesinar a la mujer.

—Vaya, mi príncipe, la mataré yo mismo —declaró el cuidador—. ¡Cómo te atreves a estar aquí, loca!

—¡Hermano!

—Oh, no, perro. —Parpadeó lentamente—. Háblame. ¿Qué te pasa? ¿No debería matarla?

—Hermano, la chica ama a su hermano con todo su corazón. Lo sabes, ¿no?

—¡Claro! —Sonrió.

¿Es bipolar?

—¿Puede una chica que ama a su hermano solicitar un favor? Si mi hermano lo autoriza, la chica quiere hacer una petición sincera.

Kim Hwansung se puso serio.

—No dejarás de ser mi perro.

¡Eso no, idiota! ¿Cómo puedes decir eso en esta situación?

—Dame algo de comida y la chica estará contenta.

—¿Por qué? ¿Tienes hambre?

Acaso no escuchas el lamento de la mujer, ¿cómo puedes ser tan insensible?

Me di cuenta de que la realidad del mundo era mucho más cruel de lo que describían los libros. Sin embargo, por el momento solo podía manipular al mocoso al aprovecharme de que tenía solo once años y yo treinta y cinco.

—La chica tiene la sensación de que el amor por su hermano va a disminuir un poco.

La expresión de Kim Hwansung cambió.


Lucy
La verdad es que ya estoy deseando mucho que crezca, pero sinceramente, no sé como ella sola podrá cambiar el mundo. Por lo pronto, solo espero que pueda darle una lección a sus hermanos, en especial a Kim Hwansung, y conseguirle algo de comer a esas mujeres

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