Traducido por Ichigo
Editado por Lucy
—¿Algo bueno?
Leslie ladeó la cabeza, incapaz de entender lo que Amroa quería decir. La mujer se mesó los mullidos rizos, colocándoselos con torpeza detrás de las orejas mientras continuaba.
—Sí, fue algo bueno. Me quedé de piedra cuando por fin lo conseguí. Tras obtener una carta de recomendación de mi tía, conseguí un puesto en el Marquesado. Pero el sueldo era escaso y la carga de trabajo superior a la de las otras Casas a las que me presenté. Y la niñera… tenía mal genio, y era difícil llevarse bien con los demás. No estuve allí ni un mes, pero siempre estaba estresada y me sentía desgraciada.
Como si esperara una señal, empezó a quejarse.
—Puedo decirlo ahora, pero el marqués tampoco era un buen amo al que servir. Era violento y malhumorado. ¡Nos pegaba a las criadas! ¡Es lo peor! Y su hija, la señorita Eli, también era horrible. Las criadas también eran malas. Dijeron que me iban a emborrachar y…
Uf. Suspiró, deteniéndose a mitad de frase, y Leslie comprendió lo que iba a decir.
Traerme el desayuno debió ser parte de la novatada.
Sonrió con amargura. Ahora todo tenía sentido. Leslie recordaba un puñado de ocasiones en las que una nueva criada venía a tirarle una barra de pan quemada y desaparecía rápido después de eso. Amroa continuó después de frotarse el cuello con torpreza.
—Una tostada negra y quemada por completo… Eso es lo que me dieron para que te diera a ti. Pero, ¿cómo podría alguien hacer eso? Tienes que remojarla en agua para ablandarla. ¡Si no, te destrozaría los dientes! Y servírsela a un niño… Así que a escondidas se la cambié por pan recién horneado al lado.
Sonrió con tristeza, mirando a la niña con tono de disculpa.
—Antes, la señorita Leslie se disculpó, pero en realidad soy yo quien debería hacerlo… Vi todos los abusos y el abandono que sufrías, y yo…
Su voz se convirtió en un susurro arrepentido que significaba mucho para ella. Entendió por qué Amroa hizo lo que hizo. ¿Qué podía haber hecho? Solo era una criada, una plebeya, y el marqués era noble. No había nada que pudiera haber hecho de otra manera, aunque hubiera podido elegir. Seguro que incluso la amenazaron para que guardara silencio. Pensó con amargura.
—Está bien. Me alegro de que esté bien. Es un noble, después de todo.
El silencio llenó la mesa después de aquello. Lesso, aunque a cierta distancia, lo oyó todo y frunció el ceño.
Me voy a la taberna.
Era imposible que los demás empleados y los caballeros de Sperado ignoraran lo que ocurría en la finca: lo horrible que el marqués trataba a Leslie y la dejaba sufrir. Aunque Hart sugirió ir más tarde a la taberna que frecuentaban los caballeros, decidió tentar a los demás y visitar el establecimiento en los próximos días.
Amroa forzó una sonrisa y rompió el silencio.
—Ah, pero no fue para tanto. Después de dejar la finca, encontré trabajo y allí conocí a mi marido. ¿Puedes creer que incluso dimos a luz a un hermoso niño? Si me hubiera quedado en la mansión, no habría conocido a mi marido ni habría tenido a mi hijo.
—¡Es una gran noticia…!
Leslie sonrió aliviada. Había estado muy nerviosa por sus perspectivas, por lo que oír que las cosas le iban bien la liberaba por fin de la culpa.
—A mí también me va muy bien. No sé si te has enterado, pero ahora estoy en el Ducado de Salvatore.
Sus mejillas se sonrosaron de alegría y la mujer asintió en señal de reconocimiento.
—¿Cómo le va en el Ducado, señorita Leslie?
—Muy bien. Todos son muy amables conmigo. Me encanta estar allí.
Aliviadas, sonrieron por la buena suerte de la otra.
Luego, Leslie ladeó la cabeza con curiosidad y preguntó por qué Amroa estaba sola ahora.
—¿Has salido de compras con tu marido y tu bebé?
La voz de la mujer se entrecortó mientras esbozaba una sonrisa apenada.
—Un desafortunado accidente se llevó a mi marido…
Leslie se tapó la boca. Tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa. Se mordió los labios presa del pánico y balbuceó disculpas.
—Lo siento. Yo no…
—¡No, no! No pasa nada, de verdad. Ocurrió hace mucho tiempo, así que ahora es un vago recuerdo para mí.
Habló en un falso tono alegre, intentando esbozar una sonrisa forzada.
—Por ahora he dejado a mi bebé con otra persona. Mi bebé es todo mi mundo y me anima cada día. Te sorprendía lo adorable y dulce que es.
Al ver que la cara de Leslie volvía a iluminarse ante la mención del bebé, la mujer charló con alegría para reconducir la conversación.
—Y ahora tengo mi propio negocio. Es un poco pequeño, pero tengo bastantes clientes habituales.
Leslie sonrió con auténtica felicidad al oír la gran noticia.
—¿Qué tipo de negocio es?
—Tengo un restaurante. Está cerca de un templo, así que tengo un tráfico constante.
—Cerca de un templo… ¿Es el que está cerca de la capital?
Leslie parpadeó y escudriñó el paisaje, pero Amroa hizo un gesto rápido…
—¡No! Está cerca del templo Shnraph. Solo he venido a la capital por un asunto personal.
El Templo Shinraph. ¡Allí es donde estaré pronto! Sonrió con alegría con una idea.
—¿Podría visitar su restaurante? También me gustaría ver al bebé.
—¿Visitar? ¿Usted, señorita?
Los ojos de Amroa se agranderon por la sorpresa.
—Um… El restaurante es pequeño y bastante feo. También la comida podría no ser de tu gusto… Yo misma cocino, y todo son platos de mi ciudad natal, así que a alguien de la capital podría no gustarle.
—Eso no pasará. Ya viste en qué tipo de habitación crecí. ¿Puedo, por favor?
Los ojos de Leslie brillaron de emoción mientras miraba a Amroa, que parecía dudar.
Leslie ya estaba pensando en una extensa lista de regalos para llevar. Era su turno de obsequiar a Amroa un bonito recuerdo.
Le preguntaré a Jenna qué es bueno para la dueña de un restaurante, ¡ya que ella lo sabe todo! pensó Leslie con alegría.
—Hm…
Las cejas de Amroa se fruncieron con preocupación, y sus ojos recorrieron la cafetería con ansiedad, pero por fin, asintió.
—Bien, señorita Leslie, venga a visitarnos, por favor. Pero ya que ha estado en peligro y todo eso, por favor obtenga el permiso de Su Gracia, y asegúrese de ir acompañada de guardias. Prómeteme que traerás caballeros —susurró Amroa en voz baja con un extraño temor en su voz, enfatizando una y otra vez su petición.
♦ ♦ ♦
—¿Así que está decidido que iras?
Leslie asintió con cautela ante la pregunta.
—Sí. Le contaré a madre lo sucedido y obtendré su permiso.
—Hmm. El templo Shinraph, eh…
Pensando bien, Konrad frunció las cejas, y sus manos se movieron con afán para poner las tazas de té. Con elegancia, vertió el té en las tazas y añadió de manera correcta 4 terrones de azúcar a una de ellas. Luego colocó el té azucarado delante de Leslie. Debía de recordar cuántos terrones de azúcar tomaba siempre Leslie.
—Yo también iré pronto al Templo Shinraph.
—¿Para vigilar a los candidatos? —preguntó Leslie tras dar un sorbo al té azucarado.
Un sabor agridulce inundó su boca con un aroma fragante que le hacía cosquillas en la parte posterior de la garganta. Bebió otro sorbo, saboreando los sabores. De repente, recordó cómo bebían el té los demás. Todos a su alrededor bebían el té sin edulcorantes ni leche.
¿A qué sabrá, me pregunto?
Incluso sir Konrad lo bebe tal cual. Leslie miró a Konrad con ojos curiosos, y Konrad sonrió cuando sus miradas se encontraron.
—Sí, señorita Leslie. ¿Usted también irá como candidata a los doce primeros sacerdotes?
—Sí, así es. Sir Konrad, en realidad tenía una pregunta al respecto.
—Pregunte, señorita Leslie.
—¿Qué hacen con exactitud los primeros 12 sacerdotes?
Leslie no acababa de entender las obligaciones como los doce primeros sacerdotes y como Arabella. Los ojos de Konrad se entrecerraron por un segundo, pero volvieron a su familiar forma de media luna.
—Su trabajo consiste en asistir a la suma sacerdotisa durante las ceremonias del día bendito.
Konrad continuó con una sonrisa alegre.
—Arabella se encarga de llevar a cabo las ceremonias del último día del festival del día bendito en la camara más recóndita de los templos, que suele estar cerrada con llave. Solo se abre ese único día para la Arabella.
Leslie lo sabía, pero no estaba al tanto de lo que siguió.
—En la cámara más recóndita del templo yace Epialtes, la peste sellada en un cofre por los propios dioses.
Leslie hipó, conmocionada por la revelación. No podía creer que algo así existiera.
Konrad soltó una pequeña carcajada, encontrando adorable la reacción de Leslie. Luego sacó un trozo de pergamino y dibujó un broche con todo el detalle que le permitían sus habilidades.
—Se dice que el cofre está cerrado por un broche que llevaba la propia Arabella, que contiene la peste de forma segura dentro del cofre.
Los ojos de Leslie se agrandaron aún más, conmocionada por el hecho de que la peste se guardara en el corazón de la capital. La sonrisa de Konrad se ensanchó ante su mirada incrédula.
—Si eso es cierto o no, no lo sé. Pero se dice que el verdadero propósito del festival y de la elección de la nueva Arabella es fortalecer el sello del cofre para mantener encerrada la peste.
—Vaya, nunca supe eso.
¿Así que vuelven a sellar la plaga cada ocho años usando los poderes de los niños nobles? ¿Pero es necesario? Ya que fue sellado hace tantos siglos, pero por los mismo dioses, no tenemos que preocuparnos de que se rompa nunca, ¿verdad?
Qué horror debió de ser el virus para tener un nombre propio.
Pensó Leslie, parpadeando despacio.
Durante sus clases de historia con Ruenti, él le enseñó que cuando hay una plaga terrible con un número de muertos desastrosos, se le da un nombre para que la gente la recuerde. Por ejemplo, añadió, hubo una plaga llamada “Miheel” antes de la fundación del Imperio. Esta plaga mortal se extendió por la parte occidental de Miheel y mató a casi un millón de personas. Incluso se extendió por los suelos y los sistemas de alcantarillado subterráneos hasta pudrir las cosechas y contaminar el agua, causando la muerte por inanición de otro millón y provocando una gran sequía en toda la tierra. Así que la plaga pasó a la historia con su nombre.
Pero “Epialtes” no es el nombre de un territorio. Se traduce de forma literal como “pesadilla”. Eso me da escalofríos.
Claro que los dioses no habrían bajado a sellarlo ellos mismos si no fuera tan aterrador, pensó Leslie distraída, parpadeando.
—¿Quieres que te cuente una historia más? —ofreció Konrad, lo que captó al instante toda la atención de Leslie.
Sonrió satisfecho por su reacción.
—Hay otro mito sobre el broche. Los sacerdotes dicen que contiene el poder de hacer algo más que sellar la peste.
Konrad golpeó el dibujo del broche en el pergamino con la pluma.
—¿Poder para hacer más?
—Nadie ha descubierto que puede hacer con exactitud. Es solo un mito, aunque puede que se demuestre lo contrario si profundizamos en los registros.
Leslie asintió con una expresión de asombro en el rostro.
—Los registros sobre los doce primeros sacerdotes y Arabella están repartidos por todo el continente, así que quién sabe lo que hay escrito en ellos.
Está escrito en la historia que los doce primeros sacerdotes y Arabella viajaron por todo el mundo por orden de los dioses. De ahí que los registros sean vastos y estén esparcidos de forma esporádica, cada uno único y diferente. Aunque el Imperio tenía los conocimientos más ricos sobre ellos, no lo tenía todo, y no había una recopilación de información compuesta en todos los registros.
Así que no había registros perfectos ni coherentes.
—Estoy seguro de que quedan algunos registros del broche de Arabella, pero imagino que obtenerlos sería difícil.
Konrad sonrió con amargura.