El Perseguido – Capítulo 141: Sacrificio

Traducido por Shisai

Editado por Sakuya


El suelo resquebrajado y el aire abrasador y seco envolvían el lugar. Las llamas del altar iluminaban rostros marchitos y entumecidos.

Todos aquellos semblantes inexpresivos observaban fijamente al pequeño y delgado niño que el sacerdote de túnica negra empujaba hacia el altar. Apenas aparentaba cuatro o cinco años. Su cuerpo frágil y escuálido lo hacía parecer incluso más joven de lo que era en realidad. Sin embargo, poseía un par de ojos negros, grandes y extraordinariamente puros, que miraban con desconcierto a la mujer retenida por dos hombres bajo el altar. El niño forcejeó débilmente, intentando liberarse de las manos del sacerdote con aquellos bracitos secos y delgados como ramas, ignorante del destino que le aguardaba.

Aquella era una aldea remota y árida en medio del vasto y fértil continente. Sus habitantes aún dependían de la agricultura para sobrevivir y, debido a su aislamiento de las grandes ciudades, se habían apartado de las leyes del mundo para rendir culto a dioses malignos. Llevaban tres meses padeciendo una terrible sequía y, bajo la guía de los sacerdotes, habían decidido ofrecer un sacrificio humano para implorar el favor divino.

El hijo de aquella mujer era el candidato perfecto.

Ella todavía era joven y no tenía familia alguna. Su primer marido había muerto durante la epidemia que arrasó la aldea el año anterior. El nuevo esposo de la mujer ya tenía un hijo propio de seis o siete años y nunca soportó la carga de criar al niño de otro hombre. Enviar al pequeño como sacrificio era la oportunidad ideal para deshacerse de aquel estorbo.

La mujer, resignada desde hacía mucho al destino, jamás se atrevió a desafiar la decisión de los aldeanos ni la voluntad de los sacerdotes. Por mucho que le doliera el corazón, por mucho que quisiera aferrarse a su hijo, fue reprimida por su robusto marido y los hermanos de éste. No pudo hacer más que contemplar, impotente, cómo ofrecían a su hijo en sacrificio.

Un sacrificio cruel y ancestral: una ejecución en la hoguera dedicada a un dios maligno.

Las llamas comenzaron a elevarse alrededor de la plataforma de piedra.

El niño estaba atado sobre ella. Miró horrorizado el fuego que lo rodeaba. El calor era insoportable; las llamas, aterradoras. Poco a poco, una capa de humedad cubrió sus ojos negros.

Se sentía tan incómodo…

¿Por qué mamá no venía a salvarlo?

De pronto, el cielo se oscureció.

Las nubes se arremolinaron con violencia y enormes relámpagos azul violáceo atravesaron la bóveda celeste, acompañados por estruendos capaces de desgarrar el firmamento. Instantes después, gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer, seguidas de un aguacero torrencial.

La oscuridad cubrió cielo y tierra hasta volver imposible distinguir nada, como si el fin del mundo hubiese descendido sobre ellos. Los destellos de los relámpagos iluminaban los rostros pálidos y aterrados de los aldeanos, quienes, guiados por los sacerdotes, cayeron de rodillas uno tras otro frente al altar.

Sin que nadie lo notara, el fuego ya se había extinguido.

Cuando las nubes negras finalmente se disiparon y la luz regresó al mundo, los aldeanos levantaron la cabeza… solo para descubrir que el niño sacrificado había desaparecido.

♦ ♦ ♦

Quince años después, la Academia Qin Shang, la institución más antigua y prestigiosa del continente Alfa, recibía una nueva generación de estudiantes.

Muchos provenían de familias influyentes; otros destacaban por su extraordinario talento. Todos llegaban cargados de sueños y expectativas, rodeados de familiares, sirvientes o amigos. Jóvenes orgullosos y llenos de confianza.

Comparado con ellos, el discreto muchacho de cabello negro que permanecía solo frente a las puertas de la academia parecía completamente fuera de lugar.

Aunque, en realidad, no estaba del todo solo.

A su lado se encontraba un pájaro negro parecido a un cuervo cuya presencia resultaba extrañamente intimidante.

—Escúchame, Chi Yan, deberías regresar de inmediato. Es lo mejor para ti —susurró el ave junto a su oído—. Antes de que Lord Eymer lo descubra… No, mejor dicho, seguramente ya lo descubrió hace rato. Simplemente decidió ignorar tu pequeña escapada.

Algunos transeúntes dirigían miradas curiosas hacia el pájaro, incapaces de entender lo que decía. Solo pensaban que aquel cuervo graznaba demasiado.

—Cállate —replicó el joven con expresión rígida y decidida—. Quien necesita reflexionar es Ye Ying Zhi, no yo. Nadie soportaría algo así. Nadie. Ningún ser vivo puede tolerar… su absurda obsesión por controlarlo todo. No pienso regresar hasta que reflexione de verdad y se arrepienta. Aunque venga personalmente a buscarme, será inútil.

El pájaro soltó un largo suspiro y dejó caer las alas con resignación.

—De acuerdo… tú decides. Pero, sinceramente, eres demasiado audaz. Lord Eymer te ha consentido hasta el extremo, pequeño mocoso descarado.

—Entonces vuelve tú solo y dile exactamente lo que dije. —Chi Yan alzó la cabeza y atravesó las puertas de la academia—. Y deja de seguirme.

La discusión terminó desvaneciéndose en el aire.

Desde que tenía memoria, Chi Yan había vivido en un templo inmenso, silencioso y exquisitamente elegante. Estaba rodeado de dioses, pero el centro de toda su existencia siempre había sido aquel hombre: el ser venerado como Lord Eymer tanto por los sirvientes divinos como por los propios dioses del Reino Celestial.

Aunque él poseía otro nombre.

En el Reino Mortal era adorado como el Dios Maligno Eymer, la deidad que gobernaba la muerte, los desastres, las plagas y la guerra.

Pero nada de eso tenía importancia para Chi Yan.

Aquel hombre le había dicho personalmente que su verdadero nombre era Ye Ying Zhi y le pidió que lo llamara así.

Como dios inmortal, Ye Ying Zhi prácticamente no había cambiado en todos esos años. Cuando Chi Yan era pequeño, el hombre lo alimentaba con sus propias manos, lo bañaba, lo arrullaba para dormir e incluso le contaba historias antes de acostarse. Cuando creció un poco más, lo llevaba de la mano para recorrer el Reino de los Dioses.

Siempre había sido la persona más importante de su vida.

Un padre. Un hermano. Su refugio.

Pero conforme Chi Yan fue creciendo y dejó atrás la figura infantil para convertirse en un joven de rasgos finos y elegantes, las cosas comenzaron a cambiar.

La mirada del dios maligno ya no era la misma.

Ya no observaba a un cachorro indefenso que necesitaba protección, sino a alguien a quien había criado cuidadosamente para convertirlo en su amante.

Sin darse cuenta, Chi Yan ya había alcanzado la altura de la nariz del hombre. A esa edad, difícilmente podía seguir llamándose adolescente. Era un joven adulto.

Durante aquel tiempo, esa nueva forma de mirarlo lo dejaba confundido. Sus mejillas se teñían de rojo y su corazón se aceleraba sin control. Empezó a evitar deliberadamente a Ye Ying Zhi, escondiéndose durante horas en su dormitorio con jardín privado para leer.

Sabía que provenía del Reino Mortal. Sabía que era humano y que había sido ofrecido como sacrificio.

Sin embargo, debido a que Ye Ying Zhi siempre había satisfecho todos sus deseos y lo había colmado de afecto, jamás se sintió inferior por ello. Aun así, seguía sintiendo curiosidad por el mundo del que provenía y deseaba comprenderlo.

Recordaba vagamente a su madre, la aldea miserable y empobrecida… y las llamas abrasadoras. Pero, tras tantos años, aquellos recuerdos se habían vuelto difusos y borrosos.

Por más que intentara evitarlo, no podía escapar completamente del dios maligno. Coincidían inevitablemente en el comedor o en el templo.

Cada vez que Ye Ying Zhi lo miraba, sus ojos parecían oscurecerse ligeramente, cargados de pensamientos imposibles de descifrar.

Lo llamaba con aquella voz baja y serena, haciéndolo acercarse. Luego lo sentaba sobre sus piernas, abrazándolo con suavidad mientras depositaba besos ligeros en su nuca y en su frente.

Ese tipo de intimidad resultaba demasiado vergonzosa para el Chi Yan adulto. Pero no podía negarse.

Era incapaz de rechazar cualquiera de las peticiones del hombre y, en el fondo, tampoco deseaba apartarse de aquellos mimos y atenciones.

Así que continuó fingiendo ignorancia, aferrándose obedientemente a él y aceptando todo cuanto le ofrecía.

Después de aquel período de tensión silenciosa, Ye Ying Zhi llevó un día a Chi Yan al Templo de la Diosa del Tiempo.

Allí, a través de los corredores del templo, Chi Yan contempló escenas de su vida anterior en el Reino Mortal.

Se vio a sí mismo luchando por sobrevivir junto a su indefensa madre biológica.

También vio a aquella mujer delgada y consumida tendida sobre una estera de paja desgastada, al borde de la muerte.

Las imágenes lo estremecieron profundamente.

Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del templo, robó el caballo blanco de nubes de la Diosa del Tiempo y cabalgó aquella bestia capaz de atravesar los dos reinos para regresar al lugar donde había nacido.

Para cualquier humano que residiera en el Reino de los Dioses, semejante acto era un pecado imperdonable, suficiente para destruir el alma.

Pero a Chi Yan no le importó en absoluto.

Tal vez Mirlo tenía razón: Ye Ying Zhi lo había consentido demasiado durante todos esos años.

En cielo y tierra, siempre había terminado saliéndose con la suya.

Utilizó magia divina para aislar la pequeña choza de todo lo exterior, dejando únicamente a la anciana moribunda y a él dentro de ella.

Aquello también era un crimen castigable.

Pero no le importaba.

En el Reino de los Dioses, Chi Yan siempre había sido tratado como una delicada joya. Vestía una túnica sagrada blanca y poseía manos finas y hermosas. Con ellas sostuvo lentamente las manos marchitas y amarillentas de la mujer, acariciándolas con suavidad antes de apoyarlas contra sus propias mejillas.

En sus ojos negros se reflejaba una tristeza profunda. Poco a poco, los bordes de sus ojos se enrojecieron.

La mujer abrió lentamente los ojos y observó al desconocido frente a ella. Su garganta tembló apenas. Después, cerró nuevamente los ojos nublados y el último rastro de vida abandonó su cuerpo.

Chi Yan pudo sentirlo pero también comprendió algo. Al fin y al cabo, ella era solo una mortal. Sabía que aquel hombre, aquel dios, podría devolverle la vida fácilmente. Sin embargo, no pensaba suplicárselo. Entendía las leyes del mundo. Comprendía la vida y la muerte. Cuando una existencia llegaba a su final, lo correcto era dejarla marchar, no aferrarse inútilmente a ella.

Así que simplemente inclinó la cabeza y se enterró en silencio entre los delgados brazos de la mujer, ahogando toda emoción en un mutismo doloroso.

Hasta que otra figura apareció ante sus ojos.

El dios maligno había venido personalmente a buscarlo. Ye Ying Zhi lo llevó de regreso al Reino de los Dioses.

Sin embargo, no lo devolvió a su residencia, sino directamente al Palacio Yun Shang: la majestuosa y solemne morada del dios maligno.

Todavía inmerso en el dolor, Chi Yan finalmente se dio cuenta de su situación. Levantó la cabeza incómodamente del pecho del dios, pero fue presionado contra la enorme cama negra del palacio.

Giró el rostro para esquivar el contacto.

—… Ye Ying Zhi.

En realidad, en el fondo de su corazón, siempre había imaginado que algún día ocurriría algo así. Incluso había noches en las que una inquietud indescriptible lo mantenía despierto. Pero jamás esperó que sucediera de manera tan repentina.

El dios maligno lo besó.

—Te llevaste el caballo de nubes favorito de la Diosa del Tiempo. Tuve que compensarla con tres —murmuró mientras sujetaba firmemente a su amante, quien aún intentaba esquivarlo, antes de depositar otro beso sobre él—. … Debes recibir un castigo.

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