Traducido por Adara
Editado por Sakuya
Heinley me miró estupefacto. Parecía no comprender lo que acababa de decir.
Tomé aire para parecer lo más tranquila posible. Me costó decirlo dos veces.
—Ya… ya veo —murmuró finalmente, cubriéndose a medias su rostro con las manos—. Me has visto… ah, por eso has evitado mirarme a los ojos…
—¿Te sorprende?
—Siendo tan honesta… Dame un momento —se interrumpió para darse la vuelta y se abanicó rápidamente con las manos.
Ciertamente no fue intencional. No sólo tenía el cuello rojo, sino también las orejas.
Heinley volvió a darse la vuelta al cabo de un rato, pero por lo que parecía, abanicarse no parecía tener ningún efecto.
Preguntó mientras se agarraba el cuello: —Por cierto, ¿dónde me has visto así?
—Te vi en la fuente del palacio abandonado.
—Ah, en la fuente. Entonces yo…
—Estabas empapado de agua.
Heinley volvió a cubrirse la cara con ambas manos.
Por otro lado, al decir la verdad, mi vergüenza inicial disminuyó. El poder de la verdad era inmensurable.
Seguía sintiéndome avergonzada, pero al menos ahora puedo hablar con él cara a cara. Pero ahora es Heinley quien no puede mirarme a la cara.
La oficina quedó temporalmente en silencio. No me sentía incómoda, pero por alguna razón no podía abrir la boca.
Quería hablar con él, pero al mismo tiempo no quería decir nada.
El ambiente era muy extraño.
¿No sería mejor… simplemente tomarse de las manos en silencio en un momento como éste?
En cuanto lo pensé, Heinley alargó la mano y me acarició con la punta de los dedos, como si dudara en hacerlo.
Aparté la mirada y le agarré las puntas de los dedos. Al instante, su cuerpo tembló débilmente.
Cuando levanté la vista hacia él, vi que Heinley sonreía mientras me miraba. En el momento en que nuestras miradas se encontraron, me agarró la mano con fuerza y me preguntó con una sonrisa aún más amplia: —¿Has comido ya?
—Todavía no…
—¿Te gustaría que comiéramos juntos?
Cuando asentí, entrelazó sus dedos con los míos y nos dirigimos al escritorio, pulsando la pequeña campana del lateral.
Un momento después, entró un empleado. Éste se estremeció cuando su mirada se dirigió a nuestras manos entrelazadas.
Sintiéndome más avergonzada, giré la cabeza hacia la ventana.
♦ ♦ ♦
Estábamos comiendo.
Al principio fue incómodo, pero a medida que hablábamos, esa sensación se fue disipando. En un momento dado, incluso empezamos a hablar más cómodamente, pero entonces Heinley preguntó con cuidado: —Por cierto, reina, ¿la imagen de mí sigue apareciendo en tu mente?
En cuanto oí eso, se me atascó en la garganta un trozo de la col de la ensalada. Me ofreció rápidamente un vaso de agua cuando empecé a toser.
—Debe ser cierto si te sorprende tanto.
Después de tomar un poco de agua, respondí con firmeza: —Ya no.
Por supuesto, era mentira, pero no había forma de saberlo. Desgraciadamente, Heinley era muy agudo.
—No. Eso no es lo que has dicho hace un momento.
—Me has entendido mal —mentí una vez más.
Pero fue persistente y volvió a preguntar, ignorando mis palabras: —Reina. ¿Sigue apareciendo mi imagen en tu mente?
—He dicho que no.
—Reina.
Espere a su pregunta.
—Después de nuestra boda, podré mostrarte mi cuerpo todos los días.
Aunque bebí un poco más de agua para evitar atragantarme, fue inevitable al escuchar sus palabras. Las lágrimas se acumularon en mis ojos mientras tosía.
Le miré con dureza. Heinley bajó los ojos tímidamente en respuesta y me tendió un pañuelo.
Pero enseguida se arrepintió y lo guardó. Sin embargo, ya había reconocido el pañuelo.
Era el pañuelo el cual había atado alrededor del cuello de Queen.
Me enfrenté a él: —¿No es mío?
Al oír mi tono confiado, Heinley me entregó el pañuelo de mala gana y se defendió: —No me pediste que te lo devolviera…
—Porque se lo di al pájaro.
—Yo soy el pájaro. Así que fue Reina quien me lo dio.
Estaba a punto de replicar, pero de repente el pensamiento del cuello de Heinley se entrometió en mi mente.
Heinley estaba desnudo cuando se convirtió en Queen. ¿Significa eso que, en ese momento, estaba desnudo con un pañuelo atado al cuello?
… No pienses en ello.
Era una imagen muy embarazosa, así que le devolví el pañuelo en lugar de discutir
—¿Reina?
—No estaba pensando en nada.
Heinley, que estaba doblando el pañuelo, se mordió los labios con fuerza.
Por culpa de mis pensamientos, acabé diciendo algo que no debía. Así que deliberadamente puse una expresión fría.
Pero en lugar de detenerse ahí, Heinley susurró con una sonrisa de satisfacción: —Reina. Si hay algo que quieras ver, puedes decírmelo.
Me quedé estática sin responder.
—Puedo hacer que las fantasías de Reina se hagan realidad.
♦ ♦ ♦
Sovieshu dobló y desdobló repetidamente el periódico durante toda la noche.
Leyó la entrevista de Navier de principio a fin, una y otra vez. No tenía ni idea de cuántas veces lo había hecho.
Incluso después de memorizar la entrevista palabra por palabra, Sovieshu no podía apartar los ojos del periódico.
Sentía que su corazón se retorcía, el dolor era tan fuerte que no podía dormir.
¿Escuchó cuando le prometí a Rashta que me divorciaría de ella? ¿Navier lo escuchó con sus propios oídos?
Era difícil adivinar cuánto la había afectado debido a su personalidad orgullosa.
Le costaba respirar, era como si se asfixiara. Sentía que su cabeza estaba a punto de explotar mientras su corazón se retorcía y daba vueltas.
Sovieshu se golpeó el corazón con el puño varias veces. Por alguna razón, sólo pensar en ello era doloroso.
Repitió esta acción durante toda la noche. Para cuando salió el sol, incluso el simple hecho de tocar esa zona le causaba dolor.
Sus sirvientes se dieron cuenta de los moretones cuando le ayudaron a cambiarse de ropa. Después de dar instrucciones a los alarmados sirvientes para que no montaran un escándalo, Sovieshu ordenó que llamaran al marqués Karl. Se sentó en la cama y cerró los ojos.
A medida que pasaba el tiempo, empezó a pensar que debía tratarse de un malentendido.
[Adara: No aprende ¬_¬]
Cuando le hablé a Rashta del divorcio, fui muy claro sobre el periodo de un año. Pero no dije quién sería la emperatriz después de ese año. Tal vez por eso Navier no lo entendió. ¿Pensó que traería a otra emperatriz después de Rashta? No, probablemente ni siquiera escuchó esa parte. Sí. Debe ser eso. Tengo que hacerle saber la verdad.
Navier, que ya se había vuelto a casar, podría no volver de inmediato, pero Sovieshu pensó que al menos debía aclarar el malentendido.
Según los rumores, Heinley era un conocido playboy. Un hombre así perjudicaría a Navier. Navier se casó con él por sorpresa, pero estaba claro que acabaría causándole dolor.
Sovieshu quería hacer saber a Navier que no tenía intención de abandonarla… Así, tal vez, cuando sea herida, volvería con él.
Sovieshu se levantó de la cama y se acercó al escritorio. Sacó un papel y se puso a escribir rápidamente una carta.
Aunque no sabía qué hacer después de aclarar el malentendido, para él, esto era lo primero. Sentía que lo único que se interponía entre él y Navier era este malentendido. Confiaba en que las cosas se arreglarían de algún modo una vez resuelto el asunto.
Después de escribir la carta y sellarla con cera, llegó el marqués Karl: —Su Majestad, ¿me ha llamado?
Sovieshu entregó la carta sellada al marqués Karl. En la carta no había nombre del remitente ni del destinatario.
El marqués Karl la aceptó desconcertado: —Esto es…
—Es para Navier.
—¿Se refiere a la Reina?
Las comisuras de los ojos de Sovieshu se levantaron al oír la palabra reina, y el marqués Karl cerró inmediatamente la boca.
Sovieshu continuó: —El Rey Heinley podría impedir que lo recibiera, así que debe ser entregado en secreto a Navier directamente.
♦ ♦ ♦
Había alguien más que estaba tan perturbado como Sovieshu.
Rashta se va a casar…
Era el Vizconde Roteschu.
Roteschu frunció el ceño y miró la revista de chismes. Estaba molesto por una noticia que había aparecido hoy en la revista.
La noticia de que Rashta iba a casarse con el emperador Sovieshu.
Según la revista de chismes, muchos mercaderes iban y venían del palacio imperial para preparar su boda. Joyas caras, alfombras, sedas y artículos raros de Rwibt entraban en el palacio imperial en carruajes uno tras otro, y las famosas floristas se pusieron de repente muy ocupadas.
Aunque la revista señaló que la noticia no había sido reconocida oficialmente por la familia imperial, insistió en que habría una boda, argumentando que no había otra razón para que estos mercaderes estuvieran yendo y viniendo.
Los llamados “expertos” de la revista también predijeron que lo más probable es que hubiera una boda pronto.
Algunos afirmaban que el matrimonio no sería con Rashta, sino con una joven de otra gran familia noble. Sin embargo, no había jóvenes solteras de la misma edad que Sovieshu en ninguna familia noble comparable a la familia Trobi, la de la reina Navier.
Había muchas jóvenes en familias de menor rango, pero si se trataba de un matrimonio de conveniencia, no tenía sentido que se hubiera divorciado de Navier para traer a una joven de una familia menor.
Por lo tanto, la mayoría de las opiniones era que no sería un matrimonio de conveniencia, sino un matrimonio por amor, y la novia sería Rashta.
Cielos. Realmente se convertirá en la Emperatriz.
Sabiendo que Rashta era una esclava, el Vizconde Roteschu negó con la cabeza.
Estaba sorprendido, pero también se sentía muy extraño.
Qué ridículo es este mundo. Pensar que la esclava que poseía se convertiría en la Emperatriz.
Por otro lado, Alan, el hijo de Roteschu, se sintió completamente desanimado por la noticia del matrimonio de Rashta y se encerró en su habitación.
Su hija, Rivetti, estaba enfadada y asustada: —¡En cuanto se convierta en emperatriz se vengará de nosotros, padre!
—No, ¿por qué dices eso?
—Porque conocemos sus secretos.
—Huh, más razón para que tenga cuidado.
—¿Y si contrata a un asesino para matarnos?
El Vizconde Roteschu resopló, pero no pudo evitar sentirse ansioso.
Aunque estaba criando en secreto al bebé de Rashta por si acaso, la ansiedad no desaparecía.
¿Y si Rashta decidía matar a su propio hijo?
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
El visitante era un empleado del palacio imperial que el Vizconde Roteschu había sobornado.
Desde que empezó a chantajear a Rashta, el Vizconde Roteschu sobornaba regularmente al personal del palacio imperial.
Los caballeros y nobles mantenían la boca cerrada, porque tenían un mayor sentido de la lealtad en comparación con los que sólo trabajaban en el palacio imperial por una remuneración.
Por supuesto, les mintió diciendo que estaba reuniendo información para Rashta, y debido a la popularidad de Rashta entre los plebeyos, esta excusa fue bien aceptada.
El empleado que visitó al Vizconde Roteschu era una de esas personas.
—¿Qué pasa, tienes algo importante que decir? —preguntó Roteschu mientras se apresuraba a dejar entrar al empleado.
Teniendo en cuenta cómo estaban las cosas ahora mismo, incluso un poco de información sería importante.
Sin embargo, la información dada por el empleado fue más valiosa de lo esperado.
—Su Majestad envió secretamente una carta al Reino Occidental.
—¿Al Reino Occidental? —preguntó.
—Sí. En secreto, sin ningún registro oficial.
Después, el empleado se fue con el pago extra.
El Vizconde Roteschu se rio a carcajadas. Una buena idea se le ocurrió en cuanto escuchó las palabras del empleado.
Se preparó rápidamente y fue a visitar a Rashta.
♦ ♦ ♦
Al entrar en su habitación, Rashta le saludó con indiferencia: —¿Qué quieres?
Era la primera vez que ambos se veían desde que el Vizconde Roteschu vio a Rashta con sus falsos padres.
Sonrió mientras se sentaba en el sofá frente a Rashta, conteniendo su ira: —¿Sabes qué noticias tengo para ti?
—Estás intentando chantajearme de nuevo, —dijo Rashta con frialdad y se sentó frente a él.
Entonces, el vizconde Roteschu dijo con una sonrisa: —He oído que el emperador ha enviado una carta a la emperatriz Navier.
—¿Emperatriz? Querrá decir a la emperatriz depuesta.
—Bueno, a la Emperatriz depuesta.
Rashta levantó las cejas.
Pensándolo bien, Rashta se dio cuenta de que la cuestión no era si llamarla Emperatriz depuesta o Emperatriz.
¿Una carta?
—¿De qué trata la carta? —preguntó.
—Eso no lo sé.
—¿No has robado la carta?
—Siendo un enviado de Su Majestad, el mensajero no debe ser ordinario. ¿Cómo iba a tener dinero para contratar a un mercenario capaz de arrebatarle la carta?
—Pero le he dado mucho dinero.
Rashta se tragó las palabras que estaban a punto de salir de su boca, sabía lo que Roteschu intentaba decir. No había venido sólo para transmitir esta información.
Ahora estaba…
—¿Crees que eres un buen informante? Rashta también puede averiguar algo así.
—Pero eso no lo sabías —el Vizconde Roteschu sonrió con los ojos entrecerrados y se inclinó hacia delante con las manos sobre las piernas—. Te lo dije. Te dije que me necesitabas.
Rashta lo miró alarmada.
—Ambos nos conocemos muy bien. Pero ¿qué pasa con tus falsos padres? Sólo conocen tu lado bueno y ¿no quieres que sólo vean tu lado bueno?
Rashta no pudo responder. Marsha y Gillimt eran buenas personas, pero su relación con ellos era como un castillo de arena.
Por muy bien que la trataran, Rashta no era su hija biológica. Ni siquiera sabían aún, que su falsa hija era realmente una esclava.
—Rashta, Rashta. La gente como nosotros debe tomarse de la mano para mantenerse en pie —susurró el Vizconde Roteschu de forma persuasiva.
Rashta se recostó en el sofá y movió los labios con nerviosismo.
Anoche, Sovieshu le había cantado una dulce canción de cuna a su vientre y, sin embargo, hoy había enviado en secreto una carta a Navier.
Si se tratara de algo malo, la habría enviado oficialmente. Sin embargo, al saber que la envió en secreto, estaba segura de que era una carta de disculpa.
Esta mañana, Rashta recibió un periódico del Reino Occidental, que había publicado una entrevista con Navier.
Tal vez Sovieshu se estaba disculpando por eso.
Rashta dijo mientras movía nerviosamente los dedos: —¿No nos habíamos tomado de la mano antes?
—Por supuesto… es cierto —las comisuras de los ojos del Vizconde Roteschu se curvaron con satisfacción.
—De todos modos, si es por la Emperatriz depuesta, puedes estar tranquila, Rashta. ¿Volverá realmente la reina, que se ha vuelto a casar?
—A Rashta no le preocupa la Emperatriz depuesta.
—De acuerdo, de acuerdo.
—De verdad.
—Bueno, tampoco tienes que preocuparte de que Su Majestad mire a otras mujeres. Yo me encargaré de eso.
Ante las palabras del vizconde Roteschu, Rashta frunció los labios y asintió: —De acuerdo.
—Ah, he visto la revista de chismes, ¿dice que podrías casarte?
—Cuidado con lo que dices.
—Por supuesto que tendré cuidado, mi Emperatriz.
Roteschu, que dejó escapar una frívola risa, extendió su mano vacía. Volvía a pedir dinero.
Rashta se enfadó, pero reprimió su cólera y le dio algunas joyas a Roteschu. El Vizconde Roteschu sonrió, se embolsó las joyas y se levantó.
—Hasta la próxima vez, entonces.
Tras conseguir lo que quería, se dirigió a la puerta para marcharse.
—Espera —dijo Rashta tras él.
Cuando se detuvo, Rashta se acercó a Roteschu y le pidió un favor: —Hay alguien a quien necesito encontrar.
—¿Alguien? ¿A quién?
—Una chica un poco más joven que yo.
—¿Tiene la misma edad que Rivetti?
—No lo sé. De todas formas, necesito que me ayudes a encontrarla. Es la segunda hija de mis padres.
El vizconde Roteschu miró a Rashta, preguntándose si lo decía en serio.
Rashta se indignó aún más ante la mirada de Roteschu. Ya estaba muy enfadada con la idea de encontrar a su falsa hermana.
—Primero, encuéntrala.
Cuando Rashta repitió la petición, el vizconde Roteschu murmuró: —Bueno… —Y se encogió de hombros—: Primero la encontraré. ¿Cómo se llaman exactamente tus padres falsos?