Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
Al pensar en esto, Zhou Yunsheng por fin logró calmar su inestable estado de ánimo. Aunque todavía quedaba un problema importante: él no creía en ningún dios. Sería imposible para él abrazar plenamente al Dios de la Luz, pero en este mundo, los sacerdotes dependían de sus plegarias al Dios de la Luz para obtener poder.
Cuanto más bellas y fervorosas fueran sus oraciones, mayor era la cantidad de poder que el Dios de la Luz les otorgaba. Aunque el talento innato jugaba un papel importante, existían sacerdotes que, gracias a años de oración devota, acumulaban una fuerza luminosa significativa. Algunos incluso llegando a convertirse en obispos de un reino.
¿Cómo puede una persona sin fe ser devota?
El Dios de la Luz tenía el poder de leer los corazones y jamás bendeciría a un creyente falso. Si Zhou Yunsheng no lograba reunir suficiente poder de luz, sería despedazado por los demonios, quienes sentían un odio especial hacia los sacerdotes de luz, cuando explorara Gagor. Esto haría que Joshua padeciera un destino aún más trágico que en su vida anterior.
Zhou Yunsheng se frotó las cejas, agotado. Sentía que los mundos a los que se veía enfrentado se volvían cada vez más retorcidos y difíciles.
Se quitó la túnica y caminó desnudo hacia las aguas termales, dejando que sus nervios se relajaran mientras transformaba el cuerpo que ahora ocupaba. Joshua no poseía gran talento innato; cuando tomó la prueba, la piedra de atributos solo emitió un débil resplandor blanco. Sin embargo, después de los ajustes realizados por 007, se convertiría en un talento excepcional.
Desafortunadamente, en este continente, la relación entre el poder del individuo y los puestos a los que estos podían aspirar no era proporcional. Muchos niños calificados eran rechazados porque su exceso de autoestima les impedía entregarse con devoción al Dios de la Luz. En consecuencia, el poder de la luz en sus cuerpos disminuía gradualmente hasta desaparecer por completo.
Por otro lado, muchos niños comunes o con talentos mediocres e incluso inferiores eran bendecidos debido a que, conscientes de su insignificancia, se dedicaban con total humildad y fervor al Dios de la Luz. Mediante la oración diaria, acumulaban poder, y después de diez o veinte años, a menudo lograban hazañas sorprendentes.
Resultaba evidente que el Dios de la Luz necesitaba el poder de la fe, compartiendo con sus sacerdotes una relación mutuamente beneficiosa: «Tú me das tu fe, y yo te doy el poder de la luz. Sin fe, no hay luz».
Como alguien carente de fe, Zhou Yunsheng estaba en aprietos.
Mientras tanto, las impurezas en el cuerpo de Joshua fueron eliminándose lentamente. En ese momento, su piel blanca lucía como un jade impecable, brillando con un resplandor cálido. Sus ojos azules eran más vastos que el cielo y más profundos que el océano. Sus extremadamente bellos rasgos faciales perdieron la palidez y la rigidez, transformándose en el retrato perfecto de una persona tranquila y compasiva.
Mirar sus ojos provocaba una sensación de paz y calidez que se esparcía con gentileza por todo el cuerpo, al grado de que ninguna criatura que cruzara su mirada desearía apartarse de él.
Como un sacerdote mortal, su apariencia ya había alcanzado el límite de lo que era posible. Cualquier ajuste adicional sería innecesario. Zhou Yunsheng se colocó la bata y se observó a sí mismo en el espejo, satisfecho con el resultado.
Como el antagonista masculino, Joshua no tenía nada que envidiar al protagonista en cuanto a belleza; sin embargo, le faltaba el aire de pureza y la diáfana bondad que caracterizaban a este último. Pero, gracias a la bendición y transformación de Zhou Yunsheng, el Joshua actual parecía una cristalina piscina azul, una brisa grácil. Nadie podía proyectar una imagen más gentil y prístina que la suya.
Si saliera al mundo, su presencia se convertiría en el modelo supremo de lo que todas las razas imaginarían como un gran sacerdote de luz.
El aspecto externo estaba resuelto, no obstante, carecía de un corazón devoto. Zhou Yunsheng se tumbó en la cama y empezó a pensar en contramedidas, pero con el tiempo cayó dormido sin darse cuenta.
A la mañana siguiente, despertó a la misma hora que solía hacerlo Joshua, y una idea saltó a su mente. Dispensó a las dos criadas que lo atendían y caminó hasta el enorme espejo de cuerpo entero. Allí, observó al joven de complexión delgada reflejado en él y comenzó a murmurar:
—Amo al Dios de la Luz. Con toda mi vida y mi alma, lo amo. Para ser digno de besar el borde de su túnica, para poder servirle, estoy dispuesto a sacrificarlo todo. —Hizo una pausa, permitiendo que sus palabras resonaran por un momento, y luego enfatizó—: Lo amo. Lo amo hasta el delirio. Lo amo hasta la muerte.
Después de hablar, la mirada del joven, que al principio mostraba cierta incertidumbre, se tornó firme. Sí, Zhou Yunsheng se había auto-hipnotizado. Esa era la única manera de lograr que su subconsciente ardiera con devoción absoluta. De no hacerlo, el Dios de la Luz vería a través de su engaño.
El engaño más sublime no era hacia otros, sino hacia uno mismo. Durante doce horas, el período de efectividad del trance, Zhou Yunsheng se convertiría en un creyente fanático del Dios de la Luz. Una vez que el efecto culminara, volvería a ser quien era en principio.
Por supuesto, si el desarrollo lo exigía, siempre podía extender el límite de tiempo.
Se colocó su túnica de sacerdote y caminó, acompañado de sus dos criadas, hacia el salón principal, como un sacerdote de luz renacido de entre las cenizas.
El obispo lo esperaba frente a la estatua.
—Hijo mío —le dijo con baja—, ya tienes dieciséis años y dentro de dos más comenzarás tu viaje. Los demonios sienten un gran odio hacia los sacerdotes de luz, por lo que, para protegerte mejor de ellos, debes aumentar el tiempo que le dedicas a la oración. Asegúrate de acumular suficiente poder antes de viajar. Te amo, hijo mío, y espero que el Padre Dios te ame tanto como yo.
El obispo tocó con suavidad las cejas del joven con la punta de sus dedos, dejando entrever una vaga preocupación.
Debido a su amor por el segundo príncipe, Joshua había abandonado sus oraciones, y el poder de luz que había acumulado en su cuerpo se debilitó hasta casi colapsar. Era el único niño con atributo de luz nacido en el reino de Sagya tras casi cincuenta años de búsqueda; si perdía su lugar, el reino se convertiría en un purgatorio asolado por demonios.
Una semana atrás, el obispo le había pedido a Joshua que activara la piedra de atributos, y por poco no lo logra. Este incidente había provocado que el obispo pasara noches en vela, atormentado. Guardó silencio por un momento, y al final decidió que no podía ignorarlo.
—Usa toda tu fuerza para activarla, hijo mío —dijo y le entregó una piedra.
Si la piedra no se iluminaba, tendría que considerar reemplazarlo como sucesor. Tal vez podría pedirle al rey que enviara tropas a otro país en busca de un niño con atributos de luz.
El cuerpo de Joshua había sido recién transformado, por lo que su poder de luz había aumentado considerablemente. Zhou Yunsheng no estaba preocupado en absoluto. Con parsimonia, tomó la piedra y canalizó su poder.
La piedra de atributos pasó de ser un simple gris opaco a un brillante blanco traslúcido, con destellos dorados mezclados. Era tan deslumbrante que incluso el obispo, con toda su experiencia, solo había logrado que la piedra brillara blanca, nunca con matices de dorado. Este último color era un símbolo inusual de las oraciones más devotas, un regalo excepcional del Dios de la Luz.
Al parecer, este muchacho ha hecho conciencia de sus errores y los ha confesado ante el Padre. Y el Padre, en su infinita gracia, lo ha perdonado. Esto es extraordinario. El reino de Sagya será protegido por un gran y poderoso sacerdote, pensó el obispo.
El obispo palmeó el delgado hombro del joven y le ofreció unas palabras de aliento antes de abandonar el salón principal. A su avanzada edad, las oraciones ya no podían brindarle más poder; su anciano cuerpo no era capaz de soportarlo. El futuro pertenecía a los jóvenes, como Joshua.
Zhou Yunsheng inclinó la cabeza en señal de respeto mientras el obispo se alejaba. Tras verlo partir, giró su atención hacia la estatua del Dios de la Luz. Su mirada se desbordaba de un amor apasionado y fervoroso. Incapaz de contener el deseo en su interior, rodeó el largo altar y plantó un beso en el empeine de la estatua.
—Padre, nunca sabrás cuánto te amo —susurró con reverencia.
Luego, retrocedió hacia el largo altar, se arrodilló en el suelo, juntó las manos y comenzó a orar.
Dado que la oración era la fuente del poder, era natural que se tratara de un secreto que los sacerdotes no pudieran divulgar. No existían ejemplos de oraciones entre los templos, ni una Biblia de la Luz ni nada similar; todo dependía de la habilidad del sacerdote. Ellos debían esforzarse al máximo para conmover el corazón del Padre Celestial.
En ese momento, Zhou Yunsheng estaba profunda y completamente enamorado del Dios de la Luz. Su alma misma parecía estar grabada con las palabras «Amo al Padre». Al encontrarse frente a la estatua del Dios de la Luz, lágrimas brotaban de manera natural de sus ojos, y oraciones llenas de devoción y emoción fluían de sus labios sin esfuerzo, sin siquiera necesitar detenerse a pensar.
—Padre Celestial, agradezco que me hayas cuidado, elegido y puesto a prueba,
»permitiéndome ser tu seguidor más fiel y portar el resplandor omnipresente de tu luz.
»Tu omnipotencia me inspira, tu misericordia vela por mí.
»Tú me has sacado de la confusión y me has salvado de la oscuridad.
»Soy tan insignificante y tan indigno de tu cuidado,
»pero aún así me arrodillo aquí, suplicándote que me guíes, me reproches, me disciplines.
»Nunca me permitas olvidar el amor que por ti siento.
»Te ofrezco mi alma como sacrificio, te imploro la aceptes,
»y si al penetrarla para leerla, pudieras contemplar el humilde amor que allí descansa,
»ese sería el mayor gozo de mi vida.
»Padre Celestial, te ruego me mires,
»Padre Celestial, te ruego me escuches,
»Padre Celestial, te ruego me uses,
»Padre Celestial, te ruego que desates tu poder más formidable para destruirme.
»Pero si tienes la fortuna de escuchar esta oración en este preciso instante,
»te ruego tengas piedad de mí y permitas que este cuerpo desgastado viva,
»porque este amor que siento por ti en mi corazón me hace débil,
»porque te anhela, y su único deseo es seguirte por toda la eternidad.
El sonido de su voz se arremolinaba y extendía por el salón principal, reverberando como el impacto de jade contra metal, como el agua chocando contra la ribera, como flores brillantes inclinándose a causa del rocío, como una suave brisa moviendo las hojas de los árboles.
Era tan reconfortante, tan suave, tan inolvidable.
En el Noveno Cielo, un hombre de cabello y ojos dorados, de una belleza casi celestial, escuchaba atentamente. Su ceño fruncido se relajó de manera inconsciente, y las duras líneas de su boca revelaron, por un instante, una ligera sonrisa.
Se encontraba recostado en una amplia y mullida chaise longue y rodeado de jóvenes encantadores de apariencia inocente. Uno de ellos, claramente más mimado que los demás, trepó silenciosamente hasta su regazo y, con voz suave, le preguntó:
—Padre, ¿por qué nos ignoras?
Como mortales, los jóvenes naturalmente no podían escuchar la voz que provenía del templo en el reino terrenal.
La voz del joven era dulce y seductora, pero desafortunadamente, interrumpió la escucha del hombre, amortiguando las últimas palabras de la oración.
El ceño relajado del hombre volvió a fruncirse, formando unas profundas arrugas fruto de milenios de acumulación, lo que hacía que su ya imponente aura resultara aún más insondable. Apenas levantó la punta de un dedo, y el joven, hermoso como un elfo, se convirtió en cenizas al instante, como si nunca hubiera existido.
Los demás jóvenes palidecieron de miedo, retrocediendo mientras caían de rodillas, temblando y esperando ser juzgados.
Sin embargo, el hombre no se volvió contra ellos. Simplemente convocó un espejo mágico de agua, uno que solo él podía utilizar.
En el reflejo del espejo se vislumbraba a un joven arrodillado en el templo, completamente inmerso en su oración piadosa. Sus ojos estaban cerrados, y sus largas pestañas rizadas, humedecidas con lágrimas, brillaban con su amor cálido y extremo. Era más frágil que una flor que florece al amanecer, más dulce y encantador que una hoja de loto cubierta de gotas de agua.
Sus labios rosados se abrían y cerraban, derramando palabras de amor tan dulces que parecían embrujar.
—Padre Dios, te ruego me mires.
»Padre Dios, te ruego me escuches.
»Padre Dios, te ruego me uses.
»Padre Dios, te ruego que desates tu poder más formidable para destruir…
Suplicaba con devoción y una lástima desgarradora, haciendo que el corazón del hombre, endurecido durante incontables millones de años, se suavizara por primera vez.
El hombre extendió sus dedos hacia el reflejo del joven en el espejo, rozando sus densas pestañas y las lágrimas cristalinas que rodaban de ellas mientras susurraba:
—Te estoy mirando, hijo mío. Te estoy escuchando, hijo mío. Te usaré, siempre y cuando vengas a mí. Pero lo siento, hijo mío, no puedo soportar destruirte.
De repente, dejó escapar una suave risa, y luego retrocedió el tiempo en el espejo de agua, escuchando la oración una y otra vez, deleitándose en su contenido. Por fin, agitó su mano para despedir a los aterrorizados jóvenes, dejándolos libres de su imponente presencia.
