Prometida peligrosa – Capítulo 69

Traducido por Maru

Editado por YukiroSaori


—¡Madre!

Eckart respondió lentamente. Sintió que la brillante sonrisa de su madre le resultaba extraña.

—Démonos prisa ahora. El emperador está esperando.

Blair lo persuadió amablemente y tiró de su brazo.

Cuando enfocó un poco su mirada, vio al emperador Casio de pie en la entrada del jardín. Como siempre, estaba majestuoso, ondeando un manto dorado bordado con ramas de brenda y laurel. Cuando sus miradas se encontraron, levantó la mano como si le hiciera señas para que se acercara. Había una sonrisa tímida en el rostro del emperador.

Después de dudar un poco, Eckart se encaminó. Sus pasos eran pesados mientras Blair lo guiaba. Aunque no sabía por qué, sintió que tenía que hacerlo. Pensó que no debería ser terco.

—¡Su majestad!

En ese momento, alguien agarró su brazo libre de repente.

—¡Por favor, no se vaya!

No sabía de dónde había salido, pero la mujer estaba llorando y colgando de él.

Lucía como una mujer noble de una edad similar. Ella se veía terrible. Su cabello color chocolate oscuro estaba revuelto y sus ojos esmeralda temblaban llenos de lágrimas.

—Por favor, su majestad. ¡No vaya! No debería ir. ¡Por favor, no se vaya! —rogó, tirando de su brazo.

Aun con el emperador Cassius delante, se atrevió a llamarlo “su majestad”, que rudeza.

Eckart frunció el ceño. Aunque era el único hijo de Cassius y Blair, y fue coronado príncipe hace mucho tiempo, ella no podía llamarlo emperador mientras Cassius siguiera vivo. Aunque era seguro para él suceder al trono, llamarlo emperador sería considerado una traición muy peligrosa.

—Karl, llegarás tarde. ¡Date prisa!

Sin embargo, Blair volvió a insistir con una expresión tranquila como si la mujer fuera invisible. Ella cruzó sus brazos íntimamente y tiró de sus hombros apartándolo de la desconocida. El brazo de Eckart sostenido por esa mujer se deslizó hacia afuera.

—¡Prometiste protegerme!

La mujer que perdió el agarre cayó al suelo y gritó.

Aunque estaba muy desesperada, no le siguió. En cambio, lloró como una niña. Sus hombros temblaban miserablemente.

Siguió caminando con Blair, mirando hacia atrás preocupado.

Pero tenía que escuchar a su madre, incluso si odiaba dejar a esa mujer sola allí.

Las palabras de Blair eran estrictas como las de un dios, al contrario de las de esa mujer que eran infinitamente débiles y emocionales. Era lógico abandonar a esta última. ¿No era esperado que un emperador olvidara su codicia personal y eligiera la causa impuesta por dios?

Además, quienes le llamaban eran tanto su padre, el emperador Casio, como su madre, la reina Blair. Las dos personas más cercanas a él, únicos miembros de su familia unidos por sangre. 

Pero le resultaba cada vez más problemático olvidar a esa mujer. Sus amargos gritos resonaban fuertemente en sus oídos.

¿Quién podría ser ella? No sabía por qué lloraba, ni sabía lo que le había prometido. Sin embargo, estaba desconsolado como si su corazón estuviera partido por la mitad.

Cada vez que daba un paso, sentía miles de espinas clavadas en los dedos de los pies.

Mientras dudaba, su distancia aumentaba gradualmente.

Eckart alternaba su mirada entre la espalda de su madre y la mujer que lloraba por detrás.

Descartando su bola de seda favorita, Alt corrió hacia él, ladrando ferozmente, como si le advirtiera que la espada de un asesino apuntaba a su espalda.

—¡Espera un minuto, mamá!

Al final, Eckart apartó el brazo de Blair.

—¡Karl!

Dejó atrás la llamada urgente de su madre y se apresuró hacia el otro lado. Su sombra se alargó tragando el suelo que pisaba mientras corría a través del viento instintivamente hacia la mujer y Alt. El piso se convirtió en un pozo negro sin fondo.

♦ ♦ ♦

Su respiración finalmente regresó con un aliento fuerte.

Eckart se despertó con un dolor terrible. Para decirlo con precisión, primero se llenaron sus pulmones y luego le siguió su conciencia. Una fuerte necesidad de vomitar invadió su cuerpo, independientemente de su voluntad, sintió ganas de expulsar todos sus intestinos.

—¿Estás bien?

Las palabras de Marianne se escuchaban lejanas y débiles. Ella tomó su cabeza entre sus cálidas manos y le ayudó a inclinarse, con cuidado lo asistió para que lograra acostarse de lado. Al mismo tiempo, sintió un dolor enorme en todo el cuerpo. Se estremeció y frunció el ceño.

—¿Qué debo hacer…?

Logró entender con más claridad sus palabras.

Raspó el suelo en lugar de presionar su pecho adolorido. Agua húmeda y guijarros duros, no tierra seca, se deslizaron entre sus dedos. Con esa información, infirió su ubicación y situación.

Como el agua no se elevaba por encima de sus muñecas, quizás estaría en uno de los afluentes menos profundos. Durante la caída, fueron empujados hasta aquí desde las cataratas.

Si tenía suerte, podría no estar lejos del templo al que se dirigían.

Y… Había algo más importante que eso.

Sus ojos azules brillaron al ver el cinturón alrededor de su muñeca. 

Apretó los brazos para intentar levantar el cuerpo y la cabeza. Pero en menos de un segundo, cayó de nuevo al lecho del río.

Podía tolerar la tos y los mareos que aún no se detenían. Pero el dolor en los antebrazos y la espalda era tan intenso que prefería desmayarse. Apretó los dientes con tanta fuerza que casi se muerde la lengua.

—¡Su majestad! ¡No se levante! Está sangrando…

Decidió rendirse por el momento, se acostó de lado y tosió todo. Sintió las manos de Marianne temblar cuando le dio unas palmaditas en los hombros. Tosió con fuerza de forma continua durante unos minutos hasta que por fin la tos disminuyó poco a poco. Solo después de que pudo recuperar el aliento, estiró su cuerpo nuevamente e intentó recostarse, sintió un dolor terrible y la fuerte luz del sol le atravesó los ojos.

Una sombra pronto cayó sobre su rostro.

—¿Marianne? —preguntó mientras lograba enfocar correctamente. Pero mucho antes de que la iluminación de fondo se restaurara ya sabía su identidad. 

—¡Sí, su majestad! Soy yo, Marianne. Soy yo…

Marianne lloró severamente. Su voz desolada y hermosa, sin saberlo, le ayudó a entender un par de cosas.

Se dio cuenta de quién se aferraba desesperadamente a él en su sueño hace un momento. Se dio cuenta de por qué ella lloraba y le suplicaba. Se dio cuenta de por qué no quería dejarla sola allí sin saber quién era.

—Realmente estaba… no sabía qué hacer si no se despertaba… Por supuesto, seguramente se despertaría, pero ¿qué debo hacer? Por mi culpa terminó así…

Ella lloró mientras hablaba con él. Mordiéndose el labio, levantó su mano con premura para limpiarse la cara, al hacerlo dejó un rastro de sangre, manchando su rostro como si se hubiera derramado tinta roja.

Eckart frunció el ceño en ese momento. Levantó el brazo izquierdo, que era menos doloroso. Agarró la delgada muñeca de ella y la levantó. Cuando examinó sus dedos blancos y delgados, estaban manchados de sangre y en el interior de sus manos, había mucha sangre en sus palmas.

—¿Te lastimaste? ¿Cómo es que estás tan malditamen…?

Su voz se desvaneció lentamente. Sus ojos azules, rápidamente comenzaron a escanearla de la cabeza a los pies. Había algunas cicatrices delgadas o ligeramente ásperas en la piel que no estaban cubiertas por su ropa, pero nada sangraba lo suficiente como para mojar su mano.

—Esta no es mi sangre.

Marianne liberó su mano. Levantó uno de los hombros de Eckart con sus manos ensangrentadas y le tocó la espalda con mucho cuidado.

Eckart, inconscientemente, se mordió la parte interior de la boca. Casi gritó.

—¡Es su sangre, su majestad!

Como ella dijo, había un charco de sangre en sus manos. Al principio pensó que el dolor era de un hombro roto, pero parecía que su espalda también estaba severamente desgarrada. Dado que todo su cuerpo le dolía tanto, no podía averiguar exactamente dónde y cómo estaba herido.

—Entiendo… Qué suerte …

Siguió murmurando en voz baja. Su mano izquierda cubrió levemente su frente y párpados. Dejó escapar un suspiro de alivio.

Marianne, que sollozaba mientras intentaba detener su sangrado, escuchó todos sus murmullos.

Sus ojos húmedos se agrandaron y de repente se molestó y gritó:

—¿¡Qué suerte!? ¿De qué fortuna hablas? ¿De que te desgarraron la espalda por mí?

Eckart volvió a abrir los ojos y se enfrentó a un ardiente arrebato de ira.

—Parece que mi frente también está sangrando.

A pesar de que vio las nuevas manchas de sangre en su palma, no le importó mucho. No quería detenerse en eso porque estaba exhausto.

—Todo es por mi culpa. Se lastimó mucho por mi culpa.

—No.

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