Prometida peligrosa – Capítulo 70

Traducido por Maru

Editado por Yukirosaori


—¡No mientas! Si eso es cierto, ¿por qué no me lesioné en absoluto? Caímos al mismo lugar, pero ¿por qué fuiste el único que resultó herido? ¿La cascada de Benoit tiene ojos para distinguir personas?

—Es porque tengo mala suerte…

Sin embargo, tan pronto como vio sus ojos, sintió que tenía que contenerse. Quería decir algo más, pero cerró la boca.

Algunas situaciones a veces provocan el comportamiento opuesto, como quien se enoja cuando alguien expresa preocupación. Ese era el caso de ella.

—¿Por qué hiciste esto? ¿Crees que te juraré lealtad si actúas así? Si ese es el caso, entonces estás completamente equivocado. ¡Ya te dije que cooperaría completamente contigo incluso si no me haces un favor!

Él era el objetivo de su furia ardiente.

—No te enfades. Eso no es lo que pretendía.

No podía reclamarle, él era mucho peor, dejándole creer que estaba contra la espalda y la pared.

Eckart encontró una excusa plausible en lugar de decir lo que quería decir.

—Simplemente cumplí mi promesa. Porque lo prometí en honor a la familia Frey.

Su voz baja continuó hablando como para calmarla.

Al escuchar eso, Marianne recordó lo que dijo antes, tan claro como un estigma.

¿Mantener su promesa? Ella pensó que era una tontería además de una excusa ridícula.

¿Cuántas promesas había en la Tierra que eran comparables a la vida del emperador? ¿Podría una a Marianne, a quien tomó como rehén, tener tal valor?

—¿De qué sirve el honor? ¿Cuál es el problema de romper tal promesa? ¿Crees que el honor de los muertos es mejor que la vergüenza de los vivos? ¡No! ¡No puede ser! ¡Tú supervivencia debería ser tú prioridad!

—¡Marianne!

—¿Cuál es el problema de tomarme como rehén? ¿Por qué hiciste eso? ¡Por qué! ¿Qué emperador hace ese tipo de cosas imprudentes para mantener una promesa con un rehén? Si tienes prisa, ¡Es más importante deshacerse del rehén!

—Eso tiene sentido, pero creo que has olvidado que el rehén eres tú.

—Por eso se lo digo. ¡Escuche, has sacrificado tu seguridad por una promesa que nadie llegaría a conocer si yo moría!

»¡Tienes que cuidar tu propia seguridad! En vez de pensar en la vida del jinete, ¿por qué no puedes ser más egoísta cuando se trata de tu propia vida? Incluso si tu pareja es miembro de la realeza, debes saber cómo usarla, que sirva  de escudo cuando tu vida está en juego.

»Esas son nuestras circunstancias…

—Suficiente. Si quieres expresar tu gratitud, ya es suficiente. Si escucho mas de tu gratitud, me temo que parecerá un regaño.

Dejando escapar un suspiro, acomodó su pelo desordenado.

A primera vista, su voz era fría, pero solo intentaba disimular y cubrir su sentimiento de culpa. En cambio, Marianne, estaba molesta por la forma en que despreciaba su propia seguridad.

Casi pierde todo esto: sus ojos más azules que el fondo de la cascada, su voz sincera y la calidez del abrazo antes de su caída. 

Que lo haya hecho por su seguridad al igual que su padre en su vida anterior.

—No tengo miedo de morir. Tengo más miedo de que alguien muera por mi culpa. Odio eso cien veces más que morir. Si algo le hubiera pasado a tu vida, realmente habría…

Marianne enterró el rostro entre las manos acurrucándose, volvió a llorar.

Era vergonzoso su berrinche. Ella lo sabía. Sin embargo, no pudo detenerlo. Consuelo y ansiedad, fe e incredulidad, esperanza y desesperación, odio y amor estaban mezclados en su mente.

—¡Marianne!

Eckart bajó lentamente las manos de Marianne que cubrían su rostro. Secó sus ojos y las mejillas húmedas en silencio.

Es cierto que sobreviviste ilesa a la caída de la cima de las cascadas Benoit, y que solo estás un poco lesionada. Pero lo importante es que tú y yo estamos vivos.

La cálida luz del sol se derramó sobre ella, Marianne sintió el calor en su rostro. El resentimiento y la ira hacia él dentro de ella se desvanecieron como ceniza quemada.

—Entonces, no llores. Nunca te daré una excusa para mi muerte. Nunca.

Sus ojos azules la miraban con seriedad. Incluso el propio Eckart desconocía cuán seria y desesperada era su mirada.

—Lo siento, su majestad. Todo es mi culpa. Lo sé…

Solo Marianne lo vio y solo ella pudo saberlo.

Al final, ella lloró mientras se disculpaba con él. Como si estuviera tratando de contener el llanto, se mordió el labio inferior.

—Esto no es tu culpa. Es solo un accidente —dijo Eckart, sacudiendo la cabeza.

Sabiendo que él no le reprochaba nada, Marianne recordó sus acciones y se culpó a sí misma.

¿Habría sucedido esto si ella no le hubiera ofrecido un trato? ¿Sus seres queridos resultaran heridos si ella se queda a su lado? ¿Incluso podrían morir? ¿Y si su deseo de proteger a todos fuera una maldición que lastimara a todos?

Comenzó a cuestionar numerosas cosas que nunca habría sufrido si hubiera vivido como una mujer optimista y tolerante. Pero al llenarse de dudas y miedo, terminó ansiosa por salir desesperadamente de ese infierno.

Las manchas de sangre de su vestido y el dolor persistente en su rostro, la despertaron. 

Su sangre se diluyó y mezcló con el río donde desapareció, así mismo, la protección divina que le rodea se desgastará. Probablemente no le quedaba mucho tiempo.

Ella respiró hondo. Aparte de los intereses políticos sintió que sus sentimientos privados y su instinto de supervivencia la motivaban.

—Como me has protegido como prometiste, déjame hacerte una promesa también.

Tomó las manos que limpiaban sus lágrimas con sus manos ensangrentadas.

La correa que ataba su muñeca finalmente se rompió.

—Protegeré a su majestad de ahora en adelante.

Se tragó la ansiedad y la desesperación de sus llantos persistentes. Sus ojos verdes brillaron con fuerte determinación como si mostrara su voluntad de acero.

♦ ♦ ♦

La leña de la chimenea ardía ruidosamente. Parecía jactarse de que era el único calor dentro del frío templo, el sonido alegre y claro. En ese lugar cálido y ruidoso, la humedad de la cascada y el aire frío de las montañas desaparecía.

Con una túnica blanca como la nieve y una capucha colgante, una sacerdotisa se sentó en una silla frente a la chimenea sosteniendo un palo. Volteó la leña enredada con el palo largo, el ruido de esta se hizo más fuerte.

El sacerdote agitó con más vigor, como si el ruido de la leña ardiendo fuera música. A su gesto, esta ardió con fuerza mientras se quemaba. El fuego ardiente se elevó, convirtiéndose en aire cálido hacia el cielo, calor geotérmico capaz de evaporar el agua o derretir el hielo.

—¡Su eminencia, cardenal!

Una joven llegó corriendo desde la entrada del salón principal a la distancia.

La sacerdotisa Helena, cardenal principal de Aslan, así como el cardenal número 35 de Aslan, volvió ligeramente su cabeza.

—¡Qué traviesa eres, Hilde!

Reprendió a Hilde con una voz elegante y dejó el palo.

—¡Pero no es solo un invitado común! ¡Un gran duque está aquí!

—¿Un gran duque ha venido aquí en persona?

—Sí. Han aparecido algunos caballeros más, pero de todos modos. ¡Es el gran duque!

Hilde repitió las mismas palabras muchas veces con voz temblorosa. Helena estuvo a punto de regañarla, pero renunció. Podía dejarle pasar ese error por ser una joven aprendiz. Hilde solo tenía 12 años. Hace décadas, al contrario de ahora, en el gran templo era difícil ver gente de clase baja. Incluso había un evento imperial donde se mostraban los aristócratas de alto rango. Para Hilde, era su primera oportunidad ante una figura tan importante.

—¡Lo siento, eminencia!

Arsenio, que apareció detrás de Hilde, se disculpó en cambio.

—Hilde, vuelve a tu habitación ahora mismo. ¿No deberías estar escribiendo una carta de disculpa? No solo te escapaste sino que ahora actúas con rudeza ante su eminencia. Cene en su habitación y escriba tres cartas de disculpas para mañana por la mañana.

Hilde tiraba del dobladillo de su vestido, Arsenio respondió con una mirada aterradora. Hilde puso una mirada lastimera, bajando sus cejas.

—Siempre me odias, Arsen. Eres tan malo. Incluso su eminencia el cardenal Helena no se enoja conmigo.

—Si, tienes razón. Arsen es un poco malo.

—¡Su eminencia! —Arsenio miró a Helena con expresión desagradable. Helena hizo una seña a Hilde. Hilde estiró la lengua como para burlarse de Arsenio y corrió junto a Helena.

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