Reina Villana – Capítulo 4: La visita de su esposo

Traducido por Kiara

Editado por Ayanami


Cuando removieron todas las piezas de la armadura, su cuerpo se sintió, considerablemente, más ligero, todos los sirvientes habían sido despedidos después de terminar su tarea. Pero Marianne permaneció en su lugar, y la discusión continuó, con cada segundo que pasaba, el ambiente se tornaba más pesado.

—Oh, bueno, nadie muere después de sólo dos días sin comer —declaró, descartando su preocupación por el truco de la reina, pero Marianne parecía estar incrédula acerca de porque permitiría que tal cosa continuara y lo regañó como una madre haría con su hijo.

— ¡Su majestad! —Exclamó incrédula. Ella lo había criado para que fuera una mejor persona de lo que demostraba ser.

—Entiendo tu disgusto por ella, pero ella también hizo sus sacrificios —señaló Marianne —La reina vino hasta aquí por ti, desde su tierra natal, donde nació y creció, su majestad, usted es la única persona en la que ella puede confiar en este lugar —explicó suavemente. Ella le suplicaba, con los ojos, que hiciera lo correcto.

Kasser se apartó de su mirada y permaneció en silencio. Marianne sabía que necesitaba cambiar de táctica y soltar un suspiro.

—Su majestad, no lo haga por la reina, sino por sus subordinados.

— ¿Los subordinados que mata? —Le preguntó, con una fina ceja levantada.

—Los subordinados que todavía están vivos —ella aclaró —Si se enteran de cómo tratas a la reina, otros, que no están de tu lado, podrían convertir esto en un arma contra tu fuerza y contra tu dignidad —Se dio cuenta de que casi lo había convencido —lo bien que cuidas a tu reina, puede ser visto como un reflejo de lo bien que puedes cuidar tu reino. No dejes que tus emociones se interpongan en el camino

A pesar de sus sinceras palabras, el Rey permaneció impasible; indiferente a su difícil situación y se quedó quieto como una estatua.

Sintiéndose frustrada, Marianne no pudo evitar alzar la voz…

— ¡Su majestad!

— ¿Qué quieres que haga entonces? —Dijo Kasser, antes de suspirar y voltearse para mirar a Marianne.

— ¿Qué se supone que debo hacer con ella?

—Todo lo que te pido es que la veas —dijo Marianne, repitiendo el tema de su conversación —Solo mírala y asegúrate de que está bien.

Kasser la miró por un momento, antes de darse la vuelta una vez más.

—Tengo una reunión que atender en un momento, voy a pasar por sus aposentos después de eso.

—Pero su majestad, las reuniones duran horas. Pasar a verla te tomará solo unos segundos.

— ¡Bien! —Grito exasperado —Bien —repitió, aunque con mucha más calma, que hace un segundo —Iré ahora —y salió rápidamente de la habitación, aunque solo fuese para escapar de la incesante molestia que Marianne estaba a punto de lanzarle.

Kasser gruñó al pensar en la reina y en todos los problemas que ella le causaba.

— ¡El único amor que tiene esa mujer es por ella misma! —Pensó lleno de rencor.

Antes de salir, la voz de Marianne lo envolvió en una última solicitud.

— ¡Su majestad, si realmente quiere hablar con ella, hágalo suavemente y no se deje llevar por su enojo!

A pesar de la lógica detrás del razonamiento de Marianne, le resultaba difícil mantener la calma, pero lo necesitaba antes de hablar con la reina. Sólo tomará unos segundos, después de todo. Aun así, debía de admirar las habilidades persuasivas que tiene Marianne. Nadie más podría haber convencido al rey de verificar el bienestar de su odiada esposa. Pero, tenía sentido que ella pudiera. Era la única que le daba calor después de todo.

♦ ♦ ♦

Eugene no se había alejado, un centímetro, de su posición desde que escuchó la noticia de que el Cuarto Rey había regresado. Sus ojos miraron frenéticamente a su alrededor, mientras permanecía asustada y confundida.

— ¿Qué debería hacer? —Pensó.

Podía sentir que se le secaba la garganta, pero estaba demasiado nerviosa como para molestarse en buscar agua. Había esperado poder evitarlo incluso hoy, pero parecía que su suerte se había acabado. De repente, alguien toco su puerta.

—Anika —llamó una voz fría —Abre esta puerta.

Cuando se volvió hacia la puerta, Eugene tragó saliva. El miedo llenó todo su cuerpo, sabía exactamente quién era. ¡Ella no podía rechazar al rey! Cuando no pronunció una palabra de permiso, Kasser continuó.

—Voy a entrar —anunció, el pomo giró y entró en la habitación. La frialdad en su voz era inconfundible, Eugene podía escucharlo tan claramente como su propia respiración agitada.

Apenas era capaz de levantarse para saludar adecuadamente, la puerta se abrió con tanta fuerza que casi dejó escapar un chillido involuntario, pero, en su lugar, se sobresaltó. La silla cayó hacia atrás cuando ella lo hizo.

La mirada de Kasser primero cayó sobre la cama vacía, antes de viajar a la silla y finalmente encontrarse con los ojos de Anika. Sin embargo, lo que le pareció extraño fue el pánico que estaba presente en su mirada, mientras lo miraba, pero en su rostro había otra expresión que no podía comprender.

Inicialmente, solo planeaba entrar, conversar por un tiempo para evaluar lo que estaba haciendo, y luego salir. Estaba lo suficientemente seguro de que la reina no se haría daño. ¡Se amaba demasiado para hacerlo!

No tendría sentido, para ella, comenzar a morirse de hambre ahora. Mirándola ahora, tal vez, solo estaba fingiendo. Sus dudas comenzaron cuando no salió a saludarlo a su regreso. Pero la forma en que lo miró, lo hizo tambalearse por la confusión, y sentir aún más sospecha de que algo estaba mal. Nunca la había visto con esa expresión…

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