Sin madurar – Capítulo 35: La despedida (8)

Traducido por Den

Editado por Lucy


Este maldito palacio imperial es demasiado grande, pensó Leandro. Seguía al sirviente al establo donde estaba aparcado su carruaje.

Mientras recorrían el aparente camino interminable, suspiró molesto. El sirviente no dejaba de echarle miradas incómodas al duque que caminaba detrás de él.

—¿Vamos por el camino correcto? —preguntó Leandro.

—Para ser sincero, Su Excelencia, no llevo demasiado tiempo trabajando en el palacio…

—¿Y qué? No me digas que estamos perdidos.

—Ah… Imposible, Su Excelencia…

Como no conocía el castillo, le había pedido a un sirviente que pasaba por ahí que lo guiara hasta el establo. Es mi culpa por preguntarle a este idiota. Levantó la mano para echarse el pelo hacia atrás, pero se detuvo. Ya tenía el pelo arreglado con gomina y no quería arruinarlo. Así que, en su lugar, se desabrochó los dos primeros botones de su camisa de cuello alto.

Si Evelina estuviera aquí, me diría que dejara de comportarme como un capullo. Entonces le preguntaría: —¿Qué es un capullo?

Pero, en cambio, este sirviente idiota estaba a su lado.

Con los botones desabrochados, por fin pudo respirar y se sintió mucho mejor.

Con el ceño fruncido, miró al criado nervioso. Habría sido estupendo que pasaran más personas, pero no había nadie, ya que lo había llevado a algún lugar desconocido.

Era un jardín de rosas blancas. El fuerte aroma de las flores y las mariposas amarillas que revoloteaban eran muy hermosas. Sin embargo, nada de eso le importaba. Lo único que quería era volver rápido a su carruaje. Nunca había estado tanto tiempo fuera de la finca.

No imaginaba que se sentiría tan melancólico. ¿Quién iba a saber que sería tan angustiante estar en un lugar desconocido?

Esa era la razón por la que había rechazado la sugerencia del emperador. Le había ofrecido quedarse un tiempo en el palacio y disfrutar de un banquete.

Solo quiero volver a casa deprisa.

Eso era lo único en lo que podía pensar.

Además, no podía esperar a ver a la doncella grosera que no entendía su corazón. Ni siquiera lo vio partir.

Pero me fui muy temprano, así que debe haber estado dormida en ese momento, pensó, cuando una voz repentina lo interrumpió.

—Entonces, cuando terminé de comer la tarta, el príncipe heredero dijo… ¡Ups!

Su barbilla chocó de repente con la sombrilla de una mujer.

La mujer no se había percatado de Leandro, que estaba frente a ella, porque estaba hablando con la persona que tenía al lado. Él también estaba pensando en otras cosas mientras observaba al sirviente del palacio, así que no la vio venir.

—Lo lamento. Siempre soy así. ¿Se ha hecho daño? —dijo la mujer disculpándose.

—No, para nada… La culpa es mía por obstaculizar el camino.

Leandro inclinó la cabeza con cortesía y miró a la mujer ante él. Lo primero en lo que se fijó fue su ondulado cabello rubio como la miel. Su rostro era delgado, con unos ojos verdes como capullos de flor. Era una mujer muy atractiva.

De alguna manera, me resulta familiar. Espera, ¿por qué?

Levantó las cejas arqueadas.

No conocía a ninguna joven de estatus alto. Intentó recordar los rostros de las mujeres que habían acudido al funeral de su padre, pero todo era confuso.

En cualquier caso, no pudo librarse de la sensación de que la mujer le resultaba familiar.

Leandro abrió la boca por curiosidad y, al mismo tiempo, los labios rosados de la mujer se separaron un poco.

—Disculpe, pero…

—Por casualidad…

—Por favor, usted primero.

—No. Después de usted, milady.

—Gracias… ¿Nos conocemos?

—¡Princesa! ¿Cómo ha podido decir algo tan cursi? ¿Intenta coquetear con él?

La sirvienta junto a la mujer soltó una rosita.

—¡Cállate! —susurró Eleonora mientras sus mejillas se ruborizaban.

Leandro se sorprendió porque la mujer había dicho justo lo mismo que él estaba a punto de preguntarle. Pero le preocupaba más cómo se dirigía a ella la mucama.

—¿Princesa…?

Al instante, sus ojos azules se abrieron de par en par.

Ya veo, por eso me parecía muy familiar.

Recordó quién era.

La princesa de Ambrosetti, quien lo llamó «monstruo» cuando era joven e inocente.

En cuanto lo recordó, su rostro se crispó de repente. No tenía ni un solo buen recuerdo de esta mujer. Aún podía recordar con claridad los rostros de los adultos que lo habían señalado y llamado monstruo tras su comentario.

Pero ¿tú? Te estás divirtiendo, ¿eh?, pensó para sí mismo.

Eleonora estaba paseando con alegría por el castillo y disfrutando de la refrescante luz del sol de la tarde hasta que se cruzaron.

Leandro sabía que no era su culpa. En rigor, la culpa fue de los sacerdotes, porque la obligaron a verlo cuando era solo una niña.

Sin embargo, no podía mostrarse amable con ella.

Habría sido mejor que nunca nos encontráramos.

Se sintió horrible cuando resurgieron los recuerdos enterrados de su dolorosa infancia.

Mientras tanto, Eleonora se estremeció un poco, sin saber qué hacer. El joven apuesto que nunca había visto la observaba con el ceño fruncido. Estaba acostumbrada a recibir muchas miradas de adoración, pero nunca miradas tan penetrantes como aquella.

¿He hecho algo malo?

Intentó recordar con todas sus fuerzas, pero no le vino nada a la mente. Se puso más nerviosa. Así que volvió a mirar con atención el rostro del joven.

Era pelinegro, algo poco común. Había seguido a Diego a todos los bailes, no obstante, nunca había visto a nadie con ese color de pelo. Su rostro era bastante pálido para ser un hombre y, aun así, parecía bastante sano. Y luego estaban esos ojos azules.

Espera, ¿ojos azules?

Ladeó la cabeza. Por fin recordaba su cara.

Pero esos ojos no eran tan azules, pensó y sacudió la cabeza.

—Sí, no solo soy una dama, sino también una princesa. En caso de que no me conozca, soy Eleonora Levatte Ambrosetti, rehén del Imperio Crescenzo —explicó, fingiendo estar aún más animada y alegre de lo habitual. Se sentía incómoda ante la mirada de Leandro.

Ahora bien, era una rehén solo de nombre. Porque la trataban muy bien y contaba con su propia habitación como una invitada distinguida. De hecho, hace un momento, estaba paseando por el jardín cercano a sus aposentos.

Cada vez que se llamaba a sí misma rehén, los nobles del imperio se compadecían de ella y le decían que no era una rehén. Así que Eleonora usaba con frecuencia la palabra.

Den
Uff, ya me está cayendo mal xd

Y volvió a funcionar como ella esperaba. De hecho, su plan fue bastante efectivo. El joven ante ella dejó de fruncir el ceño.

—¿Puedo preguntarle cómo se llama? —prosiguió. Echó la sombrilla hacia atrás. Su sonrisa radiante era hermosa.

Él frunció las comisuras de sus labios porque no le gustaba su sonrisa.

—Leandro Bellavitti.

—Hmm, he oído hablar de su apellido. En la clase de historia… Espere un momento, ¿Bellavitti? ¿La casa Bellavitti?

Abrió mucho sus ojos verdes claros.

Los Bellavitti eran una familia que se había separado de la familia real hace tres generaciones. Debido al funeral del duque, que había fallecido en un desafortunado accidente hacía unos años, Diego había cancelado una cita con ella.

Le vino otro recuerdo a la cabeza: un niño con el rostro medio deformado.

—Sí, Bellavitti. No es nuestro primer encuentro, ¿cierto, princesa? —preguntó Leandro.

No pudo reconocerlo al instante porque la maldición había desaparecido.

¿Cómo demonios es posible? ¿Cómo?

Recordó lo que estaba escrito en un libro prohibido que le había robado en secreto a su hermano mayor cuando había visitado su reino natal no hacía mucho tiempo.

La maldición era muy poderosa. Incluso en el libro prohibido, se explicaba cómo lanzar una maldición a alguien, pero no cómo levantarla.

Es imposible que se haya liberado de ella ileso…

Tenía muchas preguntas que quería hacerle por curiosidad. Pero cuando levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos eran fríos como la implacable nieve de invierno. Sin darse cuenta, se encogió y evitó su mirada.

—Debería ponerme en marcha.

Jugueteando con el botón del extremo de su manga, Leandro pasó de largo junto a Eleonora. El sirviente del palacio hizo una reverencia ante ella y luego siguió a Leandro.

—¡Su Excelencia! Va por el camino equivocado.

—Entonces, guíame bien —lo regañó. Tenía muchas ganas de regresar a la finca lo antes posible. Apretó el paso.

El dolor de la mitad de su rostro deformándose, sus padres que solían discutir por su culpa y las miradas de los adultos que lo señalaban. En el centro de todo esto se encontraba Eleonora, con aspecto inocente.

Leandro había guardado bajo llave esos recuerdos. Sin embargo, al resurgir esos días terribles, sintió que lo consumía la oscuridad. Su encuentro con Eleonora lo destrozaba por dentro y desordenaba todo en su cabeza.

Sintiendo que se asfixiaba, Leandro separó un poco sus labios rojos. Y como si lanzara un hechizo mágico, pronunció el nombre de su más preciada doncella.

—Evelina…

No podía aguantar ni un minuto más sin ver su rostro. Evelina era su único refugio.

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