Sin madurar – Capítulo 38: La despedida (11)

Traducido por Den

Editado por Lucy


Al día siguiente me desperté temprano, me maquillé y salí de la posada. El carruaje que se dirigía al sur parecía bastante robusto, quizá porque tenía que viajar por caminos de tierra.

Le entregué mi billete al cochero y me senté en una esquina. Luego de que una pareja de ancianos entrara, el cochero comenzó a conducir los caballos.

Abrí la ventanilla a mi lado y respiré el cálido aire de verano. Aunque estaba en el norte, el sol brillaba con fuerza. Me resultaba muy extraño ver las olas de calor bailando a la distancia. Nunca había pensado que abandonaría este lugar.

Supongo que es cierto que ni una sola persona conoce lo que de verdad ocurrirá mañana.

—Acabamos de atravesar la frontera del ducado. ¡Agárrense bien! —gritó el cochero.

Las ruedas del carruaje recorrieron un gran bache. Me agarré al asa de la pared del carruaje a mi lado mientras mi cuerpo se sacudía. Por fin salíamos del ducado.

Las personas decían que el sur era conocido por su bajo coste de vida y sus mares azules. Mientras imaginaba la fresca brisa marina, esperaba con ansias contemplar la vista marina. Pensé que estaría bien relajarse un poco, ya que había trabajado duro todo este tiempo.

Aunque me enviaron a este mundo para salvar a Leandro, seguía siendo una persona con vida propia. No podía quedarme para siempre a su lado. Solo que el momento había llegado un poco antes de lo que esperaba.

En cualquier caso, decidí vivir mi vida hasta volver a encontrarme con él. Cómo sabía a grandes rasgos lo que pasaría en el futuro, no me preocupaba. Hasta que Eleonora y Diego se comprometieran dentro de tres años, no sucedería mucho entretanto.

Me puse un poco sentimental mientras observaba por la ventana el ducado que desaparecía a la distancia. Entonces, creyendo que la luz abrasadora podría molestar a la pareja de ancianos sentada frente a mí, cerré la ventanilla y corrí las cortinas.

—¿A dónde vas, querida? —me preguntó la anciana de mejillas rojas, agarrando con fuerza la mano de su marido.

Sonrió.

—A la playa. Tengo unas largas vacaciones —respondí.

—¿En dónde?

—En el sur… Hmm, todavía no he pensado en los detalles.

—Tsk. Eso no es bueno, querida. Veamos… ¿Qué tal Amalfi? La vista allí es preciosa.

¿Amalfi? Mis ojos brillaron. La pareja de ancianos me contó sobre el lugar y sonaba como un destino turístico popular. Comentaron que no estaba muy lejos de la estación a la que llegaríamos. Asentí con la cabeza y decidí hacer caso a su recomendación.

—En realidad nosotros también nos dirigimos hacia allí. Nuestra hija acaba de tener su segundo hijo —agregó la anciana.

—Qué bien. Felicidades.

—Ay, gracias.

La pareja encantadora se miró y sonrió. Esbocé una sonrisa amable mientras los observaba.

Cuando todo se resuelva, ¿podré envejecer así? Si puedo, quiero vivir en un pequeño castillo junto a un lago y, si puede ser, con un marido guapo.

Mientras conversaba con la pareja, transcurrió medio día. Me esforcé por mantener el equilibrio en el carruaje que se sacudía y traqueteaba, lo que hizo que me doliera la espalda y que todo mi cuerpo se cansará con rapidez. Pero ese no fue el único problema. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a viajar en carruaje, por lo que tenía ganas de vomitar.

Al percatarse de mi rostro pálido, la anciana me masajeó la mano. Me preguntó dónde planeaba alojarme y me recomendó una posada que solía frecuentar siempre que iba al sur.

Cerré los ojos por un momento mientras escuchaba su cálida voz. Cuando me desperté, ya habíamos llegado a la estación del sur.

—Aguanta un poco más, querida. Después de cambiar de carruaje, creo que solo serán dos horas más o menos de trayecto —me explicó.

—Muchas gracias…

Me sentí conmovida. Hacía tanto que nadie me cuidaba. La realidad de estar sola en este mundo desconocido por fin me había golpeado.

—¿Puedes continuar un poco más? —me preguntó.

—Creo que he programado mal las cosas. Siento que estoy a punto de…

Nada más bajar del carruaje, vomité los trozos de pan y la sopa que había desayunado junto con el jugo estomacal. La anciana me siguió y me dio palmaditas en la espalda. Mientras tanto, su marido me sostenía la maleta.

—¡Santo cielo! Será mucho mejor ir a Amalfi que quedarse aquí…

Parecía preocupada, e incluso decepcionada.

—E-Está bien. Intentaré aguantar un poco más.

Me limpié la boca con el pañuelo del bolsillo del pecho.

La anciana me dio un poco de agua. Me enjuagué la boca y escupí el agua.

—Deberías beber un poco de agua —me sugirió.

—E-Está bien. Tengo tantas náuseas que no creo que me pase el agua.

—Que Dios te bendiga. Avísame si tienes sed más tarde.

—Gracias.

Abordé el carruaje rumbo a Amalfi con la pareja de ancianos. Las siguientes dos horas fueron un infierno.

El carruaje no ayudaba a mi condición, ya que dejaba de sacudirse de un lado a otro. Sentía que me ardía el estómago vacío. Si no fuera por la anciana que seguía masajeándome la mano, ya me habría desmayado.

¿Siempre me mareé con tanta facilidad? Olvidémonos de viajar por el mundo.

Tras varias horas de estar agarrada al asa, gimiendo de dolor, por fin llegamos a la playa. El sabor salado de la brisa marina, el fuerte graznido de las gaviotas y los edificios con tejados coloridos… Era un lugar hermoso.

Sin embargo, mi condición física no mejoró en absoluto.

Me apresuré a bajar del carruaje.

No volveré a montar en un cabriolé por un tiempo. Debería haberme tomado mi tiempo. Tal vez viajar dos o tres horas al día de pueblo en pueblo, en lugar de intentar llegar tan rápido.

Después de todo, quien mucho abarca poco aprieta [1].

—Entonces, amigo, ¿hay más carruajes con destino al pueblo?

—Por desgracia, tendremos que esperar hasta mañana.

La anciana me sujetaba mientras me tambaleaba. Su marido regresó después de preguntarle al personal de la estación por la hora a la que salía otro carruaje. La anciana suspiró al escuchar las palabras de su esposo.

—No tenemos otra opción. Parece que te acompañaremos a la posada, querida —dijo.

—Ya veo. ¿Está cerca? —pregunté.

—¿Oyes las gaviotas? Estamos muy cerca de la playa. La posada está a unos pasos.

Gracias a la pareja de ancianos, pude ir a la posada sin perderme. Sin embargo, cuando llegamos, me quedé perpleja. La pareja había dicho que eran clientes habituales, pero el posadero no parecía muy contento de verlos.

¿A quién le importa? No es para tanto, pensé. Soportando el dolor de estómago, arrastré los pies. Lo único que quería era conseguir una habitación y descansar.

—Ay, cielos… Querida, ¿por qué no te registras primero y subes? —sugirió la anciana.

Agradecí a la pareja por su generosidad. Saqué la cartera de mi maleta, pagué por una noche y subí primero. Al cabo de poco, la pareja me siguió. Consiguieron la habitación justo enfrente de la mía.

—Descansa un poco, querida, y llama a nuestra puerta cuando empieces a sentirte mejor. Creo que estábamos destinados a conocernos. ¿Por qué no cenamos juntos? —preguntaron.

Sonreí y asentí, pensando que eran demasiado amables con una persona que acababan de conocer.

Tras abrir la puerta con la llave, metí la maleta debajo de la cama. Luego me dejé caer sobre la cama.

Por fortuna, después de descansar durante un rato, mi cuerpo se sintió mejor. Me levanté despacio.

Al igual que lo que la gente decía sobre que en el sur era verano la mitad del año, la habitación estaba caliente y húmeda. Me abanique con las manos, abrí la ventana grande que estaba a mi altura. Bajo la ventana, el mar zafiro brillaba.

—¡Vaya!

Como me sentía mucho mejor, quise salir a pasear. Pero, antes de nada, quería comer algo. Me puse un vestido y una cofia con los que pudiera moverme, y salí de la habitación. Llamé a la puerta de la pareja de ancianos, pero no hubo respuesta.

—Supongo que no están…

Todavía era un poco pronto para cenar. Asumiendo que habían salido de paseo, abandoné la posada sin darle vueltas.

Con cada exhalación, olía el sabor salado del mar. Tal vez porque era temporada de vacaciones, había muchas personas en las calles. Una niña con hollín en la cara se me acercó con una cesta en la mano.

—S-Señorita, una flor bonita como usted —murmuró, sosteniendo una flor silvestre.

—Gracias. ¿Cuánto cuesta?

—Una moneda de bronce.

Sabía que a partir de ahora iba a gastar dinero allá a donde fuera. Pero no podía ignorar a la niña con mocos en la nariz. Busqué en el bolsillo del pecho y saqué mi cartera. Por suerte, había salido con suficiente dinero.

Con la flor silvestre en mi pelo, caminé por la playa. No podía acercarme a las olas porque llevaba botas. Aun así, quería ver el océano de cerca. Justo cuando llevaba un rato caminando…

—Te encontré.

Alguien me agarró la muñeca con apremio.

Me detuve. La voz grave me resultó familiar, pero no pude reconocer de quién se trataba.

Pausé y me di la vuelta.

El dueño de la voz era unos centímetros más alto que yo y usaba una capucha negra. Era extraño.


[1] Quien mucho abarca poco aprieta: Alude a quien, al tratar de emprender varias cosas a un tiempo, no desempeña bien ninguna.

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