La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 101: Punto de quiebre

Traducido por Adara

Editado por Sakuya


No era mi intención estar en una posición tan dominante.

Cuando retiré mi mano, avergonzada, la expresión de bochorno de Heinley se disolvió rápidamente, y susurró con ojos risueños: —Mi corazón latía con intensidad hace un momento, Reina.

—¿Estás bromeando en una situación como ésta?

—Estoy bromeando porque estamos en una situación como esta.

—Bueno… La ignorancia es la felicidad.

—¿Qué quieres decir?

Heinley, que no era consciente de que mis damas de compañía habían malinterpretado nuestra conversación, parecía perplejo ante mis palabras.

Golpeé el pomo de la puerta sin motivo y me senté en una silla ante la mesa de té.

Heinley se acercó con pasos ligeros, como si saltara de alegría, y se sentó frente a mí.

—¿No te sientes tan sola cuando estoy a tu lado?

Al oír eso, comprendí por qué Heinley seguía bromeando.

Todavía estaba ansiosa por mi entrevista.

Agradecí tal consideración, así que extendí la mano y la tomé: —Estoy muy bien, Heinley. Es inevitable echar de menos a mis antiguos amigos, pero no me siento sola aquí.

—¿De verdad?

—Está Rose, está Mastas, está mi hermano… y también estás tú aquí.

Heinley sonrió ampliamente, feliz de escuchar esas palabras, y murmuró: —Así es.

Al ver esa sonrisa, sentí un extraño cosquilleo.

Era difícil incluso permanecer en el mismo lugar, hasta el punto de que tenía el impulso de caminar por todas partes.

Al final, no pude soportarlo. Me levanté y caminé lentamente por la habitación. Pero no funcionó muy bien, así que rápidamente pasé a otro tema.

—He visto el lugar donde se está preparando la boda.

—¿Te refieres al Gran Salón de Banquetes?

—Probablemente.

—¿Qué te ha parecido?

Afortunadamente, Heinley siguió este tema.

Quizás era un tema que le importaba más, incluso escuchaba con un brillo en los ojos mis palabras.

Heinley continuó: —Ordené que el Gran Salón de Banquetes fuera decorado de la manera más glamorosa y hermosa posible. ¿Qué te ha parecido, Reina?

Todavía sentía un cosquilleo en las manos y los pies, pero me esforcé por responder con la mayor calma posible.

—Me parece bonito.

—¡Qué alivio!

—Pero me preocupa que la boda sea demasiado glamorosa.

—Está bien. El Reino Occidental es la capital de las joyas.

No sé cuántas veces ha dicho que este país era la capital de las joyas. A este punto, me entró curiosidad.

¿Cuántas joyas se producen en este país para poder presumir de ello?

Mientras me lo preguntaba, Heinley murmuró con ansiedad: —Debe ser absolutamente deslumbrante. Totalmente.

Parecía haber pensado que yo fruncía el ceño porque no quería una boda glamorosa.

Sacudí la cabeza: —No es que no quiera que sea glamorosa.

Hay momentos en los que lo sencillo es apropiado y otros en los que lo glamoroso es apropiado.

Ahora bien, se pueden encontrar razones para que la boda sea glamorosa o sencilla, así que no había necesidad de oponerse sólo porque él quisiera que fuera elegante. Pero me preocupaba que estuviera en un nivel excesivo y sin sentido.

¿Qué le pasa? La expresión de Heinley era extraña. Tenía una media sonrisa como si quisiera presumir de algo.

Debido a su extraña expresión, le llamé por su nombre: —Heinley, ¿qué te pasa?

Entonces, Heinley murmuró tímidamente: —Bueno, no tengo más remedio que decírtelo ahora… Quería hacerlo de una manera muy divertida.

—¿De una forma divertida? ¿Qué quieres decir?

—Una confesión.

—Una confesión…

Tenía algo que confesar… ¡Ah!

—De ninguna manera… ¿En serio?

¿Estaba tratando de decir que le gusto?

Mirando hacia arriba avergonzado, Heinley preguntó, aún más sorprendido: —¿Eh? ¿Lo adivinaste?

Le miré sorprendida, intentando calmar mi acelerado corazón.

¿Realmente estaba tratando de decir que le gusto? Me sentí muy avergonzada.

—No lo he adivinado. Bueno, tal vez un poco… Solo estaba tratando de hacerme una idea de lo que podría ser.

Heinley me admiró con una mirada realmente sorprendida.

—Definitivamente eres una reina. ¿Cuántos movimientos has anticipado?

Cerré la boca y bajé la mirada con incomodidad.

De hecho, era extraño.

¿Estaba hablando de los beneficios de casarse con él? Por supuesto, había muchas.

Pero, por una confesión, pensé en muchas posibilidades, y una de ellas era el amor.

Probablemente no tan amoroso como el de Sovieshu y Rashta, pero, aunque fuera débil, podría sentir algún tipo de atracción hacia mí.

Sin embargo, entre las cosas que se me pasaron por la cabeza, parecía una de las menos probables.

Aunque sintiera una atracción hacia mí, pensé que se trataba más bien de una amistad.

Pero no pude evitar sentirme avergonzada, él no confesaría esto, ¿verdad? No, más bien, ¿cómo debería reaccionar si lo confesara?

Heinley, sorprendido, sonrió suavemente y me cogió las manos: —Quería darte una sorpresa. Es un poco triste saber que ya lo esperabas.

—Eso es desconcertante.

—Sí. Estarás más ocupada. Pero valdrá la pena. De hecho, sólo era cuestión de tiempo.

Me quedé en silencio para que continuara.

—El día de nuestra boda te convertirás en la Primera Emperatriz del Imperio Occidental.

Heinley sonrió y me miró orgulloso con un rostro radiante que soñaba con un futuro brillante.

Pero, en ese momento, no había entendido del todo sus palabras.

¿Emperatriz? No era la confesión que yo esperaba…

¿Por qué lo mencionó de repente?

—¿Reina?

Estaba tan desconcertada que no pude controlar mis expresiones faciales, así que Heinley preguntó apresuradamente: —¿Reina? ¿No te gusta?

♦ ♦ ♦

No me di cuenta de lo increíble de las palabras de Heinley hasta el día siguiente.

La primera Emperatriz del Imperio Occidental.

Él tenía la intención de proclamarse emperador.

Mi corazón rebosaba de tanta alegría que, nada más levantarme, me aferraba a las sábanas y las estiraba repetidamente.

De hecho, todo el mundo se preguntaba por qué el Reino de Occidente no se proclamaba como Imperio. Yo tampoco sabía la respuesta.

Sin embargo, todo el mundo estaba seguro de que el Reino de Occidente tenía el poder y la riqueza para convertirse en un Imperio.

Mi corazón latía rápidamente, el día de nuestra boda será el momento en que el Reino se convierta en un Imperio. Sin duda, este acontecimiento quedará grabado en la historia. Era abrumador saber que yo formaría parte de esa historia. También era asombroso y admirable ver a Heinley, que había estado lejos del trono, avanzar de esta manera.

Debo ser una buena emperatriz.

Incluso si no se convirtiera en un Imperio, debería ser una buena Reina.

Como primera Emperatriz casada por segunda vez y primera Emperatriz del Imperio Occidental, debía ser más cuidadosa con mis acciones y centrarme en el papel de Emperatriz.

No, ahora no es el momento de pensar en eso.

Me levanté apresuradamente de la cama y tomé el libro que estaba leyendo todos los días desde que llegué aquí. En este libro, el secretario del Reino Occidental registró las reuniones del Rey a lo largo de unos veinte años.

Al cabo de un rato, mis damas de compañía vinieron a ayudarme para cambiarme de ropa antes del desayuno, salvo en esos momentos, no dejé de leer el libro.

Estaba tan absorta en el libro que ni siquiera me di cuenta del paso del tiempo.

Rose me llamó: —Su Majestad. Mondrae, periodista del Periódico Azul, desea reunirse con Su Majestad la Reina.

—¿Periódico Azul?

—Es uno de los tres periódicos que tiene permiso para acceder al palacio real.

En cuanto oí eso, supe lo que estaba pasando. Los tres periódicos que tenían permiso para acceder al palacio real debían estar compitiendo entre sí, pero sólo había concedido dos entrevistas a uno de ellos.

Así que este periodista debe haber venido en un ataque de ansiedad.

El problema fue… que vino a entrevistarme tarde, así que querrá escribir un artículo lo más sensacionalista posible. Eso significa que es probable que haga preguntas incómodas.

—¿Qué desea hacer?

Después de pensarlo un rato, respondí: —Déjalo entrar.

De todos modos, no podía evitarlo para siempre. Rose salió con cara de preocupación y pronto entró el periodista llamado Mondrae.

Tenía la figura de un caballero fornido.

Al verlo entrar con una mirada decidida, parecía estar bien preparado. Sin embargo, lo saludé con una sonrisa como si no lo hubiera notado. Tras el saludo, Mondrae hizo un par de cumplidos formales.

Pensé que iba a hacer una pregunta difícil, pero empezó con bastante normalidad.

—La reputación de Su Majestad es ampliamente conocida, se ha oído hablar mucho de su habilidad. Por lo tanto, Su Majestad debe ser una buena reina para el Reino del Oeste.

¿Qué esconde detrás de esas palabras?

Continuó: —Pero también estoy un poco preocupado.

Aquí viene.

—La reputación que Su Majestad se ganó como Emperatriz fue, esencialmente, debido a su gran amor por el Imperio del Este.

Parecía que la pregunta que eligió era un poco más difícil de lo que esperaba.

No podía hablar sin pensar, así que Mondrae continuó con un rostro muy ansioso: —No será un problema mientras el Imperio del Este y el Reino del Oeste no entren en conflicto, pero… si los dos países compitieran algún día por una ventaja, ¿qué haría Su Majestad en esta incómoda posición?

♦ ♦ ♦

Sovieshu estaba inquieto, no podía dejar de preguntarse si la carta que envió a Navier había llegado a sus manos sin ningún inconveniente.

¿El caballero que llevaba la carta se habrá perdido de repente? ¿Acaso se encontró con un bandido muy fuerte que le robó la carta? ¿Y si el caballero no pudo entregar la carta a causa de un repentino ataque al corazón?

A Sovieshu le preocupaba demasiado que pudiera perder la carta. Aunque apareciera un bandido muy fuerte, no sería capaz de robar la carta, pero ahora mismo Sovieshu no podía dejar de tener pensamientos descabellados. Tan solo imaginar que algo malo podría haberle ocurrido a la carta, lo hacía estremecerse.

Estaba seguro de que cuando la carta llegara a manos de Navier, todo volvería a ser como antes.

Adara
Ajá, si claro ¬¬

Sin embargo, aunque estaba inquieto, tenía que entrar en la sala de audiencias.

Debo estar volviéndome loco.

Ya se sentía preocupado, pero hoy había muchas peticiones para bendecir a las parejas que iban a casarse.

Sovieshu no quería ver a ninguna de ellas, por lo que el ambiente se volvió naturalmente pesado.

Sin embargo, las parejas que hicieron esta petición aceptaron el ambiente pesado como la dignidad del emperador.

Esto se debió a que Sovieshu manejó adecuadamente su expresión facial y sonrió amablemente en todo momento a pesar de su fingida bendición.

Afortunadamente, las últimas personas que vería hoy en la sala de audiencias no eran una pareja de enamorados que se iba a casar. Eran un matrimonio con una niña de unos catorce años.

—Esta niña será nuestra hija a partir de hoy. Le rogamos que bendiga a esta niña, Su Majestad.

Al igual que trajeron a un recién nacido para ser bendecido, trajeron a su hija adoptiva para ser bendecida.

Esta vez, Sovieshu bendijo sinceramente el futuro de la niña.

Entonces se acordó de repente de la huérfana a la que apoyaba Navier.

Después de terminar su deber en la sala de audiencias, Sovieshu salió al pasillo y ordenó al Marqués Karl.

—Trae a los ayudantes de Navier al despacho.

Mientras se dirigía al despacho y comprobaba algunas reclamaciones, entraron dos de los ayudantes de Navier.

—¿Son ustedes los ayudantes de Navier? —preguntó.

Los dos ayudantes se pusieron nerviosos ante la repentina llamada de Sovieshu y se inquietaron aún más cuando éste mencionó a la antigua Emperatriz.

Temían que el emperador se desquitara con ellos.

—Sí, Su Majestad.

—Hubo una huérfana de la que Navier se hizo cargo por su cuenta. ¿Quién fue el responsable de eso?

Cuando Sovieshu mencionó a la huérfana de la que Navier se había hecho cargo, uno de los ayudantes se adelantó, desconcertado: —Era mi deber, Majestad.

¿Por qué el emperador hace semejante pregunta?, pensó el ayudante. Su expresión se congeló, incapaz de comprender la situación.

Sovieshu continuó con lo que quería decir: —Esa joven, he oído que su mana ha desaparecido.

—Así es, Su Majestad.

—¿Cómo está ella ahora? ¿Qué pasa con el patrocinio?

—Todavía está en la Academia Mágica y, por lo que sé, está recibiendo el patrocinio del Duque Troby…

—¿Ya no eres responsable de eso?

—Ahora trabajo en otro departamento, —contestó el ayudante, mirando fijamente a Sovieshu.

Tras el divorcio de Navier, había cambiado naturalmente de departamento. Sovieshu asintió y ordenó: —Ya no es necesario que el duque Troby la financie.

El ayudante se sorprendió por las palabras de Sovieshu e inmediatamente preguntó: —¿Perdón?

—Esa joven, ¿sabes cómo luce?

—Sí. Solía reunirme periódicamente con ella para ver cómo estaba.

—Quiero verla, así que tráela aquí.

El ayudante estaba aún más perplejo.

Sovieshu había ordenado traer a la chica porque Navier le tenía mucho cariño, así que quería apoyarla directamente.

Sin embargo, Sovieshu estaba en contra de dejar a esa chica, cuyo mana había desaparecido, en la Academia Mágica.

Si se quedaba en ese lugar, la chica seguirá lamentando haber perdido su mana y pensando que era una inútil.

Tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la realidad, así que prefirió llevarla y ayudarla a encontrar otro futuro.

Sovieshu incluso le permitiría quedarse en la capital si la chica estaba de acuerdo.

Así, cuando un día Navier regresara, se sentiría aliviada y feliz.

Sin embargo, los ayudantes estaban inquietos porque no podían imaginar que Sovieshu, quien había abandonado abiertamente a la Emperatriz, se hiciera cargo de la muchacha a la que Navier apreciaba mucho.

♦ ♦ ♦

Los dos ayudantes no eran los únicos confundidos por las acciones de Sovieshu.

—¿Ordenó traer a una mujer? —preguntó Rashta, estupefacta, al escuchar del vizconde Roteschu que Sovieshu había ordenado traer a una mujer.

—Habla claro. ¿Una mujer o una joven?

—No lo sé. Pero, siendo una estudiante de la Academia Mágica, debe tener más o menos la misma edad que Rivetti.

—Academia Mágica… —Rashta se quejó.

Se sintió dolida porque Sovieshu había ordenado traer a una chica con talento para la magia.

Habiéndose librado de la gran noble Navier, su cabeza daba vueltas al pensar que esta vez venía una maga.

Pensó que Sovieshu nunca la engañaría. ¿Era una idea equivocada?

Otros podrían pensar que Sovieshu tenía una aventura con Rashta, sin embargo, Rashta no creía que el amor de Sovieshu hacia ella fuera un simple asunto.

Sovieshu y Navier tenían un matrimonio político. Ni Sovieshu ni Navier se amaban.

Rashta frunció el ceño mientras se frotaba las manos.

Trajo a una chica antes de la boda. ¿Y si Sovieshu cambiaba de opinión y convertía a la otra chica en emperatriz? Estaba ansiosa. Aunque ahora no sea una adulta, lo sería dentro de un año si tuviera la misma edad que Rivetti.

Como la diferencia de edad entre Sovieshu y la joven no era demasiado grande, ella podría ser su compañera sin ningún problema.

A diferencia de Rashta, el Vizconde Roteschu dijo con relativo optimismo: —Todavía no se sabe para qué ha ordenado traerla. Esperemos y veamos. —Pero sus siguientes palabras fueron contradictorias—: Además, ¿no te lo he dicho ya? Es necesario estar en guardia de antemano.

Rashta se envolvió el vientre con ambas manos.

El vizconde Roteschu siguió echando leña al fuego: —Puede que ahora sea un malentendido. Pero puede convertirse en realidad algún día.

—Deja de intentar provocar a Rashta, y piensa en cómo prepararte para ese momento.

—Hmmm, pero no se me ocurre otra… —El vizconde Roteschu tarareó con picardía la reprimenda de Rashta.

La principal razón por la que había venido a ver a Rashta era para hacerla sentir ansiosa, para que se diera cuenta de lo mucho que lo necesitaba. Cuanto más ansiosa se sintiera Rashta, mejor para él.

Cuando el Vizconde Roteschu se marchó, Rashta se recostó finalmente en el sofá, apoyando la cabeza en él, y cerró los ojos.

Quiso correr inmediatamente hacia Sovieshu y preguntarle por la muchacha que traería. Si la traía por motivos de trabajo, se sentiría muy aliviada.

Sin embargo, le preocupaba que Sovieshu considerara su interrogatorio como unos celos molestos.

Los celos moderados podrían acercarla a su pareja, pero los celos excesivos podrían cansarla.

Después de despedir al Vizconde Roteschu, Delise se dirigió cuidadosamente a Rashta: —Eh… Rashta. —Continuó—: Su Majestad el Emperador no es ese tipo de hombre. No te preocupes demasiado.

Había escuchado toda la conversación entre Rashta y el Vizconde Roteschu mientras esperaba a un lado.

Sin embargo, Rashta no se sintió mejor ante la tranquilidad de Delise.

Sabía que a Delise le gustaba claramente Sovieshu, así que era muy molesto verla ponerse de su lado.

Rashta refunfuñó con mirada seria: —No sé cuánto crees conocer a Su Majestad, pero ¿crees que conoces a Su Majestad más que Rashta, su esposa?

Delise se dio cuenta de que Rashta se había ofendido y cerró inmediatamente la boca.

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