Prometida peligrosa – Capítulo 194

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


Sin duda, quien mejor podía impulsar la transformación de Aslan era el emperador Eckart. Él seguiría avanzando sin vacilar en la dirección correcta, tal como había hecho hasta ahora, y Marianne anhelaba que no diera un solo paso atrás. Sin embargo, ella sabía de sobra que no faltarían quienes desearan que nada cambiase.

Por ello, alguien debía resistir sus embates y ataques frontales desde las murallas de la vanguardia. Para transformar la realidad, habría que estar dispuesto a perder otras cosas en el camino. A veces tendrían que luchar juntos; otras, les tocaría resistir en soledad. Porque el guerrero tiene su cometido, el estratega el suyo y el rey, el propio.

Marianne observó a Eckart con el corazón compungido. Bajo la intensa luz del sol, su cabello rubio platinado centelleaba como una galaxia. Eckart, presintiendo su mirada, se giró hacia ella.

En ese instante, exactamente la mitad de su apuesto rostro quedó sumergida en la penumbra. El lado que mostraba al mundo resplandecía blanco y radiante bajo el sol, mientras que el que quedaba frente a ella permanecía oscuro, como teñido por el color de la noche.

Era, quizá, el peso de la carga que arrastraba incluso en ese momento. Parecía la esencia misma de la responsabilidad y la gloria, esa sombra que lo atormentaría hasta el día de su muerte. Todo el mundo debe cargar con cierto peso en la vida, pero, extrañamente, la sombra que se proyectaba sobre él se sentía particularmente profunda y vasta.

De pronto, recordó las palabras de Hilde:

—Señorita Marianne, usted ama a Su Majestad, ¿verdad?

—Hilde lo sabe todo.

—Su Majestad nació bajo la estrella de Airius, el dios supremo, ¿no es así? Las estrellas que nacen en pareja siempre terminan siendo amantes o hermanos. Dado que Su Majestad y usted no son hermanos, es evidente que serán amantes, ¿no cree?

Marianne no pensaba que hubiera llegado a amarlo por una armonía predispuesta por los dioses primordiales. Sin embargo, si existiera tal cosa como el destino en este mundo, si hubiera personas destinadas a encontrarse y amarse, deseaba de todo corazón que fueran ellos dos.

Para que, cuando todos reverenciaran la luz que él gobernaba, solo ella pudiera ver las sombras ocultas en su interior. Para que en la noche profunda, cuando las estrellas durmieran, ella fuera la única capaz de abrazar y consolar su agotada alma…

—Su Majestad, el radicalismo excesivo resultará contraproducente —dijo Ober con una mueca de desprecio—. ¿De verdad pretende seguir el precedente de Leandro VI?

Sus ojos, oscuros y profundos como un abismo, se encontraron finalmente con los de Eckart, claros como el azul del mar, haciendo saltar chispas.

Leandro VI fue uno de los emperadores con el reinado más breve; murió de forma repentina tras imponer reformas radicales a la fuerza. Corría el rumor de que los nobles de la época estuvieron implicados en su deceso. Era un precedente que ilustraba con claridad los resultados de una guerra iniciada sin preparación.

—No se preocupen.

Era una comparación impía, pero Eckart no se inmutó. Así como hubo monarcas que fracasaron, también los hubo que triunfaron. En la dilatada historia del imperio, existió un emperador que purgó a los nobles que ejercían la tiranía, fortaleció el poder imperial e inauguró una era de prosperidad.

—Pienso seguir el linaje de Jozef IV.

Declaró el inicio de la guerra con elegancia. Una estrella diurna brillaba tenuemente en el extremo occidental del cielo despejado.

♦♦♦

Tras la ceremonia de premiación, la recepción continuó. Los invitados se trasladaron al salón Aqua, famoso por sus festejos, para seguir con los saludos de rigor.

El revuelo ocurrido al final de la entrega de premios era el combustible perfecto para los chismes. Los nobles, independientemente de su rango, empezaron a calcular secretamente sus propios beneficios.

Era el primer disturbio desde la muerte del duque Hubble. Más allá de los enredos románticos, había sido un enfrentamiento abierto que dejaba claro que el emperador y el marqués Chester no eran aliados políticos. Era natural que los cálculos de los nobles, que pronto tendrían que elegir un bando y confiar el destino de sus linajes a uno de los dos, se volvieran más frenéticos. Mientras las risas y la música subían de tono, las luchas de poder en las sombras se volvían más feroces.

Marianne se escabulló silenciosamente de aquella corriente tan espléndida como incómoda. Cordelia y la señora Charlotte, con tacto, se encargaron de atender a los invitados, facilitando su breve huida.

Aun así, Marianne ya había cumplido con casi todos los presentes cuyo rango exigía un saludo personal. Con eso, su labor por el momento había terminado. Los únicos a los que no había visto por separado eran a la marquesa de Chester y a Ober, pero dado que ambos se habían marchado en cuanto empezó la fiesta, no parecía probable que se los encontrara aunque esperase. En cualquier caso, tendría que visitar la residencia del marqués más adelante para aplacar la ira de Ober.

Si voy con las manos vacías, lo más probable es que me convierta en el blanco de su furia, así que tendré que reunir aunque sea un dato trivial más…

Marianne caminaba cavilando sobre qué cebo utilizar. Tenía la atención puesta en otra parte, por lo que su sentido de la orientación y su vigilancia estaban más embotados de lo habitual. Solo pensaba en tomar un poco de aire fresco en un balcón cercano, moviéndose por puro instinto.

Por eso, al doblar la esquina del balcón con las puertas entreabiertas, no pudo oponer resistencia cuando alguien a quien había estado esperando la tomó de la cintura y tiró de ella hacia el interior.

—Has aguantado bastante. Tienes una paciencia admirable.

Ella intentó pisar con fuerza el pie de su captor, pero calculó mal. Su pierna, que se había elevado con decisión, flaqueó. Por suerte no se cayó, aunque todavía era pronto para relajarse. Marianne enderezó la espalda mientras recorría con la mirada el brazo que la rodeaba. La manga dorada de su vestido se escurrió, dejando una sensación de desamparo.

—¡Tu brazo! ¡Te dije que no lo usaras tan a la ligera!

Eckart miró a Marianne, que acababa de zafarse de su abrazo, con una expresión de desconcierto. Ser arrastrada por el brazo de otro y aun así preocuparse por las heridas del rudo captor… Su reacción carecía por completo de malicia.

—Estoy bien.

—No, no estás bien. Es imposible que esto esté unido a un brazo que esté «bien» —Marianne frunció el ceño y dio un toquecito a la férula que envolvía su brazo derecho—. Esto lo haces a propósito…

—Sea como sea, no está bien, ¿no? Ya sea real o falso. Aunque, por supuesto, todavía no ha sanado del todo.

—¿Acaso el Director de la Oficina Médica te ha sobornado para que me sermonees en su nombre?

—No, yo lo soborné para que me ayudara a asegurar que Su Majestad no se excediera.

Eckart soltó una risita. Marianne sonrió sin querer junto a él, pero luego abrió la boca sorprendida.

—Pero ¿cuánto tiempo llevas aquí fuera?

—Mmm. ¿Unos veinte minutos?

—Con razón no te veía. ¿Tan aburrido era el banquete?

—También eso, pero tuve que escapar antes de que fuera demasiado tarde.

¿Escapar? ¿Antes de que fuera demasiado tarde? ¿Acaso había asesinos en el lugar?

Marianne palideció de inmediato, dejándose llevar por su imaginación. Eckart, al notar su semblante, se apresuró a explicarle:

—No parecía que el gran duque y el duque Lamont estuvieran ayudando mucho a calmar a la duquesa. Pensé que terminarían batiéndose en duelo en medio del salón.

Había algo de exageración, pero era la excusa más cercana a la verdad. La duquesa Lamont no había dejado de perseguir a Eckart para quejarse desde que terminó la competencia de artes marciales.

Después de que Raine —que había escapado como una ardilla tras ser atrapada por el cuello— se excusara diciendo: «¿Cómo voy a negarme si Su Majestad me lo pide?», Eckart se había convertido de repente en un emperador malvado que engatusaba y utilizaba a su inmadura prima.

Por cierto, dejé mi conciencia en la puerta antes de entrar. La recogeré al salir.

Eckart estaba seguro de que la conciencia de Raine seguía allí fuera, donde la había dejado.

—¿Por qué no dejaste que se batieran? Habría sido un encuentro bastante entretenido.

—Eso es demasiado. ¿No es acaso una virtud caballeresca mostrar clemencia con los heridos? —Eckart levantó su brazo derecho. Marianne entornó los ojos y alzó ligeramente la barbilla.

—Lo siento, pero yo no soy un caballero. ¿Y no acabas de decir que estabas bien?

—Mi dolor es bastante oportuno; sabe aparecer en el momento justo.

—Es un tipo muy astuto.

—¿Como Callisto, que me echó toda la culpa y huyó?

Marianne estalló en una carcajada. Eckart sonrió levemente y la rodeó por los hombros. Una suave presión guió su mirada hacia el largo corredor que cruzaba el balcón.

—Ve al final de ese pasillo, luego la segunda puerta en la esquina izquierda. Evelyn y la señorita Essenbach te esperan allí. Creo que el astuto Callisto también andará cerca.

Una voz serena rozó su oído y descendió por su nuca. Marianne contempló el pasillo silencioso que él señalaba antes de girarse. Sus ojos azules brillaban de cerca, con un ligero temblor, como si escrutaran su reacción.

—Su Majestad.

Ahora que lo pensaba, ni siquiera lo había saludado como es debido por la sorpresa. Más allá del revuelo causado por Ober, el resultado de la competencia de artes marciales había sido, en sí mismo, un regalo conmovedor.

No sabía cuánto había calculado él de antemano. Pero si no hubiera supervisado personalmente hasta el más mínimo detalle, Callisto y Ludwig jamás habrían tenido la oportunidad de cruzar sus espadas ante todo el mundo. Marianne, dándose cuenta tardíamente, movió los labios para hablar. Pero Eckart, que era rápido en notar esas cosas, sacudió levemente la cabeza como rehusándose.

—No aceptaré agradecimientos. Para ser honesto… no puedo aceptarlos. No los merezco.

Marianne frunció ligeramente el ceño, desconcertada. Eckart suspiró en silencio.

—Raine me lo dijo. Que te veías un poco, no, en realidad, muy cansada. Estaba muy preocupada porque hubieras venido a la capital de repente con solo una doncella y un caballero, pasando por tantos altibajos. Criticó con amargura que la capital estuviera llena de gente intentando usarte, y yo no tuve nada que decir. Porque yo también era una de esas personas desvergonzadas.

—Su Majestad. Eso…

—Mientras tanto, me pidió mi cooperación, diciendo que había encontrado una idea brillante para animarte, y yo estuve dispuesto a ayudar en todo lo que mis facultades permitieran. Pensé que sería útil tener a alguien de confianza a tu lado. Por supuesto, la señorita Valois es tu amiga más cercana, así que la habríamos llamado a la capital algún día aunque esto no hubiera pasado…

—No. Pude verla mucho antes gracias a Su Majestad. Se lo agradezco de todo corazón.

Marianne respondió con firmeza, cerrando el tema. Sus manos cálidas sujetaron con fuerza ambas muñecas de Eckart. Era una postura clara: no permitiría que sus elogios y su gratitud pasaran desapercibidos.

Eckart bajó la vista hacia sus manos, apresadas por las de ella. Vio la mano que lo había detenido sin vacilar, sin la menor duda.

Era una fuerza que jamás le permitiría huir ni retroceder. Para él, que había vivido toda su vida atado a algo, era la sensación de grilletes más familiar y terrible. Sin embargo, el agarre de ella no era superior al de cualquier mujer adulta; podría habérselo sacudido con facilidad si hubiera querido.

Pero Eckart no se soltó. No quería hacerlo. Se sometió con gusto a su control. Por voluntad propia.

—Dale las gracias a Raine, que estaba profundamente preocupada por ti. Yo no habría podido organizar un evento tan audaz sin ella. En cierto modo, es como si yo también estuviera en deuda con Raine.

—Por supuesto, también le expresaré mi gratitud. Pero a Su Majestad quiero darle algo más. Un agradecimiento especial.

Ya fuera porque notó esa sumisión voluntaria, o porque simplemente no pensaba ceder como de costumbre, Marianne sonrió con picardía y dio un paso al frente. Los volantes de su suave vestido dorado se mecieron suavemente como las olas de un campo de trigo maduro.

Sin soltar el calor que apresaba las manos de Eckart, acortó la distancia e inclinó la cabeza hacia atrás. Estaba tan cerca que el aliento de él caía directamente sobre su frente y la punta de su nariz.

—¿Es que no lo quieres?

Esos ojos verdes como la hierba fresca clavaron la mirada en Eckart.

—No es que no quiera… —balbuceó él, buscando una excusa.

Marianne, como si lo supiera, entornó los ojos con un gesto de confianza. En ese preciso instante, todo el paisaje a su alrededor, excepto ella, pareció quedar en suspenso. Eckart contuvo el aliento sin darse cuenta. Su mirada azul recorrió lentamente el rostro de ella, que ahora tenía los ojos cerrados. La luz del sol se filtraba entre sus espesas pestañas. Su nariz perfilada. Sus mejillas, encendidas de vida, y sus labios, que parecían pequeños y suaves…

—¿Qué esperas? Es la oportunidad perfecta. No hay nadie cerca y tenemos la excusa ideal.

Marianne, notando el prolongado silencio, abrió un ojo ligeramente y lo instó a actuar. Eckart soltó finalmente un poco del aire que retenía. El corazón le latía con la misma fuerza que si hubiera corrido diez vueltas al patio de la orden de caballeros, a pesar de no haber hecho nada todavía. Era asombroso.

¿Acaso esto es un pecado? No somos niños, ambos somos adultos. Incluso tuvimos una ceremonia formal de compromiso. Para engañar a Ober, necesitamos más que este disfraz… No, por supuesto, esto no es un disfraz forzado. De todos modos, si lo piensas, no es la primera vez que la beso estando sobrio…

Maldita sea.

Eckart luchó en silencio con un autodesprecio aún más intenso que antes. Todo gracias a que recordaba con total nitidez sus propias atrocidades la noche de la lluvia torrencial.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta mi agradecimiento especial?

—No, no es eso…

—Ah, ¿entonces Su Majestad quiere recibirlo solo porque soy yo quien lo da? Qué astuto.

¿Astuto…?

Eckart se tensó como un caballero sorprendido en una emboscada. No entendía el uso de esa palabra en este contexto, una que probablemente no escucharía de nadie más aunque volviera a nacer tres veces. Era más fácil aceptar la idea de que la definición del diccionario para «astuto» había cambiado sin que él se enterara.

—Bueno, está bien. Seré un poco más generosa con el favor que estoy haciendo. Entonces, solo un poquito así…

Sin previo aviso, Marianne agarró el cuello de su casaca con la mano que sujetaba su muñeca derecha. Como un perro con correa que cambia de dirección al paso de su dueño, Eckart confió su cuerpo a la fuerza que ella ejercía. Su torso se inclinó hacia abajo.

Se escucharon tres besos sonoros y juguetones.

Marianne retrocedió un paso. Al soltar el cuello que sujetaba, Eckart enderezó lentamente su cuerpo inclinado.

Miró a Marianne con una expresión indescriptible. Ella dio otro paso atrás y, con un gesto de total satisfacción, contó el rastro de esos besos traviesos, donde la forma de sus labios permanecía grabada tenuemente.

Uno en la línea del cuello a la izquierda, uno bajo la mandíbula derecha y otro en la mejilla izquierda. La marca en la mejilla, donde lo había besado primero, era la más nítida. Quizá por su extraordinaria belleza, el efecto resultaba más adorable que ridículo. Según se mirase, podía parecer sugerente, pero no resultaba vulgar ni barato.

Más bien…

—Marianne.

—Vaya, ¿ya es esta hora? Si me quedo aquí perdiendo el tiempo, Cordelia y la señora Charlotte terminarán por odiarme. Les dejé todo el trabajo de la recepción. Pero quizá treinta minutos, no, veinte minutos más estén bien, ¿verdad? Regresaré lo antes posible, así que, por favor, ayudalas en mi lugar hasta entonces, Su Majestad.

Marianne plegó y ocultó las alas de su imaginación que empezaban a agitarse. Tras levantarse un poco el dobladillo del vestido en un gesto de cortesía, abandonó el lugar antes de recibir permiso.

—Ah, es cierto.

Tras dar unos pasos, se detuvo un momento y miró hacia atrás, como si hubiera olvidado algo. Su rostro inocente sonrió como el de una villana que acaba de culminar un plan maestro.

—Deberías mirarte en un espejo antes de volver al salón. Sin falta.

Eckart permaneció allí, de pie, inmóvil incluso después de escuchar aquellas palabras. Marianne se alejó rápidamente, casi huyendo.

Tras pasarse una mano por la nuca ardiente, el emperador frunció el ceño al confirmar el rastro de carmín rojizo en la punta de sus dedos. Su rostro pálido se encendió al instante, rojo como si lo hubiera envuelto una bola de fuego. Un suspiro profundo, de esos que parecen hundir el suelo, escapó de sus labios.

¿Qué voy a hacer? Es demasiado adorable.

Marianne, como quien deja a un niño a la orilla del agua, volvió la vista atrás varias veces mientras se alejaba. Reía entre dientes, como si le faltara un tornillo. Apuró el paso, como si alguien fuera a tirarla por el cuello para perseguirla, aunque, a decir verdad, no había necesidad de ello.

¿Es lícito ser así de adorable? ¿Acaso juega estos… estos juegos tan peligrosos con otras personas también?

Eckart se perdió en tales desvaríos hasta que la sombra de la joven desapareció por completo al final del pasillo.

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