Traducido por Shroedinger
Editado por Tsunai
Siren ya había visto antes al Rey de Carnot en persona.
Fue hace mucho tiempo; habría que remontarse a su época en el centro de investigación. Además, no fue cuando volaron el centro por los aires. Cuando ocurrió aquel incidente, Siren estaba en el edificio de al lado, así que aprovechó el caos para darse el piro antes de tiempo. En otras palabras, no vio a Lakis personalmente en el laboratorio aquel día.
La ocasión en la que Siren lo vio fue un poco más atrás en el tiempo.
Como es lógico, Siren fue uno de los pocos sujetos de pruebas que consiguió asimilar el poder de las ruinas durante los experimentos. Cuando sus habilidades maduraron hasta cierto punto, su pasatiempo favorito pasó a ser el uso de pájaros para ver el mundo exterior.
—Hoy te toca ir a “la tumba”.
Entonces, un día, escuchó por casualidad una conversación entre el médico y los investigadores y, de repente, le entró la curiosidad.
♦ ♦ ♦
—¿Yo? ¡Ni hablar! Ya me tocó la última vez. —¿Es que no ves que estoy ocupado con otra cosa? Solo tienes que ir a ver cuántos siguen vivos; ¿a qué viene tanto jaleo? —Es que ese sitio da un mal rollo increíble. —No veo qué es lo que te da tanto miedo, si son todos iguales. Simples experimentos. —Seguro que no piensa eso de verdad, doctor. Siempre que le toca a usted, se saca de la manga una excusa u otra para pasarnos el marrón; ¿se cree que no me doy cuenta? —¿Qué has dicho, niñato?
♦ ♦ ♦
“La tumba” a la que se referían era el lugar donde alojaban a los sujetos de pruebas de segunda generación. Sin embargo, el entorno allí era distinto al del centro de investigación; al parecer, se respiraba una atmósfera mucho más sangrienta y peligrosa.
Siren había oído decir a los investigadores que el laboratorio donde ella estaba era un “invernadero” comparado con “la tumba”. Los sometían a experimentos dolorosos a diario y, si no aguantaban, su único destino era morir y que los tiraran a la basura… ¿y decían que aquella vida era como vivir en un invernadero?
Sinceramente, en aquel momento, Siren estaba bastante cabreada. De ahí que se le ocurriera colar un pájaro en aquel lugar al que llamaban “la tumba”. Y lo que presenció allí…
Era un sitio verdaderamente asqueroso, de los que te revuelven el estómago. Tan repugnante como aterrador; algo que te ponía los pelos de punta.
Después de aquello, Siren se pasó casi una semana vomitando todo lo que comía y teniendo pesadillas cada noche. Estaba tan mal que incluso Arachne, que no solía hacerle mucho caso, se acercó a preguntarle qué demonios le pasaba.
A quien Siren vio en “la tumba” a través de los ojos del pájaro no fue a otro que a Lakis Avalon cuando era un crío. Ya por aquel entonces, en cuanto descubrió al pájaro de Siren, lo trincó con una mano ensangrentada y le retorció el pescuezo al instante.
—No, a ver… ¿qué hace alguien de Carnot en casa de Arachne?».
Siren estaba de los nervios y tenía la cabeza hecha un lío.
¿Qué demonios hacía ese ser aterrador en casa de Arachne? ¿Era un intruso que iba a por ella? En ese caso, ¿no debería avisar a Arachne cuanto antes?
Pero, por otro lado… ¿no se movía con demasiada naturalidad por la casa? Además, la máscara que tenía en la mano era la de Arachne, ¿verdad?
—¿Eh…?
Entonces, ¿qué significa esto?
Siren se sintió confundida de repente. Sinceramente, ella no era precisamente de las “buenas”, pero aquello la superaba.
Vale, se lo preguntaré al chucho
—¡Oye, perro guardián! ¡¿Dónde estás?!
—¿Krreung?
A pesar de haber gritado, escuchó la respuesta justo a su lado. Siren dio un respingo y giró la cabeza. Vio a Leo asomando lentamente la suya de entre sus alas, que estaban extendidas sobre el suelo.
Leo parecía haber estado durmiendo usando las alas de Siren como si fueran una manta; tenía la mirada perdida y aguzó las orejas. Al ver aquello, lógicamente, a Siren le subió la sangre a la cabeza.
—¡Será canijo…! ¿Pero qué te has creído? ¡Con razón sentía las alas tan pesadas!
♦ ♦ ♦
Siren desplegó las alas y todo el montón de trastos que tenía encima cayó al suelo. Leo aterrizó con agilidad, una estampa que no hizo más que irritar a Siren, y acto seguido se rascó la nuca.
—Oye, ¿sabes quién hay en casa de Arachne?
Siren se envolvió en sus propias alas como para protegerlas mientras miraba a Leo con mala cara, pero sin olvidarse de comprobar lo que realmente importaba.
Al oír la pregunta, Leo ladeó la cabeza. Mientras intentaba procesar qué quería saber Siren, recordó lo que se había dicho en el cementerio hacía poco.
—¿Un gato? —¿¿Un gato??
A Siren se le desencajó la cara.
¿Un gato? ¿Pero qué soplapollez es esa? ¿Acaso a Arachne le ha dado ahora por criar un gato en su casa?
—¿Y qué me dices de una persona?
—¿Kng?
Esta vez, Leo negó con la cabeza como si no tuviera ni la menor idea.
—¿Dónde está Odín?
Preguntó pensando que tendría más sentido interrogar al Cuervo sobre estos temas, pero Leo parecía tener sueño de nuevo, porque empezó a acurrucarse sobre las plumas que se le habían caído a Siren de las alas.
Siren sentía que estaba a punto de estallar de pura frustración e intentó presionar a Leo para que hablara. Sin embargo, él se limitó a soltar un bostezo interminable y pasó de ella olímpicamente.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que se le había olvidado un pequeño detalle.
A la única persona a la que el perro guardián escuchaba de verdad era a Arachne. Pese a ser un experimento fallido, el perro guardián era como los demás sujetos de pruebas: por lo general, se la sudaba cualquier cosa que no fuera él mismo. Las únicas excepciones eran Arachne y Odín, aunque, por supuesto, lo que sentía por uno y por otro estaba en las antípodas.
Maldita sea. Tendré que hablar con Arachne cuando venga.
De todos modos, hoy era el día en que Arachne se pasaba por el escondite del perro guardián. Así que, con la idea de que sería mejor preguntarle a ella personalmente más tarde, Siren se puso a recomponer irritada sus plumas, que Leo había dejado todas aplastadas.
♦ ♦ ♦
—¿Eh? ¿Arachne?
Sin embargo, en cuanto Yuri llegó de verdad, Siren se achantó y toda la energía que tenía antes se esfumó por completo.
—Vaya, esta vez estás despierta —comentó Yuri.
La mayoría de las veces que Yuri venía de visita, Siren estaba sumida en un sueño profundo intentando recuperarse. Por eso, a Yuri le pilló por sorpresa verla con los ojos abiertos.
—¡Yuri!
Como era de esperar, Leo salió disparado inmediatamente para recibirla con su alegría de siempre. Siren lo observó pensando que era un chucho insoportable.
—Ejem. Esto… Arachne…
Siren carraspeó y empezó a medir sus palabras. No se había parado a pensarlo antes, pero tenía que abordar el tema de Lakis Avalon con mucho tiento. Si daba un paso en falso, Yuri se daría cuenta de que había estado fisgando en su casa sin permiso.
—A ver… quiero decir… ¿vives sola?
De momento, Siren soltó la primera pregunta intentando que sonara lo más natural posible. Pero, por desgracia, a Yuri no se lo pareció en absoluto.
—¿A qué viene esa pregunta?
Mosqueada, Yuri entrecerró los ojos mientras le respondía. Siren se sobresaltó ante su reacción y soltó una excusa atropelladamente:
—¡Solo… solo tenía curiosidad! ¿Qué pasa? ¿Es que no puedo tener curiosidad o qué?
En mi caso, no veía motivo alguno para que Siren tuviera curiosidad, pero me dio la sensación de que sería un engorro si se lo decía, así que me guardé el comentario.
—No vivo sola.
Tras soltar aquella respuesta tan casual, volví a sentirme de un humor extraño. No vivo sola. No sabía cuántos años habían pasado desde la última vez que había dicho algo así.
—¿Ah, sí? ¿Y eso?
—¿Has vuelto a fisgar en mi casa? —le solté a bocajarro con tono inexpresivo.
Siren se puso tensa al instante. Le remordió la conciencia y lo negó con todavía más ahínco.
—¡Ni hablar! ¡¿Cómo iba a hacer eso?! ¿Pero por quién me has tomado? ¿Te crees que no tengo nada mejor que hacer con mi tiempo?
Lo ha hecho, no hay duda. Estaba convencida.
Era obvio que Siren había visto a Lakis Avalon en mi casa y ahora me estaba tanteando con nerviosismo. Pero ella se empeñaba en asegurar que no había mirado y, como era de esperar, no sentí la necesidad de sacarle las palabras con sacacorchos. Por supuesto, desde el punto de vista de Siren, era como si yo le hubiera ganado la partida.
—Es que el chucho… dijo que vivías con un gato, así que… —balbuceó ella, con las alas caídas y un aspecto más demacrado que antes.
—Por cierto, te he traído esto —dije mientras sacaba algo.
En cuanto vio que rebuscaba en una bolsa de papel que crujía, los ojos le empezaron a chiribitas.
—¿M… me has comprado algo?
¡Arachne me ha traído un regalo!
En realidad, Siren no dijo nada porque sabía que no colaría, pero lo cierto es que, en el fondo, le daba envidia que yo le trajera tantos dulces y ropa a Leo. Así que, al oír aquello, se le iluminó la cara.
—¿Qué es?
Siren observó mi mano con una mezcla de alegría y expectación.
—No es gran cosa, simplemente me pareció que te haría falta. —¡No importa, me vale cualquier cosa!
Sin embargo, en cuanto lo saqué de la bolsa de papel y se lo puse en la mano… Siren se encendió de golpe y lo tiró al suelo.
—¡No necesito estas porquerías, ¿vale?!
¡Lo que le había comprado era una loción crecepelo!
En mi fuero interno, yo solo estaba pensando en las calvas que tenía en las alas y en las plumas que le faltaban. Pero, claro, a Siren se le habían chafado todas las expectativas y no pudo evitar cogerse un rebote.
Sin tener ni idea de qué se le pasaba por la cabeza, vi cómo pasaba de la alegría al enfado en un segundo; simplemente pensé que seguía siendo tan impredecible como siempre.
—Si no lo quieres, lo tiro.
Lancé un hilo y recuperé el bote de loción que había arrojado al suelo. Al verlo, Siren se estremeció de nuevo
