La Tierra está en línea – Capítulo 154: Tú vives en mi corazón

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


El anciano subterráneo miraba a los dos polizones con ojos codiciosos. Su expresión era descarada, explícita; al soltar una risa siniestra dejó al descubierto unos dientes amarillentos. Era exactamente el mismo viejo que había aparecido tres horas antes y ahora observaba a Fu Wenduo y a Li Miaomiao con idéntica avidez.

—Un polizón puede cambiarse por un cuenco de comida para gato… Es un buen trato.

La respuesta de los jugadores fue unánime: atacarlo.

Había cinco jugadores presentes y dos eran polizones. Era evidente que ellos jamás aceptarían ser intercambiados por comida; además, los cinco no se conocían entre sí. Si la situación derivaba en un tres contra dos, intentar capturarlos no garantizaría el éxito. Además, Zhao Xiaofei, por su parte, sospechaba que aquel hombre silencioso y poderoso podía ser uno de ellos.

Entre sacrificar a sus compañeros polizones o matar al anciano, los cinco eligieron sin dudar la segunda opción.

Lo que nadie esperaba era que ese viejo desaliñado fuera mucho más fuerte que antes. Sus movimientos eran más veloces y, esta vez, blandía un garrote más grueso. Lo estrelló contra el arma de Fu Wenduo, obligándolo a retroceder un paso mientras sus hombros se sacudían por la fuerza del impacto.

Tang Mo lo comprendió al instante.

—Se ha vuelto más fuerte.

El grupo extremó la cautela.

Tardaron diez minutos en someterlo. Fu Wenduo lo atravesó y el anciano cayó al suelo de forma casi cómica; se estremeció un par de veces antes de quedar inmóvil. Poco después, su cuerpo se redujo a un pequeño montón de cenizas que el viento dispersó.

—¡¿Se convirtió en cenizas él solo?! —exclamó Zhao Xiaofei.

Así era. Esta vez Tang Mo no lo había incendiado y, aún así, se había transformado en cenizas. Él observó los restos oscuros en el suelo, entrecerrando ligeramente los ojos. Luego avanzó, recogió el cuenco de comida que el anciano había dejado caer y, cubriéndose la nariz sin cambiar de expresión, se lo tendió a Li Miaomiao.

La doctora se quedó atónita. Al cabo de un momento, preguntó:

—¿Lo recoges tú… y me lo das a mí?

Tang Mo asintió. Después, junto con Fu Wenduo y Grecia, se colocó en el centro del grupo, adoptando la actitud de un simple espectador.

Li Miaomiao se quedó sin palabras. ¡Este hombre no tenía remedio!

Con expresión abatida, sostuvo el apestoso cuenco y se dirigió al castillo. Tang Mo tenía dos motivos para entregárselo. Primero, ella ya había llevado la comida al interior anteriormente y estaba más habituada al olor. Segundo, el equipo giraba en torno a ella; él no quería destruir la frágil cooperación que acababa de formarse.

Los cinco entraron uno tras otro en el castillo de Schrödinger y el mayordomo cerró la puerta tras ellos. En el interior oscuro, la luz roja de la luna se filtraba a través de las vidrieras, iluminando el espacio tenuemente. Li Miaomiao cargaba con el cuenco y planeaba revisar primero la planta baja, pero Tang Mo la detuvo en cuanto puso un pie en el corredor.

—Por aquí.

Li Miaomiao se volvió hacia la dirección que él señalaba. Era un pasillo sombrío, casi sin decoración, muy distinto a los demás. Ella le lanzó una mirada rápida y asintió.

—Como quieras.

Luego avanzó por el corredor con la comida para gato en las manos. Las dos jugadoras comenzaron a maullar, intentando atraer al misterioso animal. Al llegar al final del pasillo, Li Miaomiao vio una puerta de madera frente a ella y sus pasos se ralentizaron; al instante comprendió la intención de Tang Mo. La doctora miró con calma a sus compañeros, buscando una reacción.

Ninguno de los dos respondió.

—Tengo buen olfato para estas cosas… —murmuró ella, y añadió en voz alta—: Esto es la cocina, ¿verdad? Entremos a echar un vistazo.

El mayordomo de mediana edad alzó lentamente la cabeza y la miró fijamente.

—¿No podemos entrar a buscar al gato? —preguntó ella.

—Pueden —respondió él con tono mecánico.

Sacó una llave y abrió la puerta. Sobre el fogón hervía un cuenco de sopa cuyo aroma impregnaba la estancia. El olor se mezcló con la pestilencia del contenido que Li Miaomiao sostenía en la mano. Incluso Fu Wenduo levantó una ceja, ligeramente mareado. A la doctora le tembló la comisura de los labios mientras recorría la cocina.

Finalmente, el grupo se detuvo frente a un armario cerrado con llave. Zhao Xiaofei frunció el ceño y preguntó:

—El cuenco anterior estaba guardado aquí, ¿verdad? ¿Puede abrirlo para que lo comprobemos?

El mayordomo bajó la cabeza y no respondió.

—¿No puede abrirlo? —insistió Li Miaomiao.

El hombre permaneció en silencio, con la cabeza gacha. Las dos mujeres percibieron que algo no encajaba y volvieron a pedírselo, pero era como si al mayordomo le hubieran quitado el sonido: no reaccionaba, como si solo pudiera responder ante una palabra clave específica.

Tang Mo preguntó entonces:

—¿Podemos forzar el armario?

El mayordomo siguió callado. Los labios del joven se curvaron levemente.

—Si no responde, supongo que eso significa que sí.

Los ojos de Li Miaomiao se abrieron de par en par.

—Espera, ¿vas a forzarlo?

Antes de que pudiera añadir nada más, Fu Wenduo dio un paso al frente. Su dedo índice derecho se transformó en un fino alambre. Al verlo, los ojos de Grecia brillaron y esbozó una sonrisa extraña. El polizón introdujo el alambre en la cerradura y lo giró varias veces hasta que un chasquido seco liberó el candado.

El armario se abrió con un crujido y el grupo observó el interior vacío. Li Miaomiao se volvió hacia el mayordomo.

—¿Qué pasó con la comida que había aquí dentro?

Esta vez, el hombre alzó la cabeza y respondió:

—La tiré.

Nadie pudo rebatirlo. Desde el principio, él había dicho que esa cosa maloliente no podía permanecer en el castillo y que él mismo se encargaría de ella. No era imposible que la hubiera desechado. Aun así, las dos mujeres sentían que algo no cuadraba; quizá fuera simple intuición, pero ambas sabían que las cosas no eran tan sencillas.

—¿Dónde la tiraste? —preguntó Zhao Xiaofei.

El mayordomo repitió, imperturbable:

—La tiré.

—¿Dónde exactamente? —insistió Li Miaomiao

La comida para gato desprendía un hedor muy intenso. Si el mayordomo la había sacado del armario para tirarla, deberían poder encontrar el rastro. Pero el hombre solo respondió una y otra vez:

—La tiré.

El grupo lo observó en silencio. Entonces, irritada, Li Miaomiao decidió imitar la lógica de Tang Mo.

—¿Dirás la verdad si te golpeamos?

Para su sorpresa, el mayordomo levantó la cabeza y la miró fijamente.

—Está prohibido golpear cualquiera de las pertenencias de Schrödinger.

Li Miaomiao se quedó sin palabras, añadiendo en su interior: Maldición, ¿por qué no se quedó callado esta vez?

—¿Eres tú una de las pertenencias de Schrödinger?

La voz clara de un hombre sonó a su espalda. Tang Mo estaba junto a Fu Wenduo; quien había hablado, con una sonrisa en los labios, era Grecia, un poco más atrás.

El mayordomo respondió:

—Sí. Con excepción de los cinco invitados, todo en esta fortaleza pertenece al gran señor Schrodinger.

—¿Incluida la persona subterránea que apareció hace un momento? —preguntó Grecia.

El mayordomo inclinó la cabeza.

—Sí.

Zhao Xiaofei abrió los ojos de par en par al recordar la conjetura anterior de Li Miaomiao.

—¡El gato de Schrödinger no tiene por qué ser un gato! —exclamó ella—. Puede ser una persona o cualquier otra cosa. Entonces… ¿quieres decir que el gato es en realidad la persona subterránea? ¿Que no es un hombre de verdad? Puede volver de entre los muertos y convertirse en cenizas. ¡Él es el gato de Schrödinger!

—No lo es —intervino Fu Wenduo en voz baja—. Al gato de Schrödinger le gusta la comida para gatos. No la cambiaría por polizones porque no necesita; lo que busca es su alimento.

—Además, al gato de Schrödinger le encanta la limpieza —añadió Tang Mo con calma—. Ese sujeto, claramente, no.

Grecia les sonrió a ambos mientras acariciaba al pequeño gato negro que sostenía en brazos.

—¿Me toca? Schrödinger solo tiene un gato. Ese hombre que «resucita» puede ser el mismo individuo, pero no es el gato. Milady, en resumen: ese sujeto no es el gato de Schrödinger.

Tang Mo lanzó una mirada a Grecia y dijo con serenidad:

—Cuando eliminas lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.

Li Miaomiao reflexionó sobre la frase. Unos segundos después, se estremeció y miró fijamente al mayordomo, cuyo rostro seguía inexpresivo.

—Schrödinger solo tiene un gato, y está en esta fortaleza —añadió Tang Mo.

Fu Wenduo lo miró de reojo y completó:

—Y le encanta la limpieza.

Grecia abrazó al pequeño gato negro, levantó una de sus patas y la hizo arañó el aire mientras añadía:

—Y solo él tiene la llave de este armario.

Los cinco jugadores clavaron la vista en el mayordomo. Él seguía con la cabeza gacha, como si no comprendiera de qué hablaban. Tang Mo continuó:

—Si realmente el gato se hubiera comido la comida, o si alguien hubiera abierto el armario a escondidas para llevársela, no habría necesidad de volver a cerrarlo. Al gato de Schrödinger le encanta este alimento, pero dudo que ningún animal se acerque aunque demos otra vuelta por el castillo con este segundo cuenco. Al final, simplemente nos recordarás que aquí no se permiten malos olores y lo retirarás. En otras palabras… esta comida es tuya. Te gusta comerla.

Fu Wenduo tomó el cuenco de manos de Li Miaomiao y se lo tendió al hombre. Sus ojos oscuros, profundos e insondables, se clavaron en él mientras murmuraba:

—¿Te lo vas a comer?

El mayordomo lo sostuvo entre sus manos y alzó lentamente la vista. Tras un largo silencio, abrió la boca y, con una voz rígida y desagradable, maulló:

—Miau.

¡Ding, dong! La primera misión secundaria: «Encontrar al gato de Schrödinger» se ha completado. Se ha activado la misión principal: El juego del escondite de Schrödinger.

La voz clara resonó por todo el castillo y se interrumpió bruscamente tras el anuncio. Los jugadores aguardaron, pero la Torre Negra no añadió nada más. Tang Mo y Fu Wenduo intercambiaron una mirada de extrañeza, mientras Zhao Xiaofei permanecía aturdida.

—¿Activamos la misión principal y… desapareció?

Tang Mo esperó unos segundos antes de dirigirse al mayordomo:

—¿Y ahora qué debemos hacer?

El hombre parecía ser el jefe del juego, el encargado de iniciarlo; en teoría, él debería dirigirlo. Sin embargo, no respondió. Sostenía el maloliente cuenco y miraba a Tang Mo mientras repetía con tono mecánico:

—Miau, miau. Miau, miau.

Tang Mo se quedó sin palabras. El resto del grupo guardó un silencio sepulcral. ¡Ni Jack se creería que esa cosa era un gato!

Hicieran la pregunta que hicieran, el mayordomo solo contestaba con un «miau». Las dos jugadoras comenzaron a inspeccionar el castillo el castillo; si se trataba de un juego del escondite, tenían claro que debían buscar algo.

Grecia, en cambio, no parecía tener intención de moverse. Permaneció en la cocina con el gato negro en brazos, se sirvió un vaso de agua y se apostó con elegancia junto a la ventana, contemplando el bosque de acero que se extendía más allá de la fortaleza. Tang Mo se acercó.

—Señor Grecia.

Él se volvió y, tras un momento, sonrió.

Milady, ¿en qué puedo ayudarle?

—¿De dónde es usted?

—¿De dónde es cualquier persona? —replicó Grecia.

Tang Mo mantuvo la calma.

—Antes de que la Tierra se pusiera en línea, ¿dónde vivía? ¿En qué distrito de China?

Grecia lo miró fijamente y respondió con total seriedad:

—Vivo en tu corazón.

Tang Mo se quedó sin palabras.

—Entonces, ¿puedo preguntarle dónde vive usted, señor Grecia?

Una voz grave sonó desde un lado. Fu Wenduo, apoyado contra la pared, observaba al alto mestizo con una sonrisa en los labios, aunque sus ojos permanecían fríos.

—¿También vive en mi corazón?

Grecia sonrió.

—No. Solo vivo en el corazón de esta lady. O quizá es al revés, y sea en mi corazón donde vive; estoy fascinado por él. Si mi corazón pudiera dividirse en tres, una parte sin duda le pertenecería, pero lamentablemente siempre elijo lo más importante. Así que… —Acarició al pequeño gato negro y miró a Tang Mo—. Milady, usted vive en mi corazón.

Fu Wenduo sostuvo en silencio la mirada del rubio y, tras unos segundos, esbozó una sonrisa profunda. En ese momento, Zhao Xiaofei y Li Miaomiao regresaron a la cocina.

—No encontramos nada extraño —informó Zhao Xiaofei.

La doctora se acercó y añadió:

—Ustedes también deberían revisar el castillo. Es la primera vez que me topo con un juego tan extraño; solo nos dio el nombre, pero no explicó las reglas ni ofreció ninguna pista sobre lo que debemos hacer.

Fu Wenduo declaró:

—La Torre Negra ya nos dio una pista. El juego del escondite se divide en dos bandos: los que se esconden y quienes buscan. En este caso, está claro que nosotros somos los buscadores. Por lo tanto, solo tenemos que encontrar a quien se oculta.

Era la primera vez que Li Miaomiao escuchaba a Fu Wenduo decir tantas palabras seguidas y lo miró con sorpresa. En la organización Tian Xuan, todos conocían su nombre. En Beijing, en toda China e incluso en el resto del mundo, su identidad era legendaria. Sin embargo, fuera de Tian Xuan, casi nadie había tenido contacto directo con él.

Seis meses atrás, cuando Fu Wenduo estaba a punto de abandonar Beijing, Li Miaomiao acompañó a Ruan Wangshu y a Qi Heng para interceptarlo e intentar reclutarlo. Aquel hombre era silencioso y formidable. Al luchar, no lo hacía solo por la victoria, sino para proteger vidas; era distinto a ellos. Aunque también eran polizones, no desprendían el olor de un asesino. Ruan Wangshu había dicho que, probablemente, Fu Wenduo había matado a más personas que todos ellos juntos.

Li Miaomiao siempre creyó que él era del tipo que no hablaba mucho y se limitaba a cumplir órdenes, como Lian Yuzheng. Cada vez que desafiaban a la Torre Negra, esta apenas pronunciaba palabra; por lo general, Ruan Wangshu elaboraba la estrategia y ella la ejecutaba en silencio. En su mente, Tang Mo y Fu Wenduo funcionaban de la misma manera. Entonces, ¿por qué de pronto este último hablaba tanto?

Li Miaomiao lanzó una mirada a Tang Mo. Su expresión era tranquila, como si supiera algo.

Debe ser parte de su estrategia, pensó en secreto.

Lo que ella ignoraba era que, aunque Tang Mo aparentaba serenidad, por dentro sentía una enorme presión. Hacía tiempo que había comprendido que este juego consistía en encontrar a alguien; innumerables conjeturas cruzaban su mente, pero ninguna lograba atrapar esa chispa de claridad.

¿Acaso Fu Wenduo ya lo sabía?

Él continuó:

—En cuanto identifiquemos a quien se esconde, el juego debería comenzar con normalidad. Además, si conseguimos atrapar a esa persona, podría terminar de inmediato. —Miró a Tang Mo y su tono se suavizó ligeramente—: El juego del escondite tiene otro nombre: cucú-tras.

Esa suavidad en su voz fue casi imperceptible; nadie advirtió el cambio. Tang Mo y Fu Wenduo se miraron. En ese instante, Tang Mo comprendió lo que el otro quería decir. La respuesta lo sorprendió, pero al analizarla con calma, le pareció incluso un poco divertida.

Siempre había sabido que su propia manera de pensar era extremadamente racional: le gustaba seguir las pistas y extraer conclusiones lógicas. Fu Wenduo, en cambio, solía lanzar ideas aparentemente caprichosas; su pensamiento era abierto y poco convencional, aunque nunca absurdo. Y, en muchas ocasiones, acertaba.

Esta vez, la respuesta le arrancó una leve sonrisa. Fu Wenduo se giró hacia Grecia, quien permanecía junto a la ventana con una taza de té en la mano, y dijo con naturalidad:

—El gato de Schrödinger no es un gato, sino una persona. En este juego, solo puede ser Schrödinger. Si el gato no es un animal, sino una persona… entonces, ¿quién es Schrödinger?

Pasaron unos segundos antes de que Li Miaomiao soltara un grito ahogado:

—¡Entonces no eres el gato de Schrödinger… eres Schrödinger!

Antes había sospechado que Grecia era el gato, pero se había equivocado. Ahora que lo llamaba Schrödinger, cuanto más lo pensaba, más sentido tenía. Tal vez su intuición no había señalado al gato… sino al mismísimo Schrödinger.

Al oírla, el mayordomo de mediana edad, que comía alimento para gatos en un rincón de la cocina, levantó la cabeza y miró a Grecia.

Bajo la atenta mirada de los cuatro jugadores y del mayordomo, este permaneció inmóvil unos segundos. Luego sonrió y se señaló a sí mismo.

—¿Ahora resulta que yo soy Schrödinger?

Zhao Xiaofei no pudo evitar pensar: ¿Te llamas Grecia Schrödinger? ¿O Schrödinger Grecia?

—Mi nombre es Grecia Sykes.

Las dos mujeres no le creyeron ni por un segundo. Li Miaomiao se volvió hacia el mayordomo.

—¿Es él Schrödinger?

El hombre respondió con un simple:

—Miau.

Grecia adoptó una expresión inocente.

—Miladies, de verdad que no soy Schrödinger.

Li Miaomiao observó a Fu Wenduo y a Tang Mo; al ver que ambos permanecían tranquilos, decidió confiar en su criterio.

—Puede que no sea su nombre, pero en este castillo solo estamos nosotros cinco y el gato de Schrodinger. Si no es usted, ¿quién más podría ser? —Echó un vistazo fugaz a Zhao Xiaofei antes de apartar la mirada; le resultaba más probable que fuera él y no su compañera. Desde el primer momento había percibido en él un temperamento extraño, una naturaleza distinta a la de los demás jugadores que, aunque difícil de describir, la convencía de que él era diferente.

Grecia levantó la mano y golpeó rítmicamente el suelo con su bastón, dispuesto a refutar la acusación, cuando una voz intervino:

—Victor nunca dijo que él fuera Schrödinger.

Li Miaomiao se quedó atónita. Grecia sonrió y volvió la cabeza hacia Tang Mo. Este sostuvo su mirada, se inclinó ligeramente hacia delante y fijó los ojos en él.

—Querido señor Schrodinger, ¿podría decirnos cómo se inicia el juego principal del escondite de Schrödinger? ¿O acaso terminaría ahora mismo si lo capturamos? Porque, de ser así, sería el juego de ataque a la torre más sencillo en el que he participado.

♦ ♦ ♦

La autora tiene algo que decir:

Grecia: Milady, vives en mi corazón.

Mo Tang: …

Viejo Fu: Repítelo. [Sonríe mientras sostiene un cuchillo de 40 metros de largo].

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