El emperador y la mujer caballero – Capítulo 255

Traducido por Maru

Editado por Freyna


El pueblo al que llegaron era un pequeño pueblo rural en la áspera montaña de Acre. Pollyanna nunca imaginó la verdadera razón por la que la habían traído aquí; se limitó a observar la zona y disfrutar del pequeño pueblo. Su propietario, el duque Sneke, estaba detenido y en la cárcel, pero el pueblo seguía funcionando como de costumbre. No era grande ni pequeño; era un pueblo de tamaño medio y su principal industria parecía ser la caza. Había una posada bien construida que solían utilizar los hambrientos, lo cual era una suerte. Esto significaba que Pollyanna y Lucius I no tenían que dormir a la intemperie.

Pollyanna paseó. Al principio, los aldeanos observaron con recelo la repentina aparición de extraños, pero cuando se dieron cuenta de que se trataba de una mujer, se relajaron un poco.

—Parece bastante rica, ¿verdad?

—¿Una mujer que viaja sola?

—No, vi que vino con un hombre.

Una mujer rara vez viajaba sola. Los aldeanos observaban con interés a Pollyanna deambulando por el pueblo. Ya no la miraban con recelo, sino con interés y curiosidad. La razón era simple: Pollyanna era fea. Si una belleza hubiera aparecido de repente en el pueblo, la gente habría sospechado.

—Si, parece rica, pero ¿a qué viene esa cicatriz en la cara?

—Lo sé, ¿verdad? ¿Fue mutilada por un lobo o algo así?

—O tal vez la atropelló una carreta cuando era pequeña.

Las mujeres feas eran más comunes que las hermosas. Pollyanna no era hermosa, pero la gente podía decir que era una dama noble y rica. Pero tener una dama rica con tantas cicatrices… Era una combinación rara. Una cosa era que fuera poco atractiva, pero otra muy distinta era que una mujer tuviera una cicatriz tan grande en la cara.

Los aldeanos se quedaron mirando y susurraron:

—¿Recuerdas que a la hija pequeña de mi vecino le clavaron una flecha en la cara cuando era pequeña? Ocurrió hace unos años. Estaba jugando y acabó herida.

—Sí, pero ahora tiene la cara bien, ¿verdad? ¿Por qué?

—Tuvo suerte porque el maestro Frau estaba allí en ese momento. Le dio una crema medicinal y no le quedó cicatriz en la cara.

—¿En serio? Vaya. ¿Su padre se atrevió a pedirle un favor al Maestro Frau? Debía de estar muy desesperado.

—Bueno, es su única hija y si le hubieran hecho cicatrices, nunca habría podido casarse. Estaba muy preocupado, así que estaba dispuesto a arriesgarse a que le pegaran. Visitó al amo y le suplicó.

—Hmm… Mis pies llevan un rato drenando pus… ¿Debería ir a visitarle también? El maestro Frau sigue aquí, ¿verdad?

—No te atrevas. Te vas a meter en problemas.

Por primera vez, los aldeanos comenzaron a hablar de una persona que Pollyanna reconoció. No pudo evitar acercarse para escuchar. Cuando la gente dejó de hablar, Pollyanna los llamó. Al principio, los hombres no se dieron cuenta de que Pollyanna les hablaba, pero cuando ella volvió a llamarlos, ellos respondieron:

—Oh, ¿necesita algo, señora?

Los aldeanos se acercaron a ella. Pollyanna era una extranjera con una extraña cicatriz, pero no había duda de que era alguien rico e importante. La gente sospechaba que era una dama de la nobleza de alto rango o la esposa de un comerciante muy rico.

Pollyanna preguntó:

—Hablabas de un hombre llamado Frau. ¿Te refieres al señor Frau de la familia Sneke?

—¡¿Eh?! Sí, señora. ¿Conoce al señor?

—Soy su conocida. ¿Así que es cierto que Frau está de visita en esta ciudad?

—¡Sí, sí! ¡Es verdad!

La gente se volvió aún más asombrada y respetuosa cuando se dieron cuenta de que Pollyanna conocía a Frau, que era un noble. Pollyanna se enteró de dónde se alojaba Frau en el pueblo. No pudo evitar sonreír mientras caminaba.

Vaya, qué coincidencia.

Vino aquí con Lucius I como una salida al azar, así que ¿qué posibilidades había de que se encontrará aquí con su prometido? A Pollyanna le encantó en secreto; tarareó en voz baja.

Tal vez no sea una coincidencia. Quizá sea el destino.

Era un pensamiento tan cursi que Pollyanna soltó una risita. Por suerte, no había nadie a su alrededor que presenciara su extraño comportamiento. En pocos minutos, Pollyanna llegó a la pequeña casa, que parecía vacía. Sin embargo, podía oír a gente hablando detrás de la casa. También se oía la risa de un niño, lo que hizo sonreír a Pollyanna.

Entonces, oyó la conversación.

—Aunque digas eso…

—No se puede evitar ahora. Es demasiado tarde para cambiar.

Era la voz de Frau.

Pollyanna pensó aliviada:

Supongo que he encontrado el lugar adecuado”.

Sonrió feliz. Queriendo sorprender a su prometido. Pollyanna caminó hacia el patio trasero en silencio. La conversación continuaba y, a medida que se acercaba, podía oírla con más claridad.

—Por favor, señor Frau, debe reconsiderar su decisión. Tanto usted como el niño podrían salir lastimados de esto. Por favor, olvídese de nosotros y del niño y viva su vida con libertad.

—¡Cómo puede un padre abandonar a su propio hijo! Yo nunca podría hacer algo así, ¡así que ni lo digas!

Pollyanna, dándose cuenta de repente de que se trataba de una conversación muy seria, se detuvo en seco. Ya no sonreía. Apretó los dientes. Sus mandíbulas se apretaron mientras se aseguraba de mantenerse oculta. Se dirigió despacio y con cuidado hacia Frau y un anciano.

—Maestro Frau… Si su señora se entera de esto, se va a poner furiosa.

—No se lo diré para que nunca lo sepa.

—Pero cómo…

—Esta regla no se aplica a ustedes plebeyos, pero nosotros los nobles tenemos una ley estricta sobre la herencia. Esa mujer con la que estoy a punto de casarme no puede tener sus propios hijos. Cuando muera siendo yo su marido, todo lo que ella tenga será heredado a mi hijo.

El anciano no conocía la ley, así que no podía discutir con Frau. Sin embargo, estaba claro que el anciano no le gustaba esta situación. Un plebeyo como él nunca se atrevería a discutir con un noble como Frau, pero…

El anciano sabía el honor que suponía para un hombre como Frau haber amado a su hija, pero al final, el resultado no fue un final feliz.

—Pero señor Frau, si acaba muriendo antes que la señora….

—Me aseguraré de que eso nunca ocurra.

Pollyanna inhaló. El sonido de la risa de un niño se acercó. Un niño corrió hacia Frau y lo abrazó con fuerza.

—¡Padre!

—¡Ja, ja, ja! ¿Cómo has estado, hijo mío?

Frau levantó al niño y le besó las mejillas varias veces. El niño rió feliz y abrazó aún más fuerte a Frau. Era una bonita escena de padre e hijo, pero Pollyanna no podía sonreírles.

El niño tenía un aspecto normal. Al igual que su padre, tenía los hombros redondeados y, teniendo en cuenta que había crecido en un pueblecito con una pareja de ancianos, parecía bien alimentado. Aparte de eso, no tenía nada de especial. Era uno de tantos niños del pueblo, nada más.

Poliana se estremeció y pensó con rabia:

¿Quiere darle mi título a ese niño?

28

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido