La hija del Emperador – Capítulo 45

Traducido por Lily

Editado por Herijo


Esta pareja es todo un caso. El hecho de que Perdel, la mente maestra del mal que encarna el secretismo, sea completamente impotente ante Silvia es lo más fascinante de todo. ¿Acaso el bien triunfa sobre el mal, después de todo? Creía que esas cosas solo pasaban en la literatura clásica, porque la vida me ha demostrado que en el mundo real lo contrario es mucho más común…

—¡C-como sea! —respondió la voz de Perdel con indiferencia. —¿Por qué preguntas por eso de repente? ¿Por qué mi Sil quiere ver eso?

—No preguntes por qué. Solo dime dónde está de una vez.

—¡Qué insensible! ¡Mi ángel nunca me trataría así!

Silvia parecía cada vez más irritada. No creo haberla visto nunca fruncir el ceño de esa manera. Puede que ella fuera un ángel, pero Perdel era Perdel, al fin y al cabo. Era capaz de irritar hasta al más bondadoso de los ángeles. Vaya talento.

—No tengo mucho tiempo para charlar ahora mismo, Perdel.

—Psh.

¿”Psh”? ¿Y eso qué es? Incluso eso sonaba como una de esas conversaciones cursis y empalagosas de pareja. ¡Agh! ¡Quiero crecer y tener citas ya!

Le di un mordisco a la galleta que me trajo Serira mientras reafirmaba mi resolución. ¡Qué rica! ¡Hace solo unos meses, ni siquiera podía comer una galleta!

Recordé una vez más lo agradecida que debería estar por mis dientes. Nunca usaré dentadura postiza, ni siquiera cuando envejezca. Voy a cuidar bien mis dientes para no tener caries.

—Si le preguntas a Owen, probablemente pueda conseguírtelo.

—De acuerdo. Adiós.

¿Eh? ¿En serio? ¿Vas a colgar así?

No fui la única sorprendida. Perdel sonaba igual de desconcertado al otro lado de la línea.

—¿S-Sil? Eh, espera… ¿De verdad vas a colgar? ¿De verdad vas a ser tan cruel?

—Adiós.

—¡S-Sil!

Silvia, no sabía que tenías esa faceta… Pero Silvia colgó en cuanto terminó su asunto. Vaya. Que implacable.

—Pídele a Owen que me lo traiga.

—Sí, mi señora. —La criada hizo una reverencia ante la orden de Silvia y se fue. La miré fijamente por un momento, y luego la llamé.

—¡Sil!

—¿Sí?

—¿Qué es eso? —Señalé el objeto triangular frente a Silvia.

Silvia sonrió ante mi pregunta y me acercó el objeto.

—Ah, ¿es la primera vez que ve una, Princesa? Se llama telepiedra. Se puede comunicar por voz. Se fabrica procesando dos piedras espirituales con la misma frecuencia, pero es bastante cara, así que no hay muchas.

—Es bonita.

—Cuanto más clara es la piedra, más cara es, y mayor es el alcance de las llamadas.

La telepiedra era más pequeña que mis diminutas manos. ¿Esto de verdad permite hacer una llamada? No entendía muy bien cómo funcionaba, pero estaba fascinada. ¡Sobre todo después de haberlo visto en acción ante mis propios ojos! ¡Con la piedra en mis manos ahora mismo!

—Es una piedra espiritual que solo se encuentra aquí, en Agrigent.

—Entonces, ¿hay un espíritu aquí dentro que transporta las voces de un lado a otro?

—¡Quizás!

¿De verdad? Me quedé sin palabras ante la afirmación de Silvia. Solo había soltado una suposición descabellada.

No puede ser que funcione así, ¿o sí? ¿O sí…?

Pero considerando el mundo en el que estábamos, lo que en mi mente era una broma bien podría ser algo serio. La idea hizo que se me erizara el vello de la nuca. Claro, era vagamente consciente de que estaba en un mundo diferente, pero cada vez que me encontraba con algo así, esa vaguedad desaparecía y me golpeaba la certeza de que este era un mundo completamente distinto… junto con el hecho de que realmente había reencarnado.

Ver a Kaitel invocar su espada, el Árbol de Invierno y esta telepiedra, todo ello hacía que mi realidad me golpeara más profundamente. Este mundo estaba lleno de un sinfín de maravillas que aún no había conocido.

—Me llamó, mi señora.

¡Es el mayordomo!

Cada vez que veía a Owen, me fascinaba lo joven que era. El nombre “Owen” me hacía pensar en un anciano de pelo blanco, pero era en realidad un joven de veintitantos años.

—Ah, Owen. Sí. ¿Es eso?

—Sí, mi señora. Aquí está.

Pero, ¿qué es eso? Owen le entregó a Silvia un gran marco de fotos. ¿Un marco? ¿Por qué? Ladeé la cabeza con curiosidad.

De repente, alguien completamente inesperado irrumpió por la puerta.

—¡¡¡Sil!!!

La persona que entró gritando el nombre de Silvia no era otra que…

—¿Perdel?

Sí. Era Perdel. ¿Qué hace aquí?… Me eché hacia atrás, sobresaltada por su repentina aparición, pero Silvia se quedó sentada, frunciendo el ceño con fastidio. En cuanto Perdel se acercó, se arrodilló frente a Silvia y comenzó a lamentarse. Era como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que yo estaba en la habitación.

—¡Sil, ¿cómo pudiste colgar la llamada así?! ¡Eres tan cruel! ¡No creía que nuestra dinámica fuera así!

—¿Y tu trabajo? ¿Cómo es que estás aquí a estas horas?

—¡Mi trabajo no es el problema ahora mismo! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto, Sil?!

—Silencio.

¡Silvia gana!

Perdel cerró la boca inmediatamente como una almeja e hinchó las mejillas ante las palabras de Sil. ¿Es un niño o un adulto?

Me pareció patético, pero también envidié un poco a Silvia. ¿Cómo es que cada vez que me veo envuelta en las payasadas de esta pareja, acabo sintiendo celos?

Era un hombre tan poderoso fuera de casa, pero cuando volvía, estaba en la palma de la mano de Silvia. Además, estaba absolutamente loco por ella, cuidándola y mimándola como si fuera a desvanecerse con la brisa más suave o a romperse con el toque más delicado.

Este era el tipo de hombre que una mujer debería tener. Mi Sil era, sin duda, una mujer feliz y satisfecha.

—Lo he pospuesto todo. Lo haré por la noche.

—Ay, por favor… —Sil sonrió mientras negaba con la cabeza, y la cara de Perdel se iluminó.

Míralos. Como se suele decir, la pelea de una pareja casada es como cortar agua con un cuchillo. Son inseparables, a pesar de todo. Ah, estos malditos tortolitos.

—¡Ah! ¡Lo encontraste!

Esperaba que se quedara atrapado en su pequeña burbuja, pero en cuanto Perdel vio el marco, se acercó a mí con una sonrisa radiante.

Oye. No tienes por qué hacerme caso, ¿sabes? De hecho, te agradecería mucho más que me ignoraras por completo.

Pero mis esperanzas y sueños se hicieron añicos. ¡Este mundo podrido!

—Princesa. Este es su padre. Su papá. Un psicópata.

Ya lo sé, idiota. ¿Me tomas por tonta?

Lo que Silvia había estado buscando con tanto fervor era el retrato de Kaitel. Aunque la pintura no lograba capturar del todo su atractivo, era un intento admirable. Aun así, se veía mucho mejor en persona.

—Oh, ¿lo reconoce, Princesa?

—Es Su Majestad. El padre de Su Alteza.

—Mmm, lo sé.

Si finjo no recordarlo más, podrían llevarme al campo de batalla para verlo. “¡Aquí está tu padre! ¿Lo reconoces ahora?”

Las dos mujeres se llevaron la mano al pecho, aliviadas de que lo recordara. Perdel, ajeno a la situación que había precedido a este escenario, las miró sin comprender. Luego se volvió hacia mí y sonrió.

—¡Nuestra princesa está tan guapa como siempre!

Basta ya, fanático loco. Crees que soy hermosa incluso cuando estoy medio dormida. Incluso cuando no me he lavado. No se puede confiar en su ojo. Este tipo pensaría que soy hermosa incluso si me convirtiera en un monstruo.

—Pero, ¿está bien que esto esté aquí?

—Ahora que lo mencionas… Sí, ¿no está prohibido sacar los retratos de la Familia Imperial del palacio?

Oh. ¿Está prohibido? Me sorprendió esta nueva revelación.

Perdel, ¿qué está pasando aquí?

Las dos mujeres también lo miraron con curiosidad, pero Perdel simplemente asintió como si no fuera nada.

—No pasa nada. Soy el canciller.

¿Estás… seguro de que puedes vivir así? Miré a Perdel con ojos fríos, pero él simplemente se encogió de hombros, imperturbable. Estaba viendo la corrupción en vivo y en directo. Debería ser inspectora de la corte. ¿Y este tipo es el canciller?

—¡Sil!

—¿Sí?

—¿Por qué te casaste con Perdel?

Sí, ¿por qué demonios te casaste con este tipo? Silvia podría haber tenido a un sinfín de hombres lindos, adorables, encantadores y bien educados haciendo fila por ella.

De repente sentí lástima por ella por haberse casado con alguien como Perdel. Mientras tanto, Perdel se quedó de piedra ante mi pregunta.

—¡¿Q-qué tiene de malo casarse conmigo?!

—Eres raro. —Sí. Muy raro.— Sil es un ángel. Pero Perdel es feo.

—Eso… eso duele…

¿Qué te duele? Perdiste mi confianza cuando tenía tres años. Le di la espalda a Perdel sin piedad.

Muy bien, contéstame, Sil. ¿Por qué demonios te casaste con este tipo?

—Mmm… ¿Por qué lo hice? —Silvia asintió, contemplativa, como si estuviera descubriendo su propia lógica en tiempo real—. A veces yo también me lo pregunto.

—¿De verdad?

¡Había estado esperando una respuesta grandiosa y dramática, preparando mis entrañas para soportar algo nauseabundamente cursi! Pero su respuesta fue bastante decepcionante.

¿Ni siquiera Silvia sabe por qué se casó con Perdel? ¿La amenazó? No. Entonces lo habría dicho. ¿Cuál fue la razón entonces? ¿O acaso Perdel le lanzó algún hechizo diabólico para que se casara con él sin siquiera saberlo…?

No, definitivamente no es eso. ¡¿Entonces qué es?!

—¡S-Sil!

La respuesta no significaba nada para mí, pero no para Perdel. Su rostro se endureció. Parecía que iba a llorar. Me sorprendió lo dolido que se veía. Parece un perrito triste. Mmm. ¿Eso convierte a Silvia en su dueña? Silvia sonrió y agarró la mano de Perdel.

—Estoy bromeando.

—E-eso no es algo con lo que bromear. ¡Realmente me asustaste!

—¿Oh? ¿Vas a llorar?

—¡No, no lo haré! ¡¿Quién dice que voy a llorar?!

¿Que no vas a llorar? Sí, claro. Los ojos de Perdel ya estaban llenos de lágrimas.

Esto fue inesperado. Me sorprendió bastante verlo. Con su imagen de “Canciller de Hierro”, había pensado que sería igual de frío en su vida amorosa, pero parecía que, de alguna manera, no era el caso. Puedes ver el fondo del océano, pero es imposible saber lo que pasa en el corazón de una persona.

—Solo me sobresalté un poco, eso es todo.

Bueno, parecías mucho más cerca de llorar que de estar “un poco sobresaltado”. Ah, da igual. Soy una persona hermosa y de buen corazón, así que lo dejaré pasar. Por cierto, esta galleta está deliciosa.

—¿Es hora de que vuelvas ya? ¿Crees que te dejaría posponer tu trabajo para venir a casa?

—N-no.

—Me enfadaré si vuelves a hacer esto.

—V-vale.

Dicen que puedes vivir con una esposa astuta como un zorro, pero no con una tonta como un oso. Perdel estaba indefenso ante ese tono afectuoso que lo regañaba ligeramente.

—Hasta luego.

Después de despedirse, Perdel se levantó y le dio un beso en la frente a Silvia. Silvia sonrió radiante y besó a Perdel en cada mejilla. Fue tan natural que por un momento olvidé lo implacables que eran sus muestras de afecto. ¡Ya están otra vez, esos empalagosos!

—¡Hasta luego, Princesa!

Por supuesto, no pudo resistirse a hacerme una última muestra de afecto. Pero a pesar de lo mucho que me revolvía las tripas, no podía negar lo conmovedor que era verlo. Me aparté rápidamente de Perdel, que me saludaba con la mano.

Vale, ahora lárgate.

♦ ♦ ♦

Aunque me hubiera encantado visitar Bolcena todos los días, tenía que quedarme en el palacio los fines de semana y a veces entre semana. No porque tuviera algo en particular que hacer allí, sino porque Serira quería ser considerada con Silvia.

Cuidar de una niña durante el embarazo no era tarea fácil, incluso si esa niña era tan hermosa y bien educada como yo.

—¿Qué hacemos hoy, Princesa?

—¡Un juego!

—¿Qué tipo de juego?

No sé. Oye, ¿no crees que eres tú quien debería proponer estas cosas? ¿En serio tengo que ponerme a pensar en juegos a mi edad? Incluso si quisiera, mi cerebro está demasiado rígido para tener nuevas ideas. Bueno, supongo que a Serira le pasa lo mismo.

Estábamos jugando juntas todo el tiempo, así que era normal que el repertorio de juegos se agotara en algún momento. Así que decidí ser indulgente con eso.

—Graecito está aquí. ¿Qué tal si jugamos al escondite?

¿El escondite? El niño, que había estado sentado solo cerca de allí, se estremeció visiblemente ante las palabras de Serira. Estaba claro que no le apetecía nada.

¡Uf! ¿Crees que yo quiero jugar contigo? ¡Que me odies ya cansa, sabes! ¿Ser recibida con hostilidad cada vez que nos vemos? Estoy harta.

Como era solo un niño, no dudaba en ser directo sobre lo que no le gustaba, así que para mí no era tan simple como intentar ignorarlo. Y tampoco podía simplemente no volver a verlo nunca más. ¡Argh! ¡Todo esto es culpa de Serira!

—Entonces yo los busco. Elene, Serira y el conejo pueden esconderse.

Serira miró a su alrededor inmediatamente ante mi respuesta. Verla tan nerviosa y preocupada cerca de Graecito era todo un espectáculo.

Uf, ahora me siento mal. ¿Qué puedo hacer?

Desde el momento en que nací, estaba prácticamente destinada a que Serira fuera mi debilidad. De acuerdo. Necesito sacrificarme por ella.

Estar en el mismo espacio no convertiría instantáneamente a Serira y Graecito en una madre y un hijo cariñosos, pero aun así era mejor que estar separados para siempre.

—¡Entonces juguemos en el Jardín de la Serenidad!

Elene parecía emocionada ante la idea de jugar al escondite por primera vez en mucho tiempo. ¿Cuándo crecerá? Pero, por otro lado, es agradable ver esa inocencia intacta. Una parte de mí espera que eso nunca cambie. Y luego la criticaré de nuevo por ser tan inmadura, pero da igual.

—¡Claro, vamos!

Nos abrigamos para no resfriarnos. En cuanto salimos, quedó claro que el invierno había llegado oficialmente. Por supuesto, con la bendición del Árbol de Invierno no hacía tanto frío, pero aun así, el paisaje había cambiado un poco.

La mayoría de los árboles habían perdido sus hojas, excepto el Árbol de Invierno y algunas coníferas. También había algunos árboles que emitían calor, perfectos para leña en invierno. Si ponías la mano en su corteza, podías sentir su calor, como si sujetaras un calentador de manos. Me paré frente al árbol y grité a pleno pulmón.

—¡Está bien, voy a empezar a contar!

Oí crujidos detrás de mí, pero puse las manos en la corteza y me concentré en contar. Tengo que contar desde diez, ¿verdad?

—¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho! ¡Siete!

Aunque me entristeció que nadie se impresionara por mi genialidad al saber ya los números, me concentré todo lo que pude en contar.

¿En serio estoy jugando al escondite a mi edad? Por supuesto, mi edad física no era un problema. Era mi edad mental. Agh, a este paso, mi mente también podría retroceder a la de una niña.

—¡Seis! ¡Cinco! ¡Cuatro!

Pero el verdadero gran problema era que, a pesar de todo, este nostálgico juego infantil seguía siendo bastante divertido.

—¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Cero!

Yo también jugaba a esto con mis amigos cuando era joven. Incluso en el instituto, jugábamos durante la hora del almuerzo después de comer. O jugábamos al gonggi (un juego tradicional coreano), al Uno, al “escondite inglés”, etc. Reavivar viejos recuerdos me emocionó de forma extraña.

Quité las manos del árbol y me di la vuelta.

—¡Listo o no, ahí voy!

Había una regla de que no podíamos salir del Jardín de la Serenidad, así que el número de lugares para esconderse era limitado.

¿Por dónde debería empezar? Me pregunté si debería ir hacia el río… Luego, simplemente empecé a caminar.

¡Iré en una dirección en la que nunca he estado antes!

—¡Sal, sal, de donde estés…!

¿A dónde se han ido todos? Pensé que los encontraría bastante rápido, pero me di cuenta de que estaba equivocada. Graecito era una cosa, ¡pero Serira y Elene se estaban tomando este juego muy en serio!

—Sal, sal… ¿Dónde estás? ¿Estás… aquí?

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