Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
En el barrio residencial de los plebeyos, al noreste del Puente Alpha, se alzaba un mercado de gran renombre. Aquel distrito comercial, bautizado en honor al callejón flanqueado por un sinfín de tiendas y puestos, era conocido como el Distrito de Centera.
La zona gozaba de un bullicio incesante gracias a su ubicación estratégica: lindaba con la aldea de Zile, hogar de plebeyos de buena posición, y conectaba directamente con la Ruta de la Nobleza, donde se apiñaban las mansiones de los aristócratas al otro lado del puente. Dado que la seguridad de la capital era bastante sólida, la calle solía estar concurrida desde el alba hasta altas horas de la noche. Por allí desfilaban damas de la alta sociedad y caballeros, niños y parejas de enamorados, vecinos haciendo los recados del día, mayordomos en busca de nuevos proveedores y mercaderes de lengua ágil. De vez en cuando, incluso se podía tropezar con algún borracho o estafador que se las apañaba para burlar la vigilancia de las fuerzas del orden.
—A ver, creo que es por aquí…
En mitad de aquel callejón repleto de gente, un joven vestido con sencillez pero pulcritud murmuraba para sí mientras consultaba un pequeño mapa. Tenía una voz de tenor envidiable, a juego con su rostro.
—¡Ah! ¡Creo que es aquel edificio!
Al parecer, no tardó en dar con su destino. Arrugó el mapa sin contemplaciones y se lo guardó en el bolsillo. Tras levantar con un solo brazo y sin aparente esfuerzo una pesada maleta que había dejado en el suelo, le tendió la mano a la muchacha que lo acompañaba, quien miraba a su alrededor con evidente ansiedad.
—Vamos, Nancy. Creo que ya sé dónde es.
—Mi señora, ¿no sería mejor que volviéramos…?
En cuanto la joven del vestido rosa pálido habló, el muchacho le tapó la boca con rapidez.
—Nancy. Te lo he dicho: ahora mismo no soy tu señora, sino Roy, de la baronía de Calize, y acabamos de empezar a salir. Estamos en una cita. ¿Ya se te ha olvidado?
—No, no es eso…
—Entonces, colabora un poco, ¿quieres? Hasta le pedí prestada la ropa a Enoch. Incluso me he teñido la raíz del pelo por miedo a que me reconocieran por el color. Si sudo demasiado, el tinte podría correrse. ¿Y si alguien piensa que estoy herido y me entrega a las autoridades? Vámonos rápido antes de que pase algo así. ¿De acuerdo?
El joven la instaba con tal desesperación que a Nancy no le quedó más remedio que seguirlo.
Bajo el sombrero que se empeñaba en llevar pese al calor, se percibía un cabello de un tono rojizo intenso. Sin embargo, los mechones que asomaban cerca de sus orejas eran de un rubio platino resplandeciente. Nancy, con gesto de preocupación, alargó la mano para acomodarle esos cabellos rebeldes.
El joven se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa. Ella, que se disponía a seguir quejándose, acabó soltando un hondo suspiro.
—Que conste que intenté detenerla. Más de cien veces.
—Sí, sí, lo sé. Me aferraré al dobladillo de tu vestido para protegerte aunque mi madre amenace con echarte de la mansión en mi lugar, así que dame un respiro.
—Está bien, está bien. De nada sirve lamentarse ahora que estamos fuera. La ayudaré solo por esta vez.
—Sí, gracias.
El joven asintió con una naturalidad absoluta. Nancy frunció los labios y observó a la multitud.
—Por cierto… ¿no habría sido mejor tomar un carruaje de la mansión desde el principio? Podría haber pedido que nos dejaran frente a la posada.
—Ni hablar. El hecho de que vengo aquí es un secreto absoluto.
—Entonces podría haber alquilado otro carruaje a la entrada del mercado…
—Chist. Mi adorable señorita Nancy, si tiene energía para hablar, ¿por qué no me toma del brazo? ¿Acaso quiere perderse aquí y que la traten como a una niña extraviada?
Ante la amenaza, Nancy se aferró con fuerza a su brazo.
Pronto, ambos empezaron a cruzar la concurrida calle fingiendo ser una pareja de enamorados.
La luz del sol, que caía tras el paso de la estación de las lluvias, resultaba increíblemente cálida. Jamás habían caminado entre semejante gentío sin la protección de los caballeros abriéndoles paso. Aquellas escenas, un tanto intimidantes y desconocidas, hacían que sus corazones latieran con fuerza. Era como adentrarse en un libro de cuentos lleno de vida, como si se hubieran convertido en los protagonistas de una fábula popular.
Y cuando la distancia recorrida empezó a sentirse mucho más larga de lo que era en realidad, la entrada de un edificio de tonos azulados apareció finalmente ante sus ojos.
Aquella enorme construcción de cinco plantas era el Hotel Nittishu, del que se decía que era la posada más lujosa de todo el mercado de Centera. En la planta baja había un salón de té público donde se podía disfrutar de un refrigerio, mientras que de la segunda a la quinta planta se distribuían los aposentos de los huéspedes.
Cada piso contaba con dos estancias que eran réplicas casi exactas de las salas de estar, dormitorios, baños y balcones de una mansión noble, con la única diferencia de que su tamaño se reducía a la mitad. Por ello, la experiencia apenas difería de la de residir en una mansión real.
La mayoría de los nobles que no tenían conocidos ni villas en la capital preferían el Hotel Nittishu para alojarse. Aquella era también la posada donde se había hospedado Marianne unos meses atrás, antes de trasladarse a la mansión Elior.
—Nancy. Espérame aquí.
El joven acomodó a Nancy en un asiento con buenas vistas al exterior y le habló con firmeza. Ella asintió.
—De acuerdo. Si necesita ayuda, use el silbato. ¿Entendido?
—Si alguien te molesta, llámame de inmediato. ¿Queda claro?
—¿Quién se atrevería a molestarme?
—Algún idiota que no conozca su lugar y quiera cortejarte porque se ha enamorado de ti. Si la cosa se pone fea, usa el silbato y lánzale una taza de té a la cara mientras bajo. O tenedores, o teteras, lo que sea. ¿Entendido?
—Mi señora… Quiero decir, Roy, es usted imposible. No se preocupe por nada y vaya rápido.
—Está bien. Volveré enseguida.
El joven sonrió con alegría y subió las escaleras con paso ligero, cargando con la pesada maleta, hasta llegar al pasillo de la cuarta planta.
Al girar a la derecha en la bifurcación que dividía la alfombra azul, vio una puerta. En una placa de sándalo con grabados de plata se distinguía el número 402.
—La segunda habitación del cuarto piso. Es aquí.
El joven dejó la maleta en el suelo frente a la puerta y llamó.
Toc, toc.
Como si aquel sonido nítido fuera una señal de ataque, se oyó el estrépito de algo cayendo al otro lado de la puerta cerrada. Poco después, la hoja se abrió apenas un centímetro.
El joven enarcó las cejas al ver la puerta entreabierta, o mejor dicho, la rendija de apenas dos dedos de ancho que permitía la cadena de seguridad.
¿Acaso quiere jugar al escondite en nuestro primer encuentro?
—Señorita. ¿Se ha estropeado la puerta?
—No. Está bien.
—Entonces, ¿por qué no es un poco más generosa? Ahora mismo solo puedo verle un ojo. Es una perspectiva un tanto… estrecha para saludarnos como es debido.
Ante sus palabras, el ojo redondo que se asomaba por la rendija parpadeó un par de veces.
—Identifíquese primero. ¿Cómo se atreve a pretender que abra la puerta de la habitación de una dama sin saber de quién se trata?
—Bueno, soy Roy, de la baronía de Calize. Tengo una cita con la huésped de esta habitación. Acordamos vernos aquí a esta hora.
—Debe de haber un error. No hemos concertado ninguna cita con nadie que se llame así.
—No lo creo. Piénselo bien. Seguro que sí. Cuarta planta del Hotel Nittishu, segunda habitación, cuatro de la tarde, una entrega pendiente.
El joven le dio un toque a la maleta que tenía a sus pies para que se viera. Los ojos tras la puerta lo recorrieron de arriba abajo mientras hablaba con confianza; luego, la mirada se retiró y la puerta se cerró de golpe.
—Vaya, por Dios. ¡Oiga! Que de verdad tengo una cita…
En el momento en que empezaba a refunfuñar, oyó el tintineo metálico de la cadena al soltarse. Acto seguido, la puerta se abrió de par en par.
Junto a la entrada, que ahora mostraba el interior de la habitación tal y como él había pedido, la dueña de aquellos ojos… no estaba.
El umbral estaba desierto. Como si nunca hubiera habido nadie allí.
—¿De verdad vamos a jugar al escondite? ¿Y por qué me toca a mí buscar?
El joven suspiró y recogió la maleta. Cruzó el umbral con paso firme. Al parecer, la huésped estaba tomando el té, pues el juego de porcelana yacía desparramado sobre la mesa frente a él.
Dejó el equipaje bajo la mesa con un golpe seco.
Justo en ese instante, oyó cómo la puerta se cerraba violentamente a sus espaldas. Casi al mismo tiempo, la gélida hoja de un arma blanca se abalanzó sobre él. Era un ataque quirúrgico, dirigido directamente a los vasos sanguíneos del cuello, justo bajo la mandíbula. Por puro instinto, el joven agachó el cuerpo y giró sobre sus talones.
En un destello, alcanzó a ver a su enemiga: una mujer de cabello de un rojo bermellón encendido. Tenía un físico que delataba un entrenamiento riguroso. Su estatura era casi idéntica a la del joven. Mientras él se encorvaba más buscando una apertura, sintió cómo el sombrero saltaba por los aires al chocar contra la hoja de la espada.
De inmediato, el joven se arrancó el largo alfiler metálico que le sujetaba el pelo y lo empuñó con fuerza, como si de una daga se tratara.
Un par de botas de cuero con los cordones medio desatados aparecieron en su campo de visión. Al levantar un poco la vista, vio una camisa color marfil de corte holgado y los bajos de los pantalones metidos toscamente dentro de las botas. Aquella mujer vestía más como un muchacho que como una dama.
En lugar de huir, se lanzó con audacia hacia el interior del brazo que lo amenazaba. Al incorporarse, bloqueó el brazo de su oponente con una mano mientras que con la otra situaba la punta afilada del alfiler bajo la barbilla de la mujer. Fue un movimiento asombrosamente rápido y fluido, propio de una fiera.
Sin embargo, su contrincante no se quedaba atrás. La mujer no perdió la compostura ni por un segundo tras el contraataque fulminante. Al contrario, se zafó del agarre y retrocedió, preparándose para cargar de nuevo. Pero la dueña de la melena bermellón, que ya se disponía a blandir su espada otra vez, se quedó repentinamente petrificada.
Un momento. Esos ojos son…
Los ojos que centelleaban frente a su nariz eran, sin duda, de color verde oliva. Además, el cabello del joven, que antes estaba recogido en lo alto de la cabeza, se había soltado y caía ahora en desorden. La mitad era de un rojo intenso, pero la otra mitad era rubio platino; al mirar de cerca, era evidente que el tono platino era su color real.
—Cerca de las cuatro de la tarde, la hija del duque de Lamont les hará una breve visita. Dijo que tiene unos objetos que entregarles personalmente, así que recíbanlos. Su nombre es Rane von Lamont. Tiene el mismo cabello rubio platino y los mismos ojos verde oliva que Su Majestad. Su estatura… será similar a la de la señorita Evelyn.
Evelyn frunció el ceño profundamente. Las palabras que el mensajero del emperador había soltado a toda prisa durante su visita matutina cobraron por fin un sentido preciso.
—¿Señorita Rane?
—La ceremonia de bienvenida ha sido más intensa de lo que esperaba. Aunque, desde luego, prefiero esto a un saludo aburrido…
La espada que sostenía la mujer cayó sin fuerza al suelo.
—Lo lamento. No me di cuenta de que era una joven dama noble…
—No se preocupe. Ha sido de lo más emocionante. A juzgar por cómo maneja la espada, debe de ser Evelyn, ¿verdad?
—Sí. Soy Evelyn de Valois.
El joven —es decir, Rane, disfrazada como el joven señor de la baronía de Calize— retiró por fin el alfiler de la garganta de Evelyn. Luego, dirigió la mirada hacia la muchacha que estaba detrás de ella, tapándose la boca con las manos.
—Entonces, ¿esta jovencita es la señorita Essenbach?
—¿Eh? Sí, sí… Yo soy… No, antes de nada, debería presentarme como es debido…
Angelica, al oír su nombre, se acercó tambaleante. Con el rostro encendido por el rubor, realizó una rápida reverencia mientras se alisaba el vestido.
—Que la bendición de la diosa la acompañe. Soy Angelica de Essenbach. Por favor, perdone mi falta de modales.
Angelica apenas lograba mantener la compostura entre tanto bochorno. Evelyn siguió su ejemplo y agachó la cabeza brevemente.
—Es un placer. Soy Rane de Lamont. He oído tanto de usted por boca de la señorita Marie que me resultan extrañamente familiares, a pesar de ser nuestro primer encuentro. En cualquier caso, les agradezco que hayan venido en secreto hasta la capital. Como noble de Milán, les doy la más cálida bienvenida.
Rane respondió con jovialidad. Evelyn imitó a Angelica al incorporarse y recogió su espada y el sombrero de Rane que yacían en el suelo.
—Pensé que ese tal Roy podría ser alguien enviado por usted, pero también cabía la posibilidad de que fuera un espía que hubiera interceptado la información… Tenía la intención de bajar el arma en cuanto confirmara su identidad. No pretendía herirlo sin motivo.
—¿No han traído a ninguna doncella o sirviente que pudiera confirmar mi identidad por ustedes?
—Yo no he traído, pero Angelica ha venido con una doncella muy discreta que ahora mismo está en el mercado. La envié a hacer unos recados con antelación porque sabía que vendría.
—Vaya por Dios. Si esa joven hubiera estado aquí, a ella le habría tocado “buscar” en lugar de a mí. Pero gracias a eso he recibido una bienvenida de lo más grandiosa, así que, en cierto modo, casi ha sido mejor así.
Rane sonrió mientras aceptaba el sombrero que le tendía Evelyn.
—Pero, señorita Evelyn… Estaba muy segura de sí misma, ¿verdad?
—¿Cómo dice?
—La seguridad de que podrías reducir a cualquiera que apareciera por esa puerta. La idea de dejar entrar a un extraño en la habitación de una dama sin un caballero o un sirviente que te respalde… y solo después decidir si es peligroso o no… no es algo que cualquiera se atrevería a hacer.
Al oír aquello, Evelyn dejó escapar un leve “ah”, seguido de una risa franca.
—Bueno, si monto un escándalo durante una misión secreta, Su Majestad se vería en un aprieto. Y como acaba de ver, confío plenamente en mi capacidad para hacer que cualquier caballero se hinque en un instante. Tengo la habilidad necesaria. Aunque creo que le sucede lo mismo.
Los ojos azul marino de Evelyn y los verde oliva de Rane se cruzaron en una mirada fija.
Ese espíritu competitivo propio de las naturalezas guerreras centelleó en ambas. Como expertas en el manejo de las armas, se evaluaron instintivamente, pero la tensión que surgió no era una desconfianza desagradable. Al contrario, se parecía más a la anticipación de quien desea cruzar aceros y medirse en combate.
Al final, Angelica fue la única incapaz de adaptarse a aquel duelo de titanes. Miraba de un lado a otro sin saber qué hacer, como un conejo atrapado entre un león y un tigre.
—Le ruego que me disculpe. Tenga por seguro que tiene buen corazón. Eve… esto, la señorita Evelyn es una persona a la que le cuesta un poco… llevarse bien con la humildad. Además, tiene el historial de haber suspendido la clase de etiqueta tres veces…
—Angel. Sé que estás nerviosa, pero no digas cosas innecesarias. ¿A qué viene eso ahora?
—Tengo que implorar clemencia. Tú quédate quieta.
Evelyn refunfuñó y cerró la boca con fuerza al verse fulminada por la mirada desesperada de Angelica. En esos ojos color marfil ardía una amenaza implícita: “Si cometes un error más, te clavo el tacón del zapato en mitad del empeine”.
—No importa. No hace falta que se disculpe. A decir verdad, a mí tampoco se me da muy bien eso de fingir que soy una señorita humilde.
Rane, por su parte, se mantenía tan despreocupada como siempre. Consoló a Angelica entre risas mientras observaba alternativamente la espada que Evelyn había dejado con descuido sobre la mesa y a la dueña de la misma.
A pesar de no haber intercambiado grandes discursos, Rane supo de inmediato que Evelyn y ella eran personas similares. Es más, intuyó que Evelyn también se había percatado de ello.
—En cualquier caso… ha sido un ataque excelente. Realmente tiene la destreza que precede a su reputación. Parece que las palabras de la señorita Marie no eran ninguna exageración.
—Marie… bueno, no sé qué le habrá contado, pero probablemente no exageraba. Esa niña… esa persona, es incapaz de mentir.
—¿Entonces también es cierto que la señorita Evelyn, de forma un tanto cobarde, subió a la señorita Marie a un árbol y bajó ella sola?
—Eso… esto… —Evelyn miró hacia los lados buscando una distracción inexistente—. Hay demasiada gente a mi alrededor que habla más de la cuenta. He desperdiciado mi vida por completo..
Suspiró mientras se echaba hacia atrás el cabello ligeramente revuelto.
Pese a que Angelica parecía horrorizada por el tono tan familiar de Evelyn, Rane se limitaba a sonreír con el rostro iluminado por la dicha. Los hoyuelos de sus mejillas se marcaban cada vez que la comisura de sus labios se curvaba en una sonrisa.
—Pero, ¿qué trae a la ocupada duquesa por aquí…?
—Ah, lo cierto es que fui yo quien le sugirió primero a Su Majestad que la señorita Evelyn participara en el torneo de artes marciales.
—¿Usted lo sugirió?
—Sí. La señorita Marie me lo dijo: que la señorita Evelyn era una persona muy parecida a mí.
Rane sonrió y, con un gesto del brazo, apartó el juego de té que estorbaba sobre la mesa.
