Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Recogió la maleta que había dejado bajo la mesa y la dejó caer con un estruendo de lo más satisfactorio sobre el espacio despejado. Angelica dio un respingo, como una cierva asustada, y se aferró al escote de su vestido.
—Ya sabe, esa clase de persona que siente una emoción especial al romper las reglas del mundo.
Unas manos con callosidades bien marcadas en las falanges desbloquearon los cierres.
—Por eso quería conocerla en persona. Y, si me caía bien, estaba dispuesta a entregarle este regalo.
Evelyn contempló en silencio el interior de la maleta que Rane acababa de abrir de par en par.
—¿Es una armadura?
—Exacto. Mandé fabricar una armadura ligera y otra pesada para este torneo. La pesada también es de hierro liviano, así que pesa mucho menos que una convencional. Es una pieza excelente que no compromete en absoluto la movilidad.
—Pero ¿por qué me da esto a mí…?
—Por simple cortesía. Se lo pregunté a Su Majestad y me dijo que tenemos casi la misma complexión, así que pensé que sería un detalle compartir un juego cada una. Si se tratara de Marie, le habría encargado un vestido de ensueño, pero me dio la espina de que le interesaría más esto.
Rane respondió con una jovialidad contagiosa.
Evelyn seguía mirando el inesperado obsequio sin mediar palabra, con los labios apretados. Luego, acarició primero el cuero pulido de la armadura ligera y, después, el brillo deslumbrante del hierro de la pesada. Apenas rozó la superficie, pero ese contacto bastó para que en su mente brotara la fantasía de blandir una espada vistiendo aquel metal. Fue una sensación extraña.
A excepción de un florete que Marianne le había regalado en secreto por su decimonoveno cumpleaños, nadie le había obsequiado jamás armas ni armaduras. Ni siquiera su padre, el marqués de Valois, que amaba a su hija por encima de todo, se había atrevido a regalarle equipo de combate de forma directa. Incluso sus hermanos mayores, lo bastante cercanos como para prestarle armas y caballos, siempre habían considerado el espíritu competitivo de su hermana pequeña como un capricho pasajero o una rebeldía que el tiempo se encargaría de curar.
—Así que la conclusión es que le gusto.
Quizá fue por eso que, tras un silencio mucho más prolongado de lo habitual, Evelyn solo pudo responder aquello. No encontraba las palabras exactas para expresar la mezcla de alegría y melancolía que la embargaba en ese momento.
—Sí. Bastante. Así que, ¿quieres ser mi amiga?
Rane le tendió la mano sin vacilar.
Tenía la palma de lado, no hacia abajo. Eso significaba que el saludo que buscaba no era el protocolo habitual de besar el dorso de la mano y desear bendiciones divinas.
Evelyn aceptó el reto de su informalidad con gusto.
Como caballeros que confirman su fe y lealtad mutua, ambas estrecharon sus manos con firmeza, empleando toda su fuerza.
—Es un honor. Puedes llamarme Eve.
—Hecho. Eve, tú también puedes hablarme casualmente. Aunque parece que ya lo estabas haciendo.
—Ja, ja —Rane volvió a reír, con frescura. Evelyn esbozó una pequeña sonrisa, contagiada por su ánimo.
—Esto…
Mientras tanto, Angelica había permanecido escuchando la conversación con las manos entrelazadas educadamente. Cuando su voz cautelosa intervino por fin, Rane y Evelyn se soltaron y se volvieron hacia ella.
—¿Acaso también va a participar en el torneo bajo otra identidad?
—Ah, sí. Yo también me he inscrito con un nombre falso, igual que Evelyn.
—He oído que si se obtienen resultados excelentes en el torneo, se puede alcanzar el honor de convertirse en escolta de la princesa, es decir, de la señorita Marianne. Por lo tanto, si ganan, tendrán que revelar su verdadera identidad…
Angelica dejó la frase en el aire con gesto preocupado. La ansiedad que destilaba su tono era una advertencia legítima.
En la historia oficial de Aslan, encontrar a una mujer que hubiera sido nombrada caballero o que hubiera participado en torneos y justas era tan difícil como hallar una aguja en un pajar. E incluso los pocos precedentes especiales no terminaron de forma honorable. Bajo el pretexto de defender las costumbres y la tradición, sus intentos fueron tachados de meras alteraciones del orden.
—No se preocupe. En realidad, participo para que me atrapen.
—¿Cómo dice?
Pero Rane no se dejó contagiar por su inquietud. Al contrario, se encogió de hombros, sonriendo con confianza y marcando sus hoyuelos.
—Soy la mejor espadachina reconocida por mi tío, a quien llaman el mejor guerrero de nuestra era. Puede que tenga mis fallos, pero estoy segura de que no perdería ni aunque me batiera con el capitán de los caballeros de Eluan. El problema es que solo hay un puñado de personas que conocen mi verdadera destreza.
—Es una lástima. Tienes un talento que no debería desperdiciarse en las sombras —terció Evelyn.
—¿Verdad que sí? Creo que es un desperdicio dejarlo solo como un pasatiempo.
Ante el comentario de Evelyn, Rane respondió con tono juguetón, cambiando drásticamente su expresión. La alegría traviesa de su rostro se tornó súbitamente seria.
—Así que he cambiado de opinión. Me he cansado de entrenar solo con mi tío en el campo de prácticas secreto. He decidido dejar de esconderme.
—Eso es magnífico. Ya que estoy aquí en la capital, no tendrás que molestarte en buscar un nuevo oponente para entrenar, ¿no crees? Probablemente todo el mundo lo sepa tras el torneo: quién es la gran espadachina que sucederá al Gran Duque… y quiénes son las únicas calificadas para cruzar aceros con ella.
Evelyn habló con determinación. Angelica vaciló, observando sus rostros, y volvió a abrir la boca.
—Desde luego, su manejo de la espada debe de ser prodigioso. Casi sin igual. Sin embargo, yo… apenas he oído hablar de señoritas que participen en competiciones para exhibir sus dotes marciales. Si revelan su identidad, todo el mundo se llevará una gran sorpresa, ¿no es así? Podrían acusarlas de engañar a Su Majestad y a los nobles…
—No pasa nada. Fue decisión de Su Majestad concederme el derecho a participar. Por supuesto, usé un pequeño truco, pero es algo de lo que yo misma puedo encargarme. Evelyn ha superado las preliminares de forma justa, así que no puede considerarse un engaño. Y piensen lo que piensen los demás, al menos estas dos personas de aquí no se sorprenderán, ¿verdad?
—¡Claro que no! Por supuesto que es cierto… Solo me preocupa qué pasará si no obtienen los resultados justos que esperaban…
Ante aquellas palabras, Rane ladeó la cabeza. Sus ojos, del color del peridoto, centellearon con picardía mientras fruncía el ceño de forma deliberada.
—Vaya ¿acaso quiere que me asuste y no participe en el torneo? ¿Podría ser… algún tipo de plan adorable para reducir el número de rivales de Eve, con quien tiene más confianza que conmigo?
—¿Qué? ¡Eso no es verdad! ¡Preferiría mil veces que derrotara a la hermana Evelyn delante de todos!
Angelica, que había revelado sus verdaderos sentimientos sin querer, se tapó la boca demasiado tarde. Rane estalló en carcajadas.
—Angel, no te has olvidado de que te estoy escuchando aquí mismo, ¿verdad? La persona que va a dormir contigo en esta habitación esta noche no es esta dama, sino yo. Te has pasado —Evelyn bajó la voz fingiendo una amenaza y puso una mano sobre el hombro de Angelica. Esta retrocedió unos pasos, intentando escapar de su agarre.
—¡Ah, da igual…! Solo lo decía porque me preocupa que salgan heridas por lo que diga la gente. Por favor, perdónenme si he sido grosera. Estoy encantada de apoyarlas a las dos. ¡De verdad! Estoy segura de que ambas obtendrán unos resultados maravillosos.
Su voz cristalina les deseó buena suerte mientras entrelazaba las manos con fuerza. Rane miró a Angelica con ternura, como quien observa a una hermana pequeña.
—Angelica, se parece mucho a Nancy.
—¿Eh? ¿Nancy…?
—Es el nombre de la joven que me espera abajo, en el salón. Es una doncella cuya expresión de sorpresa es clavada a la suya. Me regaña un montón cada vez que causo problemas, pero pone exactamente esa misma cara cuando está preocupada de corazón.
—¿Se está burlando de mí…?
Angelica parpadeó varias veces con los ojos vidriosos. Rane, incapaz de ocultar su sonrisa ante aquel gesto que delataba que estaba intentando elegir la respuesta menos impertinente, la tomó de la muñeca.
Le encantaban esos rostros tan honestos. Solo cuando estaba segura de que la otra persona no ocultaba nada, podía ser ella misma también.
Para Rane, un amigo solía ser una de dos cosas: alguien que compartiera sus deseos y creencias para avanzar junto a ella, o alguien que le ofreciera consuelo y empatía para poder detenerse a descansar en cualquier momento.
Aún no conocía bien a las dos personas que tenía delante. Era natural, pues acababan de presentarse. No obstante, Rane intuía que ambas irían encontrando sus respectivos roles poco a poco. Tal y como Marianne había hecho con ella.
—No es eso, es que yo también quiero ser su amiga. Así que, ¿cómo debería llamarla para ser más cercanas?
—A-Angel. ¡Por favor, llámame Angel! —respondió Angelica atropelladamente con el rostro iluminado por la emoción.
Rane tomó su mano, depositó un ligero beso en el dorso y, con una postura un tanto exagerada, concluyó el saludo con una respuesta ingeniosa:
—Angel, es un placer. Por favor, cuida de mí de ahora en adelante.
—¡Y-Yo también! ¡Cuida de mí, por favor!
Angelica asintió con entusiasmo, abriendo aún más sus ya de por sí redondos ojos.
Rane se incorporó con una sonrisa refrescante. Luego, tomó el extremo de la horquilla dorada que había usado como arma momentos antes y, de pronto, la elevó a la altura de sus ojos.
—En ese caso…
El alfiler, que colgaba de las yemas de sus dedos, centelleó como una joya al captar la luz del sol poniente. En el instante en que Evelyn y Angelica entrecerraron los ojos por el reflejo, Rane lanzó la horquilla al aire con un movimiento ligero. El alfiler dio un par de vueltas sobre sí mismo y volvió a caer con precisión en su mano.
—¿Hay alguien aquí capaz de volver a acomodarme el pelo bajo el sombrero tan perfectamente como estaba antes?
Y tras decir esto, sonrió con una desfachatez encantadora.
