Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Dos de julio. El sol centelleaba como el cristal y el cielo de la tarde se extendía en un azul inmaculado, sin una sola nube a la vista. Finalmente, el momento que todos aguardaban había llegado: el torneo de artes marciales daba comienzo.
Se había dispuesto un escenario monumental en la explanada principal del cuartel de los caballeros de Eluan, situado en el extremo sureste del palacio imperial Lucio. Alrededor de una vasta plataforma circular, las gradas para los espectadores se alzaban como una muralla. De los postes colgaban toldos para mitigar el rigor del sol, que ondeaban perezosos con cada ráfaga de viento. En un costado del recinto, se ofrecía una plétora de postres ligeros y bebidas refrescantes, mientras sirvientes de palacio, impecablemente uniformados, escoltaban a los invitados y organizaban el evento.
Dado que las fechas y los clasificados se habían anunciado con antelación, el recinto no solo albergaba a la aristocracia de la capital, sino también a un número considerable de nobles de provincias. Se habían congregado más de la mitad de los linajes más ilustres de los cuatro puntos cardinales del imperio. Para ellos, codearse con las altas esferas que asistían al evento era tan importante —o incluso más— que el desenlace del torneo.
En la sociedad noble, las conexiones eran sinónimo de poder. Como era de esperar, diversos círculos empezaron a formarse alrededor de las figuras de mayor influencia. Antes de que el primer duelo diera inicio, el lugar ya se había transformado en un bullicioso salón para las personas de poder, vibrante y caótico a la vez.
—Bienvenida sea, condesa. Debe de haber sido un viaje agotador desde el castillo de Talan hasta Milán. He oído que el joven heredero de su casa ha pasado a la fase final; espero que obtenga un resultado excelente.
—Que la gracia de la diosa lo acompañe. ¿Han participado muchos caballeros de la orden de Idyl en este torneo? Me encantaría que un guerrero tan capaz como usted se convirtiera en mi escolta.
—Es un placer verla, señorita Adelia. ¡Pero si es… una creación de Aliya, la diseñadora de Faisal! Yo también solía coleccionar sus vestidos. Aunque, viéndolo ahora, diría que le sienta mucho mejor a usted que a mí.
Marianne, quien había planeado y organizado estas justas, se vio catapultada al papel de protagonista absoluta del salón nada más llegar.
Para ella, casi todos los rostros eran nuevos. Nombres que había oído de pasada, descendientes de familias prestigiosas cuyos apellidos solo conocía por los libros de historia y nobles de regiones remotas cuya existencia ignoraba, se acercaban a saludarla primero.
Marianne no perdió la compostura y correspondió a cada saludo con su mejor sonrisa. Su elocuencia, dulce y delicada, despertaba una simpatía natural en sus interlocutores. Cuando su discurso elegante se combinaba con su linaje y reputación, algunos se sentían tan honrados por el mero hecho de cruzar la mirada con ella que parecían haber recibido un tesoro incalculable.
—Su popularidad es ciertamente asombrosa. Si reuniera a todos sus seguidores, podría fundar un salón propio hoy mismo.
Por supuesto, no faltaba quien interpretaba sus palabras y sonrisas como mera cortesía mundana en lugar de una benevolencia especial.
—Que la gracia de la diosa Anthea acompañe a la duquesa.
—Que la bendición de la diosa sea con usted.
El vestido azul cobalto, voluminoso y a juego con su cabello platino, se ahuecó con elegancia antes de caer en pliegues. Marianne devolvió el saludo levantando ligeramente su vestido de tono dorado pálido.
—Por favor, no diga eso. ¿Cómo me atrevería a aspirar a la popularidad de la duquesa? No soy más que una aprendiz que intenta seguir la senda que ya ha trazado. De hecho, ayer envié un mensaje solicitando una invitación para la próxima fiesta de té; deseo fervientemente recibir su valiosa guía. ¿Lo ha recibido?
En lugar de responder, la duquesa de Lamont desvió la mirada apenas un centímetro hacia un lado.
—Parece que la condesa de Reinhardt es una buena maestra. Se está adaptando a Milán a una velocidad inesperada.
—Me halaga, duquesa. En verdad, el mérito no es mío, sino de la princesa, que es una alumna excelente —replicó Charlotte con ingenio, mientras permanecía al lado de Marianne.
La duquesa de Lamont curvó la comisura de sus labios con una sonrisa. No era tan cálida como la que dedicaba a su hija, pero tampoco tan gélida o despreciativa como la que reservaba para la marquesa de Chester.
—Por cierto… ¿Se ha tomado la señorita Raine un descanso? No me ha parecido verla por el camino —intervino Marianne con naturalidad.
La duquesa frunció levemente el ceño mientras se abanicaba con un abanico de plumas de pavo real.
—Esa niña probablemente está durmiendo en la mansión en este momento. Llevaba días arrancando hojas del calendario, ansiosa porque llegara hoy, pero esta mañana se ha levantado indispuesta y sin fuerzas para asistir. Se encerró en su cuarto bajo las mantas; ni siquiera pude verle la cara antes de salir.
—Vaya, qué lástima. Tenía tantas ganas de presenciar la competición de hoy… —Marianne suspiró, mostrando una sincera pesadumbre.
La duquesa de Lamont negó con la cabeza y chasqueó la lengua. Su voz, que hasta entonces había sido indiferente, recuperó gradualmente el calor al hablar de su hija.
—Ya me lo dirá a mí. En fin, me temí que algo saldría mal cuando ayer se comió tres porciones de tarta de postre. No me hizo caso cuando intenté detenerla… Quizá sea lo mejor. No le vendrá mal aprender un poco de moderación esta vez.
—Aun así, lo más importante es que recupere la salud. ¿Es grave? Si lo fuera, podría pedirle a Su Majestad que envíe al médico jefe de la oficina real…
—No, no es necesario. El médico de la casa dice que es un mal común y pasajero. Asegura que estará bien para la noche si duerme y ayuna, así que no se preocupe. Es una muchacha fuerte, se recuperará pronto. Si fuera lo bastante grave como para llamar a un médico real, ¿cree que se me habría pasado por la cabeza venir aquí?
La duquesa cortó la conversación con firmeza, disipando cualquier preocupación. Recorrió brevemente con la mirada a la multitud que las rodeaba y dio un paso al frente, acortando la distancia con Marianne. Entonces, susurró en un tono tan bajo que solo sus colaboradores más cercanos pudieron oírla.
—El torneo de hoy es la oportunidad de elegir la espada que permanecerá a su lado, así que concéntrese en eso. Por muy familiarizada que esté, nunca se es lo bastante precavida.
Sus ojos verde oliva se clavaron en Marianne. Aquella mirada era, a la vez, una advertencia y un consejo. Marianne sonrió con dulzura y asintió una vez.
—Agradezco el consejo. Por favor, dígale a la señorita Raine que iré a visitarla en cuanto mi agenda me lo permita.
—Se lo diré. Con su permiso…
La duquesa hizo una leve reverencia y regresó a su asiento reservado. Marianne suspiró, observando el escenario todavía vacío. La imagen de la sonrisa radiante de Raine cruzó su mente, así como la escena de la joven batiéndose alegremente con el gran duque en el jardín secreto tras los rosales.
Habría sido estupendo verlo juntas.
Incapaz de ocultar su decepción, Marianne se apartó del grupo que la rodeaba. Su asiento estaba en el centro neurálgico del recinto, justo al lado del trono del emperador.
En el trayecto, se encontró con varios rostros conocidos y cruzó saludos breves; le tomó más de diez minutos simplemente subir las escaleras hacia el ornamentado sofá del estrado. Quizá debido a la desazón inicial, a pesar de no ser una distancia larga, se sentía extrañamente agotada.
—Su Majestad ha elegido esto personalmente para la princesa.
En ese instante, nada más sentarse, un sirviente se acercó con una lujosa bandeja de té.
—Gracias… —respondió Marianne de forma mecánica, hasta que alcanzó a ver el rostro del hombre. Sus ojos verde oscuro se congelaron un segundo antes de recuperar su sonrisa habitual.
—Dale las gracias de mi parte.
Marianne observó en silencio la espalda del sirviente mientras este se retiraba con una reverencia. Si su memoria no le fallaba, aquel hombre era uno de los agentes de Ober. Su nombre era Cale; Cale de Davion, creía recordar.
Intentando aparentar calma, Marianne empezó a rebuscar entre el juego de té que Cordelia había dispuesto sobre la mesa.
—Señorita, ¿tiene sed? Un momento, le serviré un poco de té.
Sus movimientos no parecían sospechosos desde la distancia. Sin embargo, Cordelia, que se había criado con ella prácticamente toda la vida, notó algo extraño. Ladeó la cabeza y tomó rápidamente la tetera.
—No, sí… es decir, tengo sed, pero espera un segundo…
Marianne inspeccionó rápida y minuciosamente cada rincón donde pudiera haber algo oculto. Fingiendo oler la infusión, agitó el pequeño frasco de cristal que contenía las hebras y echó un vistazo al fondo de la tetera que sostenía Cordelia, así como al interior de la taza vacía. Tras pasar la mano por la esquina de la bandeja como si desplegara una servilleta, levantó ligeramente el plato bajo la taza…
Un leve tintineo metálico resonó, Marianne intentó mover sus dedos entumecidos sin que pareciera forzado. Dejó la taza en su sitio con la mayor naturalidad posible y se dirigió a Cordelia.
—Solo miraba la taza, es preciosa. Y tenía curiosidad por el aroma de las hojas… En fin, ¿podrías servirme ya? Estoy sedienta.
—No me extraña que se haya fijado. Son pétalos de rosa joven secos, y la porcelana es exquisita… Encaja perfectamente con sus gustos, ¿verdad? Su Majestad debe de tenerle mucho aprecio para haber supervisado personalmente estos detalles.
Cordelia le siguió el juego sin conocer el motivo real. El juego de té de alta calidad, con rosas pintadas en carmín sobre porcelana blanca y bordes dorados, cumplió su función de distracción de maravilla.
Marianne levantó la taza y saboreó el aroma y el gusto con aire despreocupado.
—Está en su punto justo. Tiene el dulzor exacto para que la fragancia perdure en el paladar. Sería ideal servirlo más ligero y tomarlo frío.
La taza regresó a su lugar tras la breve crítica. Salvo por la marca de carmín en el borde y el nivel de líquido ligeramente inferior, nada delataba que Marianne hubiera hecho algo más. O eso parecía.
—¡Su Majestad Imperial, legítimo portador de las Nueve Joyas y séptimo señor de Frey, hace su entrada!
En el preciso instante en que todas las miradas se desviaban hacia Eckart, Marianne desplegó rápidamente la nota que había ocultado en su mano.
—Clarente.
Era un mensaje de apenas ocho letras, sin explicación alguna, pero comprendió la intención de inmediato. Se puso en pie y guardó la nota arrugada en el bolsillo de su vestido.
Clarente.
Murmuró para sí el nombre de aquel “gran caballero” que Ober probablemente había ocultado en algún lugar del recinto.
Las reglas del torneo eran más sencillas de lo esperado. Marianne y Eckart habían optado por un formato de eliminación directa: ganar significaba avanzar, perder suponía la retirada inmediata. Era un método severo para los participantes, pero ideal para que el público disfrutara de la emoción del duelo.
La casa real, encargada del protocolo, había dividido a los treinta y dos clasificados de las preliminares en cuatro grupos mediante sorteo. Al no haber límite de tiempo, no se permitían pases directos a menos que el oponente se retirara. Los ganadores de cada grupo se enfrentarían entre sí hasta determinar al vencedor final. Posteriormente, los subcampeones y los finalistas derrotados disputarían combates adicionales para establecer el escalafón definitivo. Los ocho mejores recibirían recompensas sustanciales y el derecho a formar parte de la guardia de Marianne.
—Que comience.
Con la sobria declaración de Eckart, el eco de un cuerno resonó en todo el recinto, marcando la apertura. Los protagonistas del primer duelo subieron al escenario desde extremos opuestos.
—¡Estandarte rojo: Franz de Winter!
Un caballero con una capa verde entró por la derecha. La prenda, con una cabeza de león bordada sobre tela verde oscuro, era el emblema de los caballeros de Herodes, la orden nacional del oeste. Su arma principal parecía ser una lanza larga.
—¡Estandarte azul: Iric de Schmidt!
Iric ascendió a la plataforma frente a Franz. Llevaba un mandoble y, como de costumbre, su capa negra bordada con lobos y hiedra. El uniforme de la orden de Astorp era tanto su orgullo como su armadura.
Marianne entrelazó las manos con fuerza y clavó la vista en el escenario. Ya fuera por instinto o por casualidad, Iric también giró brevemente la cabeza hacia los asientos de honor en el centro.
Hay momentos en los que sobran las palabras.
A pesar de que la distancia no era corta, Iric sintió que sus ojos se encontraban con los de ella. Marianne sonrió con dulzura y asintió una vez. Una mirada cargada de afecto —confianza, esperanza, buenos deseos y preocupación— permaneció fija en él.
Iric volvió a centrarse en el caballero que tenía delante.
Un chasquido metálico resonó cuando se bajó la celada, devolviéndolo a la cruda realidad. Si no ganaba, no podría permanecer a su lado. Era a todo o nada. Un solo error significaría la derrota.
Justo cuando templó el ánimo y desenvainó su espada, el silbato anunció el inicio del combate.
Las hojas empezaron a emitir los lamentos más lúgubres al chocar entre sí.
Marianne no era experta en esgrima ni en tácticas militares. Veía los movimientos de los dos hombres, que se entrelazaban y retrocedían con fiereza, como algo natural y ciertamente impresionante, pero poco más. Carecía de conocimientos profundos sobre el arte de la guerra; la esgrima que había empezado a aprender con Evelyn era tan básica que apenas merecía tal nombre.
Sin embargo, no tardó en verse absorbida por el duelo. No comprendía la técnica, pero empatizaba con la atmósfera y el ritmo. Sin darse cuenta, sus hombros se tensaban. Cada vez que la lanza de Franz buscaba a Iric, el dobladillo de su vestido sufría las consecuencias de su nerviosismo. Era como si ella misma estuviera esquivando la punta de acero.
—Cualquiera diría que eres tú quien está compitiendo.
Una voz grave descendió desde lo alto. Alguien se acomodó a su lado en el sofá. Marianne desvió la mirada del escenario hacia la derecha. Sintió cómo una mano masculina, más grande y firme que la suya, envolvía con suavidad el dorso de su mano.
—¿Cuánta fuerza estabas haciendo…?
Eckart le quitó el guante a Marianne, casi arrancándoselo de la mano que aún se aferraba al vestido. El emperador frunció el ceño: la palma de ella estaba enrojecida y caliente, con las marcas del encaje marcadas en la piel.
Marianne recuperó su guante. Mientras volvía a cubrirse la mano, sonrió con cierta timidez.
—No ha sido a propósito, pero el cuerpo no me hacía caso. Como dice Su Majestad, casi me daban ganas de subir al escenario.
—Si lo hubieras hecho, habrías ganado en menos de un minuto. ¿Quién se atrevería a salir con vida tras osar apuntar con una espada a mi prometida?
Los presentes sonrieron complacidos ante aquel alarde de afecto. Marianne también sonrió, pero entonces su mirada se cruzó con la de Ober, sentado a cierta distancia. En sus ojos grises brillaba un desagrado singular. Fingiendo no haberlo visto, volvió a dirigirse a Eckart.
—¿Qué piensa? ¿Quién cree que vencerá?
Su voz afectuosa buscó el brazo izquierdo de él. Eckart bajó la vista hacia Marianne, que se apoyaba en su costado. Solo ella pudo notar que el emperador contenía el aliento y que su brazo se había vuelto rígido como un bloque de madera debido a la tensión.
—Ambos son buenos caballeros, pero… —Eckart miró hacia el escenario con cierta premura. Solo entonces soltó un leve suspiro—. Ese de ahí ganará.
Marianne miró hacia donde él señalaba.
Casi al mismo tiempo, Iric esquivó un ataque profundo de Franz y golpeó el astil de la lanza con todas sus fuerzas. Al perder el centro de gravedad, la punta de la lanza se inclinó hacia el suelo. Iric no desperdició el momento: pivotó sobre sí mismo y descargó un tajo formidable. Su mandoble impactó con furia, rayando el peto del caballero rival.
