Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
Zhou Yunsheng estaba tirado en la cama, sosteniendo dos figuritas en sus manos, haciendo voces muy diferentes con su boca y hablando consigo mismo.
—Ven aquí, hijo mío.
—¿Dios Padre, me estás llamando? —respondió con un tono emocionado y agudo.
Risas amorosas.
—¿Si no es a ti, a quién más podría llamar? ¿Acaso no eres tú quien se arrodilla día tras día frente a mi estatua para rezar? ¿No fuiste tú quien juró ofrecerme todo lo que tiene? ¿No eres tú quien dijo que me ama con más devoción que a sí mismo?
—¡Soy yo, soy yo, yo dije todo eso! Padre, ¿puedes oírme?
—Por supuesto, te he estado observando, hijo mío. Ven aquí, ven a mis brazos, quiero abrazarte con fuerza.
La pequeña figurilla fue colocada en los brazos de la figurilla grande y Zhou Yunsheng mostró una sonrisa boba.
En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz estaba sentado frente al espejo de agua, y debido a que suprimió su risa, un poco del exquisito néctar en su mano se derramó. De inmediato, un emisario celestial se arrodilló ante su asiento para limpiarlo, pero él los hizo retroceder con un gesto. Este era el momento más feliz de su día, no le gustaba ser molestado.
Zhou Yunsheng jugó con las dos figurillas por un rato, luego su expresión tímida cambió repentinamente a una fría. Lanzó las dos figurillas lejos, caminó hacia el espejo y se burló:
—¿Y bien? ¿Ya te has divertido suficiente hoy? Ahora siéntate obedientemente en la esquina y no interfieras con mis asuntos. ¡Qué triste que solo puedas usar estas figuritas para satisfacer tus delirios!
El fanboy descerebrado se escondió en el subconsciente, dejando escapar enormes lágrimas. Pero hoy eran las ceremonias de coronación de Boel y del segundo príncipe, y para que todo saliera bien, tenía que dejar que su parte racional tomara control de su cuerpo; de lo contrario, era posible que el fanboy descerebrado causara un alboroto, ofendiendo a todas las personas del reino de Sagya, incluida la Iglesia. Entonces, el destino de Joshua terminaría siendo peor de lo que habría sido en principio, y sin la energía del mundo de nivel A proveniente de completar esta tarea, la esquizofrenia de Zhou Yunsheng sería muy difícil de curar.
En resumen, las consecuencias serían graves.
El Dios de la Luz, al observar esta escena, suspiró con pesar. Su pequeño creyente repetía esta rutina todas las mañanas: jugaba con placer por un rato, luego se ponía frente al espejo y se reprendía a sí mismo, advirtiéndose que el Dios de la Luz nunca se enamoraría de él: que no sueñe.
Es demasiado inseguro, pero esa expresión tan atormentada y llena de dudas resulta increíblemente adorable. Quizás debería traerlo a mi lado cuanto antes, permitirle vivir para siempre envuelto en tranquilidad y felicidad.
El Dios de la Luz quedó absorto en sus pensamientos, y en la comisura de sus labios floreció una suave y tierna sonrisa.
Zhou Yunsheng se puso una imponente y elegante túnica sacerdotal, peinó su cabello en una larga trenza y lo ató con una cinta dorada, tras lo que se miró en el espejo, asegurándose de que su porte no quedara eclipsada con la de Boel, y luego se dirigió hacia la puerta. Aunque no haría un alboroto como el fanboy descerebrado, aún podía robar un poco del protagonismo de Boel.
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, su expresión serena comenzó a transformarse en una lucha interna. Después de un momento, suspiró en silencio, regresó a la habitación y recogió las dos figurillas que había arrojado antes. Las desempolvó con cuidado y las colocó de nuevo en su lugar original con cariño.
Por otro lado, Boel vestía una simple túnica blanca, atada a la cintura con un cinturón colorido. No necesitaba más adornos, ya que durante la ceremonia de coronación, Su Santidad el papa le colocaría personalmente la sagrada túnica escarlata con bordes dorados, exclusiva para los obispos. Luego, el rey le coronaría con una pesada diadema dorada.
Se pararía en el alto altar, mirando a la gente de Gagor desde las alturas. Durante los vítores entusiastas del público, encendería el anillo con la piedra de luz, del tamaño de un huevo de paloma, que adornaba su dedo índice, iluminando todo el reino de Sagya con la gloria del Padre.
Seguramente me convertiré en el obispo más poderoso del milenio, incluso más fuerte que el papa, haciendo que todas las criaturas del continente recuerden su nombre. Al lograrlo, el Padre perdonará mis pecados y me devolverá al Templo de Dios, otorgándome la sangre dorada que solo los dioses poseen.
Boel se emocionaba cada vez más con estos pensamientos; unas leves lágrimas brotaron de sus ojos mientras sus mejillas se teñían de rojo por la emoción. Pero, al levantar la vista, su expresión se oscureció ligeramente al ver a Joshua.
No solo él, todos los dignatarios en el templo estaban mirando a Joshua.
Era como un rayo de luz que había descendido al reino mortal, iluminando todo a su alrededor. Cuando sus ojos amables se posaban en alguien, los corazones emocionados de todos se calmaban al instante. Lucía tan noble, santo y bondadoso que la gente deseaba acercarse a él, pero temían que hacerlo pudiera mancillarlo.
Era la representación perfecta de un sacerdote de la luz, incluso más radiante que Boel, quien provenía del Templo de Dios.
Muchos aristócratas se inclinaron para saludarlo, temerosos de faltarle al respeto, incluso si había perdido la posición de obispo.
—Joshua, hoy te ves realmente hermoso. Esa túnica roja debería resaltar tu piel, pero lamentablemente… —Boel mostró una expresión de falso pesar, como si se estuviera culpando a sí mismo, insinuando que, de no ser por su presencia, Joshua sería quien llevaría la túnica escarlata de los obispos.
Zhou Yunsheng le dedicó una leve sonrisa, pero no se molestó en responder. Las peleas de gatas eran territorio del fanboy descerabrado. Su decimoctavo cumpleaños se celebraría tres días después de la ceremonia de coronación y, tras el bautismo, planeaba marcharse de Gagor de inmediato, evitando cualquier problema que el protagonista y su séquito pudieran causarle.
Contuvo al fanboy descerabrado, que intentaba reaccionar a la provocación, y se dirigió hacia donde estaba el obispo.
—Hijo mío, ese puesto te pertenece. Sin importar lo que piensen los demás, lo que es tuyo no puede ser arrebatado —El obispo habló con firmeza, lo que hizo que Boel se sintiera extremadamente avergonzado, mientras el rey y el papa fruncieron el ceño con descontento.
—Viejo amigo, entiendo que Joshua es el niño que criaste y que siempre has estado a su lado, pero Boel es el candidato más adecuado para este puesto. Ha sido elegido por el Padre y por Su Santidad el papa; debes obedecer la voluntad del Padre —replicó enseguida el rey, temeroso de enfurecer al papa.
—Elegir a Boel es la voluntad del papa, no la del Padre. Joshua no solo ha sido criado por mí, sino también por el propio Padre. Si estuviera aquí, no elegiría a nadie más que a Joshua —respondió el obispo con firmeza.
—Byrd, tu edad te ha vuelto terco; ya no puedes escuchar las palabras del Padre. Parece que fue acertado pedirte que abdicaras en este momento —intervino fríamente el papa, dirigiendo luego una mirada imponente a los dignatarios presentes en el salón.
Los nobles inclinaron la cabeza, temerosos de contradecirlo.
Zhou Yunsheng valoraba profundamente el afecto del obispo, pero no pudo evitar tirar de su manga, indicándole que dejara de discutir.
El obispo miró al rey y suspiró, convencido de que algún día se darían cuenta de lo poco sabio que fue renunciar a Joshua y entregar el puesto de obispo a otra persona.
Mientras todos permanecían en silencio, de repente, se escuchó una voz femenina fría:
—Desde que Su Santidad el papa llegó, el reino de Sagya ha cambiado. No solo ha cambiado el candidato a obispo; también ha habido una muerte inexplicable en la familia real. Su Santidad el papa, como mensajero de Dios, debería traer bendiciones, pero parece que solo está trayendo desgracias.
—¡Elena, cállate! —gruñó el rey con fuerza.
Detrás de Zhou Yunsheng, una dama soltó un bufido de desprecio. Era la esposa del príncipe fallecido, quien estaba convencida de que la muerte de su esposo había sido un asesinato, resultado de la colusión entre el segundo príncipe y el papa. La Iglesia poseía muchos hechizos secretos, y podía controlar a una bestia oscura sin problema.
Espera y verás, pensó con rencor. Cuando el rey, anciano y tonto, por fin muera, ¡el Imperio de Sagaya no será más que un perro faldero del clero!
El papa deseaba lanzar un hechizo purificador para acabar con todos aquellos que le incomodaban, pero su imagen pública era la de un ser generoso, tolerante y misericordioso. No podía mostrar ira, especialmente frente a la estatua del Padre. Con una sonrisa, agitó la mano, y un clérigo entró al templo arrodillándose, sosteniendo dos volúmenes de documentos.
Desató la cinta roja que ataba los documentos y recitó la voluntad conjunta del papa y el rey para que el Padre, en el Noveno Cielo, pudiera escuchar. Después de leer, el papa tomó agua bendita dorada, la esparció sobre los documentos, los volvió a atar y entregó uno al segundo príncipe y el otro a Boel.
Ambos caminaron lado a lado hacia la estatua del templo, se arrodillaron frente a ella para orar y luego colocaron dos rosas blancas, especialmente seleccionadas esa misma mañana, a los pies del Dios de la Luz como señal de devoción.
Cuando terminaron los rituales, el rey se acercó y colocó una corona en sus cabezas. En la parte superior de las coronas brillaba una piedra de luz del tamaño de un grano de soya. Esta piedra emitía una luz blanca de advertencia ante la proximidad de un demonio; si se le infundía poder de luz, podía transformarse en un arma mortal. Este era el tesoro más preciado que el Dios de la Luz había dejado en el continente, elaborado con materiales de primera calidad, aunque su fabricación requería recursos extremadamente escasos.
Incluso el papa, con su inmenso poder, solo poseía cuatro de estas piedras, y otros apenas podían acercarse a esa cantidad. Por ello, cuando Boel mostraba su gran anillo con la piedra de luz del tamaño de un huevo de paloma, todos se convencían de su origen divino. ¿Quién se atrevería a insultar al Favorito de Dios? Ni los bandidos más crueles del continente considerarían robar el anillo. Así, la seguridad de Boel durante su viaje se debía en gran parte a las bendiciones otorgadas por esta joya.
Finalizada la coronación, el rey se apartó y, con respeto, solicitó al papa:
—Pido a Su Santidad que coloque la túnica del nuevo obispo de mi reino.
Una doncella entró sosteniendo la túnica, se arrodilló ante el papa y levantó la prenda con ambas manos. Rociada con agua bendita, la túnica emitía un suave resplandor dorado, haciéndola deslumbrante.
Boel echó un vistazo a la túnica, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.
El papa tomó la túnica y la sacudió levemente antes de acercarse a Boel con una sonrisa.
—Hijo mío, posees la fe más devota, el alma más pura y el corazón más bondadoso. Tus acciones son dignas de convertirte en un honorable sacerdote de luz. El gran poder de luz que llevas dentro es evidente; es prueba del inmenso favor que el Padre te otorga. Puesto que te ha elegido como su mensajero, no puedo desobedecer su voluntad. Declaro que tú, Boel Britte, serás el nuevo obispo del reino de Sagya. Levántate, hijo mío, y permíteme colocarte la túnica.
Boel, incapaz de contener las lágrimas, se postró en reverencia tanto al Padre como al papa y luego se levantó.
El papa colocó la túnica escarlata sobre sus hombros y estaba a punto de ajustarle el cinturón, cuando de repente, la prenda estalló en llamas doradas que rodearon a ambos hombres. La temperatura era tan alta que casi carbonizaba el suelo bajo ellos.
Boel gritó y cayó al suelo, rodando de un lado a otro en un intento desesperado por apagar las llamas. El papa, por su parte, mantuvo la calma y lanzó un hechizo para extinguirlas, pero pronto se dio cuenta de que aquellas llamas no eran comunes; podían quemar incluso las túnicas benditas que llevaba puestas.
