El vampiro reencarnado solo quiere una siesta – Capítulo 86: El corazón de la antigua caballera

Traducido por Haku

Editado por Herijo


Argento Vampear es mi benefactora.

Ella fue quien me devolvió la vista cuando una maldición me la arrebató, despojándome de mi título como caballera. Fue la persona que me abrió los ojos una vez más.

Si no fuera por ella, seguramente seguiría en el puerto de Arlesha, viviendo una existencia pacífica, pero insoportablemente aburrida.

Añorando, por siempre, el mundo que había perdido.

¡Llegué a tiempo! ¡Justo a tiempo!

Una sonrisa se dibujó en mi rostro al ver que Arge estaba a salvo.

Llegar hasta aquí fue una completa casualidad, y todo gracias a Zeno, el mercader con el que viajaba. Él regresó al gremio antes de lo previsto y allí se enteró del paradero de Arge. Resultaba que también la conocía y ella le había dejado un mensaje.

—Estamos en Rencia.

En cuanto lo supimos, viajamos en carruaje hasta ese lugar. Al llegar a la aldea, percibimos el rastro de una batalla. Encontramos a Arge inmovilizada en el suelo y no dudamos ni un segundo en intervenir.

—Arge…, cuánto tiempo.

—Felnote…

Ahora mismo, Arge yacía sobre una cama, como si estuviera clavada en ella. Su ropa estaba desgarrada, dejando casi toda su piel al descubierto. Su cuerpo estaba cubierto de marcas de succión, y en su cuello se podía observar la herida de una mordida de la que todavía brotaba un poco de sangre.

—Mmmh, ah…

Exhalaba un suspiro febril y me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Sus pupilas rojas, características de los vampiros, estaban vidriosas, pero no se trataba de la somnolencia habitual que la definía. Había algo más en su mirada… un rastro de inquietud.

Una gota de sudor resbalaba por su pecho pálido y de suaves curvas. Se retorcía y apartaba la vista de mí. Sus orejas, finas y puntiagudas, estaban teñidas de un rojo intenso mientras me susurraba con voz temblorosa:

—O-Oye… Felnote…

—¿S-Sí? ¿Qué ocurre?

—Por favor… no me mires así… N-No quiero… que me veas…

—¡Ah…! ¡L-Lo siento!

Estaba en un estado demasiado impúdico como para observarla de esa manera. Me giré, arrepentida por haberme quedado mirándola con tanta avidez.

La siempre tranquila y soñolienta Arge se veía completamente indefensa. Es más, estaba mostrando una timidez tan propia de una chica que, por un instante, me quedé absorta en la escena, olvidándome de todo lo demás.

La miré de reojo y ví que la vergüenza la consumía. Se mordía el labio, evitaba mi mirada y se movía con nerviosismo.

¡¿No es realmente adorable?!

Ahogué un grito y me obligé a recuperar la compostura. Si seguía mirándola, sería yo quien no podría evitar tocarla. Así de adorable era. Casi parecía una invitación…

No, no, de ninguna manera. Cálmate, Felnote.

Quisiera hacer algo, pero lo que está sintiendo no era una maldición normal. La influencia de la sangre vampírica en el cuerpo no era algo que la magia curativa pudiera remediar. Por suerte, ella poseía una resistencia excepcional a la magia y a las maldiciones, así que en cuanto se calme, podrá liberarse por sí misma.

Por ahora, es mejor que me concentre en mi oponente. Con esa idea en mente, dirigí mi espada hacia la chica de cabello dorado.

—¡Después de hacer algo tan… tan envidiable, no creas que te saldrás con la tuya!

—¿Envidiable?

—Quiero decir.., ¡después de hacer algo tan horrible, no te saldrás con la tuya!

—Un rescate un poco patético, ¿no crees?

—¡C-Cállate!

—Jeje, ¿y dices que es horrible? Qué cruel de tu parte. Yo solo intento conseguir lo que deseo.

—¡El problema es lo que deseas y cómo intentas conseguirlo!

Aunque la fulminé con la mirada, ella permaneció impasible, con una expresión serena. Era una figura de apariencia juvenil, con dos coletas doradas adornadas con pasadores en forma de murciélago.

Pero eso era solo su aspecto. No se trataba de ninguna niña, ni era tan adorable como aparentaba.

Era Elsee, la Princesa Vampiro. Un ser que había esparcido el caos por el mundo desde mucho antes de que yo naciera. Sus crímenes eran incontables; se decía que incluso aniquiló un pequeño país en una sola noche.

Ha acabado con la vida de innumerables caballeros del Reino, lo que la ha clasificado como un objetivo de subyugación de máxima prioridad. Seguramente otros países han hecho lo mismo. La asociación de mercenarios, Landsknecht, también había puesto precio a su cabeza: una recompensa tan grande que bastaría para vivir varias vidas sin preocupaciones.

Lo que significa que, si la derroto, conseguiré una fortuna, podré mantener a Arge y, por supuesto, estaremos juntas para siem… ¡No, no y no! Así no, Felnote.

Mi objetivo era guiar a Arge por el buen camino. Y para eso, primero debía eliminar esta amenaza.

—Mmmh… ¿Piensas pelear?

—Por supuesto.

Todavía no había recuperado mi antigua forma. Mi equipo, además, ni de lejos se comparaba con el que usaba en mis días en el Reino. Siendo sincera, las probabilidades de ganar eran escasas. Más que un enemigo, ella era un desastre natural con vida propia.

Pero eso no significaba que no fuera a desenvainar mi espada.

El arma que me dio Zeno se sentía bien en mis manos. Ya la había blandido varias veces para abrirme paso hasta aquí. Su longitud y su peso eran similares a los de mi antigua espada.

—Por tu postura, diría que eres una caballera del Reino. ¿Qué haces en la República?

—No soy una caballera. Soy una antigua caballera. Y estoy aquí… por asuntos personales.

—Qué injusto. El mundo está lleno de imprevistos e injusticias. Nadie me avisó de que tendría refuerzos.

—Tiene gracia que la definición de injusticia se queje de eso…

—Sí, sí, lo sé. Por eso mismo… El pecado de arruinar mi diversión es muy, muy grave.

De repente, su aura se intensificó. No solo su espíritu de lucha, sino también su poder mágico se disparó hacia mí, apuñalando mi piel y provocando que un sudor frío recorriera mi espalda.

Más que enfrentarme a un ser vivo, sentía que estaba ante una violenta tempestad. Mis pies querían retroceder por instinto, pero los anclé al suelo con pura fuerza de voluntad.

—Parece que conoces a Argento, así que no te mataré… pero tendré que hacer que te estés quieta un rato.

—¡Si puedes, inténtalo!

Su sonrisa se torció como una luna quebrada y, al instante siguiente, se movió. Su vestido ondeó como las alas de un murciélago y salió volando.

—Parece que lo que preparé no será suficiente. Por eso odio las sorpresas… Creadora de Maldiciones: Fuego fatuo.

Mientras giraba en el aire, recitó unas palabras. Cuando aterrizó en el tejado de una casa, un par de alas negras se habían materializado a su lado. Eran la encarnación de una maldición, una forma que oscilaba entre un pájaro y un murciélago y que ahora se lanzaba hacia mí.

Una espada no podía cortar una masa de magia sin cuerpo físico. Descarté la opción de interceptarla y me concentré en esquivar.

—Vaya, nada mal.

—Tus halagos no me hacen ninguna ilusión.

Con un movimiento mínimo, evité el contacto con la maldición. Pero aquello no terminaba ahí. Las alas oscuras, como si tuvieran voluntad propia, giraron en el aire y volvieron a la carga. Una y otra vez.

¡Esto no va a ninguna parte!

Si esto continuaba, solo conseguiría agotarme y quedarme en desventaja. Pero si recibía el impacto directo de esa maldición, mi resistencia no sería suficiente para soportarlo.

Si esto no va a ninguna parte, tendré que forzar una salida.

—¡Fuu…!

Justo en el instante en que esquivé por enésima vez, dí un paso firme hacia adelante, usando el impulso de la evasión para lanzarme al ataque.

—Creación de Sangre: Cadenas.

—¡Maldición! ¡No estorbes!

Una cadena carmesí brotó del suelo. Más que cortarla, la enganché con mi espada y la hice pedazos. Dejando atrás el sonido metálico, aceleré aún más.

—Lo siento, pero no tengo tiempo para esto.

Pidiendo disculpas en mi mente al dueño de la casa, blandí mi espada. El golpe, asistido por mi habilidad, generó una onda de choque realmente afilada, partiendo la vivienda en diagonal.

—Qué manera de destrozarlo todo… ¿Eres humana, de verdad? Por lo que sé, estás a punto de alcanzar el límite de lo que un ser humano puede lograr.

—Ya te he dicho que tus halagos no me interesan.

Mientras escuchaba el estruendo del derrumbe, corrí hacia ella, acortando la distancia para ponerla al alcance de mi espada. La Princesa Vampiro ya había saltado de la casa antes de que se viniera abajo. Perseguí su figura de cabello dorado, que retrocedía con la elegancia de unos pasos de baile, y me impulsé con fuerza. Esquivé las alas malditas que me perseguían y seguí avanzando.

—Juju. ¿Acaso tienes ojos en la espalda?

—¡No necesito ver para esquivar…!

No era una habilidad. Se debía a la experiencia acumulada en incontables batallas la que me advertía del peligro. Lo que se suele llamar intuición.

Volví a esquivar las alas oscuras con un paso lateral y me lancé hacia adelante, recuperando al instante la velocidad perdida. La distancia entre nosotras se redujo cada vez más. Unos pocos pasos más y la alcanzaré.

Para destruir aquello que causa el mal, aceleré todavía más.

—Vaya, vaya, qué apasionada.

El desastre personificado sonreía mientras el viento agitaba su cabello. A simple vista, parecía que la estaba persiguiendo y que faltaba poco para alcanzarla. Sin embargo, ella no perdía la sonrisa, moviéndose como si disfrutara de un baile. Era obvio que estaba jugando conmigo. Si se lo propusiera, los papeles se invertirían en un instante.

Aun así, acepté su invitación. Porque era la única oportunidad que tenía.

—Jejeje…Creación de Sangre: Cadenas.

—¡Inútil!

De nuevo, las cadenas aparecieron para bloquearme el paso, esta vez tres a la vez. Decidida a no perder el tiempo, las corté de un solo tajo.

¿Eh?

La sensación al cortar fue extraña. A pesar de haber cortado tres cadenas, el impacto fue mucho más ligero que cuando corté solo una.

Algo no encajaba. Me detuve en seco. Era una lástima perder la distancia que había ganado, pero sería peor si reaccionaba demasiado tarde.

—Sabía que una guerrera de tu calibre se detendría.

—¡¿Qué…?!

—Atadura.

Mis pies se quedaron pegados al suelo, incapaz de moverlos. No, no solo los pies. No podía mover ni un dedo, ni siquiera girar el cuello. Era como si me hubieran cosido al espacio mismo.

Elsee me observó, atrapada, y entrecerró los ojos con satisfacción.

—La resistencia de Argento fue mayor de lo que esperaba, así que pensé que no tendría que usar esto… Juju. Nunca está de más tener un as bajo la manga.

—¡Ngh…! ¡Mgh…!

—Es una potente maldición de parálisis. Ni siquiera podrás hablar. Su único defecto es que hay que prepararla de antemano.

Lentamente, se acercó a mí. Con el gesto de quien examina a su presa, posó una mano sobre mi pecho.

—Estás bastante bien dotada… Bueno, supongo que servirás para entretenerme un rato. Pareces divertida.

—¡Mgh…!

Sentí una profunda humillación cuando tomó mi pecho con su mano, como si estuviera sopesándolo. Pero ni siquiera podía expresar mi rabia con el rostro. En lugar de reducirla a pedazos, no podía mover ni una ceja, ni desviar la mirada.

—Juju, no te preocupes, te liberaré de la maldición enseguida. No sería divertido si no pudieras gritar.

Como si hubiera leído mi frustración, Elsee sonrió, mostrando sus colmillos. La mano que estaba en mi pecho se deslizó hacia mi cuello, y me rodeó en lo que parecía un abrazo.

Sentí su aliento cálido en mi nuca. Luego, la presión de sus colmillos, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Ahora te liberaré… así que regálame un grito hermoso, ¿quieres?

Noté la sensación de mi carne siendo perforada y entonces…

—Tú primero.

Le di la bienvenida.

—¡¡Ggh…!! ¡¡¡A-Aaaaaaaaaaaargh!!!

La oí gritar. Apartó sus colmillos de mi cuello y retrocedió bruscamente. Liberada de la parálisis, estiré mi cuerpo, saboreando una libertad que casi había olvidado.

—Cura.

El agujero en mi cuello era una herida superficial. Un simple hechizo de curación, sin necesidad de encantamiento, fue suficiente para cerrarlo. Satisfecha por sentirme completamente recuperada, fijé la mirada en ella.

—¡¿A-Agh?! ¡¡Uuugh, grrrgh!!

Se llevaba las manos a la boca, retorciéndose de un dolor evidente. Ya ni siquiera podía mantener las maldiciones con forma de pájaro. Sus ojos rojos, que antes rebosaban suficiencia, ahora ardían de pura furia mientras me fulminaba con la mirada.

Ahora los papeles se habían invertido. Era mi turno de sonreír con total superioridad.

—¿Qué se siente al perder la compostura?

—Tú… ¡¿Eres… una Caballera Sagrada…?!

—Antigua caballera, te he dicho. No me hagas repetirlo.

Los Caballeros Sagrados eran aquellos que, entre todos los caballeros, destacaban por su dominio de la magia sagrada. Se les otorgaba ese título a quienes demostraban una habilidad excepcional tanto con la espada como con la magia de atributo sagrado. Aunque era parte de mi pasado, preferiría que no lo sacaran a relucir.

Lo que hice fue muy simple. Utilicé un hechizo básico de la magia sagrada que permite imbuir el propio cuerpo con este atributo. Los vampiros son seres de magia oscura, una amalgama de ese poder que ha cobrado conciencia. Son extremadamente débiles contra el atributo sagrado.

La luz contra la oscuridad. A menos que posean una resistencia extraordinaria, el simple contacto con el poder sagrado era letal para ellos. Al concentrar ese poder en mi interior en lugar de manifestarlo externamente, conseguí que, en el instante en que me mordiera, una oleada de magia sagrada de alta densidad fluyera directamente hacia ella.

Ha valido la pena.

No podía permitirme usar ni un ápice de magia sagrada para no alertarla. Tuve que luchar de una forma completamente diferente a mi estilo, pero el resultado fue un éxito rotundo.

Cubriéndose la boca, quemada y desfigurada por el poder sagrado, Elsee me observó fijamente. Había tomado la delantera, pero no sabía hasta qué punto le había hecho daño. Aun así, no había vuelta atrás. No volvería a caer en la misma trampa.

Ahora es el momento de deshacerme de esta espada. Es hora de luchar con mi verdadero estilo.

—Espada sagrada que abres el camino de la luz…

Las palabras que pronuncié moldearon mi poder mágico, dando a luz a una luz en mi interior. Esa energía, fuertemente imbuida del atributo sagrado, se concentró en mi mano hasta formar una entidad tangible.

Una forma, la prueba de mi poder. Mi amada espada, la que he blandido incontables veces.

Mi verdadera arma.

—¡¡Reúnete en mi cuerpo y manifiéstate! ¡¡¡Materialización!!!

Al pronunciar la última palabra, una espada de luz tomó forma en mi mano.

Su peso era tan ligero como una pluma, pero su filo era más cortante que el acero. Una espada forjada para derribar cualquier obstáculo y abrir un camino. El poder nacido de esa plegaria.

—Arma Sagrada. A partir de ahora, ya sea que te conviertas en niebla o en sombra, no podrás escapar.

—Ngh… Esos ojos de dos colores… Caballera Sagrada… ¡Tú…! ¡Tú eres Felnote Lyria!

—Vaya, has recordado bien el nombre de una antigüedad olvidada y cubierta de polvo.

Supongo que yo también fui famosa en mi día. Se me ocurrían un par de razones, pero no era algo que importara ahora.

Liberé todo mi poder mágico, que ya no tenía motivos para ocultar.

La verdadera batalla empezaba ahora.

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