Traducido por Herijo
Editado por Freyna
Leonard abandonó la estancia, dejando tras de sí a Ilusión, quien permaneció en el lugar, observando en silencio el rostro de Rubette antes de alzar la vista. Frente a él, al otro lado de la cama de Rubette, se encontraba otra presencia. Aunque Leonard no lo sabía, ese ‘rostro’ era el espíritu de Rubette, que había estado velando por ella constantemente.
—Señor Wishit.
Un silencio se extendió entre ellos. La figura que tenía enfrente, aunque parecía meramente humana, Ilusión la reconoció de inmediato. Wishit, que había estado contemplando a Rubette con una mezcla de preocupación y cariño, estableció contacto visual con Ilusión.
—¿Cómo te encuentras? Es raro verte en el manantial de los espíritus.
—He estado siendo convocado casi las 24 horas del día durante los últimos 11 años, creando para mi contratante la ilusión de su esposa…
—Vaya, has tenido que soportar mucho.
—Sin embargo, he podido descansar en los últimos días. Tal vez sea porque mi contratante ha estado dedicando más tiempo a esta niña.
Ilusión, con un leve movimiento, flotó en el aire, mirando a Rubette con una expresión de tristeza.
—Ayúdala.
—Lo haré.
Con delicadeza, Ilusión tocó la mejilla de Rubette, depositando un suave beso en su frente. Pronto, Ilusión se disolvería como un sueño. Observando a Rubette, cuya expresión se suavizó casi de inmediato, murmuró:
—Mm… Algo en su alma es diferente. Posee audacia, una elevada autoestima y, más importante aún, es bondadosa. Me reconforta saber que ha cuidado de la salud de mi contratante.
Ilusión, hablando con una sonrisa, expresó luego con preocupación:
—Pero su mente es tan frágil… ¿Podrá sostenerse sin desmoronarse?
—¿Quién puede saberlo?
—Esta vez, espero que el señor Wishit encuentre la libertad.
Un silencio se cernió sobre ellos.
—Confía. Porque ella es la contratante que has estado esperando durante tanto tiempo.
Ante las enigmáticas palabras de Ilusión, Wishit solo pudo hacer un gesto.
—No hables sin sentido, es hora de volver.
—Sí, mi señor.
Con una reverencia, Ilusión, cuya cabeza se inclinó ligeramente, recibió una pausa y una mirada fruncida de Wishit.
Entonces, con un movimiento suave, Wishit levantó su dedo índice hacia sus labios, pidiendo silencio. Ante la advertencia, Ilusión, con una sonrisa traviesa, se desvaneció en el aire.
El Ducado de Diollus se cernía majestuoso, albergando en su seno historias y secretos. En la estancia destinada a la matriarca, Molga Diollus, el ambiente se teñía de tensiones apenas contenidas. Tras un mes de separación, escuchaba los relatos cargados de emociones de los gemelos, sus dedos tamborileaban sobre la mesa reflejando la seriedad de su semblante.
—¿Se ha comportado de manera diferente desde que regresó tras caer al estanque?
—Sí, madre. Aún me duele… Deberías reprender a esa niña de inmediato. Exijo una disculpa.
Ricky, con lágrimas en los ojos, sostenía su mejilla, aún marcada por el golpe de Rubette. Desde el incidente de hace cuatro días, Rubette había mostrado un comportamiento desconcertante. No solo había osado abofetear a Ricky, sino que…
¿Visitó a su padre por su propia voluntad?
El abismo emocional entre Rubette y Leonard, fruto del maltrato de Molga, era abismal. Molga sabía que Leonard se sentía incómodo y distante con Rubette, lejos de cualquier afecto paternal.
En realidad, Leonard se había convertido en un padre distante, incapaz de brindar cuidado tras la pérdida de su esposa.
Es complicado. Demasiado complicado.
Incluso el mayordomo Rob, quien había sido despedido recientemente, ya no estaba en la mansión. ¿Cómo Leonard había decidido deshacerse de Rob, un empleado leal y eficiente, salvo por su tolerancia al maltrato?
Se ha pronunciado. ¿Pero por qué ahora?
¿Qué había impulsado a la tímida Rubette, acostumbrada a ser menospreciada, a cambiar de actitud?
Pero no hay pruebas.
Todos los empleados de la casa ducal estaban bajo el control de Molga, y hasta el joven duque Viego le creía. Sin evidencias, Leonard no podría confrontar a Rubette sobre las acusaciones de maltrato. Sin embargo…
Comenzará a tener dudas…
Leonard, quien hasta ahora había mostrado poco interés por los asuntos domésticos, podría estar reconsiderando su posición.
Maldita sea su audacia.
Molga apretaba los dientes al recordar el encuentro con Leonard, su mirada arrogante, como si despreciara un estorbo en su camino.
Debes al menos fingir gratitud, he criado a tus hijos.
Molga había asumido el rol maternal para los hijos de Leonard tras el fallecimiento de su esposa. Aunque su cuidado nunca fue genuino, no tuvo más opción que ocultar su verdadera naturaleza y mostrar una faceta amable.
Leonard era implacable con aquellos que lo cruzaban. Su primogénito, Viego, era el heredero del ducado, y su segundo hijo, Víctor, no se quedaba atrás en temperamento…
—Mocoso.
La sombra del resentimiento y la inferioridad que Molga Diollus sentía hacia Leonard y sus hijos ensombrecía cada rincón de su ser. Verlos ocupar un lugar que ella creía inalcanzable para sus propios hijos la llenaba de una irritación constante. Esta frustración se convirtió en un veneno dirigido hacia Rubetria, su hija menor, cuya timidez y debilidad se convirtieron en el blanco perfecto para descargar su amargura, envidia y celos.
Había logrado manipular a esa ingenua niña a mi antojo, pero esto complica las cosas. Será problemático si Leonard empieza a sospechar sobre el maltrato…
Con una mirada furtiva hacia Ricky, quien nerviosamente se mordía las uñas, Molga instruyó:
—Ante todo, ten más cuidado con tus acciones de ahora en adelante. Evita involucrarte con Rubette tanto como puedas y no la provoques por algún tiempo. Observa detenidamente cómo se comporta delante de los empleados.
—¿Qué?
—Debemos entender cómo ha cambiado Rubette. Sin Rob, me espera un tiempo más ocupado.
—¿A qué te refieres, mamá? ¿Evitarla? Pero ella me golpeó, ¿no vas a hacer nada al respecto?
—¡Tonto!
Ricky se sobresaltó ante el grito de Molga.
—Cuando tu madre te dice algo, lo correcto es responder con un ‘sí’. ¿Por qué replicar?
—Te lo he dicho incontables veces. ¿Cómo crees que has logrado vivir en esta casa?
—Lo siento…
—Mamá, por favor, cálmate.
Mientras los gemelos dialogaban, Molga los examinaba con una mirada inquisitiva. Aunque Ricky y Lillia eran de una belleza deslumbrante, heredada de su madre, su presencia la exasperaba.
Todos los duques y duquesas de Diollus se caracterizaban por su distintivo cabello rojo, un legado ancestral. La apariencia de los gemelos, tan parecida a la suya, se erigía como un recordatorio constante de su posible rechazo por parte del ducado.
—Ricky, Lillia, escúchenme.
—Mm…
—Mm.
Molga se arrodilló y tomó los brazos de los gemelos, uno tras otro, mirándolos con intensidad.
—Se acerca su decimoquinto cumpleaños, ¿verdad?
—Sí. Dijiste que solo tenemos que aguantar un año más.
La respuesta de Lillia, aunque distante, fue seguida por la sonrisa y asentimiento de Molga.
Si los planes se desarrollaban según lo previsto, la tensa coexistencia bajo la atenta mirada de Leonard llegaría a su fin.
—No han olvidado la promesa que hicieron con su madre, ¿cierto?
—Mm, por supuesto que no…
Ricky asintió, aunque con hesitación.
—Al elegir un espíritu, nunca deben perderlo de vista. La fuente de espíritus alberga innumerables seres, cada uno con habilidades altamente codiciadas.
—Nunca, nunca se dejen engañar. Deben firmar un contrato con el espíritu que les indiqué y asegurarse de obtenerlo. ¿Han entendido?
—¡Lo encontraré! ¡Lo conseguiré!
Los ojos de Lillia resplandecían con una codicia incandescente.
—Jeje… No importa cuál de ustedes lo logre. Basta con que uno de ustedes lo consiga para que todos salgamos ganando.
La distinción que situaba a los Diollus en un pedestal casi divino dentro de la sociedad imperial radicaba en una bendición espiritual heredada generación tras generación. Al alcanzar los 15 años, los miembros de la familia eran dignos de adentrarse en la ‘fuente de espíritus’, situada en un altar custodiado por la familia imperial, donde tenían el derecho de vincularse con los espíritus.
—Pero, mamá, ¿y si el espíritu no nos escoge, como le pasó a Rubette?
La preocupación se reflejaba en los ojos de Ricky.
—Ella no cuenta. No hay razón alguna para que los espíritus no los elijan a ustedes. Aunque no tengan el cabello rojo, llevan la sangre Diollus en sus venas.
Los ojos dorados de los gemelos brillaban, prueba indiscutible de su legítimo linaje Diollus.
—Sí, Rubette no fue escogida por el espíritu…
Molga murmuraba, recobrando su serenidad.
No hay motivo para preocuparse por ella. Al final, no es más que una simple criatura insignificante.
Para Molga, la existencia de la princesa Rubetria representaba una válvula de escape para su complejo de inferioridad, una anomalía en la perfección del Ducado de Diollus. Hasta la fecha, todo miembro de los Diollus que había ingresado a la fuente de espíritus había emergido con un contrato espiritual…
Sorprendentemente, Rubette se convirtió en la primera, desde la fundación del Imperio, en no ser escogida por ningún espíritu.
—Entonces, Ricky, ¿recuerdas lo que mamá dijo que pasaría si encuentras el espíritu?
—Dijiste que podría llegar a ser emperador.
—Sí, mi inteligente niño.
Molga sonrió con satisfacción, acariciando la cabeza de Ricky, quien apretaba su puño lleno de determinación.
—Pero, mamá, ¿realmente podremos… ?
El espíritu que obsesionaba a Molga era una entidad de poder legendario, que solo se manifestaba una vez cada cientos de años. Tras la muerte de su último contratista, había regresado a la Fuente de los Espíritus.
—¿Encontrar al Espíritu de los Deseos?
Este Espíritu de los Deseos era considerado una leyenda, un ser cuya mera existencia era objeto de mitos y susurros.
