Dama celebridad – Capítulo 15

Traducido por Herijo

Editado por Freyna


Con ojos centelleantes, Molga expresó con convicción:

 —Por supuesto, mis queridos. ¿Quién más si no yo les ha dado la vida?

En el mundo había muchos que firmaban pactos con espíritus de menor jerarquía, pero solo un ser de inmenso poder sería suficiente para ella.

Con el espíritu que concede cualquier deseo a nuestro lado…

Se acercaban los días en que dejaría atrás la etiqueta de ex amante y la opresión vivida en el ducado.

No existía anhelo alguno que el espíritu no pudiera satisfacer…

Los descendientes de Molga, el futuro del Ducado, e incluso el trono imperial estaban al alcance.

 —Mis hijos, confío plenamente en ustedes.

 —¡Sí!

 —¡Claro que sí!

Los gemelos respondieron con vigor, y Molga, con una sonrisa, los acogió en un cálido abrazo.

Sin embargo, sus ojos destilaban una familiar sensación de desdén.

◆◆◆

Al abrir los ojos, me envolvió un resplandor.

Dirigiéndome a Wishit, que me observaba con preocupación, inquirí:

 —¿Por qué tendría ese sueño?

 —¿Qué soñaste?

 —Me vi de excursión en la Isla de Jeju con mi padre. A pesar de estar a dieta, nos sentamos a comer chuletas de cordero en un restaurante, y me las comí todas, incluso sin dejar espacio para el postre. Que no lamiera el plato ya era una muestra de autocontrol.

 —Ese es un sueño agradable.

 —¿Agradable? Me horroriza pensar en todo lo que comí. Mejor que solo haya sido un sueño.

Después de la comida con mi padre, disfrutamos de un paseo entre flores y asistimos a una obra de teatro.

Aunque trató de decirme algo, el padre de mis sueños me miraba con una dulzura que nunca mostraría en la realidad, asegurando que todo le parecía perfecto con una sonrisa.

Me desconcertó, pero…

 —Aun así, debe ser el mundo que Rubette deseaba. Es absurdo, pero ahora me siento mucho mejor.

 —Eso es lo importante.

 —Y lo lamento.

Mis disculpas sorprendieron a Wishit, cuyos ojos se abrieron de par en par.

 —¿Por qué?

 —Te pedí que no te preocuparas, pero acabé mostrándote mi vulnerabilidad. No me lo esperaba. No imaginaba que solo mencionar su nombre provocaría tal reacción en mí.

Tras una breve pausa y un suspiro, Wishit posó su mano sobre mi cabeza.

 —Ya contaba con que esto sucedería desde que asimilaste los recuerdos de Rubette. Cuida de ti misma. No tienes porqué disculparte.

 —Ahora que lo pienso, me comporté de manera ridícula delante de mi padre.

Estaba en plena rebeldía contra mi indiferente padre.

¿De verdad me aferré a él esperando un abrazo? Qué vergüenza.

Meneé la cabeza enérgicamente.

¡Bump!

 —¡Vaya susto!

La puerta se abrió de golpe, revelando un rostro conocido.

¿Papá?

Pero no, al observar más de cerca, me di cuenta de que era mi hermano…

¿Acaso el tiempo ha retrocedido?

No, eso no es posible.

Entonces, ¿por qué mi hermano está aquí, en mi cuarto?

Esta era la primera vez que veía al primogénito, Viego Diollus, desde mi despertar en la piel de Rubette.

Viego, con un aire similar al de nuestro padre, apareció jadeante y despeinado, como si hubiera corrido sin detenerse hasta llegar aquí.

 —Hermano.

Silencio.

Viego, inmóvil junto a la puerta, me lanzó una mirada penetrante y luego pronunció:

 —Pareces estar bien.

Eso fue todo lo que dijo antes de cerrar la puerta con un golpe.

 —No, espera…

Mi mano, extendida en un vano intento de detenerlo, cayó al vacío.

 —Ah, qué torpe.

Exhalé un suspiro, reflexionando sobre el efímero encuentro que no duró ni diez segundos.

 —El duque te llevó en brazos después de tu caída y llamó de inmediato al médico. Debió de haber estado realmente preocupado.

 —Entonces, ¿por qué actúa de esa manera?

Me recosté, contemplando el techo, y chasqueé la lengua con frustración.

Viego Diollus.

No era ni bueno ni malo. No recordaba haber tenido una relación cercana con mi hermano mayor.

Le debía mucho a Molga por haberse hecho cargo de nosotros tras la muerte de nuestra madre, cuando aún éramos niños. Si tuviera que definirlo en una palabra sería…

Un ingenuo.

Viego había depositado toda su confianza en la dulzura aparente de Molga, siguiendo ciegamente sus consejos y valorando profundamente a los gemelos.

Creía que el afecto compartido entre los gemelos y él mismo era fruto del cuidado de Molga hacia los tres hermanos.

Una especie de obligación.

Un ingenuo sin agallas.

Su atención siempre estuvo centrada en Ricky y Lillia, relegando incluso a su propio hermano, Victor.

Un amigo tonto a veces es más dañino que un enemigo inteligente.

Contemplé la puerta que Viego había cerrado tras de sí.

Este ‘amigo tonto’, Viego, había contribuido enormemente al sufrimiento continuo de Rubette a manos de Molga, incapaz de revelar la verdad del maltrato.

Viego, quien se convertiría oficialmente en el jefe de la familia, el duque Diollus IX, en tres años… Reconocido como uno de los hombres más influyentes de su tiempo, se erigió como un sólido bastión para Molga.

Dos días habían transcurrido desde el regreso de Molga.

Había anticipado que se apresuraría a verme para evaluar la situación, pero hasta ahora, no había habido movimiento alguno.

Cautelosa y astuta. Una adversaria formidable.

Molga debía haber percibido mi cambio.

Astutamente, Molga debía estar vigilando los movimientos dentro de la mansión ducal de manera subrepticia. Con el despido de su mayordomo, quien fungía como su mano derecha, es probable que su atención se centrara ahora en reorganizar a sus subordinados.

Esto juega a mi favor. Dado el trauma que este cuerpo ha sufrido, enfrentarme a Molga podría desestabilizarme por completo.

Se avecina una tormenta, pero es precisamente ahora cuando debo redoblar esfuerzos.

Si me limito a ser la Rubette de 15 años, ingenua y sin influencia alguna, incapaz de valerse por sí misma, jamás lograré desenmascarar a Molga.

Después de todo, ¿quién prestaría oídos a la palabra de una princesa cuya única hazaña es ser ‘la hija del duque Diollus’?

Es hora de actuar. Hoy, sin más dilación, iniciamos el casting de modelos.

Con determinación, mordí la mitad de una manzana.

Esta mañana, al igual que todos los días, desayunaba con mi padre. La otra mitad de la manzana reposaba en su mano.

 —Comer una manzana entera no engorda, no entiendo por qué te limitas a la mitad cada día.

 —Deseo compartirla contigo, papá.

Era también una forma de anticiparme a sus regaños, pues solía decir que hasta los ratones comen más que yo.

Poco después, mi padre llevó la manzana a sus labios y mordió sin mediar palabra, justo después de mí.

Valoro que no hagas preguntas.

Mi padre no indagó sobre el episodio de ayer, cuando un ataque de pánico, provocado por mi trauma, me hizo perder el conocimiento.

Si preguntara, me vería obligada a mencionar a Molga, y eso ciertamente complicaría las cosas.

En estos momentos, cuando todos en la familia se mantienen al margen, cualquier paso en falso podría debilitar mi posición.

 —Papá, hoy deberás almorzar solo.

 —¿Y eso?

 —No aproveches mi ausencia para beber a escondidas. Preguntaré en la cocina.

 —¿Pero por qué vas a comer aparte?

—Hoy visitaré el pueblo. Quizás almuerce por allí.

 —¿Y eso?

 —Iré a ver una obra de teatro.

 —¿Qué obra?

Me quedé sin palabras ante su torrente de preguntas.

Jamás imaginé que una conversación sobre almorzar por separado se alargaría tanto solo porque mencioné que saldría.

Mi padre parecía excesivamente interesado, así que desvié la mirada, incómoda.

 —Bueno…

Tras un momento de reflexión, tomé la revista que había traído, me desplacé al asiento junto al de mi padre y me senté.

 —¿Te gustaría echarle un vistazo?

Era una revista de entretenimiento de la capital.

Al pasar algunas páginas y abrirla, apareció el retrato de una mujer deslumbrante.

 —Sarah Hugo es actualmente la actriz más aclamada de la capital, y soy una gran admiradora suya.

La destacada celebridad femenina de la capital, Sarah Hugo, brillaba en las páginas de la revista.

Al contemplar su encantadora figura, mis labios se curvaron con la avidez de un comerciante ante un preciado tesoro.

Papá, observando la revista con una mirada poco impresionada, inquirió:

 —¿Cuándo piensas irte?

 —En este instante.

Me detuve al ver a papá, quien me observaba mientras me levantaba de un salto de mi asiento.

 —No te saltes el almuerzo y asegúrate de comer algo.

 —Un momento.

Papá parecía indeciso, deteniéndome justo cuando estaba a punto de partir.

 —¿Qué sucede?

Los ojos de papá se perdían más allá de la resplandeciente ventana.

Mi padre, quien se había mantenido tan recluso como un vampiro evitando el sol, me miró y propuso:

 —Vamos juntos.

 —¿Qué? ¿Saldrás?

La sorpresa me invadió. ¿Acaso no era papá aquel que se había recluido casi como un ermitaño tras la muerte de mamá?

 —¿Acaso te desagrada la idea?

 —No, no es eso…

La iniciativa de papá de salir al exterior era inesperada.

Sin embargo, su compañía no me desagradaría en absoluto. Representaba un buen paso inicial para mis planes y para aspirar a una vida más digna.

Asentí con entusiasmo, deseando que no se retractara.

 —¡Perfecto!

 —Sin embargo, yo escogeré el menú del almuerzo.

—Había pensado en visitar un restaurante de ensaladas en la calle Debian. Ese lugar parece apropiado.

 —No podemos alimentarnos solo de hojas.

 —Umm, necesito perder peso, así que preferiría otros platillos…

Papá, observándome lidiar con mi dilema, de pronto reaccionó.

El susto me invadió al instante siguiente, al ver cómo papá me alzaba en brazos de repente.

 —Ha pasado más de una semana, ¿cómo es que no lo notas? No pesas nada, así que basta de perder más peso.

 —¡Eso es imposible!

Papá, con los ojos entrecerrados mostrando su descontento, finalmente cedió ante mi firme mirada.

 —Entonces, al menos por hoy, no te limites a comer solo hojas.

 —Bueno…

Habiendo mantenido una estricta dieta durante una semana, decidí que hoy podría ser mi día de indulgencia.

Me encogí de hombros y, con cierta renuencia pero abrazando a papá, accedí:

 —Está bien, entonces. Por favor, elige algo delicioso para mí.

 

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