Herscherik – Vol. 4 – Prólogo: El Principado, la carta secreta y la tormenta que se avecina

Traducido por Shisai

Editado por Sakuya


En el continente de Grandinal, que fue unificado hace mucho tiempo a manos del héroe Ferris, existen ahora una multitud de países. Destacan los cuatro países más grandes del continente, cada uno situado en uno de los cuatro puntos cardinales.

Al sur está la Confederación Lustiana, una unión de naciones más pequeñas habitadas por hombres bestia y demi humanos.

Al este está la nación militar de Felvolk. Valorando la agresividad y la meritocracia, tiene un historial de invasiones a sus vecinos y de expansión de sus fronteras con la fuerza militar.

Al oeste está el Imperio Atrad, una potencia autocrática dirigida por un emperador, y el segundo país más antiguo del continente. El imperio llevaba mucho tiempo plagado de conflictos internos, ya que las distintas facciones de nobles intentaban hacerse con el poder, pero unos años antes había fallecido el antiguo emperador, y el nuevo, más joven, había demostrado su destreza política suprimiendo toda disidencia.

Por último, está el reino norteño de Greysis, el país más grande y antiguo del continente, que poseía una fuerza militar acorde con su tamaño. Sin embargo, en los últimos años había empezado a ver cómo su reputación empeoraba. Tras un largo periodo de paz, el reino había empezado a pudrirse por dentro. Entre la nobleza tiránica, los funcionarios corruptos y un rey impotente para detener a ambos, el pueblo estaba sufriendo. El que una vez había sido el reino más próspero del continente corría el riesgo de ser destronado, burlado por sus países vecinos como “El Reino en Aflicción”.

♦ ♦ ♦

En una sala situada en el castillo real de la capital, estaban reunidas cuatro personas. La habitación estaba completamente bloqueada desde el exterior, y una barrera mágica protegía aún más la habitación para asegurar que no se filtrara ninguna información. 

Brillando a través de una ventana, el sol poniente iluminaba los rostros de un mayordomo, un caballero y un hechicero, junto con su maestro. El mayordomo fruncía el ceño, mientras que el caballero agarraba y soltaba repetidamente la empuñadura de la espada que colgaba de su cintura con expresión de preocupación. El hechicero estaba sentado en un sofá, con un rostro aparentemente impasible, aunque los que estaban cerca de él habrían dicho que lucía severo.

El hechicero fue el primero en hablar.

—¿Por qué siempre tienes que ser tú el que se pone en peligro, Hersche? —preguntó, diciendo lo que estaba en la mente de todos. Tres miradas diferentes se dirigieron a su maestro, quien también estaba sentado en un sofá, pero éste negó con la cabeza.

—Seguiré haciéndolo. Tengo que hacerlo —respondió el maestro, tras lo cual la sala volvió a quedarse en silencio. 

El primero en romperlo fue el caballero.

—Cuando se propone algo, no hay quien lo pare. Es inútil discutir —dijo, dejando escapar un suspiro. 

El hechicero miró a su maestro, como si quisiera atravesarlo con la mirada, antes de abrir la boca.

—No puedo aceptarlo. —Siendo el más nuevo de los tres, no comprendía por qué su maestro se lanzaba de cabeza al peligro. Sin embargo, no fue su maestro quien habló en su contra.

—Si esto es lo que Hersche desea, entonces nuestra opinión no tiene nada que ver con el asunto —dijo el mayordomo, sin que la expresión de fastidio abandonara su rostro. Como era el que más tiempo llevaba sirviendo a su amo, sabía muy bien lo testarudo que era el principito y lo imposible que era hacerle cambiar de opinión.

—¿Siempre le das a Hersche un pedazo de tu mente en cada oportunidad que tienes, y sin embargo no lo detienes cuando realmente importa? —dijo el hechicero en tono burlón, ante lo cual las cejas del mayordomo se movieron. Sus ojos rojo oscuro lo miraron con frialdad.

—Cállate, maniático de la magia.

—Cuidado, o te quemaré hasta que te pongas crujiente —replicó el mago, casi reventando un vaso sanguíneo mientras miraba fijamente al mayordomo.

Cansado de que sus compañeros discutieran, el caballero, que se interponía entre ellos, se encogió de hombros con frustración.

—¿Pueden dejar de discutir sobre mi cabeza? De verdad. 

La última vez que había tratado de impedir que los dos se pelearan, no había terminado bien para él. Desde entonces, el caballero había tratado de asegurarse de que al menos no causarán problemas a los transeúntes, pero por lo demás los dejó en paz.

El mayordomo desplazó su mirada del hechicero a su amo.

—Aun así, el maniático de la magia tiene razón. Sería mejor que yo…

—No, —le cortó su maestro, y luego continuó en tono severo—. No puedes hacer eso. Entonces todo sería inútil.

Cerró los ojos por un momento y luego los abrió para mirar a sus hombres a su servicio. 

—Gracias por preocuparse por mí. Pero estaré bien, mientras los tenga a todos ustedes. 

Les mostró su habitual sonrisa inocente. Sus hombres no se atrevieron a decir nada en respuesta a eso. Estaba más claro que el agua, la fe que tenía en sus hombres.

—Préstenme su fuerza.

Sus hombres a su servicio asintieron en respuesta.

♦ ♦ ♦

Más tarde, y en un lugar diferente, una escena distinta se desarrollaba en el despacho del jefe parlamentario del Principado.

El Principado de Parche era una nación marítima, con el mar al oeste y al norte, y el Reino de Greysis y el Imperio de Atrad al este y al sur, respectivamente. Con el Gran Duque Parche como jefe de Estado, su parlamento se dividía en dos cámaras: la Cámara de los Pares, controlada por la nobleza, y la Cámara de Representantes, que representaba al pueblo llano. 

La nobleza y el pueblo han caminado durante mucho tiempo de la mano, normalmente cooperando, a veces discutiendo, pero siempre trabajando por el bien común del país. El Gran Duque Parche era menos gobernante y más portavoz del parlamento, mediando entre las dos cámaras en un intento de encontrar un terreno común.

El Principado destacaba en el comercio y la diplomacia, y hasta ahora había conseguido escapar de las garras del reino vecino y del imperio, manteniendo una relación favorable con ambos. El actual gran duque era un hombre mayor, el cual pronto cumpliría setenta años.

El gran duque terminó de leer las dos cartas colocadas en la mesa ante él, dejando escapar un gemido mientras se rascaba la barba. A su lado, la presidenta de la Cámara de los Pares, una joven con gafas, así como el presidente de la Cámara de Representantes, un hombre en la flor de la vida, pusieron expresiones similares mientras miraban atentamente las cartas.

—Ahora bien… ¿Qué hacemos?

—¿Tenemos realmente muchas opciones…? —preguntó la presidenta de la Cámara de los Pares, ajustándose nerviosamente las gafas mientras cogía una de las dos cartas. Ésta era una correspondencia secreta que se había adjuntado a una carta de la hija del gran duque, la cual se había casado en Greysis—. Si simplemente hacemos lo que dice, estarán en deuda con nosotros. Independientemente de cómo resulten las cosas, hay poco riesgo para nuestro país.

—Ahora bien, esto es fascinante —intervino el presidente de la Cámara de Representantes. Era un hombre de mar, sin afeitar, bronceado y robusto. Llevaba ropas finamente confeccionadas de forma desaliñada, lo que le hacía destacar entre los demás miembros del parlamento, pero él mismo no reparó en nada de eso. Cogió la segunda carta, que seguía sobre la mesa—. Todas nuestras negociaciones han sido públicas hasta ahora, sin tratos por la puerta trasera, así que esto es una novedad. Es muy fascinante.

Sonrió, pareciendo casi un niño travieso a pesar de su edad. La mujer frunció el ceño al verlo, pero rápidamente se reajustó las gafas como para ocultar su expresión.

—No creo que importe si los tratos entre dos estados son fascinantes o no —replicó fríamente la mujer, a lo que el hombre sonrió sugestivamente.

—Ya, ya, incluso tú puedes decir que esto es fascinante en todos los sentidos, ¿no? —dijo el hombre, agitando la carta en el aire unas cuantas veces antes de volver a dejarla sobre la mesa—. Se avecina una tormenta para Greysis.

El hombre sonrió alegremente, como si quisiera demostrar lo seguro que estaba, mientras que la mujer desvió la mirada. Era consciente de que, a pesar de la actitud burlona del hombre, éste tenía razón. El asunto en cuestión afectaría en gran medida la relación entre su país y el reino en el futuro. Después de un momento, la mujer se dirigió al gran duque.

—Alteza, ¿cómo debemos proceder? Este no es un asunto para el parlamento… —dijo la mujer, dando a entender que el asunto debía mantenerse a puerta cerrada. 

El gran duque frunció el ceño y, tras un momento de silencio, abrió la boca y les comunicó su decisión.

—¿Está seguro, Alteza? Esto es más o menos una apuesta. Creía que no era muy aficionado al juego —preguntó el hombre, divertido. En respuesta, el gran duque arrugó aún más el ceño y asintió.

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