Un villano puede salvar el mundo por amor – Capítulo 17: Cotidianidad

 Escrito por Iszeth

Asesorado por Maru

Editado por Tanuki


El día de la ceremonia llegó rápidamente; al contrario de lo que pensé, la iglesia no tenía ornatos lujosos o figuras representativas como lo tenía la de mi mundo anterior. El edificio era de un blanco puro, y los únicos ornatos eran de cristal brillante y límpido. Lo único lujoso que había en todo el lugar, eran las investiduras de los sacerdotes que lideraban la ceremonia, en colores púrpura y azul oscuro, con gemas salpicando las telas en patrones de constelaciones divinas que representaban a los dioses de Lothien.

Había un altar hecho de cristal brillante de un color rosado, y en él, una corona de un cristal azulado con nueve picos. En cada pico, había una especie de figura plateada dentro de una estrella transparente, y un pico más alto que los demás. Esa parte no tenía una figura, si no que la estrella era más grande y brillante, y con la luz que entraba desde los cristales del techo, parecía emanar una luz multicolor como si un arcoíris naciera de ésta.

La ceremonia era privada, no obstante, había muchas personas, vestidas elegantemente y sin tanto ornato, en tonos azules claros; incluso mi madre y padre habían vestido con esos colores, como si aquello fuese obligatorio. También, ninguna persona podía tomar asiento, en realidad, no había asientos allí; probablemente, alguien de constitución frágil, no aguantaría mucho tiempo en la Iglesia, quizá por ello las ceremonias privadas no duraban demasiado.

El único que podía vestirse de colores más oscuros a parte de los sacerdotes, era el que presentaba la acción de gracias. Por tanto, mi vestido era de un color azul marino con pequeños adornos plateados que formaban constelaciones, además, tenía una capa blanca semi transparente que cubría mis brazos y otra capa de tela igual que cubría la parte trasera del vestido. Mi cabello había sido dejado suelto, y adornado con pequeñas perlas, acorde a la temática estelar del vestido.

Lo primero que hice en cuanto me presenté ante los tres sacerdotes que dirigían la ceremonia, fue dar mis saludos clericales. El saludo de oración es un poco incómodo, pero no difícil, y consiste en poner las palmas de las manos juntas, a la altura del corazón, y luego inclinarse nueve veces siguiendo el compás de las campanas ceremoniales; el canto de un coro de personas empezó, sonaba como los viejos cantos gregorianos de mi mundo anterior.

El sacerdote que se encontraba en el centro, se dirigió al altar. Tomó entre sus manos la corona de cristal, y lentamente, se acercó a mí. Entonces, sabía que debía arrodillarme, pues me lo habían dicho, así que lo hice; la corona bajó hacia mi cabeza como en cámara lenta, sentí que era una eternidad. Justo antes de llegar a mi cabello, una luz sobre mí de color blanco emanó de ella. Aquella luz fue tan brillante, que obligó a los sacerdotes a cerrar los ojos. Alejaron, aún con los ojos cerrados, la corona de mi cabeza, aun cuando ni siquiera había estado colocada en ella; los sacerdotes de los lados, una mujer y un hombre, se alejaron por un momento mientras el sacerdote principal recitaba algo en un idioma muy antiguo del cual yo no conocía nada, aunque sonaba bastante bonito y rítmico, como el latín. Los sacerdotes auxiliares regresaron con una pluma parecida a la que usaba para dibujar, excepto que en la punta era muy muy delgada, y un libro grueso ornamentado de manera hermosa; aquella pluma brilló de un color azulado en la parte delgada, y luego, supe que era una especie de cuchilla mágica cuando acercaron aquello a mi mano, e hicieron un corte delgado en el dedo anular.

Cerré los ojos por mera reacción, aunque el corte no había dolido tanto como lo había esperado; el sacerdote principal, no sabía de dónde lo había sacado, tenía en sus manos un tintero, y mientras el auxiliar que me había hecho el corte sostenía mi dedo con un hilillo de sangre brotando, acercó el frasco a mí.

La sangre se mezcló con la tinta, y la mujer, que era la que llevaba el libro ornamentado, se acercó con éste abierto en una página que ya tenía muchos nombres inscritos. Había una tela cubriendo una parte del libro, justo donde uno intuiría que había algo así como una descripción. Pensé, que quizá, aquella parte detallaba el poder de cada una de esas personas que habían firmado.

El sacerdote principal mojó entonces una pluma bastante bonita, parecida a las de las aves de quetzal y luego me la entregó. Tenía que firmar mi nombre completo.

Estaba muy nerviosa, por supuesto, había practicado éstas últimas semanas, además lo había hecho también porque pensé que debía adecuarme a mi nuevo nombre. Ya era bastante raro que Nicole me molestara cada vez que ella me llamaba y no respondiera, porque obviamente, el nombre de Canaria no lo sentía como propio.

Tomé la pluma, y rasgué mi nombre lo mejor que pude, con la meticulosidad que me lo permitía mi nuevo cuerpo. Mientras iba escribiendo cada letra, sentí como algo salía de mi interior, como si me estuvieran absorbiendo la energía; fue una sensación que nunca en mi vida anterior y la actual había experimentado, y que me dejó fatigada, tanto que sentí que mis piernas empezaban a temblar.

El sacerdote observó detenidamente el libro, y su cara cambió completamente cuando unos símbolos empezaron a aparecer al lado de mi nombre; los símbolos parecían haber sido escritos con mi sangre, como si la que se mezcló con la tinta que había usado, se moviera por sí sola para formar nuevos caracteres.

Yo ya no podía aguantar mucho tiempo más de pie, mis piernas parecían las de un cervatillo recién nacido, sólo quería que el sacerdote diera la señal para terminar con la ceremonia, cosa que no pasó, hasta que caí rendida de rodillas.

Era algo normal, según lo que me dijo mi madre después, incluso mi padre me felicitó por haber aguantado un rato más de pie tras firmar. Usualmente, los niños de mi edad caían casi inmediatamente luego de escribir sus nombres en el libro sagrado, y muchos ni siquiera estaban conscientes cuando la ceremonia daba fin.

Pensé que aquel ritual extraño era barbárico, desde extraer sangre hasta drenar el maná de los niños para determinar su poder, creí que era peligroso. ¿Qué pasaría si debido a ello, algún menor se lastimaba?

Cuando volvimos a casa, mi padre no quiso que yo caminara, así que se ofreció a llevarme en brazos; fue extraño, sentir el cuerpo cálido de mi actual padre me hizo sentir tranquila y protegida, y también, me empecé a sentir melancólica nuevamente. El hombre al que llamaba padre ahora, era demasiado amable y cálido, envolviéndome en un abrazo protector, subió al carruaje de la familia como si la carga que llevaba fuese un bebé que no pesaba en absoluto.

Con el vaivén del carruaje, no supe cómo, me quedé dormida. Desperté en mi cama, cubierta con unas suaves sábanas y rodeada de los peluches que, según mis memorias, mis padres me habían obsequiado.

La vida que hasta ahora Canaria había tenido volvió a la normalidad, aunque, oficialmente, yo ya era considerada como un miembro de la nobleza, así que debía empezar con mi aprendizaje para asistir a fiestas de té y eventos sociales acordes a mi edad. Además, aparte de Nicole, que era mi niñera, ahora debía tener una asistente para mi día a día, aunque Nicole pensó que era demasiado pronto, así que decidieron esperar un par de años más para buscar a alguien que cumpliera con el perfil que mi madre deseaba.

Dos semanas después de la ceremonia clerical que marcó mi inicio como alguien noble en éste mundo, la profesora de etiqueta llegó a mí. La marquesa Bruzkar era conocida como la flor social por excelencia en su época, y aún a pesar de su edad, se veía encantadora, bien conservada y con estilo. Parecía ser, ella había sido amiga íntima de mi abuela materna, y al observarme con esos ojos ámbar bajo la frente arrugada por la edad, supe que algo en ella veía una parte de su amiga en mí.

Sus ojos amables parecían irradiar bondad, y aunque usaba colores apagados debido a su viudez, verla te daba una especie de calma, como si la conocieras de siempre.

—¡Oh, por los dioses, eres idéntica a tu abuela! —La voz de la marquesa era suave, aunque un poco ronca por la edad; sus manos tocaron mi cabello, como si los recuerdos le inundaran la memoria. Mi madre, quien estaba sentada junto a la marquesa, sonrió cuando ella dijo aquello.

Nicole, quien me había llevado a la sala de té donde mi madre tuvo a bien presentarme con la marquesa Bruzkar, se había quedado en una esquina, como una sombra.

—Muchas gracias. —Me sentía un poco avergonzada con la comparación, pues había visto retratos de mi abuela materna, y realmente ella había sido hermosa, con una belleza natural que te recordaba a los lirios. Ni siquiera tuve la audacia para mirarla a los ojos, mi cara se sentía demasiado caliente y seguramente estaba teñida de color rojo.

—¡Por favor, pequeña, llámame tía como lo hace tu madre! —La oí responder mientras buscaba dónde meter mi cabeza, como lo hacían los avestruces.

—Canaria es bastante tímida, así que espero que la ayude, tía Charlotte. —Por supuesto, la marquesa no era familiar sanguíneo de mi madre, pero ella le había llamado así desde siempre. Era extraña la sensación de tener una familia nueva, y ahora, tenía que enfrentarme a añadir más personas a la lista. Me sentí abrumada, aunque feliz. Ellas eran amables y amorosas, además, debía acostumbrarme. Sabía que, en el futuro, tenía que asistir a eventos sociales, y a los chicos que ya han tenido su ceremonia los tratan como si fuesen mayores, así que no debía esperar piedad de nadie. Agradecí a mi madre por su preocupación y su rapidez para buscar quien me guíe por los caminos escabrosos de la sociedad noble.

No pasó mucho tiempo, cuando mi padre notificó en la cena familiar que debía irse de nuevo a la frontera. Ésta vez, tendría que apresurarse a Nazwata. Parecía que algunos bandidos se habían apoderado de algunas aldeas fronterizas, pero eran demasiado para el noble que se ocupaba de la zona, además, habían creado un conflicto con el país vecino, por lo que, si no se solucionaba rápidamente, aquello podría escalar a un conflicto internacional.

Pensé que tal vez mi madre lucía preocupada por aquel asunto, aunque el verdadero motivo se supo un poco después, luego del postre en la cotidiana cena.

Mi padre, con su cara seria y sus ojos afilados, había sostenido la mano de mi madre. Ellos me miraron preocupados, y parecía que no sabían cómo abordar lo que iban a decir.

Por supuesto, yo ignoraba todo aquello, pues estaba centrada en el flan que los sirvientes me habían traído. Como me gusta tanto, y los dulces, aunque abundan, son dosificados en el hogar para no arruinar mis dientes ni mi desarrollo, trataba de disfrutar y alargar los postres que llegaban a mis manos lo máximo posible.

—Canaria, hay algo que tenemos que decirte… —La voz de mi madre me sacó de la contemplación que tenía hacia el flan. Bueno, pensé que quizá era algo no tan urgente al principio, pero cuando los vi sosteniéndose entre ellos como para buscar apoyo mutuo, con sus rostros serios, me hicieron recordar el momento en que mis anteriores padres me hablaron sobre su divorcio.

Dejé mi cuchara a un lado, olvidándome del postre momentáneamente. Esperaba que la influencia de mi personalidad no cambiara la historia, pero… ¿qué tal si por mi culpa y el extremo cambio de actitud, ellos decidieran separarse? ¿Cómo podría evitar eso?

Me quedé en silencio, a la espera de las palabras que, pensé, dirían. Divorcio. Nunca creí que una familia amigable y amorosa como ellos pensaran siquiera en aquella opción, pero, dicen que en la vida no hay imposibles, sobre todo cuando el efecto mariposa de mi llegada seguramente se presentaría tarde o temprano.

—Nosotros… tú… —Continuó mi padre, incómodo.

—Vas a tener un hermano. —Terminó mi madre, con los ojos temblorosos puestos en mí.

Lo único que pude hacer fue gritar un gran ¿qué?, mientras mi cabeza daba vueltas, asimilando lo que estaba sucediendo.

Se suponía que mi madre ya no podía tener más hijos, su embarazo de Canaria fue demasiado riesgoso y tanto el Duque como mi abuelo habían pedido a los sacerdotes que bloquearan su sistema reproductivo para ya no tener más descendencia. Entonces, ¿cómo?

Yo… ¿qué es lo que ahora iba a suceder? ¿Es que mi mera llegada a éste mundo había cambiado tanto las cosas?

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