La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 114: El corazón negro de Kapmen

Traducido por Lucy

Editado por Sakuya


El Gran Duque Kapmen respondió con expresión impasible.

—Ya veo. Me lo imaginaba.

¿Te lo imaginabas? 

—El Rey Heinley no tenía ninguna razón para invitarme.

Oh… El Gran Duque Kapmen es inteligente.

Mientras lo admiraba en mi cabeza, él se dio la vuelta y murmuró:

—Maldición.

—¿Gran Duque Kapmen?

¿Qué le pasa de repente? ¿Se intensificaron de nuevo los efectos de la poción?

Avergonzada, me detuve antes de tocarlo. Si fuera cualquier otra persona, le tocaría y le preguntaría si estaba bien. Sin embargo, no pensaba cómo reaccionaría él debido a los efectos de la poción…

—No me toques —dijo con firmeza. Parecía estar pensando lo mismo—. Tu toque me destruirá. Por favor, ignora mis últimas palabras.

Miré hacia atrás y vi que mis damas de compañía aún no habían regresado. Bueno, es normal porque toda la comida se había estropeado cuando la cesta cayó al suelo. Tardarían un rato en volver a prepararla.

Sintiéndome aliviada, le pregunté entre dientes:

—¿No hay forma de contrarrestar la poción?

—Lo intenté de muchas maneras, pero nada funcionó.

—¿Nada de nada?

—Nada de nada.

—Entonces, ahora…

¿Qué piensas hacer? 

Me tragué la pregunta que estaba a punto de salir de mi boca. Ahora que lo pienso, es un problema muy grande.

¿Y si los efectos de la poción no se pasan en años? Peor aún. ¿Y si los efectos de la poción no desaparecen durante el resto de su vida? 

Cuando levanté la vista con este pensamiento aterrador, su tez parecía bastante pálida.

Dudé antes de preguntarle.

—¿Cómo era cuando estabas lejos de mí? ¿Disminuyeron los efectos?

—No.

—Hmm.

—Si no hubiera recibido la invitación, tal vez habría venido a verte de todos modos.

Esto no era bueno. 

El suave viento de repente se hizo fuerte. Como resultado, el pelo detrás de mi oreja se agitó.

Mientras me peinaba después de que el viento amainara, él extendió con cuidado su mano. Intentó apartar con suavidad el pelo que me cubría la cara, pero retiró con rapidez la mano como si sus dedos hubieran tocado fuego.

El ambiente incómodo me hizo dar un paso atrás. Sabía que lo hacía por los efectos de la poción. Pero eso no significaba que no fuera incómodo.

—Entonces, ¿debería asignar a una persona para que se encargue de las cosas relacionadas con el comercio para evitar trabajar cara a cara?

—No es necesario. Solo dificultaría las conversaciones.

¿Estarás bien…?

—Si me preguntas cuánto me duele verte, es muy doloroso. Maldita sea. Basta.

Daba pena verlo dándose órdenes a sí mismo.

¿Cuánto heriría su orgullo esa actitud? 

Fue entonces cuando tuve una buena idea.

—Tal vez, ¿si haces esto?

—¿Hacer qué?

—¿Puedes hacer otra botella de esa poción?

Frunció el ceño como si pensara que iba a decir alguna locura.

—Bebe la poción, y mira a otra persona esta vez. Aunque te enamores…, esta vez será de alguien con quien no tengas ningún parentesco.

¿No es una buena idea? 

Ante mi sugerencia, soltó una pequeña risita.

—Y si por casualidad termino enamorado de dos personas al mismo tiempo, ¿no empeorará la situación?

—Ah…

—Ya es bastante doloroso amar así a una sola persona. No creo que pueda soportar estar enamorado de dos personas.

♦ ♦ ♦

[¿Cuánto heriría su orgullo esa actitud? Qué lamentable.]

Kapmen no pudo evitar suspirar ante la cosquillosa voz en su cabeza. Por extraño que pudiera parecer, cada persona tenía una voz interior. Al igual que las voces de las personas eran diferentes, las voces interiores también lo eran. La voz interior de la reina Navier le hacía sentir un agradable cosquilleo cuando lo escuchaba. Era una voz grave, como un susurro.

Debido a esa voz, cada vez que la Reina Navier pensaba en su nombre, “Gran Duque Kapmen”, se le ponía la piel de gallina.

Fue así desde el primer encuentro. Desde entonces ha sido igual. Incluso ahora estaba fuera de sí por la poción.

¿Te compadecerías de mí? 

Habia reprimido la pregunta que amenazaba con salir de su boca en cualquier momento.

Cuando la reina Navier se marchó con sus damas de compañía, se apoyó en una valla blanca y cerró los ojos.

Tras permanecer ahí largo rato, Kapmen decidió regresar a su habitación. Sin embargo, una mujer desconocida estaba de pie delante de la puerta.

La mujer, que parecía de la nobleza, dijo con una sonrisa cuando él se acercó.

—¿Es usted el Gran Duque Kapmen?

[Sin duda es él.]

—Así es.

—A Lady Christa le gustaría saludar en persona a un invitado especial como usted, así que por favor sígame.

—¿Quién es Lady Christa?

[¡¿Quién se cree que es?! ¿No conoce a Lady Christa?]

—La cuñada de Su Majestad Heinley. La antigua reina.

[¿Debería decirle que Lady Christa está en malos términos con la Reina Navier? ¿Cuándo sería oportuno?]

Como de costumbre, escuchó ambas voces mezcladas.

Se quedó un momento en silencio, intentando distinguir las voces. Era mejor cuando las oía por separado. Pero cuando oía las dos voces a la vez, tenía que distinguir cuál era la auténtica.

A veces, sus interlocutores lo miraban con extrañeza porque se confundía en esta parte.

Cuando por fin lo consiguió, declinó en voz baja:

—Lo siento, estoy cansado.

El rostro de la noble se puso rígido. Se limitó a decir que estaba cansado, sin poner ninguna excusa.

[¡Qué grosero!]

Él lo dijo, sabiendo que era descortés. Sin intención de alargar la conversación, preguntó con frialdad:

—¿Puedo entrar ya?

En otras palabras, quería que se apartara de la puerta.

Cuando la noble, cuyo orgullo había sido herido, se apartó, él abrió la puerta sin mediar palabra y entró en su habitación. Había sido tan grosero que pensó que Christa no volvería a buscarle.

Pero al atardecer de ese mismo día, para su sorpresa, ella, la antigua reina, fue a visitarle en persona.

Esta vez, Kapmen no pudo ser tan grosero como para echarla.

—Pasa.

Una vez que la invitó a pasar a la habitación tras intercambiar saludos, Christa sonrió con tranquilidad y entró.

Él ordenó al escudero que trajera café y otros refrescos antes de pedirle que se sentara a la mesa del té.

Pero en lugar de sentarse frente a ella, permaneció de pie y preguntó:

—¿A qué debo tu visita?

—Puesto que es usted un invitado distinguido, he considerado natural venir a saludarle en persona.

[Este hombre es Kapmen…]

La voz de Christa era tranquila. Su voz interior era la misma.

Él murmuró con frialdad:

—Ya veo.

De verdad no le gustaba interactuar con otras personas. No era nada divertido conversar y escuchar los pensamientos de otras personas al mismo tiempo. Además, según los pensamientos de su dama de compañía, Christa y la Reina Navier no tenían una buena relación.

A él le  molestaba eso, así que quería que ella hablara rápido y se marchara. Sin embargo, por muy tajante que fuera, no podía decirle de repente que “se vaya” sin una razón.

Se la quedó mirando en silencio, como diciéndole que fuera al grano.

Ella preguntó vacilante.

—¿Tienes algún inconveniente?

[Debo ser educada.]

—Si tiene algún inconveniente, hágamelo saber, Gran Duque.

[Necesito tenerlo a mi lado.]

Él frunció el ceño y respondió con firmeza.

—Si tengo alguno.

—¿Cuál? Ah, solo pregunto porque quiero ayudarte.

[Dime lo que sea… te ayudaré.]

—Gracias, pero no es necesario. Conseguiré ayuda de la persona adecuada.

Los ojos de Christa se entonaron ante su respuesta.

[¿No soy la persona adecuada…? ¿Quiere decir “no te metas en mis asuntos”?]

—De acuerdo…

En ese momento, él pensó que se marcharía. Sin embargo, ella dudó en levantarse. En su lugar, escuchó su voz interior ansiosa.

[Cómo podría hacer de este hombre mi invitado… No parece odiar solo a la Reina Navier, sino a todo el mundo.]

Él levantó las cejas. No podía entender por qué ella, la antigua reina, estaba actuando así delante de él.

[¿Qué estoy haciendo aquí…? ¿Esto cambia algo?]

Por fortuna, al final se puso de pie, sonriendo impotente como si no pudiera hacer nada al respecto.

[Volveré a hablar con él en otro momento, ya que parece querer estar solo en este momento.]

Aliviado, Kapmen la acompañó hasta la puerta. Sin embargo, los tristes pensamientos de Christa que siguieron llamaron su atención.

[Hay tantos hombres guapos como él. ¿Por qué eligió a Heinley entre tantos hombres?]

No pudo evitar llamarla.

—Espera.

Los efectos de la poción comenzaron a dispararse de nuevo. Su corazón se tiñó de negro.

—¿Eh?

Christa miró hacia atrás, desconcertada. Kapmen seguía siendo tajante, pero hablaba en un modo más suave.

—El café no se ha servido todavía. Sentémonos mientras tanto.

La voz de Navier, a quien había conocido antes, sonó en su oído como una alucinación auditiva.

¿Puedes hacer otra botella de esa poción?

Sakuya
Y por eso me caes mal, mal, MAL.

♦ ♦ ♦

Por la noche, Sovieshu, que había visitado a Rashta, le dijo con voz severa.

—¿Quieres manejar el presupuesto como la Emperatriz?

Parecía haberle informado el barón Lant.

Rashta juntó las manos.

—Sí… —dijo con voz apenas audible. Solo quería lo que le correspondía por derecho propio.

Cuando Sovieshu le preguntaba así, ella se deprimía. Mientras él la miraba en silencio, ella vaciló y murmuró.

—Sé que gestionar el presupuesto imperial forma parte de la funciones de la emperatriz.  Rashta se convirtió en emperatriz, pero aún no sabe qué hacer… así que pensó que lo mejor era empezar por lo que uno sabe —dijo, mirándolo con ojos asustados—. Rastha quiere ser una buena emperatriz, Majestad.

—Rashta.

—Sí.

—Solo estarás un año en el puesto de emperatriz, ya te lo había dicho.

—Ah, ya lo sé, pero… aunque sea por un año quiero de verdad serlo. —Lo miró como un animal débil con grandes ojos—. Rastha quiere cumplir con esos deberes aunque sea por un año. En primer lugar, no confiaste en el barón Lant para administrar el dinero de Rashta porque se gastaba en cosas extrañas. Fue por el vizconde Roteschu.

Ella extendió las manos y dijo, agarrando con fuerza las manos de Sovieshu.

—Rashta ya no está siendo chantajeada por él, Majestad.

Él agarró con fuerza sus manos. Pero la respuesta fue una firme negativa.

—Aún no has aprendido lo suficiente para manejar el presupuesto, Rashta.

—He estudiado mucho… —Tenía una cara triste—. ¿Quieres que sea una emperatriz de mentira?

—No es que no puedas desempeñar a plenitud el papel de emperatriz.

—Pero, suena así…

—Asistirás a las audiencias conmigo todos los días a partir de ahora. Hagamos eso primero.

Frunció los labios sintiéndose molesta.

Necesitaba administrar el presupuesto por su cuenta lo antes posible para poder pagar al duque Elgy. Además, también necesitaba dinero para dárselo al vizconde Roteschu.

Aunque se había aliado, sabía que él no haría nada gratis. No quería malgastar el dinero. Sin embargo, era importante utilizarlo en estas dos cosas.

—Tienes que tomarlo con calma. Apenas es el comienzo. —Él acarició su espalda, que estaba rígida—. Incluso por el bienestar del bebé deberías tomarlo con calma.

—Sí… —Respondió con impotencia.

Él le acarició el pelo con dulzura, pero no estaba muy contenta.

—Um… Su Majestad.

—¿Qué pasa?

—Entonces, ¿qué pasa con el castigo?

—¿Castigo?

—Si un noble desprecia a Rashta, ¿puede ese noble ser castigado?

—¿Por qué? ¿Quién te despreció?

—El Marqués Farang despreció a Rashta en la primera fiesta del té como Emperatriz.

—Ah, Marqués Farang. —Sovieshu chasqueó la lengua—. Es un buen amigo de Kosher. Además, los Troby y los Farang son familias muy unidas. No conseguirás que se acerque a ti, así que olvídalo.

—La posición de la Emperatriz no debe ser menospreciada por nadie, Majestad.

—¿Te insultó abiertamente?

—Rashta se sintió insultada.

—Fui informado de lo que dijo.

Ella se sorprendió por sus palabras.

¿Alguien le informó? ¿Quién lo hizo?

¿Fue uno de los nobles presentes en la fiesta del té? ¿O fue alguien de la Guardia Imperial que estaba ahí? 

¿La vizcondesa Verdi? ¿Las doncellas? ¿Los sirvientes? 

Le disgustó que se hubiera enterado por boca de otro de lo que había dicho.

—Aunque te hubieras sentido insultada en esa situación, no dijo lo suficiente como para ser castigado.

—¡Fue sarcástico delante de todos los presentes, Majestad!

—¿Pero al final no hizo lo que usted le ordenó?

Mientras ella murmuraba, Sovieshu le besó la frente con suavidad.

—No sé por qué estás tan agitada.

—Bueno…

Porque es obvio que los nobles me desprecian. Además, me he convertido en Emperatriz, pero aún no ha cambiado nada, salvo mi lugar de residencia. 

Respondió en su mente. De repente, se acordó de preguntar.

—Más importante aún, Majestad. ¿Iremos a la boda del Reino Occidental?

Su expresión se volvió fría, como si fuera un tema del que no quisiera hablar. Sin embargo, para ella este tema era importante.

—Ya que ellos vinieron hasta aquí primero, creo que es apropiado ir también.

—¿De verdad lo crees?

—Me gustaría felicitar a la reina Navier por su nuevo comienzo. Por supuesto, tengo miedo de que me acose de nuevo, pero…

Él suspiró.

—Estás embarazada, viajar ahí será muy duro.

—Todavía puedo.

Cuando ella habló con firmeza, él se levantó y dijo:

—Lo pensaré.

Rashta también se levantó, siguiéndolo y le preguntó sorprendida cuando estaba a punto de salir del dormitorio.

—¿A dónde va, Majestad?

Pero él solo se marchó. Al salir al pasillo, casi choca a la criada de Rashta, Delise.

Ella se inclinó ante él asombrada y se disculpó.

—Perdóneme, Su Majestad.

—No pasa nada.

Hizo un gesto con la mano para disuadirla y abandonó de inmediato el Palacio Occidental.

Delise miró fijo su espalda mientras se alejaba, pero rápido recobró el sentido y atravesó el salón hasta el dormitorio de Rashta.

Ella estaba sentada en un sillón, con el ceño fruncido y las manos sobre el vientre. Su hermoso rostro angelical parecía muy triste.

Solo una persona así puede ser amada por Su Majestad. 

Admirándola en su interior, Delise le habló.

—¿Puedo arreglar su cama, Su Majestad?

—Sí.

Lo normal después del matrimonio era seguir utilizando durante días las mismas sábanas y fundas de almohada de antes de casarse.

Ahora que ya había pasado ese tiempo, Delise iba a cambiar las fundas de almohada y las sábanas por otras nuevas. Después de cambiar las sábanas, colocó una pequeña piedra caliente dentro. Luego empezó a cambiar las fundas de las almohadas por otras nuevas.

Entonces Delise sacó la funda de una almohada grande y suave que Rashta había utilizado en el Palacio del Este. En ese momento un puñado de plumas azules salió de su interior.

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