Crié a un sirviente obsesivo – Capítulo 35: El camino hacia ti (6)

Traducido por Herijo

Editado por Lugiia


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Hace cinco años, era un día extrañamente animado. Tal vez se debía al entusiasmo a causa de las fiestas de fin de año de las que todo el mundo hablaba.

Ese día, Senna volvía a casa caminando sobre la blanca y esponjosa nieve después de pasar un día divirtiéndose con unos amigos a los que hacía mucho tiempo que no veía. Incluso había comprado un trozo de tarta de una famosa pastelería para llevar a su familia.

Ugh, hace frío.

Abrazó con más fuerza el abrigo mientras temblaba, pero su sonrisa no desapareció.

Caminó rápidamente para poder entregar el pastel a su familia y calentarse con una manta. Lo mejor era apreciar la dulzura de la vida y olvidar las experiencias amargas.

Estaba a mitad del paso de peatones, imaginando un día normal y feliz, cuando oyó un bocinazo agudo, que parecía que iba a desgarrar sus tímpanos, acompañado de un faro de coche tan brillante que le impedía abrir los ojos. Antes de que tuviera tiempo de comprender todo lo que estaba ocurriendo, su cuerpo salió volando con un fuerte impacto.

Cuando aterrizó en el suelo, era incapaz de moverse. Abriendo ligeramente sus párpados, solo pudo ver sangre roja filtrándose a través de sus ojos.

¿Moriré de esta manera?

Junto con una ominosa premonición, en su interior brotó una fuerte voluntad de sobrevivir, nacida de su deseo de no querer morir de esa manera. Mientras estaba al borde de la muerte, el conductor, que era el único que se encontraba cerca, la vio y se alejó rápidamente.

Senna ni siquiera pudo gritar por ayuda mientras el coche se alejaba.

La blanca nieve que había pintado de blanco el mundo cayó sin previo aviso y se posó sobre ella como una manta. Exhalando con fuerza, Senna rezó fervientemente para que alguien viniera a salvarla.

Entonces, apareció una notificación de «Mamá♥» en la pantalla destrozada de su móvil. En cuanto leyó esas palabras, que enternecían su corazón, apretó los dientes y rompió a llorar.

Lugiia
Eso me dio ganas de llorar

—Ugh….

Luchando contra el insoportable dolor que sentía en todo su cuerpo, alargó una mano temblorosa, pero no pudo alcanzar su móvil. El teléfono, actuando como si fuera la tristeza y las lágrimas en su corazón, siguió sonando.

—Mam…

Ayúdenme… Alguien, por favor… No quiero morir. Mamá, te extraño. Por favor, ven a buscarme.

Los rostros de su familia, que la esperaban, pasaron por su mente y su deseo se hizo más intenso.

Alguien… Quien sea… Por favor, sálvenme… Por favor.

Senna rezó y rezó, sin saber a quién dirigía su deseo. Sin embargo, cuando estaba a punto de perder el conocimiento, lo supo.

Estoy a punto de morir.

Al mismo tiempo, el resentimiento brotó en su corazón. Si muriera, lo mejor sería una muerte rápida y sin dolor. Nunca había imaginado una muerte tan solitaria y dolorosa.

Después de un tiempo, otro conductor vislumbró a Senna y la llevó a un hospital cercano, pero Senna ya se estaba alejando más y más.

El último recuerdo de su vida pasada eran los rostros enrojecidos de su familia, murmurando entre sollozos palabras que nunca llegó a oír, justo antes de perder por completo la conciencia.

Cuando volvió a abrir los ojos, se sorprendió al ver caras desconocidas derramando lágrimas, tal y como antes.

En medio de aquella situación, comprendió que «Yurina», la dueña original del cuerpo, sufría de fiebre alta y no estaba claro si sobreviviría la noche.

Sin saber qué estaba pasando, los ojos de Senna se enrojecieron al ver aquellas lágrimas desconocidas.

No quiero morir.

Sintiendo como si alguien estuviera jugando con su espíritu, igual que cuando sufrió el accidente, Sena solo tenía un deseo: no morir. No sabía dónde estaba su verdadera familia ni por qué estaba rodeada de occidentales desconocidos, pero quería vivir. Así que luchó por mantenerse con vida, aferrándose desesperadamente a su cordura.

Cuando movió milagrosamente sus labios para decir que tenía sed, la marquesa, quien la había estado cuidando todo el tiempo, así como el marqués Carthia, quien había corrido a su lado al enterarse de la noticia, la abrazaron con oraciones de agradecimiento a la diosa.

En medio de la situación caótica, estalló en lágrimas ante el intenso recuerdo de la muerte. Nadie sabía el significado detrás de sus lágrimas.

Cada día que pasaba, su cuerpo febril se enfriaba y su mente nublada se aclaraba a medida que su desesperación alcanzaba los cielos.

Senna resistió el impulso de salir corriendo y gritar: «¿Qué está pasando?», por lo que trató de analizar la situación con calma. Después de escuchar a las sirvientas hablar, se dio cuenta de quién era.

Me he convertido en Yurina Carthia.

Y eso significaba que Yoon Senna estaba muerta.

Sin embargo, no había tiempo de lamentarse por su muerte ni de derramar lágrimas por la separación de su amada familia. Senna estaba forzada a visitar los orfanatos para reescribir su propio destino y evitar la muerte que le esperaba.

No podía permitirse el lujo de lamentar su anterior muerte; estaba desesperada por no volver a morir de forma dolorosa.

Desde aquel verano de hace cinco años, cuando conoció a Raynard bajo un sol dorado que brillaba con tanta fuerza como un rayo de esperanza y ocupaba sus días a su lado, fue capaz de olvidar aquel terrible recuerdo.

Pensó que lo había olvidado por completo, hasta hoy. Nunca imaginó que esos recuerdos permanecerían vívidos en su mente, incluso después de cinco años.

♦ ♦ ♦

—¡Yurina, despierta! ¡Yurina!

Raynard se agachó y rodeó con sus brazos el cuerpo tembloroso de Yurina. Ella se aferró a él con desesperación, como si fuera su única salvación; sus manos temblaron ligeramente en su camisa.

—Ray…

—Sí, estoy aquí. Está bien, no te preocupes. Todo está bien…

Raynard no preguntó nada ni mostró signos de irritación, solo continuó consolando a Yurina. Ella enterró su rostro en sus brazos, sintiendo sus manos acariciar suavemente su espalda.

Raynard olía a flores, como cuando llegó a la mansión y presumió lo bien que olía. Era el mismo aroma que le brindó consuelo en aquellos días, cuando Yurina le abrazaba mientras se ajustaba a su nueva vida.

Quizá por eso Yurina sintió que estaba sola con él en el salón, al igual que entonces. El aroma de las flores parecía borrar el horrible hedor a sangre que se le pegaba al cuerpo.

Yurina apretó su mano hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—El hombre de antes…

Solo estaba haciendo una pregunta, pero sus emociones se apoderaron de ella y la hicieron ahogarse con sus palabras. Su voz se quebró como si la estuvieran estrangulando.

—¿Está… muerto?

¿Como la inocente Yoon Senna de veintidós años?

Las palabras que no pudo pronunciar permanecieron en su mente.

Raynard abrazó su cuerpo con más fuerza, hundiendo la barbilla en su cabello.

—No.

—Mientes.

—¿Por qué mentiría sobre eso? Él está bien.

—Pero había tanta sangre en el suelo…

—Está bastante herido, pero definitivamente está vivo. Mi maestro fue a verlo de inmediato, por lo que ya debe estar mejor. Así que no te preocupes demasiado. Todo está bien.

Yurina pudo notar que las palabras tranquilas de Raynard no eran mentiras piadosas. Tal y como dijo, Dave era un mago extraordinario. Si la persona que había sufrido el accidente todavía respiraba, él podría curarlo.

Como un hilo tenso que se rompe, la tensión se drenó de su cuerpo. Yurina se hundió en los brazos de Raynard y exhaló un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios, ha sobrevivido.

A diferencia de Senna…

Ella se tragó aquellas palabras y abrazó lentamente la cintura de Raynard mientras se sumergía en sus pensamientos. Cuando Raynard le dijo que estaba vivo, ella sintió como si también la hubieran salvado.

Yurina enterró la nariz en su pecho y soltó una risita. Había oído que si una persona ríe después de llorar, lo seguirá haciendo como si estuviera loco; justo como le sucedía ahora a Yurina.

Raynard no se sintió avergonzado ni le acompañó en aquel sentimiento, sino que se limitó a darle unas palmaditas en la espalda.

Yurina cerró los ojos y respiró profundamente por la nariz.

—Hueles bien.

Raynard, quien examinaba el estado de Yurina con expresión seria, relajó su rostro y se echó a reír.

—Es un alivio.

—Ese jabón de flores, ¿todavía lo usas?

—Sí.

—¿No es un aroma extraño para que lo use un hombre?

—Es el que más me gusta.

—Tu gusto es único.

—Entonces el tuyo también. Usas el mismo jabón que yo.

—Eso es cierto.

Mientras Yurina se reía como una niña una vez más, Raynard bajó la cabeza y miró su rostro. Yurina levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron.

A diferencia de ella, cuya sonrisa aún se dibujaba en la comisura de los labios, la de Raynard había desaparecido.

En ese instante, Yurina se dio cuenta de que lo había estado abrazando todo ese tiempo. Había estado temblando tanto que no se había dado cuenta, pero ahora sentía el calor que irradiaba él.

Yurina lo miró a los ojos tranquila y bajó la mirada para ver su camisa manchada con sus lágrimas. Luego, se apresuró a sentarse.

—Ah… volvamos. ¿Qué estamos haciendo en medio de la calle?

Mientras Yurina se levantaba, pensando que había hecho una exhibición vergonzosa delante de los demás, observó su entorno y preguntó con voz temblorosa:

—Ray, ¿dónde diablos estamos?

Las calles del pueblo cubiertas de sangre habían desaparecido. En su lugar, solo había un campo interminable.

Un campo lleno de flores amarillas que exudaban un aroma fragante. Sobre ellos, había un cielo azul sin una sola nube y la brillante luz del sol dorada.

Solo había dos personas en este pacífico y sereno campo: Yurina y Raynard.

Después de que ella terminara de levantarse, Raynard habló despreocupadamente.

—Un campo cerca de la capital del Reino de Crohn. Pensé que no te gustaba lo que viste en aquel lugar.

Aunque no le gustara, no era algo que podía descartarse así sin más.

—Un campo cerca de la capital. ¿Usaste magia?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando estabas sentada en el suelo temblando.

—¿Puedes teletransportarte tan lejos? ¿Es eso siquiera posible?

—Sí.

Raynard sonrió, cepillando los mechones de cabello esparcidos en la frente de Yurina.

—Para mí es posible.

Riendo levemente, enterró su rostro en el cuello de Yurina e inhaló profundamente por la nariz.

—Siempre que te echo de menos, suelo venir aquí, porque siento que estoy a tu lado en este lugar.

Huele como el aroma que solías tener.

Cuando dijo en voz baja aquellas palabras en su mente, sin que Yurina pudiera escucharlas, un aliento cálido le hizo cosquillas en el cuello a la joven. Aunque se estremeció ante la sensación desconocida, Yurina no pudo apartarlo.

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