Creo que mi prometido se ha rendido – Epílogo: La novia del Príncipe Heredero ~ A veces hermano y hermana ~ (15)

Traducido por Shaey

Editado por Ayanami


—Espera un minuto. Eh, ¿qué clase de cosa hiciste para que resultara así?

Sentado en la silla del otro lado del escritorio, estaba su amigo Marx, quien se puso de pie, con una ligera inquietud mostrada en su cara, mientras le pedía una explicación a Alberto.

Casa del Marqués Klüger 

Alberto visitó la habitación privada de Marx y se sentó justo frente al escritorio de éste, en el sofá, que da al jardín a través de la ventana.  Cruzó sus largas piernas con elegancia, descansando su barbilla sobre su mano, declaró con voz desinteresada.

—Lo siento. Mi tonta hermana estaba siendo demasiado marimacha y se ganó la ira de Su Alteza Tobías. Prepararé la habitación, así que, dentro de cinco días, ven con la Srta. Irene al Palacio Real. Y asegúrate de que converse con Su Alteza Tobías

—… ¿Se supone que esto es una orden, Alberto?

Marx respondió con mal humor a la manera de hablar de Alberto, la cual, no aceptaba ninguna objeción a sus palabras.

Alberto miró hacia atrás, volviendo sólo sus ojos hacia Marx.

Incluso Marx, que siempre había mantenido la calma y se había comportado con una sonrisa en su rostro, como si dijera que no hay nada que no pueda manipular, ahora, hacía una mueca, mientras sus ojos se movían.

Alberto suspiró en su mente y sonrió ligeramente.

—Se supone que es una orden, Marx. Lo siento, pero ese hombre está perturbando la vida pacífica de Christina y la mía. Perturbarnos, significa que, en un futuro lejano, puede surgir una complicación entre nuestros reinos. Por lo tanto, en lugar de posponer inútilmente el problema, es mejor resolverlo pronto para que vuelva a su reino rápidamente, ese es mi juicio con respecto a este caso.

No ha habido ningún anuncio oficial, así que no puede decirse que sea la decisión final, pero, viendo su comportamiento, hay una alta probabilidad de que el Príncipe Tobías se convierta en el Príncipe Heredero. Con sólo ver su personalidad, Alberto siente que es mejor evitar cualquier disputa con el reino vecino. Se podría decir que es frío, pero Alberto tiene una posición en la que debe pensar, ante todo, en su país.

Anna podría haberle estropeado el humor, pero para él es lo mismo. Considerando su comportamiento descortés durante su visita al Palacio Real, a pesar de la diferencia en el poder económico y militar de su reino, con esto, ahora, están a mano.

Marx puso sus brazos sobre el escritorio, mirando hacia abajo. Su flequillo dorado caía elegantemente.

—…Dentro de cinco días…es tan poco tiempo.

Alberto frunció el ceño confusamente.

— ¿Quiere decir que el tiempo de preparación es corto? ¿No son suficientes cinco días? No es como si alguien se fuera a comprometer de todos modos, por lo que no hay necesidad de prepararse para un nuevo vestido. Para los nobles, una reunión con los reyes es algo para animarse. Para no verse maleducados, se vestían de la mejor manera posible cuando los visitan, pero, esta vez, es un caso diferente. Para empezar, Irene no quiere comprometerse con Tobías, así que, ¿no sería mejor que se pusiera un vestido gastado para que la reunión enfatice su falta de voluntad?

Cuando Alberto lo dijo, Marx levantó la cara, sus cejas estaban caídas, mientras asentía.

—Aaa eso es, umm bien, eso es, no es así…

Dudando en decir la palabra, cruzó los brazos frente a su pecho y se acarició la barbilla.

—Pero bueno…espero tener un poco más de tiempo…

—Explicárselo a la Srta. Irene no debería necesitar tanto tiempo, ¿no? Además, supongo que no es una dama egoísta.

Alberto pensó que Marx decía que necesitaba más tiempo para convencer a Irene, y se quedó perplejo.

No sabía si era Anna, pero, para él, Irene no parecía una dama que se niegue después de que se le explicara la situación.

Marx sonrió, inclinando la cabeza.

—Mira, no quieres hacer llorar a una chica, ¿verdad?

Alberto entrecerró los ojos.

—…No es un asunto que pueda cambiar si uno llora o no.

—Pero mira, tú también estarías abatido si hicieras llorar a la princesa Anna, ¿verdad?

Cuando se le pidió su opinión, Alberto se quedó callado.

¿Sí Anna llorara?

¡Se imaginaba a su hermana, quien siempre le grita estúpido hermano! mientras lloraba a medias, y resoplaba. —Si ella llora o se lamenta, si se trata del reino entonces, la respuesta ya es obvia.

Además, Anna no era el tipo de princesa que lloraría cuando se trata del reino. Incluso si se comprometiera con alguien con quien no tuviera sentimientos, de alguna manera…pero, sí es importante para el reino, entonces, ella finalmente lo aceptaría. Su orgullo como princesa no es sólo para mostrar.

Alberto suspiró y se puso de pie.

—…Bueno, es una historia diferente si la hicieras llorar, pero en este caso, si fuera yo, le diría que se quedara.

—…Yaa como siempre, eres tan implacable cuando se trata del reino…como el duque Zariel.

— ¿Humn?

Como las últimas palabras no llegaron a sus oídos, Alberto volvió a preguntar.

Marx se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

—No, nada. ¿Te vas ahora?

Alberto miró a este amigo suyo y sonrió.

—Vamos a ver a la Srta. Irene. Le explicaré personalmente la situación.

Por razones desconocidas, parece que, este amigo suyo, desea que se retrasara la reunión.

Para Alberto, que no quería prolongarlo más, sobre todo en este caso, eligió una medida que impidiera a la otra parte decir nada y se puso de pie.

Por orden del Príncipe Heredero del Reino, no había nadie que se negara.

Para encontrarse con la dama, que se aloja en la misma mansión en la que están ahora, Alberto se acercó a la puerta.

Marx levantó la voz sorprendido.

— ¡Eh, espera, Alberto! Yo mismo se lo diré…

Haciendo caso omiso de las palabras de su amigo, Alberto giró firmemente el pomo y, cuando la puerta se abrió, su mirada en línea cayó sobre algo, mientras parpadeaba repetidamente.

— ¡Cierto! Irene, ahora, está fuera de la mansión y…

Marx se levantó de la silla con pánico y agarró el abrigo de Alberto por detrás, y se encontró sin palabras. Cuando Alberto se dio la vuelta y le miró sospechosamente, Marx se cubrió la cara con una mano y dejó escapar un profundo suspiro.

—…Aah no más… ¿Por qué justo en este momento, nos espía…esta chica? …Es una mala manera, sabes, Irene…

De pie, fuera de la puerta, había una señorita aseada y hermosa, con un pelo azul profundo como el cielo nocturno caído, así como un par de ojos azules —la misma Irene Düker.

♦ ♦ ♦

Marx invitó a Irene, que estaba de pie frente a la puerta, a entrar, luego, cerró la puerta. Con un vestido plateado teñido de azul, la cara de Irene no mostraba torpeza después de ser descubierta espiando, sino que estaba poniendo una mirada seria al entrar.

Volviendo al sofá, Alberto dijo mientras le mostraba la espalda.

— ¿Escuchaste nuestra conversación? Puede que no te entusiasme, pero estoy pensando en dejarte ver a Su Alteza Tobías una vez, dentro de cinco días.

—…

No hubo respuesta; cuando Alberto se volvió, Irene estaba de pie, justo detrás de él. Al encontrarse con su línea de visión, Alberto se sorprendió.

Irene estaba, con sus ojos azules humedecidos por las lágrimas, mirando a Alberto.

—No…espera…

Espera, no llores —Alberto que intentó decir tal cosa, fue mirado en silencio por Irene, sus labios temblaron cuando empezó a hablar.

—Si me encuentro con Su Alteza Tobías, seguramente me capturará…

—… ¿Por qué? ¿Violó mi señora alguna ley en ese reino?

Aunque fuera de la realeza, es imposible que una persona de otro país la capture dentro del Reino de Noin. No tenían ninguna autoridad para arrestar o retener a nadie. Sin embargo, si él hubiera exigido su entrega antes de cruzar la frontera nacional, sería una historia diferente.

En la actualidad, no hay ninguna demanda para detener a Irene que viene del país vecino, sin embargo, estamos hablando de ese Tobías aquí. Si por casualidad, Irene cometió algún delito en el Reino Sechs, es posible que lo use como motivo para poner una orden de arresto, de esa forma, sería retenida en este país, y más tarde solicitaría su entrega usando su delito como motivo.

Al escuchar la pregunta de Alberto, Marx volvió a su escritorio, mientras seguía suspirando y respondió.

—Alberto. Él no es alguien que tenga sentido común como tú. Aunque esa persona no sea un criminal, si quiere algo, lo quiere. Lo obtendrá incluso a través de la fuerza bruta. Es esa clase de hombre.

Alberto abrió ligeramente los ojos, tenía la boca torcida. Obtener a una mujer a través de la fuerza bruta, ¿qué tiene de divertido? Ese hombre parece más tiránico de lo que originalmente imaginaba.

Alberto miró a Irene y sonrió suavemente.

—Por favor, descanse. Mientras esté dentro del Reino de Noin, haré que siga la ley aquí. No permitiré ningún comportamiento grosero.

—…

Los ojos de Irene se humedecieron aún más cuando las lágrimas salieron, ella sacudió la cabeza.

—Su Alteza Alberto no entiende…esa persona, no escucha mis palabras. Ni siquiera a mí, ni a la voz de su madre, la Reina, ni a sus hermanos…

Irene se detuvo en medio de su sentencia, colgando la cabeza. Su cabello azul oscuro se balanceaba suavemente, cayendo de sus hombros.

Sus delgados hombros temblaban y, a medida que pasaba el tiempo, se podía oír una voz sollozante.

—…

Alberto miró a su amigo. Haz algo, era lo que intentaba decir con su mirada, sin embargo, su amigo también tenía un aire de inquietud a su alrededor, mientras apoyaba la barbilla en su mano y colgaba la cabeza hacia abajo.

Oi. ¿No es ella alguien como una hermana pequeña para ti? Si fuera yo, si mi hermana llorara, haría algo.

Parece que, a diferencia de Alberto y Anna, donde la consolaban si lloraba y la calmaban si estaba enfadada, estos dos no tienen esa relación.

Irene empezó a llorar delante de Alberto, pero no era como si esperara que alguien la consolara, mientras ella tensaba la voz y se disculpaba.

—Pido disculpas…no quise decir que llorara…

Se transmitieron los sentimientos que desesperadamente intentaban detener sus lágrimas, y Alberto miró hacia el cielo.

Como Príncipe Heredero del Reino de Noin, le era imposible abrazarla y consolarla. Como mínimo, demostró su consideración sacando un pañuelo de su bolsillo y se lo dio.

—Bueno… verá, milady tiene a alguien a quien adora, ¿verdad? ¿Qué tal si le pide ayuda a esa persona?

El otro día, después de la charla con Marx, junto con Anna y Christina, escuchó que parece que ella tiene a alguien que le gusta. Alberto pensaba que un hombre que deja llorar a una mujer sola, es bastante cuestionable, pero si se casa rápidamente con él, la historia sería otra.

La mano de Irene, que intentó quitarle el pañuelo a Alberto se sorprendió y tembló.

Alberto miró, sin querer, la cara de Irene.

Si fuera yo, nunca dejaría que una mujer que me es muy querida llorara sola.

Aunque Alberto lo pensó, parece que antes podría haber dejado a Christina llorar sola.

Ella, que siempre se había comportado con firmeza delante de él, su amada.

Alberto inclinó la cabeza y preguntó.

—…Srta. Irene. La persona en la que está pensando ahora mismo, podría ser…

Irene agarró la mano de Alberto con firmeza, levantó vigorosamente su rostro. Mientras sus lágrimas caen, su intensa mirada apunto a Alberto.

En ese momento, sonó un humilde sonido y se abrió la puerta de la habitación de Marx.

Al abrirse la puerta, el que estaba allí, era un hombre cuyos cabellos blancos sobresalían entre sus cabellos negros bien peinados con aceite, el mayordomo de la Casa Klüger.

—Mi señor, ha llegado un invitado.

Alberto entonces sintió que el flujo del tiempo se hacía más lento.

Irene, cuyas lágrimas claras cayeron de sus ojos azules. Mientras sus lágrimas caían, saltó al pecho de Alberto.

Empujado por ese vigor, él puso sus manos en su hombro para atraparla.

Sin embargo, la mirada de Alberto cayó sobre la que estaba más allá de la puerta abierta.

—Aah…

La voz que se filtró dentro de su corazón, fue de asombro o de lamento.

La luz del sol que penetraba por la ventana iluminaba su cabello.

Con un ligero movimiento, ese pelo se balanceaba suavemente.

Sin ninguna mancha, un hermoso cabello plateado.

Cubierto de largas pestañas había un par de ojos de amatista llenos de ternura.

Con una vestimenta prolijamente adornada con joyas, como si anunciaran el poder de la Casa del Duque.

Sus manos se pusieron delante de su cuerpo en una postura de dama, y el anillo de compromiso de Alberto se podía ver brillando.

—…Christina.

Al mismo tiempo que Alberto pronunciaba ese nombre, Irene, que estaba en sus brazos, gritaba.

—El, el que me gusta es…yo, ¡Su Alteza Alberto!

Alberto se quedó congelado, mientras miraba a Christina, mientras que Marx levantó la cara e inclinó la cabeza.

—Eh, ¿de verdad?

¿De verdad? ¡No!

Alberto le lanzó un tsukkomi a Marx dentro de su mente, y mostró una sonrisa a su preciosa prometida.

—Kuu, no es verdad. Todo está bien.

Aunque le sonrió para calmarla y evitar cualquier malentendido, ella se cayó tambaleantemente frente a la puerta, poniendo las manos en el suelo, mientras murmuraba con el rostro pálido.

—…Así que eso era…esta vez, Irene-sama es mi rival en el amor…

Um, por eso dije que no es así.

¿Qué estás diciendo con una voz como si fuera el fin del mundo?

No hay nadie que ame a parte de ti, ¿cuántas veces debo decirlo hasta que lo entiendas?

Quejándose en secreto, a su adorable prometida, dentro de su mente, Alberto separó su cuerpo de Irene, mostrándole también una sonrisa.

—Srta. Irene. Por favor, no diga una mentira molesta

Las mejillas de Irene estaban teñidas de rojo, incluso cuando se preocupa por Christina, ella seguía repitiendo frenéticamente.

—Yo, yo, no es una mentira…yo, yo, sobre Su Alteza…

—Sí, sí. Entiendo.

—Eh, ¿está bien que le gustes a Irene, Alberto?

¡Por supuesto que no! Eres realmente un idiota en un lugar extraño.

Después de mirar fríamente a su amigo, Alberto apartó a Irene y caminó hacia su delicada prometida.

Tal vez, fue un shock, ya que Christina, extrañamente asustada, incluso temblaba. Alberto tiró de su delgado cuerpo y la envolvió entre sus brazos, luego, ella enterró su cara en su pecho al borde de las lágrimas y murmuró con voz temblorosa.

—…Alberto-sama…yo, yo… esta vez, demostraré que…puede ca, cara…

¿Contra qué intentas luchar? No lo entiendo, pero, antes que nada, ¿no hay nadie que me escuche? ¿Y también, por qué vienes a la mansión de Marx sola? Si estás visitando la casa de un hombre, ¿no deberías decirme algo?

Alberto suspiró, mientras aún sostenía esos complicados sentimientos, abrazó con fuerza a su preciosa novia.


[Aquí Shaey con vosotros…y lo único que puedo decir es esto… AHHHHHH!!!!! Esa Irene me frustra ლಠ益ಠ)ლ,  Que niña es ella, ostia. Este capítulo lo estaba gozando hasta que ella me vino con eso… por favor noooo… Aparte que siempre me disgustaba ella…ahora entiendo por qué…]

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2 respuestas a “Creo que mi prometido se ha rendido – Epílogo: La novia del Príncipe Heredero ~ A veces hermano y hermana ~ (15)”

  1. Ya lo habría mandado a volar hace rato, le falta caracter a esa prota solo llora, y la otra es una ofrecida tras que la estaban ayudando sale con sus cosas

  2. Su desde que apareció se vio que se comía al principe con los ojos, aparte que parte de compromiso no entienden, este wey ya está apartado, guardese para otro!!!!

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