La Tierra está en línea – Capítulo 137: Mosaico: ¡Me lo suplicaste!

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


El aviso de la Torre Negra se desvaneció y,  en el espacioso patio, una luz empezó a parpadear.

El resplandor creció, volviéndose más vivo y cegador, hasta formar veinte capas de luz azul… vacías.

Cuando Tang Mo volvió a abrir los ojos, vio que las cuadrículas ahora contenían veinte objetos flotando: piedras de colores aparentemente inútiles, un martillo, clavos largos, otros manchados de sangre… y un pequeño vestido rojo.

Entonces la voz infantil y mecánica de la Torre Negra resonó:

¡Ding, dong! En la primera ronda, los jugadores pueden avanzar siete casillas.

Tang Mo escudriñó el conjunto y su mirada se detuvo en la segunda fila.

¡Son dos libros!

El tablero era de 5×5. Tang Mo y el hombre joven estaban de pie en la fila del extremo derecho, y desde su posición podían ver las cinco filas y cinco columnas. Los dos libros se encontraban en la segunda fila, uno en la tercera columna y otro en la quinta, cerca del equipo de Bai Ruoyao.

Como ocurría con la luz de Mosaico, las capas de luz azul se encendían o apagaban a medida que aparecían los artículos. Había veinte en total.

Un breve grito ahogado hizo que Tang Mo se girara: su compañero parecía sorprendido por los dos libros, pero enseguida recuperó la calma. Lo observó, descubrió que Tang Mo lo miraba fijamente, y su expresión cambió; sus ojos alternaron, desconfiados, entre Bai Ruoyao y él.

Los cuatro jugadores se fijaron en los libros y en Mosaico, sentada con aire abatido en el centro del tablero. Nadie se movió primero, y ella, impaciente, exclamó::

—Nunca he visto humanos tan aburridos. ¡Aburridos, aburridos, demasiado aburridos! Acaben de una vez con esta instancia. Quiero prender fuego a las cosas, ¡quiero jugar!

Nadie le prestó atención.

Todos estudiaban con atención los objetos y el patrón intermitente de las luces.

Pasados tres minutos, Tang Mo seguía calculando mentalmente los siete pasos. Los libros estaban evidentemente más cerca de Bai Ruoyao; para alcanzarlos, ellos perderían al menos tres movimientos.

De repente, se escuchó un ruido sordo. Tang Mo agarró con fuerza la pequeña sombrilla, pero lo único que vio fue una capa de luz azul descendiendo lentamente frente a él y su compañero. Otra, idéntica, aislaba al equipo de Bai Ruoyao.

—Esta es la novena regla del juego… ¿Los compañeros de equipo pueden discutir las contramedidas en privado? —preguntó el joven, aún desconcertado por lo rudimentario del método.

Tang Mo ya había visto algo parecido en el honesto juego de cartas de Pinocho.

—Ahora nuestras palabras son inaudibles para ellos. Y, del mismo modo, no podemos oír lo que digan —explicó.

Se colocaron en esquinas opuestas de su zona, con tres casillas de distancia.

Cinco minutos para hablar. El joven dudó un momento antes de ir directo al punto:

—Me llamo Liu Wansheng. Seguro lo escuchaste al entrar. Solo quiero confirmar algo… —señaló a Bai Ruoyao, al otro extremo del tablero—. ¿Eres compañero de equipo de esa persona?

—No.

Liu Wansheng frunció el ceño.

—Entraron juntos, y por cómo hablan parecen conocerse.

En esta instancia solo podían participar quienes hubieran superado al menos el primer piso de la Torre Negra. Frente a un juego desconocido, la primera prioridad del hombre joven no era mover piezas a ciegas, sino identificar a su aliado real.

Tang Mo contraatacó:

—Entonces, ¿tú eres compañero de esa mujer?

—Por supuesto que no —replicó de inmediato—. Entré por accidente la semana pasada. Al día siguiente, ella y su equipo llegaron: cuatro en total. Agarraron el fósforo de la niña apenas entrar, y la mujer lobo y la niña mataron a tres. No la conozco; solo hemos estado atrapados aquí varios días.

Tang Mo le creyó; el tono y la expresión del otro le decían que no le mentía. Entonces dirigió su mirada hacia la mujer del otro lado. Se le veía pálida, hablando sin parar con expresión ansiosa. Liu Wansheng hizo lo mismo… y se quedó helado al reparar en Bai Ruoyao.

El joven de rostro aniñado y chaqueta blanca estaba en su casilla, sonriendo a Tang Mo. Su compañera le hablaba, pero él no respondía. En cambio, al notar que Tang Mo y Liu Wansheng lo observaban, parpadeó y movió los labios.

A Liu Wansheng se le erizó el cuero cabelludo.

—¡Dijo que tú y él son compañeros de equipo!

Tang Mo se quedó sin palabras.

Por supuesto: Bai Ruoyao no había escuchado la conversación, pero soltó esa frase para sembrar desconfianza.

Liu Wansheng, sin embargo, recobró la calma. Si fueran realmente compañeros, Bai Ruoyao habría elegido a Tang Mo como aliado… salvo que pretendiera ponerlo con un enemigo. De cualquier modo, se inclinaba a pensar que no eran un equipo, sino que compartían alguna relación extraña.

—Bueno, creo que no eres su compañero. Ahora los dos somos equipo —dijo—. Este juego se parece un poco al ajedrez, pero es distinto. He jugado antes y, en este caso, el medio no importa; lo crucial es el final. Las reglas dicen que debemos entregar a Mosaico el objeto cuya capa de luz esté encendida.

El hombre, con un tono razonable pese al sudor que le perlaba la frente, articulaba exactamente lo que Tang Mo ya había pensado.

—Al final de la ronda, si la casilla donde estamos tiene la luz encendida y coincide con la de Mosaico, el objeto se le entrega.  Ahora mismo, solo hay dos libros —añadió el exbibliotecario.

Liu Wansheng asintió.

—Me tomará cinco pasos llegar al libro más cercano. Tu posición es mejor: con solo tres pasos puedes alcanzar una casilla con un libro. En esta ronda, cada uno tiene derecho a siete pasos. Creo que lo mejor es que tú vayas por él. En cuanto al problema de que las luces… yo me encargaré.

»Observaré la situación y procuraré que la luz de tu casilla y la de Mosaico permanezcan encendidas. Por supuesto, no puedo garantizarlo del todo en esta primera ronda.

Tang Mo arqueó una ceja y no objetó.

Este Liu Wansheng se encontraba en la media de fuerza entre los jugadores que Tang Mo había visto; y, en efecto, él estaba más cerca del libro. La estrategia era lógica. Sin embargo, mantener las luces encendidas no era tarea sencilla.

Liu Wansheng se acarició la barbilla mientras repasaba con la vista todo el tablero, memorizando el estado actual de cada casilla: brillante u oscura. Tang Mo no alcanzaba a oír sus palabras, pero por su expresión dedujo que intentaba prever los movimientos del equipo contrario, cómo variarían las luces y qué cambios provocaría cada paso. Su objetivo era claro: que Tang Mo pisara una casilla iluminada con un libro y que la de Mosaico también estuviera encendida.

El mecanismo del juego era, en apariencia, sencillo: al avanzar o retroceder, las casillas en la misma fila y columna cambiaban de color; las iluminadas se apagaban y las oscuras se encendían. Pero la simplicidad era engañosa: cuanto más simple el juego, más difícil resultaba ganar.

Con un solo jugador, la estrategia era controlable. Pero al intervenir varios, las combinaciones posibles de cambios aumentarían exponencialmente. Tang Mo observó a Liu Wansheng sudando en sus cálculos y no interrumpió.

Siempre que Bai Ruoyao no actuara impulsivamente, ambos equipos podrían cooperar y hacerle llegar el libro a Mosaico. Pero tanto Tang Mo como Bai Ruoyao sabían que aquello era una ilusión. Sila cooperación bastara para resolver la prueba, no habría muerto tanta gente antes. Y la existencia de dos equipos no podía ser casualidad.

Se agotaron los cinco minutos de deliberación y la capa azul se disipó gradualmente.

En un extremo del tablero, Bai Ruoyao susurraba algo a la mujer, que cerró la boca de inmediato; sus ojos, rojos de furia, chispeaban. En el otro, Liu Wansheng se preparaba, consciente de que la primera ronda solo serviría para tantear. No habría castigo inmediato.

La Torre Negra dio la señal:

La primera ronda ha comenzado oficialmente. Se pide a los jugadores que se muevan el número dado de casillas en orden de prioridad.

Números azules aparecieron sobre sus cabezas: Bai Ruoyao tenía el 1, Liu Wansheng el 2, Lin Qianxi el 3 y Tang Mo el 4.

Jugador 1, elija, por favor, su camino.

Bai Ruoyao avanzó con paso despreocupado y se plantó en una casilla con un libro. Al pisarla, esta se apagó y las casillas de su fila y columna cambiaron de color. Tang Mo y Liu Wansheng no se inmutaron; era el inicio.

Luego, Liu Wansheng avanzó una casilla y volvió a alterar la luz del tablero. La mujer mordió sus labios y se movió en silencio.

El turno de Tang Mo llegó. Los tres jugadores lo miraban, bien posicionados. Él, con una pequeña sombrilla colgando de la cintura, escudriñó el frente y su izquierda; sus única dos opciones iniciales. Cualquiera era segura, por ahora.

La mirada de Tang Mo recorrió a los tres jugadores y luego los dos libros. Finalmente, sus ojos se fijaron en la niña sentada en el centro del tablero.

Entonces preguntó con calma:

—Para mi último paso, si termino en la misma casilla que él, ¿cuenta como mía o suya? —Miró a Bai Ruoyao.

El de rostro aniñado parpadeó sorprendido y luego sonrió.

Mosaico, complacida de que le dirigieran la palabra, contestó:

—Por supuesto que suya. Él llegó primero. Tú, humano malo, ni siquiera entiendes esto. Te desprecio.

El desdén de Mosaico fue un enigma para los demás, pero Tang Mo lo comprendió y la ignoró. No obstante, sin moverse, formuló una segunda pregunta:

—Si te doy el libro, ¿pasaré esta instancia?

La expresión de Mosaico se ensombreció.

—¡No quiero leer! ¡No quiero! ¡Quiero jugar!

—Supongamos que pasa —prosiguió Tang Mo—. Si en esta ronda hay dos libros y ambos equipos logran entregarlos, ¿quién gana? ¿Qué recompensa recibe el ganador? ¿Y qué castigo el perdedor?

—¿Se pueden hacer esas preguntas? —preguntó la mujer, incrédula.

Incluso Liu Wansheng parecía sorprendido por la franqueza.

Tang Mo esperó en silencio la respuesta. Sin embargo, la niña se limitó a mirarlo con extrañeza. Tras un momento, se puso las manos en la cintura y echó a reír.

—Sí, pueden preguntar, pueden preguntar. Pero… ¿por qué habría de responder? Eres malo, antes no querías jugar conmigo, no me dejaste hablar y me obligaste a que diera inicio al juego. ¿Ahora quieres saber cómo ganar? Quizás si me lo suplicas…

—Entonces te lo suplico.

Mosaico se quedó sin palabras. Al igual que Liu Wansheng y Lin Qianxi.

Incluso Bai Ruoyao lo miró con asombro antes de reír.

—Tang Tang, yo te pedí que me rogaras y no lo hiciste. También me golpeaste. Este es un trato completamente diferente.

Tang Mo lo ignoró y sostuvo la mirada de la niña.

—Te lo suplico. Dime cómo pasar la instancia. Si ambos equipos te entregan el libro, ¿quién gana? ¿Qué recompensa recibe el ganador y qué castigo el perdedor? Además… —Tang Mo la miraba con firmeza—, ¿este juego prohíbe la violencia?

♦ ♦ ♦

La autora tiene algo que decir:

Mosaico: QAQ Él… ¡no sigue el guión!

Gran Pavo & Tío Topo & Pinocho & Señor Conejo: ¡¡¡Secundado!!! QAQ

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