Prometida peligrosa – Capítulo 177

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


—Claro que lo sé —respondió Eckart, atrayéndola un poco más hacia él justo después—. Pero me dijiste que, aunque sabías lo estúpido que era, no podías evitar ponerte celosa.

Ella contuvo la respiración inconscientemente. Sintió la dura férula y la calidez de su brazo en su espalda.

—Ostaschu dijo que no debías sobreesforzarte.

Como culpándola por quejarse en ese momento, le acaricio la mejilla con la otra mano.

Ella lo miró directamente, de modo que sus claras pupilas no pudieran evitarla:

—Entonces, deberías estar dispuesto a soportarlo.

Su voz grave y su expresión apasionada hicieron que sus emociones contenidas volvieran a intensificarse.

—De hecho, yo también soy una persona muy egoísta.

Se besaron de nuevo. Abrazándolo con fuerza mientras él se inclinaba sobre ella, ella cerró lentamente los ojos.

Curiosamente, pensó que estaría bien si la lluvia durara un poco más.

♦♦♦

A la mañana siguiente, el fuerte aguacero que había estado cayendo como si se hubiera abierto el cielo, amainó un poco.

Se despertó ya entrada la mañana. Estaba sola en la espaciosa cama. Evidentemente, se había acostado tras confirmar que él dormía la noche anterior, pero al despertar, no había nadie. La mesa que había estado desordenada estaba impecable y apartada a un lado.

Me pregunto si fingió dormir y luego se escabulló de la habitación al amanecer. Me sabe muy mal si fue así. Con lo espaciosa que es la cama, podría haberse quedado a descansar aquí…

Sintiéndose vacía, acarició varias veces la parte de la cama a su lado y se levantó lentamente.

Se sentía descansada gracias a haber dormido bien. Se echó hacia atrás el cabello revuelto y tiró del cordón de la cama. Mientras se ponía las zapatillas y un chal, oyó que llamaban a la puerta.

—¡Señora, buenos días! Oh, no, ya es de tarde. ¿Dormiste bien anoche?

Era Cordelli quien entró.

—Sí. ¿Tú también…? —Se detuvo a media pregunta.

Cordelli la miraba muy emocionada. Su rostro regordete estaba sonrojado como el de un niño sentado junto al fuego, y sus grandes ojos brillaban de emoción, como si esperara algo. Era como si llevara escrito en la cara todo lo que quería decir.

—Cordelli. Deja que te aclare una cosa. Solo dormí aquí, nada más.

—¡Cielos! ¡De verdad dormiste aquí! ¡Qué feliz me hace oír eso!

—¡Sí, solo dormí! ¡Eso es todo!

—¡No pasa nada! ¿Qué tiene de malo si ya están comprometidos? No tienes porqué avergonzarte. Yo te serviré incluso después de que te cases con el emperador. Si te avergüenzas por estas cosas, te va a costar mucho el día a día.

Cordelli agitó las manos, haciendo un escándalo.

Marianne suspiró, anonadada, y dijo:

—No me haces ningún caso.

—No hace falta que llame al médico, ¿verdad? Cómo puedes caminar con normalidad, no necesitas ver al médico. Mi madre solía decir que lo mejor para relajar los músculos era un baño de hierbas. Ya lo he preparado todo en el baño de al lado, así que solo tienes que entrar.

Visiblemente emocionada, Cordelli tiró de su brazo mientras parloteaba. Marianne suspiró más de diez veces mientras se dejaba llevar por ella.

—Siento aguarte la fiesta, pero no pasó nada anoche. En cuanto al baño de hierbas, ya me he dado demasiados desde el accidente de Roshan. Creo que es mejor ponerme un poco de perfume…

La puerta del baño estaba cerrada. Cordelli dijo, mientras le quitaba a Marianne el chal y el suave camisón:

—Señora, a mí no me puedes engañar aunque engañes al mundo entero. Pon la mano en el corazón y responde.

Levantó la mano de Marianne e hizo ademán de ponérsela en el pecho.

—¿De verdad no hiciste nada? ¿Ni siquiera lo tocaste anoche?

Marianne repasó mentalmente la noche anterior mientras la interrogaban como a una rea. Aunque no había hecho nada de lo que Cordelli imaginaba, era cierto que lo había tocado y besado. Por primera vez, lo había besado de verdad, exceptuando el breve beso que intercambiaron como parte de la ceremonia de compromiso en Roshan.

Marianne se tocó la punta de los labios inconscientemente. Su simple gesto desató todos los recuerdos de la noche anterior.

Sus ojos azules, llenos de un extraño ardor; su voz, grave y extasiada como nacida de las profundidades del mar; sus dedos, temblando ligeramente mientras acariciaban sus mejillas; y su cuerpo, que la había calentado. Todo esto hacía que su corazón se acelerara al recordarlo.

Sí, obviamente pasó algo entre nosotros.

¿Pero no era demasiado insignificante como para que se malinterpretara?

—No fue para tanto…

—Vamos. Puedes ser sincera conmigo. Ahora, métete en el baño. Te relajaré esos músculos tensos. He preparado tres tipos de aceite diferentes; se los pedí a Kloud.

Cambiando de tema, Cordelli la empujó suavemente hacia la bañera. No parecía querer escuchar más excusas de Marianne.

Al final, Marianne entró en la bañera con un profundo suspiro.

El aroma familiar de las hierbas le hizo cosquillas en la nariz. Recordó el olor de la crema a base de plantas que percibió al abrazar el cuerpo de él, tan frío como el hielo, en Roshan.

Pensaba en Eckart incluso al recordar aquel aroma familiar. Obviamente, estaba profundamente enamorada de él. Era un malestar incurable que ni el médico principal del emperador, Ostaschu, ni el doctor Raenek, el médico de la familia de la mansión Lenox, podían tratar.

—¡Oh, señora! ¡Prometió no volver a jugar a ese horrible juego de fantasmas! —dijo Cordelli.

Mientras escuchaba las quejas de Cordelli, Marianne sumergió la cabeza en el agua. El agua tibia ocultó el rubor de sus mejillas.

♦♦♦

Eckart estaba ocupado escribiendo en un papel. Estaba redactando una orden imperial en su estudio, con la lámpara encendida en lugar de depender de la luz del sol. Firmó al final de un nuevo decreto que se enviaría al duque Kling y dejó la pluma por un momento. Luego, sacó una fina hoja de papel del cajón.

La mitad izquierda del papel estaba rasgada. En cambio, densos patrones estaban dibujados en fila en la esquina inferior derecha. Un trozo de papel con motivos florales sobre un patrón serpenteante. Era el mismo papel en el que Marianne había garabateado la noche anterior.

Palpó el papel con delicadeza y detenimiento, como un ciego leyendo Braille.

Aunque había arrancado y quemado la lista de espías, que sí merecía la pena leer, volvió a palpar una y otra vez como si interpretara aquel patrón indefinido. Cuando las yemas de sus dedos tocaron los rastros de tinta sin calor ni vida, generaron un calor más intenso que la llama de la lámpara.

Ahora parecía sentir hasta cosas vanas. Se reclinó en la silla, burlándose de sí mismo.

El único ruido en su silencioso estudio era el sonido de la lluvia tras la ventana. Mientras escuchaba la rugiente tormenta, cerró y abrió su mano entumecida. Sus acciones insignificantes le hicieron recordar el rostro de Marianne. Su mirada se dirigió naturalmente hacia los recuerdos: el cosquilleo de sus dedos arañando la palma de su mano, la calidez de su sangre vibrante, sus ojos esmeralda que lo enloquecían con solo mirarlo, sus brazos rodeando audazmente su cuello y sus labios dulces y suaves como pulpa de fruta madura.

—Su Majestad, esto es un ataque de celos completamente innecesario. Lo sabes, ¿verdad?

Se quedó sin palabras cuando ella preguntó con una mirada penetrante.

Al pensar en lo avergonzado que se sintió entonces, se sonrojó tardíamente.

Creo que hago locuras todos los días. Siempre me haces….

Eckart se tocó los labios con un suspiro. Aunque ya había pasado el mediodía, sentía como si la pasión de la noche anterior todavía ardiera.

Siempre había sido cauteloso con sus sentimientos y deseos. Se había mentalizado para no excederse en nada y llevó una vida moderada hasta que conoció a Marianne. Pero cuando estaba cerca de ella, no podía ocultar nada. Como una persona caminando por un campo de espinas, se sentía nervioso y desesperado. Mantuvo la calma incluso en presencia de la señora Chester después de que ella pusiera en secreto veneno en su dormitorio, pero se ponía nervioso al tocar suavemente el cuerpo de Marianne.

En ese momento, alguien llamó a la puerta y se identificó:

—Su Majestad, soy Kloud.

Eckart escondió rápidamente el papel rasgado en el cajón de su escritorio, como si lo hubieran atrapado robando algo.

Volvió a sentir dolor en su brazo rígido.

—La señorita Marianne acaba de regresar a la mansión —dijo Kloud.

Kloud colocó cortésmente el juego de té importado a un lado del escritorio.

—¿Comió algo? —preguntó Eckart.

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