Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
Dos años después, la Base de Suzhou se había transformado en una instalación considerable, comparable a la Base B. Con capacidad para albergar a más de cien mil personas, su reputación entre los supervivientes del país era la de un auténtico paraíso, gracias a su gestión impecable, condiciones de vida excepcionales y un enfoque equitativo hacia todos los habitantes.
Cada vez más personas estaban dispuestas a arriesgar sus vidas para viajar al sur y establecerse allí. Las bases del norte, por su parte, habían extendido una rama de olivo para fomentar una cooperación amistosa que beneficiara a ambas partes. Así, un orden social que había estado al borde del colapso comenzó a restablecerse.
Esa mañana, Lei Chuan despertó de un sueño mientras abrazaba al doctor. Con cuidado, se distanció del otro, consciente de la intimidad de la posición en la que se encontraban. Había pasado medio año encontrándose en la misma situación cada vez que despertaba, y en ocasiones, cuando sus sueños estaban invadidos por la imagen de los ojos enrojecidos del doctor, descubría que su entrepierna estaba húmeda. Esos momentos siempre le dejaban una sensación de vergüenza profunda.
Mientras el doctor aún dormía, Lei Chuan se dirigió al baño para resolver su problema. Luego, desayunó en la cafetería antes de salir, como era habitual, a eliminar zombis. Con la expansión de los asentamientos humanos, era necesario reducir el rango de actividad de estas criaturas. Actualmente, varios cientos de kilómetros alrededor de la Base de Suzhou ya eran consideradas zona segura, y las demás bases del sur estaban despejando sus respectivas áreas, formando así una red de seguridad.
Los ciudadanos podían vivir libremente dentro de esta red, pero los zombis que quedaban fuera no podían ser ignorados; su erradicación debía ser un proceso gradual. En el mundo había miles de millones de zombis, y nadie podía prever cuándo se completaría esta limpieza, pero la esperanza se aferraba a ellos con fuerza. Además, con los problemas de agua, hambre y seguridad resueltos, la humanidad había sentado las bases para su supervivencia, permitiéndose enfocar todos sus esfuerzos en la lucha contra la infestación.
La caravana avanzaba lentamente hacia la zona donde los zombis se agrupaban.
El usuario con habilidades sentado junto a Lei Chuan tenía las mejillas encendidas. De vez en cuando abría la boca para hablar, pero no lograba expresarse, luciendo tímido, como una pequeña nuera.
—Me has mirado avergonzado toda la mañana. ¿Qué quieres decirme? —preguntó Lei Chuan, que había estado lidiando con sueños que lo dejaban frustrado y de mal humor.
—Jefe, yo… tengo algo que decirle —balbuceó el usuario con habilidades.
No pudiendo soportar más su timidez, su compañero lo atrajo hacia su pecho y le dio un mordisco juguetón. Tras lo que, con determinación, dijo:
—Jefe, queremos casarnos. ¿Podría darnos unos días de licencia por matrimonio, por favor?
—¿Qué dijiste? —Lei Chuan se llevó un dedo a la oreja, convencido de que estaba teniendo alucinaciones auditivas.
No se le podía culpar por su sorpresa. La familia Lei era una dinastía militar y política. Perdió a sus padres a los siete años, y su abuelo, sin interés alguno por cuidar de un niño, lo envió a vivir a los cuarteles. Allí, creció rodeado de rudos y veteranos soldados, aprendiendo a entrenar, cumplir misiones y seguir entrenando. Su inteligencia emocional era, en el mejor de los casos, mediocre. Sabía que los hombres debían casarse y tener hijos cuando llegaban a cierta edad, pero era completamente ajeno a los sentimientos entre personas del mismo sexo.
—Dijeron que quieren casarse y que piden unos días de permiso. ¿Estás sordo? —Guo Zerui soltó una risa contagiosa—. ¿Te asustaste? ¿No sabías que los hombres pueden enamorarse de otros hombres? ¿Qué tiene de extraño? ¡Estamos en el apocalipsis! ¿A quién le importa a quién amas? ¡Felicidades, amigos! —se inclinó hacia la joven pareja y les dio unas enérgicas palmadas en los hombros.
Todos lo sospechaban desde hacía tiempo; algunos incluso los habían visto escabulléndose juntos. Naturalmente, no estaban sorprendidos y les ofrecieron sus más sinceras felicitaciones. El vehículo se llenó de risas y buen humor por un rato.
—Mira lo feliz que está todo el mundo. ¿No deberías tú también encontrar a alguien? —preguntó Guo Zerui, dándole una palmada en el hombro a su jefe—. ¿No sientes ese deseo de compartir tu vida con alguien? Piensa en alguien que, al verlo, te haga sentir ligero, que te levante el ánimo incluso en los peores momentos. Alguien a quien desearías abrazar, besar… ¿Has conocido a alguien así, jefe?
Llevaban dos años en esta danza de titubeos, y su jefe aún no parecía haberlo comprendido. Cada vez que miraba al Dr. Bai, sus ojos ardían con una intensidad que podría quemar a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino, pero no se atrevía a dar el paso decisivo, lo que estaba empezando a poner a prueba la paciencia de Guo Zerui.
Lei Chuan se quedó paralizado, como si un rayo lo hubiera atravesado. Reflexionó por un momento y, con voz ronca, finalmente dijo:
—Sí, hay alguien… él… también es un hombre.
—¿Y qué hay de malo en eso? A mí también me gustan los hombres. En este mundo, hay que vivir el presente, porque el mañana no está garantizado. Si encuentras algo que te haga feliz, debes disfrutarlo sin dudarlo. No te reprimas y pierdas la oportunidad, porque eso solo te dejará una vida llena de arrepentimientos —suspiró Guo Zerui, mirando al techo del vehículo.
Lei Chuan guardó silencio, pero sus ojos brillaban como si un rayo los iluminara. De repente, todo cobró sentido. Así que era eso: en su vida pasada y también en esta, había estado enamorado del doctor.
Al llegar a su destino, todos notaron que el jefe estaba especialmente animado. Apenas se tomaba un respiro. Mientras consumía las elíxires para restaurar su energía y habilidades, utilizaba su poder para acabar con la mitad de los zombis que se interponían en su camino. En cuestión de minutos, había acumulado una montaña de núcleos de cristales que dejó a todos atónitos.
Todos sabían que el jefe ocultaba su verdadero poder.
¿Acaso alcanzó ya el nivel once o doce?
El apodado «Emperador de China» que residía en la Base B era de nivel diez, pero ahora entendían que ese hombre no sería rival para su jefe.
¡La próxima vez que ese hombre entre presuntuosamente en la Base de Suzhou, caminará hacia su propia perdición!
Guo Zerui solo sabía que su jefe había alcanzado el nivel Emperador. Gracias a su renacimiento, él y Zhao Lingfeng habían avanzado en niveles de manera más rápida que otros, aunque sin exageraciones. Sin embargo, la fuerza de su jefe parecía aumentar a un ritmo vertiginoso. Mientras un día se le veía en el nivel ocho, al día siguiente podía estar ya en el nivel nueve, dejando a todos preguntándose cómo lo lograba.
Guo Zerui suspiró por un momento y luego se inclinó para recoger los núcleos de cristal que había obtenido de sus propias bajas.
Dos horas más tarde, Lei Chuan, tras beber una botella de un elixir para recuperar energía, ordenó con entusiasmo:
—Regresemos a casa.
—¿No vamos a pasear por la ciudad y a buscar algo especial para el doctor? —preguntó un soldado, confundido.
En el pasado, después de cada misión, el jefe siempre se tomaba su tiempo para explorar el área en busca de nuevos «juguetes» para el doctor.
¿Por qué está tan ansioso por regresar hoy?, se preguntó el soldado en su interior.
—Regresemos, tengo algo que atender —respondió Lei Chuan enérgicamente.
Guo Zerui lo miró y sonrió antes de subir al camión.
Mientras la caravana avanzaba hacia la base, un acontecimiento trascendental tuvo lugar: se había desarrollado con éxito la vacuna contra el virus zombi. La séptima persona que había llegado al instituto infectada se encontraba recuperada por completo.
—¿Te pica la garganta? ¿Tienes dolor de cabeza? ¿Sed? ¿Cuántos dedos estoy levantando? —un investigador repetía estas preguntas por milésima primera vez.
El paciente respondió con una paciencia infinita. De hecho, aunque continuaran interrogándolo durante tres años, no le molestaría en absoluto. El día anterior había temido convertirse en un zombi y, con la expectativa de morir, se había ofrecido como sujeto experimental en el laboratorio del doctor. Pero en ese momento, milagrosamente, se encontraba bien. Era cristiano, creía en Dios y le tenía respeto, pero ahora sentía un impulso inquebrantable de creer en el doctor y servirle con devoción por el resto de su vida.
Dios había abandonado a la humanidad hacía mucho tiempo, pero el doctor les había devuelto la esperanza de vivir. Se congratuló a sí mismo por haber tenido el valor de aceptar ser el sujeto de prueba del doctor.
—No me pica la garganta, no tengo dolor de cabeza ni sed, y estás levantando tres dedos. Doctor, ¿puedo tomar su mano? —preguntó el paciente con lágrimas en los ojos mientras miraba al Dr. Bai a su lado.
Zhou Yunsheng tomó su mano y respondió con firmeza:
—No vas a mutar en el futuro, y tus células ahora devorarán el virus zombi. Estás bien protegido.
—¡No, el que me protege es usted, doctor, no mis células! —El paciente apretó con fuerza la mano del doctor y rompió en llanto; necesitaba liberar toda la desesperación y el miedo acumulados durante años.
Los investigadores, llenos de euforia, se tranquilizaron poco a poco y comenzaron a sollozar juntos. Habían esperado este día durante tanto tiempo, lo habían anhelado con fervor y temían que todo lo que veían fuera solo un sueño del que despertarían sin nada.
—¡¿Por qué están llorando?! ¡Hoy es un día de alegría, deberían reír! ¡Límpiense las lágrimas! ¡Esta noche celebraremos con un banquete! —exclamó Jiang Yuanshan, irrumpiendo en la sala con una sonrisa tan amplia que sus ojos parecían cerrarse—. ¿Ese es el infectado? Déjenme verlo —dijo, levantando la barbilla del paciente y examinándolo detenidamente, su asombro evidente—. ¡Su rostro ha vuelto a la normalidad! ¡Chico, no tienes idea de lo mal que estabas! ¡Ayer tu boca estaba llena de colmillos y goteabas saliva espesa, amarilla y podrida! ¡Todos pensábamos que no tenías esperanza!
El infectado se rio.
—No sé cómo agradecerle al doctor. Pensé que estaba muerto. La muerte, en realidad, no es tan terrible; convertirse en un monstruo es un destino mucho peor. Pero ahora, una vez todos sean vacunados, nadie tendrá que transformarse en un ser aberrante. A medida que aumentemos nuestro poder, llegará el día en que podremos erradicar a todos los zombis.
Jiang Yuanshan se rio, girándose para rendir homenaje al mayor héroe, pero se dio cuenta de que el Dr. Bai había desaparecido.
Zhou Yunsheng permitió que todos celebraran mientras él se retiraba en silencio. Luego hizo un gesto para que Zhao Lingfeng, emocionado y lloroso, lo acompañara.
Subieron en silencio al techo del laboratorio, eligiendo un rincón fresco donde sentarse.
—¿Por qué lloras otra vez? —preguntó Zhou YunSheng, sacando un pañuelo para ayudar a su fiel compañero a secarse las lágrimas. Luego le acarició el cabello corto y áspero—. Nunca fuiste de los que se desahogan así.
Zhao LingFeng inclinó la cabeza para que el doctor pudiera acariciarlo con mayor facilidad y, entre sollozos, confesó:
—Estoy tan feliz. Doctor, sabía que salvaría al mundo.
Y lo has hecho dos veces. ¡No hay nadie en el mundo más grandioso que tú!
Zhou Yunsheng sonrió y deslizó su mano desde la cabeza de Zhao Lingfeng hasta su rostro, acariciándolo un momento. Luego, de repente, se inclinó hacia adelante y tocó sus labios.
El sabor era amargo y salado, una mezcla de tristeza y alegría: las lágrimas derramadas. Zhou Yunsheng lo saboreó con atención antes de separarse, sonriendo con ironía.
Zhao Lingfeng quedó aturdido por un instante, luego cubrió sus mejillas sonrojadas y corrió escaleras abajo. Para él, el doctor era como la luna en el cielo, la nieve en la cima de la montaña, la perla oculta en el fondo del mar; representaba la existencia más pura, hermosa y noble. Lo adoraba y admiraba, así que nunca había concebido algo tan impío.
Pero ahora, el doctor había tomado la iniciativa de besarlo, y su mente se volvió un torbellino; solo quería encontrar un lugar donde esconderse y reflexionar.
Justo cuando salió por la puerta de emergencia, una mano poderosa lo agarró y un puño cargado de energía eléctrica lo golpeó. Aunque se envolvió en metal de manera instintiva al percibir el flujo eléctrico, Zhao Lingfeng aún escupió sangre y cayó al suelo, incapaz de levantarse.
—¿Qué le hiciste al doctor? —preguntó Lei Chuan, con ojos carmesíes y expresión torva.
—Y-Yo no hice nada —tartamudeó Zhao Lingfeng, mientras más sangre brotaba de su boca.
—¡Te atreviste a tocar al doctor con tu asquerosa boca, miserable! —gritó Lei Chuan, levantando la mano, a la que iba envolviendo una fuerza helada.
Capas de coerción se apilaban en el aire, casi aplastando los huesos de Zhao Lingfeng.
—Si me matas, el doctor se pondrá triste —respondió franco Zhao Lingfeng.
Lei Chuan se detuvo en seco y, después de un momento de reflexión, reprimió su coerción y electricidad. Se enderezó y advirtió:
—Mantente alejado del doctor en el futuro. Si te veo cerca, ¡te haré pedazos!
—¿Por qué? ¡El doctor no es tu posesión! —murmuró Zhao Lingfeng entre dientes.
—A partir de este momento, el doctor será mío —respondió Lei Chuan con determinación, lanzando estas palabras como si fueran una sentencia, antes de dirigirse hacia el último piso.
