Matrimonio depredador – Capítulo 36: La reina audaz

Traducido por Yonile

Editado por Meli


Leah decidió quedarse con el vestido y no devolverlo. Ordenó que se mantuviera a salvo hasta que pudiera decidir cuándo podría usarse adecuadamente. Las doncellas pudieron ver y disfrutar de primera mano la seda púrpura de los Kurkanos.

Ishakan sabía cuál era su debilidad, por lo que no tuvo más remedio que soportar que hiciera lo que quisiera. Pero a pesar de que tenía una disposición tortuosa, no pudo evitar sentir una extraña emoción que no podía empezar a describir y que tampoco tenía intención de averiguar.

Aunque todos sabían que estaba descansando, su apretada agenda todavía la hacía hundirse de vez en cuando.

Finalmente fue el día del almuerzo. Todos estuvieron ocupados desde las primeras luces del día y ella tuvo que hacerse cargo de todo el trabajo que se había pospuesto desde su accidente. Además, más tarde esa noche, concertaría una reunión con el ministro de Finanzas, Laurent, y el conde Valtein.

Como comerían en el jardín, su cabello fue peinado con flores frescas y adornado con joyas. El vestido, sugerencia de la baronesa Cinael, era de color suave bordado con un hilo del mismo tono. El diseño era simple, pero elegante. Leah se puso el toque final, sus guantes de cordones blancos

—Si el conde Valtein te ve hoy con tu atuendo, ¡seguramente se sorprenderá! —la elogió la condesa Melisa.

Al salir, no había ningún carruaje disponible frente al palacio de la princesa. Solo estaba el jinete nervioso esperando afuera.

—Ha pasado tiempo, princesa. —habló el hombre que pretendía ser cortés, pero estaba perpetuando un acto increíblemente grosero.

Las sirvientas jadearon en voz alta al verlo, antes de detenerse unos pasos detrás de Leah.

Él le sonrió, sus ojos dorados brillaban como si sus ojos fueran el mismo sol, ella se limitó a parpadear y observar a su alrededor. Parecía que venía solo, aunque no descartó la posibilidad de que alguien lo siguiera como la última vez.

—Su Alteza, ¿cómo llegó a este lugar? —Fingió curiosidad y luego señaló—: el lugar del almuerzo no está aquí.

—Escuché que hay una etiqueta en el continente de que los hombres deben acompañar a una mujer de prestigio.

Pensó que él desconocía que una escolta era irrelevante en un almuerzo donde solo se reunirán unas pocas personas, sin embargo, sabía que Ishakan era el tipo de persona haría lo que quisiera, sin importar si entendía o no las costumbres del lugar.

—Quería devolverte el vestido. —Cambió el tema.

—Pero no puedes. —Sonrió con suficiencia—. ¿Estás haciendo esto porque quieres disfrutar plenamente del almuerzo sin mí, princesa?

El corazón de Leah latió más rápido y sintió un poco de náuseas. Creyó que la razón era el té negro que tomó por la mañana. Hizo caso omiso de la conmovedora sensación que tenía.

—¿Estás tratando de apaciguarme como lo hiciste con el conde Valtein?

Las doncellas se quedaron quietas, alternando miradas entre lo dos. La baronesa Cinael se limitó a tantear con el pañuelo que tenía en la mano.

—Conquistar a la princesa con un simple vestido de seda… —Ishakan se echó a reír—. ¿No es demasiado barato? —Inclinó la cabeza para susurrarle al oído—: Solo le di eso para reemplazar el vestido destruido que tenías, Leah.

El calor subió a sus mejillas ante el recuerdo él arrancando su vestido sobre el lecho de tuberosas.

Se quedó mirando con diversión el cambio en la tonalidad de las mejillas de la princesa.

—¿Te lo pondrás? Elegí cuidadosamente ese vestido pensando que te quedará bien. —habló en un tono ronco.

—Sabes que no puedo hacer eso, ¿verdad? ¿Por qué me estás metiendo en problemas? —le siseó en voz baja.

—¿Es demasiado para un hombre que te sirvió con todo su cuerpo? —murmuró con el ceño fruncido muy cerca de ella, sin importarle los testigos. Ella giró la cabeza y la punta de su afilada nariz le rozó la mejilla—. Te ayudé mucho, ¿verdad? Casi muero.

Si no hubiera sido por Ishakan, Byun Gyongbaek la habría atrapado en el jardín esa noche. Ishakan rozó ligeramente su frente contra la de ella.

—Deberías devolverme un favor, princesa.

Leah dio un paso atrás, pero Ishakan se acercó a ella. Cuanto más huyera, más la provocaría. Ya no podía evitarlo, miró hacia arriba y se encontró con sus ojos que brillaban de satisfacción.

—Dime que quieres.

—Camina conmigo hacia el comedor.

Leah dio el primer paso para poner distancia. Sin embargo, pasó por alto la gran diferencia entre sus cuerpos, que era igual a la del cielo y la tierra. Él la alcanzó en solo un par de pasos.

—Caminas demasiado rápido. —bromeó, y ella se mordió el labio inferior con molestia.

—Vine por ti. Has estado encerrada en tu torre y ha sido difícil verte estos días. —Ishakan refunfuñó.

Leah lo miró discretamente. Su cabello castaño oscuro caía sobre su amplia frente. La línea clara en el puente de su nariz que continúa hasta las cejas le dio una mirada feroz, al contrario de cómo él le regalaba una mirada más suave.

Una sensación de picazón envolvió sus manos. Era como los cogollos que brotan en primavera. Apretó los puños bajo los guantes.

Ishakan igualó su paso con ella mientras caminaban en silencio en perfecto tándem. Con cada paso, pensaba en las personas que los verían, por lo que eligió el camino menos transitado. Las sirvientas los siguieron a una distancia donde no podían escuchar la conversación.

Hacía buen tiempo. Caminar bajo el cálido sol les brindó una sensación acogedora.

Había pasado mucho tiempo desde que salió a caminar. Y como un gato colgado de la ventana al mediodía, Leah disfrutó plenamente de la luz del sol con un estado de ánimo relajado. Dar un paseo al aire libre nunca se había sentido tan bien, posiblemente porque solo se había estado quedando dentro del palacio durante muchos días.

Un pensamiento repentinamente apareció en su mente.

Es posible que Ishakan supiera lo que le sucedió, por lo que deliberadamente le pidió que caminara con él afuera hoy. Pero ella no se molestó en pedirle confirmación y dejó que sus pensamientos se desvanecieran.

Cuando estaban a punto de llegar al jardín, Ishakan, que había permanecido en silencio en el camino, se abrió de repente por primera vez desde que comenzaron a caminar.

—Te ves encantadora hoy.

Su declaración la dejó sin aliento.

—¿Mencioné que el Príncipe Heredero también asistirá al almuerzo?

Frunció el ceño, parecía disgustado con la noticia pero no le preguntó qué pensaba porque estaban a punto de llegar al palacio de la reina.

Las doncellas del palacio real, los miraron con sorpresa antes de inclinarse ante ellos. Leah pasó, impasible como una muñeca, sin ninguna expresión en su rostro.

—Están esperando adentro. —les informó la doncella jefe, guiándolos por el camino.

Incluso a distancia, podían ver el mantel adornado con arena dorada. La mesa estaba decorada con atractivas flores, pequeñas frutas, encajes y pétalos esparcidos artísticamente por todas partes, mientras que se alineaban exquisitos cubiertos y cerámica, que eran demasiado elegantes para un almuerzo, pensó Leah.

Los nobles ya estaban sentados a la mesa. En la esquina superior de la mesa, estaban el rey y Cerdina, Blaine al lado izquierdo y el lugar de Leah era junto a él Ishakan se sentaría frente a ella.

Se detuvo frente a ellos y se puso de pie con firmeza, antes de darles una mirada en blanco.

Cerdina esbozó una sonrisa al ver a Leah. El vestido de la reina brillaba intensamente bajo la luz solar directa. La forma de vestido plano sin efecto globo, sin duda, no era de estilo de Estia. Su falda caía al suelo.

Los ojos de la princesa se abrieron un poco cuando se dio cuenta de lo que vestía la reina era el vestido de seda que Ishakan le regaló.

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