Traducido por Shisai
Editado por Herijo
—¿Por qué soy incapaz de hacer las cosas bien? —murmuré para mis adentros y, acto seguido, el silencio me envolvió.
¿Por dónde debería empezar? ¿Qué tendría que rectificar? ¿Qué palabras o acciones serían necesarias para reparar mi relación con ella? Por más vueltas que le daba, no lograba hallar una respuesta.
¿Y si no fue una sola decisión? ¿Y si cada paso que di, cada elección que tomé, fue errónea desde el principio? ¿Cuál de todos esos errores debería cambiar para encaminar mi vida hacia un destino mejor?
—No tiene sentido atormentarse con eso —Rubi, sentada frente a mí, negó suavemente con la cabeza y esbozó una leve sonrisa.
Habían pasado varios días desde aquel incidente. Deseaba desesperadamente hablar con Rubi, así que le pedí que me concediera un momento. Acordamos encontrarnos en la sala de música; como se requería un permiso especial de la academia para utilizarla, usé la práctica de piano como excusa. No le dije a nadie que me reuniría con ella allí. Elegí ese lugar precisamente porque estaba insonorizado. Sin embargo, aquello no sería una simple conversación.
—Aun así, creer que alguien que toca de forma tan magistral no sienta un aprecio especial por el piano.
Había accedido a su petición de interpretar nuevamente la pieza del recital. Era un precio pequeño por su compañía; si aquello le complacía, valía la pena. Al terminar, Rubi me dedicó encendidos elogios. Su incapacidad para ocultar la emoción y el leve rubor en sus mejillas eran entrañables, haciéndome sonreír.
Y, sin embargo, también me pareció una burla cruel. Me resultaba extraño que alabara una interpretación que distaba de ser perfecta. Al percibir mi creciente desaliento, mi amiga redobló sus elogios. Sus aplausos resonaron, evocando una escena de un tiempo lejano: una Ilya joven, insegura y aun así sonriente, sentada frente al piano.
¿Cuántos se dieron cuenta de que sus dedos temblaban…?
—Señorita Marianne, su encanto también reside en lo poco consciente que es de sus propias capacidades.
A pesar de los elogios, no podía aceptarlos sin más. En este mundo, eso era inevitable.
En la alta sociedad, era habitual prodigar alabanzas excesivas —casi serviles— mientras, en realidad, se escondían críticas. A eso se le llamaba ironía. Y no saber responder a la ironía con otra ironía se consideraba de mala educación. Incluso en esos intercambios velados, estaban prohibidos los comentarios que provocaran celos o resultaran ofensivos. Todo debía mantenerse dentro de ciertos límites, sostenido por un entendimiento común de las costumbres aristocráticas. Saber discernir las verdaderas intenciones del interlocutor era una habilidad fundamental.
—Rubi… me pregunto por qué piensas así de mí —murmuré.
Ella desvió la mirada por un instante, como si reflexionara. Luego, como si hubiera tomado una decisión, volvió a mirarme. Sus ojos se clavaron en mí, que continuaba sentada en el taburete con el piano a mi espalda.
—En realidad pensaba guardármelo. No creo que lo recuerde, pero… nos conocimos cuando éramos niñas.
—¿De verdad?
De inmediato escarbé en mi memoria, pero no encontré ningún recuerdo que encajara. Siempre me había enorgullecido de mi buena memoria, pero también era propensa a olvidar por completo aquello que no me interesaba. Era parte de mi naturaleza: decidir y no aferrarme al pasado.
Lo único que jamás olvido es todo lo relacionado con Ilya.
—No lo recuerda, ¿verdad? —dijo Rubi, llevándose un dedo a los labios, algo avergonzada. Cuando le pedí que continuara, bajó la mirada —. Fue hace muchísimo tiempo. En una gran fiesta de té organizada por una vizcondesa. Ambas fuimos llevadas por nuestras madres y fue allí donde nos conocimos por casualidad.
Resultaba extraño no recordar una reunión a la que había asistido con mi madre. Por más que lo intentaba, no lograba rescatar ni un fragmento de aquel día.
—Probablemente no fue nada especial para usted, señorita Marianne —continuó tras una pausa —. Después de todo, para su familia, era un evento organizado por alguien de rango considerablemente inferior. Había varios jóvenes presentes, pero todos pertenecían a familias de rango igual o inferior al mío, así que no percibía grandes diferencias. Por cierto, recuerdo que la señorita Ilya no estaba allí. Entonces aparecieron la señorita Marianne y su madre, de un estatus muy superior. Tanto adultos como niños… incluso los sirvientes, todos se alteraron. Estaban en guardia, temiendo que algo saliera mal. Yo, que solo había sido invitada, no fui la excepción —relató con la mirada perdida en el recuerdo —. En medio de todo aquello, una de las jóvenes me preguntó si el vestido era de segunda mano. Sus ojos eran tan claros, tan puros… me miraban directamente —añadió, frunciendo levemente el ceño.
Seguí su mirada hasta sus elegantes zapatos. Brillaban.
¿Había comprado otro par nuevo…?
—En ese momento… me sentí terriblemente avergonzada —prosiguió Rubi —. No sabía si aquella niña había tenido malas intenciones. Éramos muy pequeñas. No podía haber interpretado correctamente a alguien que acababa de conocer. Tal vez solo expresó una curiosidad inocente. Pero también sentí que insinuaba que estaba fuera de moda. Busqué a mi madre, sin saber cómo responder, pero ella estaba ocupada conversando con otras damas. No podía interrumpirla. Sabía que, dada su posición, no podía permitirme cometer un error. Al notar mi mirada, mi madre solo me devolvió una sonrisa incómoda desde la distancia. Y entonces, al observarla desde lejos… pensé… El vestido de mi madre también tenía ya dos años. No lo sabía con certeza, pero probablemente tampoco era especialmente refinado.
»Ahora que lo pienso, cuando llegamos a la mansión, el anfitrión y su esposa intercambiaron miradas y esbozaron sonrisas extrañas. Pero enseguida se recompusieron y nos saludaron con cortesía, así que pensé que había sido imaginación mía. No presté atención al rostro de mi madre porque estaba fascinada por el lugar. Era tan espléndido, tan cuidadosamente preparado, que me intimidaba. Sin embargo, el comentario de la anfitriona, “Qué vestido tan encantador”, quedó grabado en mi mente. Tal vez… fue una ironía. Y si lo fue, resultaba triste.
»El vestido que llamaron “de segunda mano” había sido preparado por mi madre exclusivamente para esa ocasión. Nuestra familia no podía permitirse encargar uno nuevo, así que no estaba hecho a medida. Aun así, de algún modo lo consiguió y me lo ofreció como regalo. Ahora entiendo por qué venía en una caja: seguramente lo habían reempaquetado con esmero para que pareciera nuevo. Si parecía usado, probablemente lo era. Aun así, la nodriza que dijo que me quedaba precioso sonreía con sinceridad. Incluso tenía los ojos humedecidos al decir lo mucho que había crecido. Las mismas manos que me habían peinado ajustaron los volantes de mi falda; sus manos envejecidas se tomaron su tiempo para dejarlo todo perfecto. Por eso yo estaba ilusionada. Incluso llegué a pensar, con cierta arrogancia, que me vería más hermosa que cualquiera. Pero no fue así.
»”A su lado… parecemos miserables”, murmuró alguien mientras me observaba, inmóvil. Y entonces, como una marea que se retira, todos a mi alrededor desaparecieron. Esto no debería estar pasando… Cuando bajé del carruaje, mi corazón estaba lleno de ilusión ante la posibilidad de hacer amigos. Cerré los ojos con fuerza mientras mi visión se nublaba. No debía llorar. ¿Qué dirían si me vieran? No podía causar una escena ni manchar la reputación de los anfitriones. Eso perjudicaría a mi madre. Y entonces…
—Qué flores tan bonitas.
—Una voz luminosa, como un rayo de luz atravesando la oscuridad, resonó. Levanté la mirada sin querer. Y allí estaba. Una niña tan hermosa que parecía irreal, envuelta en una especie de resplandor. Las lágrimas que había contenido rodaron por mis mejillas. Contuve la respiración. “Son preciosas”, dijo mirándome directamente. Mientras yo, confundida y fascinada por su presencia, permanecía en silencio, añadió: “Su adorno para el cabello es muy bonito”.
»Al observar mejor, comprendí que no era que ella emitiera luz. Era su cabello dorado, liso y perfectamente peinado, el que reflejaba la luz con intensidad. Un ser celestial había aparecido ante mí: era usted. Me quedé sin palabras, pero no pareció notarlo. “Son flores reales, ¿verdad?”, dijo asintiendo como si acabara de comprenderlo. Yo no había podido conseguir un adorno, así que simplemente recogí algunas flores del jardín y las coloqué en mi cabello. Por un instante, pensé que se estaba burlando de mí, pero entonces sonrió, radiante. Y comprendí que no había ni una pizca de ironía en sus palabras. Me sentía tan abrumada que apenas logré responder: “Sí, así es…” Ni siquiera recordé presentarme.
»Mi corazón latía con una fuerza que jamás había sentido. No era exactamente felicidad por el hecho de que hubiera notado mi adorno para el cabello. Ante mí se encontraba una belleza tan deslumbrante que incluso los artistas más célebres, con todo su talento, tendrían dificultades para plasmarla por completo. Su apariencia perfecta rozaba lo irreal, hasta el punto de resultar intimidante. Su madre transmitía la misma impresión; cuando caminaban juntas, todos quedaban cautivados, boquiabiertos. Recibir un elogio tan directo de alguien así me dejó completamente desconcertada. “Y ese vestido también…”, dijo. Por un instante, la tensión se apoderó de mí, pero enseguida profundizó su sonrisa y añadió: “El bordado es precioso”. Sentí cómo el calor me subía al rostro; había sido mi madre quien lo bordó para embellecerlo un poco más.
»Mientras le daba las gracias, eché un vistazo a mi alrededor y vi a los niños que antes se habían alejado observándome. Parecían intrigados. Querían acercarse, pero, dada la diferencia de estatus, no podían hacerlo a menos que usted tomara la iniciativa. La distancia entre nuestras posiciones era abismal; eran inexpertos, incapaces de saber cómo proceder. Por su parte, no mostró el menor interés en ellos. Cuando me invitó a tomar unas galletas, sentí que estaba en el cielo. Por supuesto, no podía rechazarla, así que la seguí.
»Dicho esto… estar cerca suyo no significaba que nos convirtiéramos en amigas. Después de todo, pertenecía a la casa de condes de mayor rango. Dejando de lado a los niños, incluso los adultos que no podían acercarse a su madre intentaban ganarse su favor a través de usted. Uno tras otro, innumerables personas se dirigían consigo. Al final, la felicidad de estar a su lado solo duró al principio —dijo Rubi con una risa suave, evocando aquel recuerdo —. Porque nadie me prestaba atención; parecía que me miraban pero fingían no verme. Aunque hubo momentos en los que sí parecían notar mi presencia. Recordaba sus palabras: “La señorita Marianne es realmente adorable. Su sonrisa es encantadora y, sobre todo, es amable. Ese vestido le sienta de maravilla. Tiene elegancia. En cambio, la niña que está a su lado…” En otras palabras, mi existencia solo tenía valor como punto de comparación. Era doloroso.
»Sentía como si me estuvieran estrangulando poco a poco. Un susurro que nadie más parecía oír, y que, sin embargo, llegaba con claridad a mis oídos, decía: “Qué niña tan patética. Pararse junto a la señorita Marianne es vergonzoso. Es insoportable de ver”. Fui feliz y tuve expectativas por mi cuenta… y luego me herí y me decepcioné por mi misma.
Rubi soltó una risa cargada de amargura.
—Señorita Marianne, sé que usted solo fue amable, que me mantuvo a su lado sin segundas intenciones, actuando con sinceridad. —Lo dijo para dejar claro que no pretendía menospreciarme —. Pero las personas a nuestro alrededor eran diferentes. Me comparaban con usted, me despreciaban por no estar a la altura y se burlaban de mí.
Se levantó y se colocó a mi lado. Como la silla era estrecha, nuestros cuerpos quedaron muy próximos. Apoyó suavemente su cabeza en mi hombro y su cabello sedoso rozó mi mejilla.
—¿Rubi…?
—No es que usted haya hecho o dicho algo cruel. Pero yo resulté herida.
Un suspiro suave se disolvió en el aire frío de la sala de música. Como no podía ver su rostro, no sabía si reía o lloraba. Y, aun así… ¿Por qué reía? ¿Por qué lloraba? Por más que lo intentara, no lograba comprenderlo. Porque jamás había sentido lo mismo que ella.
—Su amabilidad podría parecer caridad. Como si repartiera lo que le sobra. Como si, al poseerlo en exceso, lo entregara a los demás. Por eso… estar a su lado, señorita Marianne, me duele.
Su voz sonaba serena, distante. Pero no era porque no sintiera nada; más bien, había en ella una quietud contenida, como si reprimiera sus emociones. Por alguna razón, la imagen de Ilya, de pie con la cabeza inclinada, volvió a mi mente.
Porque yo estaba allí, ella también resultó herida.
—Entonces… probablemente no te agrado, ¿verdad?
No quería creer que me odiara. Tampoco podía imaginarla como alguien capaz de fingir afecto mientras ocultaba rechazo. Aun así, después de escuchar todo aquello, no era tan ingenua como para pensar que le agradaba.
—¡No! ¡Sí me agrada! …Ah, lo siento… no puedo creer que haya dicho eso —exclamó, ruborizándose intensamente, antes de negar con firmeza—. En cualquier caso, ¡no hay forma de que no me agrade!
De pronto se levantó y se colocó frente a mí. Exhaló profundamente y se arrodilló, como un caballero ante su señor. La mirada con la que me observó, alzando el rostro, parecía suplicante. Cuando intenté hacerla levantarse porque su falda se estaba ensuciando, negó con la cabeza y me detuvo.
—Como dije antes, me herí sola. No fue usted quien me hizo daño. Lo mismo ocurre con mi decepción. No fue usted quien me decepcionó —afirmó, tomando mi mano con suavidad. —Me decepcioné de mí misma… por casi haberla resentido egoístamente por su bondad. Ser comparado, despreciado, ridiculizado por no estar a la altura… duele. Es triste. Y es fácil culpar a otros. Vivir con rencor no es difícil en sí mismo; lo difícil es superarse a uno mismo. Llenar la mente de conocimiento, el corazón de afecto y bondad, mantener cuerpo y espíritu sanos, no dejar grietas, no permitir que nadie las atraviese.
Hablaba con una serenidad casi sagrada.
—Por eso he decidido esforzarme. Para que, si llega el día en que vuelva a encontrarme con usted, señorita Marianne… no tenga que avergonzarme.
Aunque no pudiera permitirse un vestido nuevo, decidió al menos cultivar su carácter para poder estar a la altura de la alta sociedad.
—Si tienes un objetivo, puedes seguir adelante. Yo siempre la he tomado como referencia —declaró con orgullo—. Incluso cuando me sentía perdida, usted estaba allí para guiarme. Por eso aprendí a tocar la flauta. Escuché rumores de que tocaba el piano de forma excepcional, así que practiqué con la esperanza de que algún día pudiéramos tocar juntas. Un dúo habría sido maravilloso pero sentía que solo la retrasaría.
El sol del atardecer se filtraba en la sala. Sombras rojizas se proyectaban desde el techo y por momentos su rostro quedaba envuelto en penumbra.
—Me he desviado del tema, pero lo que ocurrió con la señorita Ilya era inevitable. Lamentarse por el pasado no cambiará nada. Sin embargo, las decisiones futuras sí pueden cambiarse. Así que, por favor… no se rinda.
Unió nuestras manos y las acercó a su frente, como en una plegaria.
El calor de su cuerpo resultaba reconfortante. Dejé escapar un suspiro de alivio.
—Rubi…
—¿Sí?
—¿Algún día… tocamos juntas? Me encantaría escucharte tocar la flauta.
Sus ojos brillaron al reflejar la luz. Parecía feliz y, sin embargo, en su sonrisa había una leve tensión. Jamás olvidaría aquella expresión imposible de describir. Yo estaba segura de haber dicho que quería hacer música con ella, y aun así…
—¡Sí! Señorita Marianne… algún día, sin duda…
Su voz rebosaba entusiasmo. Pero su expresión contaba otra historia. No comprendería su significado hasta mucho tiempo después.
El crepúsculo nos envolvió y la sala se sumió en la oscuridad. Solo entonces sentí que mi corazón recuperaba algo de su calidez, al imaginar un futuro que aún no había llegado.
Después de eso nunca volvimos a tocar juntas.
