Mi prometido ama a mi hermana – Arco 9 – Capítulo 4

Traducido por Shisai

Editado por Herijo


—¿Dos personas?

Dejé el sándwich a medio comer dentro de la cesta. No era propio de una dama guardar comida empezada, pero tampoco me parecía correcto hablar con la boca llena.

Sentadas una junto a la otra en un banco deteriorado, oculto tras el edificio de la escuela, Rubi y yo nos miramos. Ella ya había terminado su almuerzo.

—¿Qué quieres decir con dos personas? —insistí.

—Eh… bueno…

Desvió la mirada hacia sus manos. Doblaba el pañuelo con el que se había secado, pero sus dedos se movían con inquietud. Parecía incómoda. Tal vez este tema le resultaba difícil de abordar.

—Como ya le dije antes, el estatus social no significa mucho para mí. Sé que hay personas a quienes les resulta desagradable, pero también hay quienes lo consideran atractivo.

Rubi tomó aire profundamente. Aunque sonreía, había en su perfil una soledad difícil de ignorar. Había mencionado que algún día se convertiría en la tercera esposa de un comerciante acaudalado. Para la mayoría, sería un matrimonio terrible. Y, sin embargo, ella se reía diciendo que no podía haber mejor destino.

Para nosotros, los nobles, el matrimonio es tanto un contrato como una maniobra política. Las intenciones de ambas casas prevalecen sobre la voluntad individual. Lo más importante es el beneficio mutuo; todo lo demás es secundario.

Aunque existen casos excepcionales de matrimonios por amor, en esas situaciones una de las familias suele poseer un poder tan consolidado que puede permitirse no ser exigente con la elección de pareja.

Visto desde el otro lado…

La mayoría de los nobles no puede escapar de los lazos familiares y los compromisos avanzan independientemente de sus deseos.

Aunque me preocupaba su futuro, intervenir habría sido inapropiado e innecesario. Estuve a punto de preguntarle si aquello le parecía bien, pero apreté los dientes. No debía decirlo. Ya no era una niña; había aprendido que lo natural era fingir que comprendía las circunstancias de cada noble, incluso cuando no era así.

—Puedo llevarme bien con cualquiera, así que escucho todo tipo de historias.

Al colocar el pañuelo sobre su regazo, noté un anillo en su dedo que no había visto antes. La piedra roja, demasiado grande para sus finos dedos, reflejaba la luz del sol. Bastaba con observar su brillo para saber que no era un simple vidrio, sino algo de gran valor.

—Sobre la presentación de piano en el evento musical, la señorita Ilya probablemente fue la primera a la que se lo propusieron.

—¿Eh…?

La revelación me dejó sin palabras. Se me cortó el aliento. Debí haber puesto una expresión ridícula, pues Rubi me miró y esbozó una sonrisa amarga.

—Tal como imaginaba, realmente no lo sabía, ¿verdad? La señorita Ilya será, algún día, la esposa de un marqués. La academia seguramente la contactó pensando en su futuro, queriendo consolidar su posición dentro de la institución. Ser elegida como intérprete aumentaría su prestigio. Sin embargo…

Rubi hizo una pausa antes de continuar.

—No está claro cómo se enteraron, pero alguien comenzó a oponerse. Decían que, si se trataba de tocar el piano, debería haber alguien más adecuado. Después de todo, la señorita Ilya pertenece a una familia de condes de tercer rango; un hecho incontestable. He oído que hubo fuertes objeciones, argumentando que debería elegirse a alguien de mayor rango.

Normalmente, cuando un estudiante es seleccionado para participar en estos eventos, se mantiene en secreto hasta que la decisión es definitiva. Precisamente porque es un honor, pueden surgir interferencias dependiendo del linaje o la posición del alumno. Como en esta ocasión.

—Y el nombre que surgió fue el suyo, señorita Marianne.

Intenté responder, pero no pude. Sentí que la garganta se me cerraba.

—Pertenece al condado de mayor rango del reino y su linaje es impecable. Además, todos saben que es una pianista talentosa. La academia, que ya había contactado a la señorita Ilya, al parecer no sabía cómo proceder, pero…

—No me digas…

—Sí. Finalmente, retiraron la propuesta a la señorita Ilya.

—¿Fue tanta la presión…?

Una mezcla de confusión e indignación me oprimió el pecho. Apenas logré articular las palabras.

—Así es. Seguramente hubo un noble de alto rango profundamente receloso del ascenso de la señorita Ilya. Probablemente, alguien de una facción rival al marqués de Nortis.

—Ya veo…

—Por eso, la academia decidió que lo mejor era dejar de lado, por ahora, el futuro de la señorita Ilya y centrarse en su situación actual. Por supuesto, también habrán considerado sus calificaciones y otros factores.

En otras palabras, sin saberlo, Ilya y yo habíamos sido comparadas y evaluadas. Aquella comparación me produjo un profundo malestar. Pero…

—Esta es la realidad.

Rubi se adelantó a mis pensamientos. Sus ojos se perdían en la distancia.

—Es cierto. Conmigo habrá menos fricción entre las familias. Además, mi prometido es de menor rango, así que, incluso si el concierto saliera mal, no tendría grandes consecuencias.

No es que Ilya necesitara ese reconocimiento. En el peor de los casos, yo sería objeto de burlas. Para los nobles, sería imperdonable pero para mí, no era gran cosa.

—¿Será por eso que actuó así…?

Al recordarlo, comprendí que Ilya no había sido amable desde el principio; parecía desconfiar de mí desde el primer momento. Si era así, quizá todo intento de acercamiento fuera inútil frente a su carácter firme e inquebrantable.

Mientras me perdía en mis pensamientos, Rubi se levantó de pronto y arrancó una pequeña flor blanca que crecía en el suelo.

—Señorita Marianne, ¿sabe cómo se llama esta flor?

—¿Eh?

Para ser sincera, no me interesaban las flores ni las plantas. Tal vez, si fueran flores cultivadas con esmero, debería conocerlas como parte de mi educación.

—Yo tampoco lo sé.

La flor se deslizó de su mano y sus pétalos se esparcieron sobre la tierra. Casi arrastrada por el viento, giró una vez y luego otra, como si se resistiera. Su forma, frágil, parecía marchitarse.

—El talento innato es, en esencia, una habilidad que la gente común no puede adquirir. La señorita Ilya es muy buena tocando el piano, pero no es una prodigio. Estoy segura de que ha tenido que esforzarse enormemente para alcanzar ese nivel. Un esfuerzo que ni siquiera puedo imaginar.

—Sí, tienes razón.

Me tranquilizaba que Rubi comprendiera tan bien a Ilya. No pude evitar sonreír.

—Seguro hubo momentos en que se desesperó por no poder tocar como deseaba. El sonido que buscaba, el nivel al que debía llegar. Debió enfrentarse a piezas técnicamente imposibles para unas manos tan pequeñas.

Sentí una ligera inquietud al oírla hablar como si hubiera presenciado todo aquello. Como si pudiera leer mis pensamientos, Rubi sonrió ampliamente.

—Lo entiendo porque yo soy igual. Pero hay una diferencia crucial entre nosotras: yo me rendí cuando era niña. Comprendí que no mejoraría, así que busqué otro camino. No tenía por qué aferrarme al piano. Por eso practiqué la flauta.

Como si recordara algo, soltó una risa ligera.

—Curiosamente, mejoré mucho más rápido.

Me resultaba extraño. En la música no suele haber diferencia entre instrumentos. Pero ese tipo de cosas ocurren con frecuencia: hay quienes cantan bien pero no tocan, o quienes tocan bien pero no cantan.

—Pero, a diferencia de mí, la señorita Ilya no tiene otra opción. Sería ridículo que la futura esposa de un marqués no supiera tocar el piano. Debe poseer habilidades comparables a las de un profesional.

Era una costumbre arraigada en la alta nobleza. Existía la idea tácita de que solo quienes dominaban la música, la pintura y las antigüedades podían considerarse verdaderamente de clase alta. Por eso, todos los nobles dedicaban tiempo a estas disciplinas desde pequeños, aunque carecieran de talento. Debían alcanzar, al menos, cierto nivel. Pero a Ilya no se le permitía quedarse simplemente en ese “cierto nivel”.

—Por cierto, señorita Marianne, ¿le gusta el piano?

Rubi volvió a sentarse en el banco. Mi mirada descendió hasta sus pies. Llevaba zapatos nuevos. Recordé que, no hacía mucho, se había quejado de que su familia atravesaba dificultades económicas, al punto de no poder comprar ni un simple adorno para el cabello.

“Los pies revelan la generosidad de una persona”, decía el dicho. Era imposible que asistiera a la academia con calzado desgastado.

—No, no me gusta demasiado. En realidad, detesto practicar —respondí con una sonrisa irónica.

—Eso no es justo.

Su voz sonó más grave de lo habitual. Por un instante creí haberlo imaginado y me llevé la mano al lóbulo de la oreja sin darme cuenta. Pero al mirarla no percibí hostilidad alguna, solo una brisa suave que pasaba entre nosotras. A lo lejos, el canto de un pequeño pájaro rompía el silencio.

—O al menos… eso es lo que imagino que pensará la señorita Ilya —añadió Rubi, inclinando la cabeza en una leve disculpa por su atrevimiento. —Porque, ¿no es así, señorita Marianne? Incluso sin esforzarse tanto, toca de forma maravillosa. Cuando interpreta una pieza, todos piensan que es increíble. A eso lo llaman talento.

Hizo una pausa y me miró fijamente.

—¿Cómo se sentiría si alguien así le arrebatara su oportunidad de presentarse y luego alabara su forma de tocar? ¿No le parecería humillante? Cualquiera se sentiría miserable.

Me quedé callada.

—Por mucho que se esfuerce, nunca parece suficiente. Hay un lugar al que quiere llegar, pero no logra alcanzarlo. Es doloroso. Es frustrante. Incluso puede llegar a pensar que practicar no tiene sentido. Y entonces, cuando se encuentra en ese estado alguien que ya ocupa la posición a la que aspira la elogia por su desempeño. ¿No pensaría que se trata de una burla? O tal vez lo tomaría como simple condescendencia. Eso es lo más probable.

Rubi continuó, como si hubiese leído los pensamientos de Ilya, sin rastro de emoción en su voz.

Y entonces, por fin, lo comprendí. Aquella chica, Ilya, debió sentir como si le hubieran pisoteado el corazón.

—Yo solo quería hacerla feliz. Nunca quise herirla.

El pecho me dolía. A pesar de que había sido yo quien la había herido.

—Lo sé. Solo estaba siendo amable, señorita Marianne. Lo sé… pero estoy segura de que la señorita Ilya no lo sabe.

Aquellas palabras, tan directas, me dejaron sin respuesta. Era cierto: nunca habíamos llegado a ser cercanas.

—Haré lo posible. Me acercaré a la señorita Ilya.

Me pregunto qué pensó Rubi al verme recuperar la determinación. Solo me observó, sin asentir ni negar. No comprendería el significado de esa expresión hasta mucho después.

Y así, comencé a intentar todos los medios posibles para acercarme a Ilya.

Fue un error terrible.

⬧⬧⬧

—¿¡Por qué!?

Aquel grito, casi desgarrado, me dejó paralizada. Yo, que me encontraba junto a Soleil, retrocedí de inmediato.

—¿Qué cree que está haciendo, señorita Marianne? ¡El joven Soleil es mi prometido!

Si no podía acercarme abiertamente a Ilya, pensé, con una ingenuidad absurda, que tal vez podría acortar la distancia a través de su prometido, Soleil. Solo quería obtener información, cualquier cosa que me permitiera entenderla.

Por supuesto, tratándose de una casa de tal linaje, las maniobras políticas que mi familia podría emplear no tendrían efecto.

Por eso creí que, si mantenía clara mi posición, no me vería envuelta en conflictos innecesarios entre familias.

Pero él se mostró siempre reservado y nada salió como esperaba. Incluso considerando que era un hombre, sentía que me enfrentaba a un muro mucho más infranqueable que el que Ilya había levantado.

Después de todo, era el heredero de un marquesado.

Sin embargo, me obstiné. Intenté acercarme a él en múltiples ocasiones, siempre acompañada por alguna amiga, ya que sabía que no sería apropiado estar a solas con él. Al principio, me limité a preguntas triviales sobre sus días libres, aficiones o lecturas. Pero, por más veces que nos encontráramos, en lugar de acortar distancias, él se volvía cada vez más distante.

Así que me dejé de rodeos. Pronto comencé a preguntarle con qué frecuencia veía a su prometida, e incluso de qué hablaban. Estaba tan desesperada que ni siquiera consideré cómo serían interpretadas mis acciones.

—¿No cree que está yendo demasiado lejos? —me advirtió Rubi con severidad.

Pero no le presté atención. Tampoco me di cuenta de que las jóvenes con las que solía relacionarme habían malinterpretado la situación, y, bajo el pretexto de apoyarme, comenzaron a coquetear con Soleil y sus amigos. Nunca imaginé que la influencia de la casa de un conde de primer rango se manifestaría de esa manera.

En otras palabras, había fomentado su arrogancia.

Creían que, mientras yo estuviera presente, podían hacer y decir lo que quisieran sin consecuencias.

—Ilya, cálmate. No es nada.

Soleil intentó intervenir, acercándose a ella. Pero Ilya apartó su mano con brusquedad, temblando.

—¿Qué está pensando, joven Soleil? Tener a su lado a una mujer que ni siquiera es su prometida…

—Lo siento, señorita Ilya. No fue mi intención—

Me detuve al ver su expresión. Sus ojos rebosaban de odio.

¿Desde cuándo…?

¿Desde cuándo me miraba así?

—Como miembro de una familia distinguida, debería ser consciente de esto. Mantener contacto reiterado con hombres estando comprometida es un acto profundamente inmoral.

Su tono era sereno pero la acusación era clara.

—Ilya, ¿no crees que ya es suficiente?

Soleil intentó detenerla nuevamente, pero ella negó con firmeza.

—Este es un asunto entre la señorita Marianne y yo.

Su actitud desafiante comenzó a atraer miradas.

—Alzar la voz de esa manera… ¿no es usted, señorita Ilya, quien está comportándose de forma inapropiada?

La voz que irrumpió, especialmente alta, pertenecía a una joven que caminaba conmigo ese día. Apenas intercambiábamos saludos habitualmente; no éramos cercanas. Su estatus era inferior al de Ilya, pero quizá creyó que hablaba en mi nombre.

—El joven Soleil debe de vivir agobiado con una prometida tan posesiva—continuó.

Ilya la miró, frunciendo el ceño. Sus labios, pálidos, evidenciaban la tensión con la que contenía sus emociones.

—Ja, tienes razón. Debe resultar asfixiante —añadió otro.

Se trataba de Edward, un amigo de Soleil. De cabello rojizo, era bastante conocido en la academia a pesar de no pertenecer al mismo rango que Soleil. Desde que ingresaron, siempre se les veía juntos. Y, por supuesto, cualquiera cercano al heredero de un marquesado era respetado. Por eso, todos asumían lo mismo: si él lo decía, debía de ser cierto.

—Oye… —Soleil parecía dispuesto a reprenderlo.

—Yo… yo…

Pero decidió esperar. Permaneció en su lugar, aguardando las palabras de su prometida, que temblaban al intentar salir.

—Soleil, ¿por qué no lo dices claramente? Dile que deje de comportarse de forma tan vergonzosa.

Ignorando a su amigo, Soleil extendió la mano para tocar a Ilya , pero no llegó a alcanzarla. Ella retrocedió varios pasos, clavando la mirada en el suelo pulido, resistiendo como podía. Ver cómo su mano, aferrada a su falda, temblaba, me desgarró el corazón.

—Por favor, deténganse. He sido yo quien actuó con imprudencia. La señorita Ilya no ha hecho nada malo. Lamento profundamente haber causado este alboroto —dije, mirando alrededor.

Pero alguien murmuró:

—Hacer que la señorita Marianne incline la cabeza… ¿en qué está pensando?

Era un desastre. Dijera lo que dijera, toda la culpa recaería sobre Ilya.

Mientras buscaba desesperadamente una forma de calmar a la multitud, vi a Rubi, de pie entre los presentes. Sus ojos, habitualmente suaves, me observaban con una intensidad severa, como si intentara transmitirme algo. Nuestras miradas se cruzaron apenas unos segundos. Pero fue suficiente.

Ya veo…

En esta situación, Ilya era, sin duda, de menor rango.

Porque yo estaba allí. Esas jóvenes creían que, mientras estuviera presente, podían actuar sin restricciones, y yo lo había pasado por alto. En otras palabras, todo esto era mi responsabilidad.

—Lo siento profundamente…

La voz de Ilya se desvaneció, apenas un susurro al borde del colapso. En ese instante, comprendí que había cometido un error irreparable. El calor abandonó mis dedos.

¿Qué debo hacer…?

—Partamos, señorita Marianne —me urgió la joven a mi lado, inquieta por el creciente tumulto.

Huí de aquel lugar.

Las palabras de mi padre «No cometas un error» se clavaron en mí como una hoja afilada. Un dolor punzante, como si agua hirviendo se derramara sobre mi corazón, me recordó con crudeza el peso de mis pecados.

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