Mi prometido ama a mi hermana – Arco 9 – Capítulo 3

Traducido por Shisai

Editado por Herijo


Para decirlo sin rodeos… me equivoqué.

⬧⬧⬧

Ingresé a la academia a los trece años.

La mayoría de los estudiantes que asistían provenían de familias aristocráticas o de un estatus social similar. Sin embargo, siempre que se contara con los recursos económicos necesarios y un garante, no era imprescindible poseer un título nobiliario. Aun así, los aspirantes debían contar con una formación sólida previa, lo que en la práctica significaba poder costear un tutor privado.

Además, quienes carecían de conexiones o de un linaje reconocido —es decir, aquellos pertenecientes a las llamadas clases bajas— ni siquiera podían postularse. Aquello dejaba en evidencia que el ideal que la academia proclamaba, «la igualdad en el aprendizaje», no era más que una fachada.

Se debía a que era un lugar donde jóvenes inmaduros, futuros pilares del país, aprendían sobre la sociedad. El objetivo era que, al integrarse en la alta sociedad, los de mayor rango no oprimieran a los de menor, y que estos últimos no se humillaran ni mostraran una reverencia excesiva.

En cierto modo, aquello respondía a la política del país de evitar que el poder se concentrara en unas pocas familias aristocráticas.

—He visto que la señorita Ilya está otra vez en la biblioteca —murmuró la hija de un vizconde, con quien recientemente había entablado cierta cercanía. Se cubrió los ojos con su pequeña mano para resguardarse de la suave luz del sol. La claridad que se filtraba entre sus dedos hacía brillar sus ojos color rubí.

—De verdad es una persona muy aplicada —añadió con una sonrisa cálida y familiar. Era una amiga que había hecho desde mi ingreso a la academia.

Sin embargo, si nuestra amistad saliera a la luz, todos a mi alrededor me instarían a reconsiderarla. Dirían que nuestras posiciones eran demasiado dispares y que aquello representaba un problema.

En efecto, dentro de la academia los estudiantes podían relacionarse sin importar su rango. Pero fuera de ella, la realidad era distinta. Si alguien de menor rango se comportaba con descortesía hacia alguien de mayor jerarquía en público, las consecuencias podrían ser desastrosas.

Por eso, la mayoría actuaba conforme a su posición. Era lo más seguro. Incluso yo pensaba que jamás podría entablar amistad con la hija de un vizconde.

Pero sus circunstancias particulares derribaron esas ideas preconcebidas.

—Después de graduarme, seré enviada a una región remota para casarme. Y me convertiré en la tercera esposa de un comerciante adinerado.

Una vez casada, jamás regresaré a la capital real. Y, como tercera esposa, ni siquiera tendré que asistir a eventos sociales.

—Así que los títulos y todo eso ya no significan nada para mí. Cuando me vaya, no volveré a verla, señorita Marianne.

En otras palabras, no tenía sentido intentar congraciarse con nadie. Y, aun si la castigaban por ser descortés, poco importaba. De todos modos abandonaría la capital. Por eso, aunque no olvidaría sus modales, no veía razón para comportarse conforme a su rango.

¿Es cosa mía o suena un poco resignada?

—Si ese es el caso, ¿por qué eres tan amable conmigo?

Inclinando la cabeza, respondió:

—Simplemente quería hablar con usted, señorita Marianne.

Un leve rubor tiñó sus mejillas mientras sonreía, una sonrisa que parecía haber consumido todo el valor que poseía para poder dirigirse a mí.

Su rostro era delicado, exquisito, como una muñeca que había visto en alguna parte.

Si formara parte de mi colección, sería mi favorita absoluta… la vestiría con los atuendos más hermosos.

—¿Gastaste todo tu valor solo para hablar conmigo? ¡Qué desperdicio! ¿No habría sido mejor reservarlo para algo más importante en el futuro?

Sinceramente, no entendía por qué hablar conmigo resultaba algo tan monumental. Por eso me sorprendió tanto cuando respondió:

—Señorita Marianne, quizá no lo perciba, pero es ese tipo de persona. Con que me diga una sola palabra, siento que estoy en el cielo… incluso ahora.

Al parecer, se decía que acercarse a la hija del conde más poderoso mejoraba la posición social de cualquiera.

—Eso significa que entablar amistad con usted tiene un significado muy profundo.

—Ya veo…

No sabía si sentirme feliz o triste. No creía tener tanta valía, y si la tenía, era solo por mi familia. Resultaba desalentador pensar que la gente veía mi apellido, no a mí.

—Entonces, ¿tus padres saben de tu relación conmigo, Rubi?

Al preguntarle, negó con vehemencia.

—Es un secreto —dijo con orgullo. Explicó que, aunque sus padres probablemente se alegrarían de saber que había tenido contacto conmigo, no quería involucrarse en ningún conflicto de intereses.

—Solo quería ser su amiga. Sabía que, si lo lograba, sería un recuerdo para toda la vida.

¿Toda la vida?

Me encogí de hombros; me parecía una exageración. Sin duda conoceríamos a muchas personas y crearíamos innumerables recuerdos en el futuro. Pero, como si respondiera a mis pensamientos, entornó sus suaves ojos y susurró:

—Está bien. Soy feliz así.

Continuó diciendo que nuestros encuentros secretos detrás del edificio de la escuela le parecían momentos robados, citas emocionantes, y que los disfrutaba profundamente.

Al pensarlo, recordé una escena similar de una novela muy popular en la alta sociedad recientemente. Aunque, en ese caso, eran amantes de verdad.

Aun así… ¿puede existir una intensidad así también en la amistad?

Y entonces lo comprendí de pronto. Aquella era la clase de relación que siempre había deseado tener con Ilya. Aunque fuera solo por unos minutos. No había nada que deseara más que poder hablar con ella cara a cara.

—No deberías relacionarte con la hija de la familia Matisse.

Me cubrí los oídos para ahuyentar la voz de mi padre, la cual resonaba en el fondo de mi mente. Considerando también lo que había dicho mi madre, lo mejor era que nadie lo supiera.

—¿Señorita Marianne?

—Lo siento… debo irme. Acabo de recordar que tengo algo que hacer —dije con prisa, guardando en una cesta los bocadillos que había dispuesto sobre el banco.

Rubi se sorprendió, pero en lugar de reprochar mi actitud egoísta, preguntó con cortesía:

—¿Le gustaría que nos viéramos otra vez?

Acepté sin dudar y me dirigí apresuradamente hacia donde se encontraba Ilya, que, según parecía, estaba una vez más en la biblioteca.

—Toca el piano de manera magnífica. Me conmovió mucho.

¿Lo recordará? Aceleré el paso, preparándome para hablar con ella. Me sentía inusualmente nerviosa.

¿Cuándo fue la última vez que le hablé? Había pasado tanto tiempo que apenas podía recordarlo.

Y eso se debía a que, tal como temía, Ilya y yo casi no nos habíamos visto antes de ingresar a la academia.

La esposa de la familia Matisse asistía a las reuniones de té organizadas por mi familia, y, por supuesto, mi madre acudía a las de ellos y de otras casas. Pero las damas rara vez llevaban a sus hijos consigo.

Ahora comprendo que, en parte, era inevitable.

Para los nobles, las reuniones de té eran momentos de descanso, pero también tenían gran importancia. Cuando varias familias se reunían, se convertían en ocasiones sociales donde se intercambiaba todo tipo de información. Sin embargo, al tratarse en última instancia de reuniones de mujeres, no se fomentaban las maniobras políticas. Aun así, todas estaban bien informadas sobre los asuntos de sus hogares: finanzas, relaciones familiares…

En definitiva, aunque eran encuentros de carácter político, sólo cuando las familias tenían lazos cercanos se invitaba a los niños. De lo contrario, los más pequeños no asistían.

Por eso, podía considerarme afortunada de haber tenido siquiera unas pocas oportunidades para hablar con Ilya.

En contadas ocasiones, cuando había reuniones a las que los niños eran invitados, la buscaba, esperando poder hablar con ella sin ser vista. Pero fue un error de cálculo.

No tuve en cuenta que los adultos vigilaban nuestros movimientos. Fingían estar simplemente atentos a los niños, pero sus miradas eran agudas. Nadie aprobaba que Ilya y yo fuéramos cercanas. Probablemente se debía a las facciones de las que me había hablado mi padre, aunque también influía, sin duda, que Ilya estuviera comprometida con el hijo mayor del marqués.

Cuando era más joven, había quienes la insultaban abiertamente, diciendo que “no conocía su lugar” y que “aspiraba a más de lo que le correspondía”. Pero con el tiempo, parecieron darse cuenta de que no lograrían hacer cambiar de opinión a la familia del marqués.

Si todo seguía así, ella —actualmente perteneciente a una familia de condes de tercer rango, una noble de posición media— ascendería varios escalones tras su matrimonio. Eventualmente, se convertiría en una noble de alto rango, de las que había muy pocas, superando a muchos de los presentes en aquellas reuniones. Sería alguien difícil de tratar.

Si ese era el caso, lo mejor era no acercarse desde el principio.

Los niños percibían con agudeza la situación de los adultos e Ilya se fue aislando cada vez más.

—Esa niña está de pie sobre hielo fino, encima de un lago —escuché susurrar una vez.

Si era así, entonces yo quería acercarme a ella con más razón aún. No quería dejarla sola.

Pero incluso cuando me acercaba simplemente para saludarla, alguien se interponía. A veces era una de las damas; otras, una chica de mi edad. No sabía si intentaban protegerme a mí o a ella. Pero estaba claro que actuaban bajo órdenes de alguien.

No podía obligarlas a apartarse, así que me resignaba a tratar con ellas y, cuando me daba cuenta, Ilya ya había desaparecido.

¿Cuándo empezó esa chica tan perspicaz a evitarme?

Quería acercarme a ella. Pero no encontraba la manera.

Fue desesperante no poder hacerlo abiertamente.

Intenté preguntar en secreto a mi madre si podía escribirle, pero lo rechazó de plano.

Después de todo, en estos asuntos no debía dejarse ninguna evidencia.

Llegué incluso a considerar recurrir a uno de los espías de nuestra familia, pero mi madre volvió a aconsejarme:

—La academia es un lugar donde los adultos no pueden intervenir.

Allí sería mucho más fácil hablar con ella que ahora, cuando estaba completamente bajo la protección de sus padres.

Eso fue hace unos años.

Creo que supe contenerme bastante bien durante todo ese tiempo.

—Vaya, ¿no es la señorita Ilya? ¿Está estudiando algún idioma?

En la biblioteca. Llamé a la muchacha que estudiaba rodeada de una montaña de libros de referencia. No había nadie más allí.

La academia contaba con tres bibliotecas y la que Ilya solía utilizar era la más antigua. Era bastante conocido que ella ocupaba ese lugar, por lo que casi nadie se acercaba. El peso de ser la prometida del hijo mayor de un marqués se hacía evidente en un sitio como aquel. Antes de ingresar a la academia, nadie la tenía en gran consideración y todos mantenían cierta distancia.

Pero una vez que compartimos aulas, resultaba imposible no percibir  lo extraordinaria que era.

Y, de manera natural, los prejuicios comenzaron a disiparse.

Como siempre, aún había quienes lanzaban algún comentario desagradable si pertenecían a familias de igual o mayor rango. Sin embargo, ya no escuchaba aquellas palabras inmorales que rozaban el insulto abierto.

Tal vez ya habían abandonado la esperanza de reemplazar a la prometida de Soleil. Aunque no perteneciera a su familia, no pude evitar sentirme orgullosa.

—Sí… así es.

Ilya alzó la vista hacia mí con una expresión desconcertada. Sus ojos, de un extraño matiz entre ámbar y verde, captaban la luz que se filtraba por los grandes ventanales y la devolvían en un brillo suave, casi cristalino. Era la primera vez, desde que ingresé a la academia, que me encontraba tan cerca de ella.

—Escuché que obtuvo una puntuación muy alta en el examen del otro día. Es admirable.

Le pregunté si podía sentarme a su lado y, tras un instante de duda, asintió. Me acomodé con entusiasmo.

Había tantas cosas que quería decirle.

Ilya enderezó la espalda, movió ligeramente su silla y se giró hacia mí.

—No soy rival para usted, señorita Marianne.

Noté que su cabello trenzado era un poco más oscuro que cuando era niña. Un cambio muy sutil. Estaba tan emocionada por poder hablar cara a cara con ella que apenas presté atención a sus palabras.

—¿Qué acaba de decir? —pregunté sin más.

La joven dio un pequeño respingo y trató de ponerse de pie.

—Me honra recibir sus elogios.

Me apresuré a detenerla, pero una extraña atmósfera se instaló entre nosotras.

Aquel agradecimiento había sido excesivamente formal. En un instante, fue como si un muro invisible se alzara entre nosotras.

Me observaba con una mirada limpia, serena, y yo no encontraba palabras. A pesar de haber imaginado tantas veces qué diría en un momento así.

—Me… gustaría saber cómo suele estudiar.

¿Qué estoy diciendo…?

Las palabras, que escaparon de mis labios sin pensar, me desconcertaron. Sonaban casi sarcásticas, como si insinuara algo indebido. Como si le preguntara si había hecho trampa.

Pero yo sabía perfectamente cuánto se esforzaba Ilya estudiando.

—Aún me queda mucho por aprender. Señorita Marianne, sus calificaciones son mucho mejores que las mías, ¿no es así? Yo realmente… no me acerco en absoluto.

Vi cómo apretaba los puños sobre su regazo.

Recordé el día en que publicaron los resultados en el pasillo. En términos de posición, yo estaba por encima de ella.

Pero lo cierto es que solo era hábil respondiendo exámenes. Podía afirmar sin dudar que no poseía más conocimientos que Ilya. Una chica de un curso superior, cercana a mi familia, me había contado sobre las tendencias de los exámenes y cómo prepararme.

Ese tipo de intercambio era habitual en la academia.

También era importante para ampliar la red de contactos, por lo que el flujo de información entre estudiantes incluso se fomentaba.

—Señorita Ilya, si no le molesta, podríamos estudiar…

¿juntas?

Justo cuando estaba a punto de decirlo, los rostros de mis padres cruzaron mi mente. Ilya inclinó la cabeza, confundida por mi interrupción abrupta.

Sentía que estudiar a su lado cruzaba una línea. Después de todo, aquel lugar era público. Cualquiera podía entrar en cualquier momento.

Entonces… ¿qué debía hacer para permanecer junto a ella?

Yo, que solía ser tan locuaz que mi madre se burlaba de mi lengua veloz… ¿cómo podía ser tan torpe al hablar con ella? La conversación ingeniosa era la base de un caballero o una dama. En una cena aristocrática, no saber conversar sin incomodar al otro se consideraba de mal gusto.

—Señorita Marianne, usted toca muy bien el piano, ¿verdad?

Contuve el aliento ante sus palabras inesperadas.

¿Lo recuerda…?

—Usted se presentó en el auditorio el otro día, ¿cierto?

—Ah… sí.

En la academia se celebraban eventos musicales cada pocos meses. Generalmente participaban intérpretes de renombre, pero en ocasiones también estudiantes destacados. Podían ofrecerse voluntariamente o ser recomendados; en mi caso, fui recomendada por otros alumnos y la academia solicitó formalmente mi participación.

En tales casos, era una petición oficial dirigida a mi familia, lo que constituía un honor.

Por eso, casi nadie se negaba a participar.

—No soy muy buena con esa pieza. Pero después de escucharla, cada vez me resulta más…

Ilya bajó la mirada. Sus largas pestañas proyectaban una sombra sobre sus pálidas mejillas.

Guardó silencio.

—¿Más…? —la animé.

Pareció agitarse.

—Ah, no… no es nada.

Se puso de pie con rapidez.

—Disculpe. Mi tutor está por llegar, debo regresar a la mansión.

Mientras hablaba, comenzó a recoger los libros apilados sobre la mesa. Parecía tener prisa. No podía retenerla pero al menos debía decirle aquello que llevaba tanto tiempo guardando.

—Señorita Ilya.

—¿Sí?

—Su forma de tocar el piano… me pareció verdaderamente maravillosa. Tan cuidadosa, tan delicada. Me conmovió profundamente.

Si cerraba los ojos, podía verla de niña, sus dedos danzando sobre las teclas. Casi podía oír la melodía de entonces. Seguramente ahora era aún mejor. Iba a preguntarle si algún día podría escucharla tocar de nuevo, cuando…

—No me gusta tocar el piano.

Su voz, carente de toda calidez, interrumpió mis palabras.

Como si mis elogios no significaran nada.

—Debo irme.

Apartó el rostro, deliberadamente.

No… si esto sigue así, se irá…

—Mmm… Señorita Ilya…

—¿Sí?

Se volvió hacia mí, pero sus hombros temblaban levemente, tensos.

—Si no le molesta, ¿le gustaría que nos encontráramos aquí otra vez? Me gustaría hablar más con usted.

Las palabras brotaron con demasiada rapidez. Me invadía una impaciencia inusual. Si perdía esa oportunidad, quién sabía cuándo volveríamos a estar solas.

La joven se detuvo. Enderezó la espalda y dio un paso atrás. Sentí cómo la distancia entre nosotras aumentaba, aunque fuera apenas un poco. Estaba en guardia.

Fui yo quien retrocedió ante su mirada directa.

—¿Por qué?

Sus ojos eran tan francos, tan puros, que me dejaron sin respuesta.

—Quiero ser su amiga… —murmuré.

—¿Por qué?

—¿Por qué…?

No había una razón. Simplemente quería estar cerca de ella. Pero en ese instante lo comprendí.

No le agradaba.

—Señorita Marianne, no necesita forzarse. No hace falta que sea tan considerada. Tengo muchas cosas que atender. Así que…

Por favor, déjeme en paz.

Las palabras, aunque no dichas abiertamente, fueron frías y punzantes, atravesándome el pecho.

La joven tomó aire, esbozó una sonrisa suave y elegante, se inclinó y dijo:

—Con su permiso.

No fui capaz de responder.

Al girarse, algunos mechones de su trenza cayeron sobre su hombro. Aquella imagen quedó grabada en mi memoria.

No supe qué decirle a su espalda. Ni siquiera entendía lo que había ocurrido.

¿La había herido…? ¿O me detestaba?

Apenas habíamos hablado.

Dolía. Demasiado.

¿Por qué…?

¿Por qué?

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—No, señorita Marianne. La señorita Ilya no estaba enfadada, estaba herida.

Tras aquel encuentro, mi ánimo decayó visiblemente. Rubi insistió en saber qué había sucedido. Al principio no pensaba contárselo, pero cuando dijo:

—Señorita Marianne, sus emociones se transmiten a quienes la rodean. Todos están inquietos —no dejó espacio para excusas. Era una observación sincera, pero severa.

No tuve más remedio que explicarle la situación. Tras un breve silencio, añadió:

—Señorita Marianne, quizá no lo sepa, pero he oído que ambas fueron nominadas para presentarse en el auditorio el otro día.

Shisai
¿Qué hago aquí? No lo sé... Algo temporal, luego vuelvo al BL jaja.

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