Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
La ceremonia de premiación dio inicio inmediatamente después de los duelos.
Los ocho finalistas se hallaban apostados sobre el escenario improvisado frente a los asientos de las autoridades, dispuestos según su posición en el podio. Marianne clavó la vista en la persona situada al extremo izquierdo. El joven noble, ataviado con una armadura de plata de una pulcritud deslumbrante, le devolvía la mirada con una postura rebosante de confianza.
Callisto von Artua.
El vencedor de la contienda y el protagonista que había despertado los vítores más entusiastas gracias a su esgrima, tan heterodoxa como magnífica. Lo más probable era que se convirtiera en el capitán de la recién formada guardia de la emperatriz. Aunque no era un caballero que hubiera pasado por la academia ni realizado el examen oficial de ingreso, ganar el torneo organizado por la familia imperial era mérito más que suficiente para otorgarle el título de caballero.
—Su Majestad ya sabía que el joven Artua era un espadachín prodigioso. ¿Acaso también anticipó su victoria?
—Bueno, al menos sabía que no sería derrotado con facilidad.
Si Eckart se mostraba tan seguro, debía de tratarse de un guerrero excepcional, fuera de toda norma. Incluso para ella, que era una novata en las artes marciales, le parecía un esgrimista sobresaliente.
Pero ¿cómo es que no se ha labrado un nombre hasta ahora, poseyendo semejante destreza? ¿O es que lo evitó deliberadamente? ¿Como Clarent? ¿Acaso era un as bajo la manga que mantenía oculto…?
Marianne apartó la mirada mientras acariciaba el borde redondeado de su taza de té.
A pesar de que Clarent terminó como subcampeón, Ober esbozaba una leve sonrisa. Mantenía la compostura, charlando con la marquesa de Chester, a su lado, como si nada hubiera ocurrido. Aquella sonrisa serena le infundía más temor que cualquier otra cosa; si se hubiera mostrado abiertamente disgustado, ella no estaría tan inquieta.
—Daremos comienzo a la ceremonia de premiación.
Ante las palabras del maestro de ceremonias, Eckart se levantó con lentitud. Bajó la vista y habló con voz firme:
—Que las bendiciones y el amparo de los dioses recaigan sobre ustedes, que han alcanzado tan excelentes resultados.
Los caballeros sobre el escenario saludaron al unísono. El estrépito de las espadas y las armaduras chocando resonó en el aire. Eckart les indicó que se incorporaran con un gesto.
—Aquellos que se han alzado como vencedores en esta competencia recibirán las amplias recompensas prometidas. Espadas y joyas, corceles y sedas, armaduras y medallas… A quienes aún no ostenten el rango, se les concederá el título de caballero sin necesidad de un examen previo. No escatimaré en gastos y lo otorgaré con gusto. Merecen mi elogio por brindar un espectáculo tan extraordinario.
Acto seguido, Eckart extendió su mano hacia Marianne. Ella posó la suya sobre la de él y se levantó de su asiento. Todas las miradas en el salón convergieron en un solo punto.
—Sin embargo, el mayor honor que recibirán será que sus nombres figuren en la guardia de la emperatriz, mi prometida, la princesa. Ella es la dama que se convertirá en la futura emperatriz de Aslan. Creo que todos los presentes comprenden cuán crucial y especial es ser un caballero que la proteja en la más absoluta cercanía.
Marianne sonrió a Eckart, como si secundara sus palabras.
—Y también deseo creer en su lealtad.
Eckart hizo esta declaración con solemnidad y volvió la vista hacia el escenario. Sus ojos de un azul profundo y su voz grave cautivaron a la audiencia como si de un oráculo divino se tratase. Poseía un poder innato para fascinar a la gente y despertar una reverencia instintiva.
—La lealtad que juren quedará grabada en la historia del Imperio y se transmitirá a nuestros descendientes por siempre. Todos los caballeros emularán su rectitud y talento, su humildad y esfuerzo, su confianza y valor. Espero que sigan esforzándose para convertirse en las preciadas espadas y escudos de la familia imperial Frey. Confío en que, entre ustedes, surja un caballero que supere a Teófilos, el primer capitán de la guardia imperial.
—¡Entendido!
—Una vez más, los felicito por su excelente desempeño. Que las bendiciones eternas y la protección de Airius los acompañen.
—¡Que las bendiciones y la protección de los dioses sean con Su Majestad!
Con un sonido metálico, los ocho ganadores hincaron la rodilla y gritaron al unísono. El resto de los caballeros, sentados por todo el salón, unieron sus voces al estruendoso clamor.
Eckart regresó a su asiento junto a Marianne. Los caballeros, tras presentar sus respetos con cortesía, se pusieron de pie una vez más para prepararse para la siguiente fase del protocolo.
—A continuación, se llevará a cabo la entrega de la Espada de Laurel, la medalla de séptima clase de la familia imperial.
En primer lugar, cuatro caballeros, del quinto al octavo puesto, dieron un paso al frente.
El duque Kling, ministro de la casa imperial, se acercó a ellos acompañado de Colin. En la bandeja de oro que este último sostenía, descansaba una larga banda dorada. Una medalla que representaba unos laureles entrelazados alrededor de una espada centelleaba al final de la suave correa de hombro.
—Octavo lugar: Dominic de Marnix.
—Séptimo lugar: Milgrain de Flandes.
—Sexto lugar: Anselm de Sapia.
—Quinto lugar: Nicholas de Avenne.
Los caballeros de Ardal, Astolf y Eluang saludaron con precisión marcial al ser nombrados. Se quitaron los yelmos uno a uno, los colocaron bajo el brazo, llevaron la mano derecha al corazón y expresaron su gratitud y respeto hacia Eckart y Marianne, sentados en la mesa real.
El duque Kling colocó una banda sobre los hombros de cada uno y les ofreció sus felicitaciones con una expresión de complacencia. Le alegraba la idea de formar una unidad de guardia para velar por la seguridad de su hija, y también le satisfacían los caballeros que pasarían a integrarla.
—Felicidades.
—Gracias, Excelencia.
En particular, Milgrain, del condado de Flandes, era un caballero perteneciente a la orden de Astolf, al igual que Iric. Habían pasado varios meses desde que el duque estuvo demasiado ocupado con los asuntos de la capital como para supervisar directamente su territorio, pero el hecho de que un caballero de la orden del Norte, con base en Lennox, hubiera logrado tan buenos resultados, le henchía de orgullo.
—Cuarto lugar: Ludwig de Wallenstein.
Así, hasta que el joven heredero de la baronía de Wallenstein estuvo a punto de quitarse el yelmo, el duque mantuvo una sonrisa cordial en el rostro.
Sin embargo, en el instante en que el duque Kling se topó con el rostro oculto tras la celada, su sutil sonrisa se desvaneció por completo.
El silencio reino.
Su semblante se endureció y, con lentitud —aunque en realidad con el corazón palpitando de urgencia—, volvió la vista hacia la mesa principal.
Eckart conservaba la misma expresión imperturbable de siempre.
En cambio, Marianne, sentada a su lado, parloteaba como si hubiera presenciado algo asombroso; pero en cuanto Eckart le susurró algo al oído, guardó silencio de inmediato. Sus dilatados ojos verdes oscilaban frenéticamente entre el escenario y Eckart.
No solo el duque Kling y Marianne mostraban un comportamiento sospechoso.
Cordelia, que seguía la mirada de Marianne; Iric, que al notar la palidez del duque se giró para observar; y Colin, que nunca olvidaba un rostro conocido, todos fruncieron el ceño con desconcierto. Solo Iric, que aún llevaba puesto el yelmo al no haber llegado su turno, logró disimular a duras penas su desconcierto.
—Vaya, es mucho más apuesto de lo que imaginaba. Pensé que sería un joven de facciones rudas, dado que su esgrima es bastante tosca.
—Más que apuesto… ¿no diría que es más bien hermosa? Creo que la expresión «una joven bella» le sentaría mejor que la de «joven señor».
—Qué va, no. En mi opinión, parece un señorito refinado. Y también parece tener bastante carácter.
Comentarios que evaluaban la belleza del joven vencedor se filtraban desde algún punto de los asientos de invitados de honor, cerca del escenario.
—Excelencia, ¿no va a felicitarme? —instó Ludwig con suavidad en ese intervalo.
El duque Kling volvió a mirarlo.
—Felicidades…
—Gracias.
A diferencia del saludo del duque, que sonó claramente forzado, Ludwig respondió con total despreocupación.
—Cielos, hasta su voz es un poco quebradiza. Podría pasar por un castrato. ¿Se le habrá quedado la voz a medio mudar?
Ese comentario pareció escucharse en algún lugar a espaldas del duque.
Ya veo. El barón debió de estar muy preocupado mientras el muchacho crecía.
Varios presentes asintieron como si estuvieran de acuerdo. Pero a ninguno se le pasó por la cabeza que el joven de Wallenstein pudiera no ser un hombre.
—Tercer lugar: Iric de Schmidt.
—Segundo lugar: Clarent de Hatzfeld.
Y gracias a los constantes esfuerzos del duque Kling por mantener la compostura, la ceremonia prosiguió sin más incidentes…
—Primer lugar: Callisto de Artua.
Callisto se quitó el yelmo de plata.
Su rostro, de una belleza algo juvenil, estaba empapado en sudor. Un largo mechón de cabello rubio platino estaba recogido en un moño bajo, un poco por debajo de la coronilla. Sus ojos eran de un verde oliva profundo. Para cualquier noble registrado en la capital, o para cualquiera que hubiera oído hablar de los rasgos genéticos de la familia imperial y de algunas familias ducales, la evidencia resultaba incontestable.
—Si es cabello rubio platino y ojos verde oliva…
—¿Señorita Raine?
—No puede ser, ¿no es esa la princesa del ducado de Lamont?
El salón, que se había sumido en un silencio sepulcral como si el tiempo se hubiera detenido, estalló de pronto en un caos absoluto, como si se hubiera roto un hechizo de hielo. Todos los rostros reflejaban una incredulidad total. Suspiros y exclamaciones de asombro brotaron por doquier.
A Colin casi se le cae la bandeja de oro. El duque Kling sostuvo al tambaleante secretario y suspiró con resignación. A esas alturas, ya podía adivinar el trasfondo de toda la historia.
—¡Santo Dios, Raine!
La duquesa de Lamont gritó y se levantó de un salto. Las doncellas y su esposo, el duque Lamont, intentaron calmarla desesperadamente. Mientras tanto, el murmullo en los asientos de honor subía de tono por momentos.
—Excelencia, por favor, póngame esto rápido antes de que mi madre salte al escenario. Dese prisa.
Callisto, o más bien Raine, que se hacía pasar por el joven Artua, sujetó el brazo del duque con naturalidad. Este, de forma casi inconsciente, le colocó la banda.
—Ah, se siente bien, aunque sea por un instante. Siempre quise tener una.
—Pero qué significa esto…
—Oh, ¿acaso no va a felicitarme?
—Sí, felicidades. Ha sido una esgrima maravillosa. Pero es que…
—Gracias. No se preocupe demasiado. Su Majestad lo sabía todo —dijo Raine con una sonrisa refrescante.
El duque Kling no pudo ocultar su expresión de inquietud.
—Su Majestad.
Fue entonces cuando una voz afilada como una flecha surgió de un costado de la ruidosa audiencia.
—Yo, Ober de Chester, me atrevo a ofrecer mi consejo. Por favor, permítame hablar.
Ober solo había pronunciado unas pocas palabras, pero la atmósfera del bullicioso salón se apaciguó al instante. Eckart bajó la mirada hacia él con el rostro gélido.
—Lo permito.
—Gracias.
Ober presentó sus respetos brevemente y lanzó una mirada a los ganadores que aún permanecían en el escenario.
—En primer lugar, reconozco que los ocho caballeros, o mejor dicho, seis caballeros y dos damas, han brindado un espectáculo admirable. Es cierto que todos son esgrimistas con talentos que no desmerecen los premios recibidos.
Ante sus palabras, la audiencia se estremeció de nuevo.
Seis caballeros y dos damas.
Si una de ellas era Raine, resultaba evidente quién era la otra. Varias miradas escanearon sin pudor al joven de Wallenstein, una mujer que ahora empezaba a ser vista como una anomalía de alguna familia.
—Por lo tanto, como dijo Su Majestad, merecen una compensación y un aliento razonables —continuó Ober mientras hacía un gesto.
Giyom desplegó uno de los documentos que había preparado de antemano.
—Sin embargo, esto solo es válido bajo la premisa de que no existan descalificaciones especiales.
Lo que Giyom sostenía era el edicto que Eckart había enviado a todo el Imperio con relación a las preliminares de la competencia de artes marciales. Al final de la copia del aviso, figuraban en letra pequeña varias advertencias a tener en cuenta al participar.
Primero: no herir intencionadamente al oponente durante un duelo. Si se daña al oponente a propósito o este sufre una lesión de grado grave o superior, se revocará la calificación y se aplicará el cargo de asesinato.
Segundo: el estatus del participante debe ser, como mínimo, el de plebeyo, y no debe haber constancia de ni una sola sanción por parte de instituciones imperiales o públicas pertenecientes a cada provincia, independientemente del número o la gravedad de la sanción.
Tercero: el título del participante no tiene que ser necesariamente el de caballero, pero al menos no debe haber ninguna razón que lo descalifique para recibir el título de caballero o unirse a una orden de caballería en el futuro…
—Usar un seudónimo y ocultar la identidad en un evento oficial organizado por la familia imperial no es diferente de engañar a Su Majestad y a todos los nobles aquí presentes.
Ober señaló la tercera advertencia entre ellas.
—Además, ninguna guardia imperial en la historia ha incluido jamás a una mujer, y mucho menos a un caballero que no haya sido nombrado formalmente. Es más, nunca se ha dado el caso de conceder un título de caballería a una dama.
—Que no haya sucedido hasta ahora no significa que no deba suceder en el futuro.
Una voz se alzó con ímpetu y rebatió tajantemente las palabras de Ober.
Marianne dio dos pasos al frente desde el escenario y miró a la persona que hacía la reverencia.
Un estoque que colgaba de su cintura iluminó su visión como un relámpago. Gracias a que la distancia era menor que antes, la forma y la decoración de la espada eran claramente visibles.
Era una espada con rubíes rojos tallados en forma de lirios, que simbolizaban a Kling, y tulipanes, que simbolizaban a Valois, decorando la empuñadura. Era una pieza única que ella misma había elegido y regalado a su mejor amiga hacía varios años.
—En primer lugar, permítanme presentarme formalmente. Evelyn de Valois saluda a Su Majestad y a la princesa.
Tal como la recordaba, su voz era tan alegre como siempre.
Marianne ocultó el escozor de su nariz tras un abanico. Estaba tan sorprendida y feliz que sentía que iba a romper a llorar.
—Es cierto que utilicé un seudónimo y oculté mi identidad. Si consideran que he engañado a Su Majestad y a la princesa por ese hecho, pediré perdón de buen grado y aceptaré mi castigo.
Evelyn continuó, mirando a Marianne, que estaba sentada junto al emperador en la mesa principal.
—Pero solo utilicé un nombre que no era el mío y, al igual que los demás participantes, pasé por preliminares justas para llegar a este lugar. Nunca he herido intencionadamente a un oponente, ni he hecho nada que amerite un castigo de una institución imperial. Aunque no soy un caballero, no existe ninguna razón física o social por la que no pueda unirme a la orden.
Su voz era más resuelta y firme que nunca. Sus ojos de un azul marino profundo recorrieron a quienes habían estado murmurando sobre ella cerca del escenario hace un momento.
—Además, hasta que joven maestro Ober señaló mi verdadera identidad, nadie en este salón me criticó por no tener la capacidad ni las aptitudes para ser un caballero.
La gente no había reconocido que Evelyn era la dama del marquesado de Valois ni siquiera después de que se quitara el yelmo y recibiera la banda. Fue porque estaban atrapados en el prejuicio de que ella era un hombre. A sus ojos, Evelyn era un joven de voz un tanto aguda y una apariencia excesivamente agraciada para un varón, pero con una técnica de espada bastante buena.
Tenía que ser así. Era lo justo.
—Ludwig y Evelyn son la misma persona; solo cambian los nombres. No es que haya ocultado un talento mediocre y enviado a alguien más en mi lugar por codicia. ¿Debería ser privada de los méritos que gané por derecho propio solo por pertenecer a un género distinto?
—Señorita Evelyn, sus actos no pueden calificarse de justificados. Es un delito indiscutible de engaño a la familia imperial el haber burlado a todos, incluidos sus soberanos, sin revelar su verdadera identidad. Ese hecho no cambiaría aunque usted fuera la heredera de otra familia que no fuera Wallenstein.
La réplica de Ober siguió a la clara voz de Evelyn. En la comisura de sus labios, que parecían sostener una sonrisa amable, asomaba un rastro de lástima y mucha más burla. Evelyn, que percibió claramente ese desprecio, apretó los dientes. Una suerte de espíritu combativo ardió como una llama en sus ojos.
—Pero si yo fuera un hombre, no habría necesitado tomar prestado el nombre de otra familia. Habría tenido una oportunidad equitativa sin necesidad de usar esta máscara. No habría tenido que escuchar que ninguna orden de caballería en la historia ha incluido jamás a una mujer.
—Eso es…
—El juicio de su excelencia sobre que una dama no puede convertirse en caballero es, de por sí, erróneo. ¿Acaso existen disposiciones en las reglas de admisión a la caballería o en las leyes de nombramiento que prohíban el acceso a las mujeres? Yo jamás he visto tal cláusula.
—Por supuesto, no existe tal cláusula en la ley codificada. Pero también existen las costumbres y tradiciones tácitas en el mundo. A veces, las costumbres de larga data corrigen las innovaciones temerarias de la época.
—Es cierto. Sin embargo, algunas de ellas no son más que costumbres obsoletas y convenciones rancias. Un joven y sabio como usted ya lo sabe, ¿verdad?
