Prometida peligrosa – Capítulo 191

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


El chirrido del metal contra metal rasgó el aire. Tras un embate feroz, Franz perdió el agarre de su lanza y retrocedió tambaleándose. La espada de Iric descendió en un ángulo recto, deteniéndose a milímetros de su cuello. Si aquello hubiera sido una batalla real en lugar de un duelo, Franz ya sería hombre muerto.

El archiduque Christopher, sentado en el estrado del juez cerca de la arena, hizo un leve gesto. Antes de que Franz pudiera incorporarse y recuperar su arma, uno de los dos escuderos que aguardaban detrás alzó una bandera sobre su cabeza.

—¡El vencedor es el estandarte azul, Iric de Schmidt!

El anuncio del ganador resonó con fuerza en todo el recinto.

Los vítores y aplausos de la multitud no se hicieron esperar. También se oyeron silbidos entusiastas desde la zona donde se congregaban los caballeros.

Marianne se desprendió a medias del brazo de Eckart. Aplaudía con el rostro iluminado; se sentía tan emocionada que estaba a punto de ponerse en pie para saludar, pero Eckart la tomó rápidamente de la muñeca y la obligó a sentarse con un suave tirón.

—¿No te estás alegrando demasiado? Hay muchos ojos vigilando; lo mejor es evitar que se note tanto tu favoritismo.

Había un matiz extraño en su tono. Sin embargo, a pesar de la frialdad de la advertencia, no sonaba en absoluto molesto. Parecía más bien un ligero rastro de celos.

Marianne se alisó el vestido, algo desordenado por el ímpetu, y sonrió entornando los ojos.

—Puedo vitorear con la misma fuerza al ganador del próximo encuentro. Así será justo. Y Su Majestad… no parece muy contento. No estará molesto porque haya ganado Iric, ¿verdad?

—Por supuesto que no. ¿Por qué iba a estar disgustado con un caballero que ha ofrecido un duelo tan magnífico?

—Entonces, por favor, muestre un poco más de entusiasmo.

Marianne tiró del cuello de Eckart, obligándolo a inclinarse un poco hacia ella. Acto seguido, desplegó su abanico para ocultarse de las miradas ajenas, pegó los labios al oído de su interlocutor y susurró algo.

El ambiente era lo bastante ruidoso como para que ni siquiera los que estaban a su lado pudieran distinguir sus palabras. Solo Eckart, que las escuchó con total nitidez, frunció levemente el entrecejo y tosió sin motivo aparente. La punta de su oreja y la nuca, que asomaba por encima del cuello de la camisa, parecieron teñirse de un tenue rojo.

—Así que, de ahora en adelante, va a aplaudir al ganador. ¿Entendido? —dijo Marianne con una sonrisa rebosante de confianza.

Eckart, en lugar de responder, soltó un largo suspiro.

♦♦♦

La competición se reanudó poco después.

Mientras los treinta y dos finalistas se reducían a dieciséis, y luego a ocho, Eckart cumplió su palabra y ofreció breves palabras de aliento tras cada combate. Marianne, por su parte, se sumergió en cada duelo, animando sin dar muestras de aburrimiento. Ambos charlaban con semblante alegre durante los asaltos o en los descansos entre preparativos. Su actitud bastaba para dar a entender a todos los presentes que, simplemente, estaban disfrutando del torneo.

—Es él. El caballero que mencionó Ober.

—¿Clarent?

—Sí. Tal vez… ¿sea el asesino más hábil de entre los que oculta?

Nadie habría podido adivinar que, bajo esa apariencia festiva, se intercambiaban palabras de tal peso político.

—Curtis. ¿Lo habías visto antes?

—No, Majestad.

—¿Y su estilo de esgrima?

—Si tuviera que clasificarlo, utiliza principalmente técnicas propias de los caballeros del sur. Se presume que es así porque su familia, los Hatzfeldt, se asienta en la zona sureste de Aslan…

Curtis dejó la frase en el aire.

Mientras tanto, otro vencedor se alzaba en la arena. Al caer al suelo la espada del caballero oponente, los vítores del público estallaron con fuerza.

Eckart aplaudió ligeramente sin apartar la vista del frente. Curtis no dejó pasar esta oportunidad de oro.

—Su esgrima no es la de un caballero.

Su voz baja quedó sepultada con naturalidad por el estruendo circundante.

Eckart le tendió a Marianne una copa de champán con gesto despreocupado. Dispersó su mirada de forma natural, pero observó con persistencia a Clarent mientras este terminaba el encuentro y descendía de la plataforma.

El condado de Hatzfeldt era una de las familias más influyentes del sur. Independientemente de si se trataba de parientes directos o colaterales, de si eran acaudalados o no, los nobles jamás confiarían la instrucción marcial de sus hijos y sobrinos a alguien de origen incierto. Solían contratar a caballeros de nombramiento oficial como maestros de esgrima. Incluso preferían a aquellos de cuna noble frente a los que habían ascendido desde estratos plebeyos.

Esto se debía a que la raíz misma de lo que aprendían era distinta.

Por supuesto, las técnicas utilizadas por los numerosos caballeros de cada región variaban ligeramente, tanto como los hombres que empuñaban las espadas. Sin embargo, las similitudes entre ellos eran evidentes.

Los caballeros de Aslan trazaban el origen de su esgrima en Teófilos, el primer comandante de los caballeros imperiales.

La espada de Teófilos era conocida entre los guerreros como la «espada de la protección». A medida que su técnica se transmitió a lo largo de los siglos, llegó hasta nuestros días enriquecida con las particularidades de cada región o, en raras ocasiones, con nuevas interpretaciones de espadachines que ganaron renombre en el imperio.

Sin embargo, la esgrima gestada en las sombras no seguía ese linaje.

No eran «espadas de protección», sino «espadas de aniquilación». Aunque al final todas las armas sirven para herir, saquear, matar y quebrar al enemigo, el arte de la espada nacido en la oscuridad poseía aspectos mucho más caóticos y destructivos.

Por ejemplo, técnicas enfocadas en maximizar el dolor o arrebatar la vida con rapidez, en lugar de neutralizar y someter al oponente con elegancia. Un estilo herético, plagado de los vicios propios de una casta de asesinos, que jamás podría calificarse como esgrima.

Por tanto, la respuesta de Curtis solo podía significar una cosa.

—Eso implica que tal vez no fuera un Hatzfeldt desde el principio —susurró Eckart.

Marianne inclinó la copa de champán mientras escuchaba el murmullo de Eckart. Las burbujas ascendían en el cristal transparente.

Dirigió la mirada hacia el asiento de Ober, situado a cierta distancia. Él casualmente la observaba con expresión complacida, así que Marianne le devolvió una sonrisa, como si estuviera encantada con el «regalo» que él le había preparado.

—Iba a elegir una guardia personal, pero puede que acabe rodeada de un nido de espías. Y encima, espías seleccionados meticulosamente cuya identidad es un misterio. Puede que haya más asesinos entre los participantes restantes de los que Ober me confesó…

Tomó el resto del champán de un trago. A pesar del dulzor del alcohol, le quedó un sabor amargo en la boca.

—¿He pecado de ingenua?

—Princesa. Fue usted quien propuso celebrar el torneo, pero fui yo quien lo revisó y aprobó.

—No estoy cuestionando la decisión. Sé que, siendo tan estricto y meticuloso, jamás tomaría una decisión peligrosa. Me refiero al problema de mi propia actitud.

—Y yo no pretendía decir que no pudieras criticar mi decisión. Lo que quería decir es que, aunque hubiera tomado esta resolución con ingenuidad, yo me haré responsable de las consecuencias. Nadie podrá reprocharte nada.

Ante aquellas palabras, pronunciadas casi como un juramento, Marianne miró a Eckart con una mezcla de alegría y ansiedad. El abanico que sostenía para ocultar su expresión y la forma de sus labios ondeó frenéticamente, cubriéndole el rostro hasta los ojos.

—¿Y si resulta que todos son espías de Ober?

—Eso no sucederá.

—Ah, bueno, sí. Porque está Iric. Al menos una persona estará de mi lado… —Marianne suspiró con pesadumbre.

Eckart soltó una risita y bajó la vista hacia el asiento contiguo. En sus ojos azules, que brillaban con la luz del sol, afloró un afecto incontenible, como una marea creciente.

—Subestimas demasiado tu propia popularidad.

Marianne lo miró desconcertada, pero él, en lugar de dar más explicaciones, fijó la vista al frente y se recostó en el sofá. Sus largas piernas dibujaron una curva elegante al cruzarse a la altura de las rodillas. Envolvió deliberadamente su brazo derecho, entablillado, como si se cruzara de brazos, y sonrió con intención mientras observaba la arena a lo lejos.

—Aguarda un poco más. No será tarde para decepcionarse cuando el torneo haya concluido.

♦♦♦

Finalmente, se decidieron los ocho candidatos que optarían a ser la guardia de Marianne.

Dos caballeros de la Orden de Astolf, dos de la Orden de Eluang, uno de la Orden de Idil, uno de la Orden de Ardal y dos jóvenes nobles sin afiliación. Por supuesto, entre ellos figuraban Clarent, el caballero en quien Ober confiaba, e Iric, el único en quien Marianne confiaba.

Tras otra ronda de combates, cuatro talentos fueron cribados de entre los ocho finalistas. Una vez más, Iric y Clarent derrotaron a sus oponentes con brillantez y se clasificaron para la siguiente fase.

—Callisto y Ludwig lo están haciendo de maravilla.

Lo sorprendente era que los otros dos candidatos restantes eran jóvenes nobles que ni siquiera habían sido nombrados caballeros de forma oficial, ni mucho menos formados en la academia como aprendices.

—Quizá sea porque son algo más pequeños que los otros caballeros, pero ambos parecen luchar con técnica en lugar de fuerza bruta. No entiendo mucho, pero diría que son… flexibles y elegantes, de algún modo.

Marianne apoyó la barbilla en la mano y reflexionó mientras observaba a los protagonistas abandonar la arena tras el combate. La imagen de los dos cruzando aceros aún parpadeaba ante sus ojos. Había sido una lucha donde las características de su esgrima diferían claramente de las de los demás caballeros, pero, por alguna razón, le resultaba familiar.

—Había oído que eras versada en el arte de la espada, pero tienes un ojo sorprendentemente preciso.

—¿Te lo parece también?

—Sí. Ambos son espadachines que valoran la fluidez y la técnica. La única diferencia es…

Marianne siguió con la mirada la dirección que Eckart señalaba con los ojos. Vio a un joven noble vestido con una armadura de plata tan limpia que resultaba deslumbrante. Era el ganador del último asalto.

—Callisto es excelente en el estilo ortodoxo que se originó con Teófilos. Es difícil de reconocer a simple vista porque su interpretación es única, pero, en términos puramente técnicos, es el espadachín más ortodoxo de entre los participantes. Además, sus movimientos son ligeros; si dirigiera un ejército, sería ideal como líder de una unidad de hostigamiento especializada en ataques sorpresa…

Su mirada se desplazó hacia el lado opuesto. El joven noble que vestía una armadura de cuero y portaba un estoque era el perdedor, pero no parecía triste en absoluto.

—La esgrima de Ludwig parece una mezcla de varios linajes del norte. Es más diestro en el cuerpo a cuerpo que Callisto y sabe usar el ímpetu como un arma. Quizá por no haber pasado por la academia tenga aristas sin pulir, pero su técnica no es tosca. Es ágil y valiente; encajaría bien como comandante de caballería, de los que aplastan la moral en la vanguardia.

Marianne miró hacia el escenario, donde los preparativos para la final estaban en pleno apogeo, y frunció ligeramente los labios.

—Si Iric hubiera ganado, habría podido verlo competir contra Callisto. Es una pena.

—Ver a Clarent y a Callisto también será todo un espectáculo. Es un duelo de extremos —la consoló Eckart con amabilidad.

Marianne había estado extrañamente triste desde que Iric perdió por poco contra Clarent en las semifinales. Independientemente de que hubiera dado un gran combate, se sentía molesta.

—La persona que haga primero el juramento de protección en la ceremonia de investidura no tiene por qué ser necesariamente el ganador del torneo, ¿verdad?

—Desde luego que no. Sería lógico nombrar capitán al ganador, pero la decisión de quién liderará tu guardia y el orden del juramento te corresponden a ti, su señora.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Le hice una promesa a Iric. Me ha seguido como escolta desde Lennox, así que le prometí que sería mi primer caballero oficial cuando se celebrara la ceremonia.

—No te preocupes. A menos que cambies de opinión, él será tu primer caballero.

Marianne asintió, forzando una sonrisa. Mientras Eckart intentaba apaciguarla elogiando un poco más la destreza de Iric, la arena quedó despejada de nuevo.

—¡Dará comienzo el asalto final! —declaró el heraldo con voz vigorosa.

Todos los ojos se centraron en el escenario. Marianne y Eckart también dejaron de mirarse para fijar la vista al frente.

—¡Estandarte rojo, Clarent de Hatzfeldt!

Clarent, al subir a la plataforma, reajustó su pesada espada bastarda. Su capa negra y roja ondeaba al viento tras su cuerpo, sólido como una montaña. Aunque el yelmo ocultaba su expresión, el público percibía su seriedad por su postura solemne.

—¡Estandarte azul, Callisto de Artois!

Por el contrario, Callisto saludó al público con jovialidad. Lejos de estar nervioso, no podía ocultar una expresión emocionada, como la de un cachorro saltando al agua. Era una actitud aparentemente ligera, pero la agresividad afilada destacaba en la punta de la espada que empuñó tras darle media vuelta en el aire.

Los caballeros experimentados supieron valorar el ímpetu de Callisto. A pesar de su postura despreocupada y carente de vigilancia aparente, no había forma de encontrarle una debilidad.

El silbato hendió el aire con un sonido desgarrador. Por fin, el duelo para determinar al campeón absoluto del torneo había comenzado.

Callisto fue el primero en lanzarse. Salió disparado como si pateara el suelo y proyectó su espada en una línea recta perfecta.

Con un sonido vibrante, Clarent sujetó su espada con firmeza y defendió con el filo. La pesada hoja de la espada bastarda empujó al oponente con una fuerza tremenda.

Callisto echó el cuerpo hacia atrás y desvió el acero. La diferencia de fuerza era evidente, por lo que un ataque frontal era una sentencia de muerte. Retrajo su espada con rapidez y buscó el costado de Clarent.

Clarent, que retrocedió dos pasos en un instante, bloqueó de nuevo. Sujetó la espada con ambas manos para ganar distancia y apartó el acero de Callisto con todas sus fuerzas. Callisto se vio inevitablemente desplazado por aquella fuerza brutal.

—Por favor…

Sin darse cuenta, Marianne volvió a aferrar su vestido y encogió los hombros. No conocía de nada al joven noble del condado de Artois, pero deseaba con fervor que derrotara a Clarent. Aunque no pudiera evitar que Clarent formara parte de su guardia, no quería que fuera el capitán.

Si él ganaba y ella se negaba a nombrarlo líder, ¿aceptaría Ober una situación tan ridícula? Por supuesto que no. Era cien veces mejor que Callisto ganara para poder usar la excusa de que el resultado del torneo era inapelable.

Mientras ella se consumía en ansiedad, los espadachines intercambiaban golpes sin descanso. Justo cuando parecía que Clarent iba a aplastar a Callisto con un ímpetu aterrador, este escapaba del aprieto como un rayo y buscaba la espalda o el flanco de su oponente. El sonido del metal chocando y friccionando violentamente resonaba como una partitura bélica. La atmósfera del recinto estaba al rojo vivo ante una esgrima tan espléndida y abrumadora.

—No estés tan nerviosa.

Una voz baja y elegante la sacó de su ensimismamiento. La mano de Eckart cubrió la de Marianne, que se agitaba inquieta con cada choque de aceros. El calor corporal de él se filtró a través del delicado encaje de los guantes de ella.

—¿Quién ganará? —preguntó ella con voz temblorosa.

—Bueno, probablemente aquel a quien le estés deseando suerte.

Eckart respondió mientras deslizaba suavemente sus dedos entre los de Marianne. Un calor lento comenzó a extenderse desde sus manos entrelazadas, calmando, sorprendentemente, su angustia.

—¿Incluso si la fuerza de Clarent es tan superior? La diferencia de tamaño es demasiada…

—A cambio, Callisto es mucho más astuto que él.

—¿Astuto? ¿Qué quieres decir con…?

Fue en el momento en que Marianne preguntaba desconcertada.

Callisto, que había sido empujado al borde de la plataforma como si estuviera a punto de caer, soltó su espada como si no pudiera más. Clarent, que cargaba con todo su peso para expulsar a su oponente, se tambaleó un instante al perder la resistencia. En el segundo en que la espada bastarda se clavó en el suelo en un ángulo agudo por la inercia de la fuerza desaparecida…

Callisto voló por los aires, desafiando la gravedad.

—¡Keuk…! —gruñó Clarent inclinando el torso. Un peso muerto cayó sobre el mandoble que aún no había soltado.

Las grebas de plata, corriendo sobre la hoja tendida, reflejaron con fuerza la luz del sol de la tarde. Callisto retorció su cuerpo en el aire con la agilidad de un acróbata, usando el hombro de Clarent como apoyo. En el breve lapso que tardó su cuerpo en volver a tocar tierra, desenvainó una pequeña daga que llevaba en la cintura.

Para cuando Clarent alcanzó a empuñar su espada larga y la alzó apenas a medias, la daga de Callisto ya se encontraba ostensiblemente hundida en su nuca.

Un estruendo metálico vibró en el aire cuando Clarent, con un gesto de impaciencia, arrancó el puñal de la juntura de su armadura y lo arrojó al suelo. El archiduque Christopher, desde el estrado de los jueces, dejó escapar un suspiro y le hizo una señal al abanderado.

—¡El ganador es la bandera azul, Callisto de Artois!

—¡Waaaaah…!

El salón, hasta ese momento sumido en el silencio, se vio envuelto por un rugido fervoroso. Marianne clavó la mirada en Eckart con una expresión que cuestionaba con vehemencia lo que acababa de presenciar. Eckart se encogió de hombros y respondió con total descaro.

—¿Acaso no te lo dije? Callisto es un espadachín astuto. Jamás ha mostrado la verdadera magnitud de sus habilidades durante un encuentro.

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