Pronto, utiliza el rostro del demonio – Arco 10: Capítulo 7 (2)

Traducido por Shiro

Editado por YukiroSaori


¿Cuál es el origen de este fuego capaz de consumir prendas sagradas? ¿Son estas llamas del Dios de la Luz?  

El corazón del papa se estremeció, y el sudor frío comenzó a recorrerle la frente.

Las llamas descienden desde arriba. Si realmente es fuego divino, entonces debe ser enviado por el Padre Celestial. ¿Por qué no quema nada más sino solo a Boel y su túnica sagrada? Parece que está muy descontento con este nuevo obispo y mi decisión. ¿Qué hacemos ahora? ¿Nos convertirá el Padre Celestial en cenizas?

Por primera vez, el papa sintió que su vida pendía de un hilo. Dejó de lanzar hechizos y cayó de rodillas frente a la estatua, arrepintiéndose. Por fortuna, aún conservaba un rastro de poder divino en su interior, por lo que solo experimentó un dolor incómodo, aunque soportable.

Mientras tanto, Boel, en su desesperación y gritos de dolor, enfrentaba un destino aún más aterrador. Las llamas no consumían su cuerpo, sino que atacaban directamente su alma. Cuanto más impura era un alma, mayor era el sufrimiento que soportaba.

En ese momento, Boel deseaba la muerte, llorando con desesperación:

—¡Ayúdenme, quien sea, por favor, sálvenme! ¡O, por favor, tomen un cuchillo y mátenme! ¡Duele! ¡Duele demasiado! ¡Padre, por favor, perdóname! —Había sido testigo de cómo un sirviente celestial fue consumido por las llamas del Padre y sabía muy bien cuál podría ser su destino.

Incluso en ese momento, Boel no se atrevió a confesar en voz alta sus pecados y engaños.

El rey, el segundo príncipe y todos los dignatarios estaban petrificados. La solemne ceremonia de coronación se había convertido en un desastre en un abrir y cerrar de ojos, y nadie podía procesar lo sucedido. Aquellos consumidos por las llamas no eran personas comunes; eran el papa y el Favorito de Dios, lo que bastaba para aterrorizarlos. Pero lo más asombroso era que el todopoderoso papa, la máxima autoridad, intentara sin éxito apagar las repentinas llamas.

¿Cuál es el origen de ese fuego?, se preguntaron los presentes. 

Todos dirigieron su mirada hacia la fría expresión de la estatua del Dios de la Luz y, de repente, comprendieron su significado. De inmediato se arrodillaron en señal de arrepentimiento. Después de todo, uno de los afectados era el recién nombrado obispo del reino de Sagya, y los habitantes del reino no podían evadir su responsabilidad. Si el Padre decidía enfurecerse contra todo el reino, este podría desaparecer del mapa del continente.

¡Eso sería catastrófico!, exclamaron en su interior los presentes. 

El rey estaba pálido de terror, sus labios temblaban, y cayó de rodillas al suelo, murmurando incoherentemente:

—Dios de la Luz, por favor, perdona mis pecados y haz que toda la calamidad recaiga sobre mí. Te suplico, perdona a mi pueblo.

Zhou Yunsheng había llevado al obispo a arrodillarse en un rincón poco concurrido, y él se sentó a un lado, observando la miserable escena que se desarrollaba frente a él.

Boel había gritado hasta quedarse sin voz, pero continuaba retorciéndose de dolor. Su frente estaba empapada en sudor y sus labios sangraban por las mordidas que se daba en un intento desesperado de soportar la agonía, que no parecía disminuir.

Unos minutos después, las llamas doradas cesaron. La túnica del papa había sido reducida a cenizas, dejando su cuerpo al descubierto. Para evitar más humillaciones, sacó una nueva túnica de su anillo espacial y se la colocó, pero su corazón se estremeció con fuerza.

Se dio cuenta de que el pequeño rastro de poder divino que poseía había desaparecido, y solo le quedaba una mínima cantidad de poder de luz. Sin ese poder divino, no podría derrotar ni siquiera al obispo Byrd.

Cada vez que estallaba una guerra contra la oscuridad, el papa debía situarse en la retaguardia junto a varios sacerdotes de la luz, lanzando círculos de luz para apoyar a las tres fuerzas. Él era considerado la encarnación del Dios de la Luz en el mundo mortal, el líder espiritual de todas las criaturas del continente. Había disfrutado de tan altos honores y estatus que no podía permitirse perderlos.

Su mente estaba en completo caos; le costaba reprimir la expresión distorsionada que amenazaba con aparecer en su rostro. Su garganta estaba llena de sangre; sintió cómo le llegaba hasta los dientes, pero la tragó con fuerza para evitar mostrar debilidad.

¡No puedo permitir que nadie sepa de esto!

La condición de Boel era aún más deplorable. Su alma había sido quemada durante un largo rato y, aunque no fue reducida a cenizas, todos los beneficios que había acumulado al vivir en el Templo de Dios habían desaparecido. Esto significaba que el espíritu puro y el cuerpo resistente que había cultivado a lo largo de cinco o seis siglos, uno que lo hacía digno de convertirse en un dios, le habían sido despojados.

Todavía podía usar su poder de luz, pero ya no podía regenerarlo a través de la meditación como antes. Cada vez que lo utilizara, su suministro disminuiría, hasta que eventualmente se convirtiera en un simple mortal.

Boel yacía en el suelo, apenas respirando. Sus túnicas habían sido reducidas a cenizas, dejando al descubierto su cuerpo desnudo, marcado con evidentes huellas de pasiones carnales.

La Iglesia exigía que todos los sacerdotes de la luz mantuvieran su virginidad, considerando solo a las almas puras dignas de servir al Padre. Aunque podían enamorarse, debían hacerlo solo en sus corazones, absteniéndose de cualquier relación carnal y sin dejar herederos. Sin embargo, si el Padre amaba y favorecía a alguien, las reglas podían ser más flexibles.

Debido a la escasez de sacerdotes de la luz, la Iglesia no aplicaba castigos severos a quienes perdían su virginidad, pero sí eran excluidos de la posibilidad de heredar cargos importantes. El cuerpo de Boel era un claro testimonio del porqué de su castigo: ¡no estaba cualificado para convertirse en obispo!

Cuando un ser humano es consumido por las llamas, los músculos se contraen y las extremidades se enroscan de manera involuntaria. En ese instante, la postura de Boel era particularmente lamentable; se asemejaba a un camarón hervido, acurrucado en posición fetal, con su espalda arqueada al máximo, exponiendo su columna vertebral. A lo largo de sus vértebras, marcas rojas y amoratadas descendían hasta sus caderas y el interior de sus muslos, evidenciando las huellas de un sexo intenso y desenfrenado.

Su trasero estaba ligeramente abierto, y su hinchado y rojo agujero era visible, lo que provocó que hasta los nobles más indulgentes se sintieran avergonzados al contemplarlo.

El segundo príncipe retrocedió tambaleándose, sus ojos enrojecidos de rabia. No había tocado a Boel en días, ¿quién podría haber dejado esas marcas? El único sospechoso era el papa, con quien Boel siempre había mantenido una relación ambigua.

No es de extrañar que el Padre hubiera desatado las llamas doradas sobre ambos; ¡sus pecados merecen tal furia divina!

Al pensarlo, la ira del segundo príncipe se transformó en miedo. Si el Padre conocía el escándalo entre Boel y el papa, seguramente también sabía del suyo.

¿Acaso me castigará también?

Sus piernas se debilitaron y cayó al suelo, incapaz de sostenerse.

Los nobles comenzaron a murmurar, pero, temerosos de inquietar al Padre, pronto guardaron silencio y se sumieron en un arrepentimiento silencioso. Cuando pensaron que la situación no podía empeorar, los documentos que el papa y el rey habían redactado conjuntamente y que proclamaban al segundo príncipe como príncipe heredero y a Boel como obispo, comenzaron a arder. En un abrir y cerrar de ojos, no quedó rastro de ellos, ni siquiera cenizas.

Las dos rosas blancas que ambos habían elegido y colocado a los pies del Dios de la Luz se marchitaron rápidamente, emitiendo un hedor de putrefacción.

Esta serie de eventos dejó a todos atónitos, sus corazones llenos de pánico y desesperación. El Padre siempre había sido benévolo; ¿por qué usaría un método tan extremo para mostrar su ira? Esto evidenciaba cuán profundamente estaba indignado con los dos culpables.

Recordaron la declaración del papa, quien afirmaba que Boel era el Favorito de Dios, y que él y el Padre habían seleccionado unánimemente al candidato más adecuado para ser obispo. Pero, a la luz de lo sucedido, ¡eso era indudablemente una gran mentira!

El papa es quien deseaba elegir a Boel. Y, antes de la ceremonia, ¿no había afirmado el obispo que Boel no era la elección del Padre?

El rey recordó esas palabras y miró al obispo en busca de ayuda. El obispo Byrd, quien ya se había quitado su túnica de obispo, lo observó con calma, sin mostrar ninguna conmoción o sorpresa.

¡El rey deseaba matarse a causa de su arrepentimiento! El obispo Byrd había viajado al palacio en tres ocasiones, solicitándole que retirara el decreto que proclamaba a Boel como obispo, pero él lo había rechazado.

Él había temido ofender al papa en aquel momento; sin embargo, si hubiera sabido que eso implicaría ofender al Padre, habría destrozado el decreto sin dudarlo.

—Hijo mío, ve y apacigua a tu Padre para que su ira se calme —dijo el obispo Byrd, señalando la estatua.

En un instante, el fanboy descerebrado tomó el control de su cuerpo, lleno de emoción. Observó las lamentables condiciones del papa y de Boel, y una satisfacción oscura lo invadió.

Si el Padre ha rechazado a Boel, ¿significa eso que aún tengo una oportunidad? ¿Puedo ocupar su lugar?  

Sus ojos brillaron con esperanza, y se arrodilló ante la estatua del Padre, dispuesto a arrepentirse y confesarse. Justo cuando estaba a punto de empezar, notó las flores marchitas y malolientes a los pies del Padre, y extendió la mano para retirarlas.

De repente, una hebra dorada envolvió su mano, levantándolo del suelo y llevándolo a los brazos del Padre. Su rostro ardiente descansó en el regazo del Padre. Intentó levantarse, pero en ese momento sintió una cálida y amplia palma acariciando su cabeza, mientras la otra le frotaba suavemente la espalda.

¿Es este el Padre? ¿Me está acariciando?  

No podía creer lo que estaba sucediendo. Permaneció rígido en los brazos del Padre, inmóvil, temiendo que cualquier movimiento pudiera romper el hechizo y hacer desaparecer aquellas caricias como una burbuja.

Abrió sus grandes ojos, los cuales se habían llenado de lágrimas, pero se esforzaba por contenerlas mientras reprimía el estremecimiento de su cuerpo. Solo podía morderse el pulgar con fuerza, su apariencia lamentable.

El Dios de la Luz había proyectado una aparición que reemplazó a la estatua, y era quien en ese momento sostenía al muchacho. Bajó la mirada hacia él, con ojos llenos de indulgencia, mientras secaba con cuidado sus lágrimas. Luego acarició íntimamente sus largas y rizadas pestañas. Al notar su parpadeo lleno de pánico y su temblor involuntario, soltó una risa alegre.

Con un giro de su palma, hizo aparecer una corona de flores tejida con rosas chinas rojas, la cual colocó delicadamente sobre la cabeza del joven. Luego, besó su frente con amor y poder divino antes de desvanecerse del templo.

Su llegada y partida fueron tan rápidas que nadie pudo vislumbrar su verdadera forma. Sin embargo, la corona de rosas que apareció de repente en la cabeza del chico era innegablemente real, dejando a todos maravillados y, al mismo tiempo, dirigiendo miradas afiladas hacia el papa y Boel.

Todos comprendieron que eran los causantes de los sufrimientos del día. Ahora sabían que Joshua era el verdadero Favorito de Dios, y al haber actuado en su contra, solo podían esperar una muerte en la que incluso sus almas serían destruidas.

—Hijo mío, ¿el Padre ha perdonado a sus creyentes ignorantes? —preguntó el obispo al ver que el muchacho sostenía su corona, riendo alegremente y olvidándose de todo lo demás.

—El Padre no dijo nada. Quiero arrepentirme ante Él a solas, ¿puedo hacerlo? —preguntó el chico, parpadeando con los ojos húmedos.

—Por supuesto que puedes. Retirémonos todos; el Padre no desea vernos en este momento, ni siquiera a Su Santidad el papa —respondió el obispo, directo.

Después de provocar la ira del Padre, los buenos días del papa habían llegado a su fin, y más adelante tendría que explicar cómo aparecieron esas marcas en el cuerpo de Boel.

Incluso si decidiera dejar que otros cargaran con la culpa, ganar la confianza de los mortales ingenuos no impresionaría al omnisciente Padre. Eventualmente, Él le quitaría todo lo que le había otorgado.

Dos criadas envolvieron a Boel en una túnica y lo ayudaron a salir. No esperaban que el noble y puro sacerdote Britte ocultara un corazón tan lujurioso; tras atenderlo, pensaron que lo mejor sería ir al pozo sagrado a lavarse las manos.

En lugar de marcharse, las figuras importantes de la sala se quedaron mirando al papa y al rey con reproches, exigiendo explicaciones: ¿No habían afirmado que su decisión era acertada? ¿Que el nuevo obispo era el Favorito de Dios y un emisario celestial enviado a los mortales? ¿Era ese realmente el supuesto favorito?

El papa, abrumado por la vergüenza, declaró que había sido engañado por Boel y que lo retendría para interrogarlo. Usó su estado de salud y las heridas como excusa para retirarse a descansar. Al fin y al cabo, seguía siendo el papa, y nadie se atrevería a avergonzarlo. De ese modo, le permitieron irse y volvieron su atención al rey, exigiéndole cuentas.

El rey, con sinceridad, ofreció una disculpa y se preparaba para anunciar la destitución de Boel como obispo, cuando un fuerte chasquido resonó en la sala. La piedra de luz en la corona del segundo príncipe se rompió, desmoronándose en polvo sobre el suelo. Al mismo tiempo, la brillante corona comenzó a oxidarse y deteriorarse, como si el tiempo hubiera avanzado a gran velocidad.

Todos quedaron atónitos. Entonces, la esposa del difunto príncipe estalló en una risa estruendosa:

—¿Lo ven? Esto es el castigo del Padre por tus pecados. Aquellos con un corazón maligno solo pueden portar una corona corrupta.

—¡No, eso no es cierto! ¡No hice nada! —El segundo príncipe sostuvo su corona y gritó.

Bajo la presión de su agarre, la corona se deformó, convirtiéndose en un sombrero barato de bufón.

—¿Te atreves a jurar ante el Padre celestial que no tuviste nada que ver con la muerte de mi esposo? —cuestionó la esposa del difunto príncipe.

El rostro del segundo príncipe palideció mientras negaba con la cabeza, y bajo las miradas penetrantes de todos, se dio la vuelta y huyó en pánico.

El rey, por su parte, pareció envejecer varias décadas en un instante. Se cubrió su rostro con las manos y se inclinó hacia adelante, sumido en pensamientos oscuros. El venerable obispo avanzó frente a todos, afirmando que resolvería este desastre de manera apropiada, lo que permitió que las élites, aún aterrorizadas, finalmente abandonaran el lugar.

—Joshua es el verdadero Favorito de Dios, ¿verdad? —preguntó el rey una vez que todos se habían ido.

—Correcto.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Recuerdo habérselo dicho muchas veces. Pero eligió confiar en Boel Britte, no en mí.

El rey permaneció en silencio, reflexionando.

—¿Qué significa la rosa roja? ¿Lo recuerda? —El obispo le dio una palmadita en el hombro y se alejó lentamente.

El rey miró hacia abajo, meditando. Su corazón comenzó a emerger del abismo de la desesperación y a escalar la montaña de la esperanza.

Una rosa roja significa amor puro. Te amo profundamente, ah.

Si ese era el verdadero mensaje del Padre, entonces el reino de Sagya tendría un futuro brillante mientras tuviera a Joshua.

Esto es maravilloso. Hay esperanza. Gracias por tu paciencia, Padre, y por favor, perdona nuestra ignorancia.

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