Pronto, utiliza el rostro del demonio – Arco 10: Capítulo 8 (1)

Traducido por YukiroSaori

Editado por Shiro


Zhou Yunsheng sabía que el fanboy descerebrado estaba perdiendo la cabeza otra vez.

Observó cómo el fanboy descerebrado se arrodillaba ante la estatua del Dios de la Luz, acostándose sobre sus rodillas y sollozando, expresando su felicidad por recibir la corona de rosas rojas. Incluso llegó a pedir al Dios de la Luz que lo llevara al cielo. Luego, se enderezó, tomó el rostro de la estatua entre sus manos e intentó besar sus delgados labios.

¡Si te atreves a besarlo, te mataré!, rugió su parte racional en su subconsciente.

¡Déjame besarlo! ¿Por qué siempre me detienes cuando quiero hacer algo?, replicó el fanboy descerebrado entre lágrimas.

Las dos mitades del alma luchaban ferozmente en su interior. En el mundo real, el joven sostenía las mejillas de la estatua del Padre, a punto de rozar sus labios, mientras en su rostro se reflejaba tanto el deseo como la lucha interna.

En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz estaba sentado rígidamente en su chaise longue, conteniendo la respiración con expectación. La cálida fragancia de rosas del joven llegaba a su rostro como si estuviera frente a él. Aunque sus labios no se tocaban, el Dios de la Luz sentía una inquietud creciente.

Estaba listo para actuar. En el momento en que el joven lo besara, aparecería ante él, lo abrazaría y acariciaría, llevándolo consigo.

Pero, de repente, el chico lo soltó, se dio la vuelta y salió corriendo.

La anticipación del Dios de la Luz se desvaneció. Permaneció rígido, inclinado hacia adelante durante un largo rato, antes de reclinarse lentamente en su silla con un profundo suspiro de decepción.

La parte racional de Zhou Yunsheng al final ganó la batalla. Reprimió al fanboy descerebrado en el subconsciente y corrió a toda prisa hasta su habitación, dejándose caer en la cama. Se sentía física y mentalmente agotado, pero su corazón seguía librando una lucha intensa.

No esperaba que el Dios de la Luz realmente respondiera a fanboy descerebrado. Había quemado a Boel con llamas divinas y le había otorgado a Joshua una corona de rosas rojas con implicaciones evidentes.

¿De verdad se enamoró del joven Joshua?

Recordó algo que había leído en un foro en línea: solo una persona «desvergonzada» perseguiría a su príncipe azul. Ese comentario, que antes le parecía tonto, en ese momento no le parecía tan absurdo.

Un nivel de desvergüenza como el del fanboy descerebrado podía considerarse extremadamente raro.

Pero, ¿qué pasará ahora con mi amante? Quizás pronto me buscará, o tal vez nos encontraremos de nuevo cuando salga a viajar, pensó Zhou Yunsheng en silencio.

El Padre es nuestro amado, no hay duda alguna, interrumpió el fanboy descerebrado de repente.

Cállate. Eres un descerebrado y tu juicio no es certero. Seguro estás tratando de engañarme, ¿verdad? Solo quieres acercarte al Dios de la Luz con mayor facilidad, rechazó bruscamente su lado racional.

El fanboy descerebrado se quedó en silencio, ya la parte racional continuó: ¿Eres consciente de que si el Dios de la Luz no es nuestro verdadero amante y lo provocamos, las consecuencias serán graves? Él es el único dios en este mundo, omnipotente. Si decide encerrarnos aquí, no tendremos forma de escapar.

¿Estás dispuesto a quedarte aquí para siempre? ¿Puedes garantizar que te amará eternamente? Recuerda que hace tiempo adoró a Boel Britte, lo protegió y favoreció durante quinientos años, pero ahora lo ha rechazado. ¿Te atreves a adivinar cuánto tiempo te querrá a ti? ¿Más que a Boel? Quizá en unos siglos, otro devoto llegue al templo y te deseche como si no fueras nada. Así que, ¿por qué no despiertas y piensas en nuestro futuro?

Las dos mitades del alma entablaron un diálogo familiar. Poco a poco, el fanboy descerebrado comenzó a calmarse, hundiéndose más en las profundidades del subconsciente, mientras se acurrucaba en una pequeña bola. En la vida real, el joven yacía en la cama, llorando en silencio con una expresión distante.

El Dios de la Luz quedó paralizado al ver esa escena. Realmente deseaba abrir la mente del chico para entender sus pensamientos.

¿Es otra vez una lucha entre amor y fe? Tan sensible y frágil, se siente avergonzado por el anhelo que siente hacia su dios.

Por otro lado, el papa ordenó a los guardias que encarcelaran a Boel y luego regresó solo a su habitación. Fue entonces como, tras revisar repetidamente su cuerpo con conjuros, perdió toda esperanza. El Padre había recuperado por completo el poder divino que le había otorgado. Estaba a punto de convertirse en un semidiós, pero en ese momento era incluso más insignificante que un sacerdote promedio. Una vez que estallara la Guerra Oscura, sería expuesto y expulsado de su altar divino.

¡Maldito seas, Boel Britte! No eres el Favorito de Dios, ¡me engañaste! ¡Me tentaste hacia el abismo del deseo y me hiciste perder el santuario del Padre! ¡Vas a pagar por esto!

Maldijo colérico en su corazón, deseando destrozar toda la habitación, pero se contuvo al pensar en el posible escándalo. Después de todo, este no era su templo principal.

Debo regresar rápidamente a mi palacio y encontrar una solución, pensó, comenzando a empacar.

Sin embargo, al sacar su cetro y otras túnicas sacerdotales, se horrorizó al descubrir que las cuatro piedras de luz en la parte superior del cetro estaban hechas añicos, y el oráculo inscrito en su Túnica Sagrada había desaparecido. La brillante prenda dorada se había convertido en un trapo viejo y raído.

De repente comprendió cuántas bendiciones le había otorgado el Padre y cuánto le costaría este castigo. Para ganar poder, había abandonado su fe devota. Aunque había hecho muchas cosas malas, siempre asumió que el Padre rara vez prestaba atención al mundo y no conocía los secretos ocultos en las sombras.

Estaba claramente equivocado. El Padre lo sabía todo; simplemente no quería prestarle atención. Pero si sus acciones cruzaban la línea, sería despojado de todo.

¿Y ahora qué?

El papa se dejó caer sobre su cama, abatido y sin esperanza.

♦ ♦ ♦

Boel se encontraba encerrado en una mazmorra de hedor repugnante, vigilado por varios guardias que susurraban entre ellos, compartiendo vívidas descripciones sobre la escena de su cuerpo desnudo en llamas.

—¿Este es el llamado Favorito de Dios? Siento que mis ojos se ensucian solo con mirarlo. Al terminar mi turno, iré al pozo sagrado a lavarlos. Después de que lo usaran toda la noche, se atrevió a cubrir sus pecados con la túnica sagrada de los sacerdotes. ¡Esto es una blasfemia contra los dioses! No es de extrañar que el siempre amoroso Padre se enfureciera y enviara llamas doradas para consumirlo.

—¡Exacto! ¿Por qué el Padre no lo quemó hasta la muerte? Escuché que el obispo Byrd se opuso a la coronación del nuevo obispo, pero el papa insistió. Oye, ¿qué opinas? ¿No crees que el papa fue quien dejó esas marcas en su cuerpo?

—Por supuesto, si no, ¿por qué el Padre solo quemó a ellos dos?

Los aliados más cercanos del papa escucharon estos rumores y corrieron al templo para informarle. Para proteger la reputación del papa y la santidad de la Iglesia Central, Boel Britte no podía quedarse.

Boel, consumido por la vergüenza, se escondía en un rincón de la celda, recordando su vida despreocupada en el Templo de Dios, ahogado en sentimientos contradictorios.

—Padre, por favor perdona mis pecados y llévame de vuelta. Estoy dispuesto a ofrecerte mi alma. Padre, ¿acaso te has olvidado de que solía acurrucarme a tus pies y cantar? Eso te relajaba, y me mirabas con ojos llenos de amor. Esa fue la mejor época de mi vida, Padre. Te extraño, ¿puedes oírme? —Se arrodilló en el suelo, las manos juntas, ansioso por que su voz llegara al Templo de Dios.

En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz señaló el espejo de agua y preguntó con tranquilidad:

—¿Ves lo que ha hecho?

—Sí, Padre, he descuidado mis deberes. Por favor, dicte su decisión.

El emisario celestial estaba profundamente disgustado por las acciones de Boel Britte, quien se atrevió a proclamarse el Favorito de Dios y usó el nombre del Padre para ganar poder y estatus. En el pasado, tal vez habría tenido una oportunidad de redención, pero en ese momento, el Padre tenía un verdadero Favorito. ¿Cómo podía perdonarlo?

—Expulsa a todos los sirvientes celestiales del templo, quítales el poder divino y la luz que poseen en sus cuerpos. No deben volver a actuar falsamente en mi nombre. Cualquiera que se atreva a intentarlo será consumido por mis llamas divinas. —El Dios de la Luz agitó su túnica con autoridad.

Justo cuando se dispuso a retirarse, el emisario celestial oyó al Padre agregar:

—Y que todos ellos sean testigos de los actos de Boel Britte como advertencia.

El emisario celestial hizo una reverencia y se retiró. Luego reunió a todos los sirvientes celestiales, seres elegidos de los reinos inferiores, y proclamó el decreto divino. Usó un hechizo de retroceso del tiempo para mostrarles las experiencias de Boel, para que comprendieran por qué sufrían tal destino.

Los sirvientes celestiales, aunque mortales, estaban libres de la vejez, las enfermedades y la muerte en el Templo de Dios. Después de una vida tan despreocupada, ¿cómo podían estar dispuestos a regresar al reino mortal y enfrentar de nuevo el sufrimiento, la vejez y la muerte? Y lo que era peor, mientras permanecieran con el Padre, tenían la posibilidad de agradarle algún día y obtener la divinidad, convirtiéndose en una existencia noble. Pero en ese momento, lo habían perdido todo.

Los sirvientes celestiales se arrodillaron en el suelo, llorando y suplicando, repitiendo que el comportamiento de Boel Britte no tenía nada que ver con ellos, buscando la gracia del Padre y del emisario celestial. Sin embargo, este último no se dejó conmover; les retiró su luz divina, restaurando sus cuerpos originales, y los arrojó al canal que conducía al reino mortal.

Poco tiempo después, muchos «Favoritos de Dios» comenzarían a caer del cielo en el reino mortal.

El documento que proclamaba al segundo príncipe como príncipe heredero fue reducido a cenizas por el fuego divino, y la corona oxidada evidenció que el Padre no lo quería en el trono. El rey contaba solo con dos herederos legítimos; el resto eran hijos ilegítimos nacidos de sus amantes. Para evitar conflictos internos, deliberadamente no había entrenado a sus hijos ilegítimos, por lo que solo sabían comer y beber, pero no liderar. En ese momento, tras la muerte de uno de sus herederos y el rechazo del Padre por el otro, se encontraba incapaz de encontrar un sucesor digno.

Sin un futuro gobernante, el poder imperial se tornará inestable. Pero, ¿qué puedo hacer?

En contraste con la preocupación del rey, la esposa del fallecido príncipe se mostraba radiante. Sostenía a su hijo de tres meses, acunándolo con suavidad mientras le tarareaba una canción de cuna. Él se sumió en un dulce sueño, y ella lo colocó con sumo cuidado en la cuna, ordenando a varios guerreros de alto rango que lo protegieran.

Se vistió con su vestido más sencillo y caminó lentamente hacia el templo. Allí encontró al sacerdote Joshua sentado junto al pozo sagrado, tallando figurillas. Tenía la mirada baja, irradiando una bondad infinita, y el sol dorado lo envolvía, iluminando su hermosa figura. Mariposas, atraídas por la fragancia dulce de rosas que emanaba de él, revoloteaban a su alrededor, rehusándose a alejarse.

Era tan hermoso, tan santo, tan sereno, que incluso los criados más charlatanes se abstenían de alzar la voz por miedo a perturbarlo. Sin duda, él era la persona que el Padre realmente adoraba. Todas las mujeres del continente conocían bien el significado detrás de la rosa roja.

La princesa suavizó sus pasos y se acercó a Joshua, inclinándose en una reverencia.

—Buenos días, princesa Elena —dijo el joven con una sonrisa, su voz tan melodiosa como el agua de manantial.

La princesa sintió un ligero nerviosismo y, tras unos momentos, se atrevió a hablar:

—Pasado mañana es tu cumpleaños número dieciocho, así como los primeros cien días de vida de mi hijo.

—¿Oh? ¿Se cumplen cien días del pequeño príncipe Anthony? —Zhou Yunsheng comprendió al instante las intenciones de la princesa y la miró con ánimo.

La princesa se relajó y continuó:

—Por eso, me gustaría pedirte que bendigas a Anthony después de tu bautismo.

Según las costumbres de la región, los recién nacidos debían recibir la bendición de un anciano altamente respetado tras sus primeros cien días. Por lo general, las familias buscaban a la persona más poderosa y honorable a su alcance, y la familia real solía elegir al obispo del país.

—Pero sabes que no soy el obispo del reino de Sagya; no estoy calificado para bendecir al pequeño príncipe Anthony —respondió Zhou Yunsheng con franqueza.

Si la otra parte insistía en que le otorgara su bendición, él no dudaría en utilizar el poder de la luz para crear algunos milagros para el pequeño príncipe. Sin embargo, jamás permitiría que el segundo príncipe heredara el trono del reino de Sagya.

—En mi corazón, nadie está más calificado que tú. Por favor, ¿puedes concederme esta petición? —La princesa se arrodilló, juntando las manos en un gesto de súplica.

Zhou Yunsheng se levantó y ayudó a la princesa a ponerse de pie, sonriendo mientras decía:

—Si es tu deseo, lo prometo. Que tú y el pequeño príncipe gocen de buena salud.

—Gracias. Eres muy amable. Tu decisión es una salvación para mí y para Anthony; ¡nunca olvidaremos esta bondad!

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