Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Milán recobró su habitual tranquilidad tras el banquete.
El revuelo del torneo de artes marciales se fue diluyendo, exagerado por unos y minimizado por otros a medida que pasaba de boca en boca, pero nadie se atrevía a mencionarlo en presencia de Eckart u Ober, los implicados directos.
Solo Jed, demasiado absorto en las tareas que le habían asignado de improviso como para presenciar el torneo, se quejó con audacia. Sin embargo, sus lamentos duraron poco ante la nueva carga de trabajo. Eckart, en lugar de ofrecerle consuelo, envió unas cuantas botellas de vino al Departamento del Tesoro.
La ceremonia de investidura estaba programada para fechas próximas.
Al día siguiente del banquete, Marianne se reunió con Ober y prometió nombrar a Clarent vicecomandante de la nueva Guardia Real. Fue la mejor conclusión a la que llegaron tras consultarlo con Eckart.
Ober parecía sumamente insatisfecho con el resultado. No obstante, terminó aceptando que era la opción más viable. Considerando que el puesto de comandante estaba vacante, Clarent sería, de facto, el oficial de mayor rango en la Guardia Real. Ante el consejo —o más bien, la amenaza— de que siempre debía llevar a Clarent consigo, Marianne respondió que así lo haría.
Evelyn y Angelica trasladaron su residencia a la Mansión Elior, donde se alojaba Marianne.
Rein fue finalmente perdonada tras recibir los regaños de la duquesa durante una semana entera. Aun así, se las ingenió para colarse en la mansión un par de veces más, burlando la vigilancia de los sirvientes y los caballeros que custodiaban el dormitorio.
Tras conocer toda la historia a través de varias reuniones, las tres estaban incluso más furiosas que Marianne. Ardían en deseos de ayudar en lo que fuera necesario. Evelyn, en particular, estaba tan colérica que por poco se marcha a cortarle la cabeza a Ober, terminando por hacer añicos la inocente mesa de té y el sofá.
Aunque a Marianne le inquietaba un poco aquella reacción tan intensa, no le disgustaba en absoluto. Sentía que había confirmado la presencia de aliadas formidables. Ese sentimiento de dicha la volvió más audaz y serena.
Y así tras varios días de profunda reflexión, decidió poner en marcha cierta operación.
—Su Majestad, voy a robar algo pronto.
Nombre de la operación: Hermes.
En otras palabras, iba a cometer un hurto.
Eckart levantó la vista del tablero de ajedrez. Se preguntó si sus oídos lo habían traicionado.
¿Que iba a robar algo?
Era una afirmación del todo irracional. Especialmente considerando de quien venía.
Movió la mano, que había quedado suspendida en el aire. Sus dedos, largos y esbeltos como su dueño, apenas lograron posar la pieza sin derribar las demás. El alfil blanco, tallado en cristal de color crema, desplazó al peón negro y ocupó su lugar. El hilo de pensamiento que se había interrumpido retomó su curso.
Ella era la hija del duque y la prometida oficialmente reconocida del Emperador. El conde Renault, padre de Jed, era un actor principal en el comercio marítimo, y el Gremio Atrum, líder del comercio terrestre, estaba estrechamente vinculado al marqués de Chester, de quien se decía que era su amante.
A estas alturas, le resultaría más difícil no obtener la riqueza que deseara que conseguirla. Además, ella no era la clase de persona inmoral que se dejaría llevar por la codicia personal para sustraer bienes ajenos de forma indiscriminada.
—Creo que me resultará difícil hacerlo sola. ¿Me ayudarías?
Pero Marianne pedía su cooperación con el rostro totalmente serio. A juzgar por su experiencia siendo blanco de sus bromas en múltiples ocasiones, aquellos ojos eran sinceros. Lejos de ser una, se sentían apremiantes.
Eckart enderezó el torso, que había mantenido inclinado hacia la mesa. Mientras se recostaba en el sofá, fingiendo tranquilidad, Marianne parpadeó con sus ojos claros y sostuvo su mirada. Él señaló el tablero con un gesto. Solo entonces Marianne se dio cuenta de que era su turno; desvió la vista hacia el tablero y comenzó a meditar su movimiento.
Solo cuando ella apartó la mirada, él dejó escapar un largo suspiro. El leve fruncimiento de su ceño delataba la complejidad de sus pensamientos.
—Princesa, ¿acaso la condesa Reinhardt te ha dado algún consejo inútil, quejándose de que tu asignación para mantener la dignidad es demasiado elevada?
—No. La señora Charlotte está muy ocupada estos días convocando a todos los diseñadores de la capital. No tiene un vestido adecuado para la próxima ceremonia de nombramiento de la Guardia Real. Como el tiempo es poco, ayer estaba revisando una montaña de catálogos de las mercerías más famosas. Lo que quiere salvar no es el presupuesto de la mansión, sino probablemente sus horas de sueño.
—¿Entonces el subsecretario jefe?
—¿Sabes lo mucho que me agradece mi presencia Cloud últimamente? Está encantado de que Su Majestad coma con regularidad gracias a mí… Quiere gastar el doble en comida de lo que gastamos ahora. Tiene grandes aspiraciones, ¿no crees? Si llegara a desayunar contigo, es posible que me jure lealtad a mí.
No era eso tampoco.
Eckart hizo girar entre sus dedos el peón que acababa de capturar, cambiando el rumbo de sus deducciones.
—Entonces… ¿acaso deseas los tesoros de la Familia Imperial Faisal?
—No estaría mal tenerlos, pero no pretendo romper la alianza de años entre ambos países solo porque se me antojaron los tesoros de Parthia. Además, Aslan posee tesoros magníficos. Todos le pertenecen a Su Majestad, así que no hay necesidad de robarlos.
Marianne respondió con naturalidad mientras movía el caballo negro.
—Me darías todo si yo dijera que lo deseo, ¿verdad?
Los ojos de un verde profundo, que habían estado fijos en el ajedrez, volvieron a encontrarse con los de él.
—Desde luego, es cierto, pero…
Era una declaración que podría haber sonado arrogante dependiendo de quién la pronunciara, pero Eckart no se ofendió. Porque era verdad.
Esa confianza en que él le entregaría cualquier cosa sin vacilar era una fe muy propia de ella. Una fe que no contemplaba la traición. Una convicción que ella una vez esperó de él, y que ahora él anhelaba recibir de ella.
—Sabiendo todo eso, ¿por qué declaras que vas a cometer un robo?
—Porque lo que quiero está en manos de Ober, no en las tuyas.
La pieza de cristal desapareció dentro del puño de Eckart, que se cerró con fuerza.
Él frunció el ceño sin darse cuenta. Un dolor punzante le recorrió la muñeca y el codo. Su brazo derecho estaba casi recuperado y no sentía molestias en las actividades cotidianas, pero cuando lo sometía a una tensión repentina como esa, el dolor regresaba inevitablemente.
—No me malinterpretes.
Marianne deslizó rápidamente sus dedos entre los de él. Los dedos de Eckart, donde las venas azules se marcaban ligeramente, se relajaron como por arte de magia. Solo tras recuperar el peón oculto en su interior, ella soltó lentamente su mano.
—Lo que intento robar es información. El arma secreta que posee Ober.
Tap. El peón de obsidiana aterrizó sobre la mesa.
Ella extendió la mano y acarició cada una de las piezas negras que Eckart había capturado. La textura suave y fría del cuarzo despertó su intuición.
—Hace poco visité su despacho sin previo aviso. Y vi algo muy sospechoso.
Marianne señaló un punto en el estudio. Era la estantería alta justo al lado de la chimenea. Si se empujaba hacia un lado tras seguir un procedimiento especial, servía de entrada a un espacio oculto que conducía a un pasadizo secreto subterráneo.
—Allí también había uno. Un espacio secreto.
Recordó un día no muy lejano. El día que visitó la mansión del marqués de Chester con Phoebe. La escena del interior de la habitación que había visto a través de la estrecha rendija, cuando atrapó a Giyom desprevenido y empujó la puerta opuesta del despacho, seguía vívida en su memoria.
Detrás del escritorio de Ober, las paredes estaban cubiertas de ornamentadas botellas de licor y pinturas, reflejando sus gustos. Y la puerta del espacio secreto que Annette estaba cerrando era una de las muchas vitrinas de esa habitación. Marianne, que había entrado y salido de esa estancia incontables veces en el pasado, pudo reconocerla de un vistazo.
—Me sigue inquietando que el paradero de Shahar sea un misterio desde que visitó la mansión del duque Hubble. No hay forma de que solo fuera a ofrecer sus condolencias, ¿no crees que todo está demasiado tranquilo? Debe de haber tramado algo con Ober. Se suponía que la pareja Ilios y la marquesa de Chester se reunirían con él. ¿Crees que esa gente vil se reunió para tomar el té, llorar al duque fallecido y luego se despidieron sin más?
Por supuesto que no. Eckart también encontraba aquella reunión sumamente sospechosa. Incluso ahora, movía sus sombras en secreto para recolectar toda la información pertinente.
—Algo va a estallar pronto. Voy a intentar desenterrar todo lo que pueda antes de que suceda. He estado entrando y saliendo de esa terrible mansión del marqués como si fuera mi casa, solo por si llegaba un día como este.
Si se consideraba únicamente la eficiencia, la propuesta de Marianne era una oportunidad bastante buena. Los grandes riesgos conllevan grandes recompensas. Como ella decía, permitir que Marianne rondara por territorio enemigo era una de las cartas que él había preparado para una ocasión así.
—Te lo prohíbo.
Pero Eckart no podía jugar la carta que tenía frente a él.
—Su Majestad.
—Es demasiado peligroso. ¿Conoces el método exacto para abrir ese espacio? ¿Hay alguna garantía de que la información que buscamos esté allí dentro?
—Eso es…
—Un espacio donde el número de personas que pueden entrar es limitado significa que el número de personas que manejan esa información también es reducido. Los sospechosos en caso de que se roben documentos importantes ya están determinados.
—Desde luego…
—Si tienes suerte, empezarán interrogando a los ayudantes cercanos; pero si no la tienes, la flecha podría apuntar directamente hacia ti. Ober es impredecible, es difícil adivinar cómo reaccionará cuando descubra la traición.
»Además, apenas hay sombras en la mansión de Chester que yo pueda movilizar de inmediato. Eso significa que no puedo rescatarte al instante si estás en peligro. Hacer algo tan temerario sin asegurar siquiera un mínimo de seguridad es…
En ese momento ocurrió. Crash. Las piezas blancas que permanecían en el tablero cayeron en desorden.
Eckart guardó silencio. Sus ojos azules recorrieron el tablero desordenado. Frunció el ceño y miró a la persona que había derribado las piezas deliberadamente.
—Si dudas demasiado para proteger a una sola pieza, podrías perder al resto, tal como ahora.
El bando blanco no era más que ruinas. Pasando por encima de alfiles, caballos, peones y torres esparcidos al azar, Marianne colocó a la reina, la única que había sobrevivido porque ella la sostenía.
La situó justo al lado del rey blanco caído.
—¿De qué sirve una reina que sobrevive en soledad? Sin un rey al que proteger ni camaradas con quienes luchar.
Ella tomó al rey negro de su bando intacto. Y golpeó suavemente a la reina blanca, que se mantenía en una posición precaria.
Con un leve sonido, la reina cayó sobre el rey. Con eso, el bando blanco quedó aniquilado.
—En este juego, la reina está tan muerta como el resto.
Eckart se recostó contra el respaldo del sofá con un largo suspiro. Una mano hermosa cubrió sus párpados. En la visión que se oscureció al instante, se repitió la derrota que ella acababa de mostrarle.
Piezas caídas, un rey derrotado, una reina inclinada sobre él…
Su mente perspicaz ya sabía qué clase de metáfora era aquella. No quería responder porque lo comprendía perfectamente. Era la primera vez que le resultaba desagradable haber descifrado las intenciones de otra persona.
Marianne lo observó, viendo lo afligido que parecía, y se levantó de su asiento. El dobladillo de su vestido se movió como si fluyera hacia el otro lado. Se situó justo al lado de la rodilla de Eckart y, lentamente, retiró la mano con la que él se apretaba la frente.
Los párpados cerrados se abrieron tras una breve vacilación.
—¿Dices que es peligroso? Lo es. Lo ha sido desde el momento en que decidí engañar a Ober. ¿El método exacto para abrir el espacio? En realidad, no lo conozco. Solo vi a Annette forcejeando con una parte específica. ¿Hay garantías de que la información esté allí? No. Solo imaginé que podría ser un lugar para documentos confidenciales porque Annette sostenía algo parecido a uno. Cuando lo abra, quizá solo esté lleno del licor favorito de Ober.
Marianne sonrió levemente mientras lo miraba desde arriba. Era una sonrisa dulce.
—Así que entiendo perfectamente lo que te preocupa. Es más, lo agradezco. Me hace feliz que parezcas considerarme tu máxima prioridad.
—Marianne.
—Pero no se sabe si no se intenta. Cómo abrirlo, qué hay dentro… incluso si fue un esfuerzo que valió el riesgo.
El silencio detuvo el tiempo por un instante.
Marianne se sentó despacio a su lado. Los ojos azules que más la anhelaban en el mundo también bajaron la mirada en diagonal, siguiendo sus movimientos.
—No iré sola. Voy a elegir el método menos peligroso. Uno en el que Ober no note el robo de inmediato y en el que pueda garantizar mi seguridad incluso si ocurre algo fortuito dentro de la mansión.
Eckart leyó una voluntad inquebrantable en su voz. Al mismo tiempo que comprendía que era inútil detenerla, abandonó su propio juicio arrogante.
—No tenías intención de obtener mi permiso desde el principio.
Marianne nunca retrocedería. Desde el comienzo, no estaba buscando su consentimiento.
Él no tenía derecho a autorizar o prohibir su valor y su desafío. Marianne ya había decidido el camino que quería tomar. Lo que ella quería de él no eran soldados para poner en primera línea en su lugar, sino camaradas para luchar espalda contra espalda, con la espada en mano.
—El permiso para la operación en sí… sí. Sabía que dirías que no, pero como no pienso rendirme, iba a pedirle ayuda en su lugar.
—¿Porque sabes que no puedo negarme?
—Si dijera que sí a eso, ¿no sería yo una persona demasiado malvada?
Eckart soltó una risita. Marianne rió con él. En la atmósfera que se suavizó rápidamente, ella no dejó pasar la oportunidad y acortó la distancia con Eckart un palmo más. Su voz, cargada de significado, observó los alrededores antes de bajar el volumen.
—El nombre de esta operación es Operación Hermes.
—Hermes… ¿te refieres a Hermes, el hijo de la diosa Astrid?
—Sí. Es el dios perfecto para traer buena suerte a mi primer robo, ¿no crees?
Hermes era uno de los hijos nacidos de Astrid, la diosa de la seducción, tras conocer a un humano en la tierra. Era un ser que figuraba entre los más famosos de los muchos semidioses. Era travieso y protegía a ladrones y artistas por igual, y era diestro en el disfraz y la mentira. No solo manejaba las ilusiones como si fueran su propio cuerpo, sino que también presidía la astucia y la improvisación.
—Voy a dejar las pruebas físicas tal como están y solo robaré la información. Para hacer eso, Su Majestad necesita prestarme a una persona…
Eckart supo a quién quería Marianne con solo escuchar eso.
—Le enviaré un mensaje a Colin.
—Gracias. Sabía que lo entenderías de inmediato.
Marianne abrazó a Eckart con el rostro satisfecho. Mientras él se quedaba rígido como una estatua de un templo ante el repentino abrazo, Marianne, con picardía, se apartó tras haberlo estrechado. En la distancia que se ensanchó rápidamente, los ojos azules de él temblaron con una mezcla de arrepentimiento y desconcierto.
Pensando que aquella imagen era más adorable que cualquier otra cosa, ella preguntó una última cosa con voz seria.
—Ah, y por si acaso, ¿Curtis también sabe abrir cerraduras?
