Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
La puerta se abrió de par en par con un golpe seco y violento, sin previo aviso.
Evelyn se hallaba desparramada en una silla con una bolsa de hielo sobre la frente. Ni siquiera se inmutó ante el estruendo. Toda su energía se concentraba en mantener los ojos cerrados y respirar. Tras varias sesiones consecutivas de entrenamiento a fondo, incluso girar el cuello le resultaba una tarea titánica.
De haber estado en un lugar peligroso, se habría puesto en pie al instante, en guardia. Pero esta era una de las tantas estancias del palacio imperial. Es más, era una sala de recepción a la que un oficial de la corte —que afirmaba seguir órdenes directas del emperador— la había guiado personalmente. Además, Rane, la mejor espadachín según su propio criterio, también estaba en la habitación. Nada malo podía ocurrir.
O mejor dicho: algo podía ocurrir, pero no a ella, sino al sirviente que había irrumpido sin llamar.
Cometer un error tan básico delataba a un sirviente de bajo rango o, tal vez, a un novato. También cabía la remota posibilidad de que fuera un veterano del palacio que se hubiera equivocado de habitación. Angelica era tan habladora que, si empezaba a dar lecciones sobre etiqueta, el pobre infeliz se quedaría atrapado allí al menos media hora.
De cualquier modo, al intruso le esperaba un vendaval de reprimendas. Irónicamente, Evelyn sintió un poco de lástima por él.
—¡Eve!
Vaya. Sea quien sea, es un sirviente que está completamente loco. ¿Cuándo le he dado la confianza para usar un apodo conmigo…?
Evelyn saltó de la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Rane, que estaba sentada frente a ella, atrapó al vuelo la bolsa de hielo que casi sale disparada. Mientras Angelica, que había estado bebiendo té, dejaba la taza y se ponía en pie, Evelyn corrió hacia el problemático visitante a la velocidad del rayo.
—¡Mari!
Estrechó con todas sus fuerzas a Marianne, que corría hacia ella. Sintió un calor suave y acogedor envolviendo su espalda.
—Eve, ha pasado tanto tiempo…
—Han pasado más de dos meses desde la última vez que te vi, el día después de tu cumpleaños.
—Lo siento. ¿Has estado bien?
—¿De verdad estás bien? No puedo creerte aunque lo digas. ¿Cómo pudiste irte de Lennox sin decir una palabra? Maldita sea, ¿tienes idea de lo sorprendida que me quedé al ver el anuncio oficial? Incluso cuando te pregunté por carta qué estaba pasando, solo dijiste que me lo contarías más tarde…
Evelyn, que no paraba de quejarse, separó a Marianne de su abrazo y dio un paso atrás. Al instante, su rostro se transformó en uno de desconcierto.
—¡Tú! ¡¿Por qué estás llorando?! ¡¿Quién te ha hecho llorar?! ¡¿Qué mal nacido ha sido?! ¿Su Majestad? ¿Ober?
—Es por ti, Eve. Estoy tan feliz de verte… Y a Angelica y a Rane también —dijo Marianne, mirando hacia atrás.
Rane levantó la mano levemente a modo de saludo, y Angelica se frotó los ojos enrojecidos mientras esbozaba una sonrisa tan amplia como la de Marianne.
—Y no deberías llamar «mal nacido» a Su Majestad. No tienes el poder de conceder indultos, Eve…
Marianne sorbió por la nariz y se secó las mejillas mojadas con el dorso de la mano.
Evelyn frunció el ceño como si Marianne estuviera diciendo tonterías, pero de pronto sonrió con picardía, como si acabara de comprender algo.
—Ya veo. Entonces lo de Su Majestad va en serio.
—¿Eh?
—Su Majestad está fuera de discusión, pero con Ober no hay problema. ¿No es ahí donde se decide todo? Esto es lo definitivo.
Evelyn tomó la mano izquierda de Marianne y dio unos golpecitos en el anillo de su dedo. Era un anillo de oro.
—Eve. Insultar a un miembro de la familia imperial y a un noble de alto rango son cosas distintas en cuanto a la gravedad del delito.
—Desde luego; pero si Ober fuera el definitivo, creo que habrías respondido de otra forma, hermana. Como pedirme que lo llamara «señor Ober», o al menos decirme que no fuera grosera con ninguno de los dos… —añadió Angelica, que se había acercado, reforzando el argumento de Evelyn.
Evelyn le dio una palmadita en el hombro a Angelica, como diciendo.
—A eso me refiero. Parecías tan prendada del marqués cuando estabas en Lennox, ¿y ahora resulta que vives el romance del siglo con Su Majestad, cuya especialidad es el secuestro?
—No es un secuestro. Bueno, claro, se considera que vine aquí medio secuestrada…
—No pasa nada. Si has cambiado de opinión, y no se trata de un cualquiera, debe de haber una buena razón. Alguien tan bondadosa como tú no jugaría con dos personas como dicen los rumores, pero aunque fuera cierto, ¿qué más da? Aunque fuera por una razón mucho más absurda, no importaría. Estoy de tu parte, incondicionalmente.
La voz juguetona se volvió gradualmente seria. Marianne ocultó rápidamente su nariz enrojecida y contuvo las lágrimas.
La confianza ciega era una de las fuerzas que habían sostenido su vida durante mucho tiempo. Desde que llegó a Milán, a menudo extrañaba Lennox. El jardín de la residencia, el clima apacible, los días tranquilos y sin sobresaltos. Añoraba las cosas que no cambiaban fácilmente y la fe de las personas que hacían todo aquello posible.
—Gracias.
—No hay de qué. Es lo que dictaría el sentido común —respondió Evelyn, dándole un toque en el hombro como si comprendiera todo su sentir. Acto seguido, le pasó el brazo por encima de los hombros y le susurró—: Pero tengo curiosidad. ¿Por qué? ¿Le gusta más el duque a Su Majestad? ¿O es por el físico? Es tan guapo que no pude articular palabra cuando lo vi antes. Ah, ¿es el poder? Pero, para ser sincera, ¿no es Ober quien cuenta con más apoyo de los nobles? ¿La riqueza? De eso ya tienes de sobra. ¿Qué es? ¿Qué podría ser? ¿Tal vez un chantaje? ¿Hay alguien escuchando esta conversación ahora mismo? ¿Hay algún espía aquí?
El problema era que el susurro de Evelyn resultó ser demasiado alto para considerarse un secreto.
—Eve.
—Lo digo por si acaso, pero yo soy inocente. Juro por los dioses y las diosas que estoy limpia.
Rane, que estaba cerca de la mesa, levantó ambas manos negando cualquier sospecha. Evelyn soltó a Marianne y se aclaró la garganta.
—Ah, no pretendía sospechar de la princesa. Solo lo decía porque pensaba que podría haber algo oculto.
—Esto… en realidad, yo también he pensado que algo se escondía ahí desde hace un rato…
—¿Sí? ¿E-Escondido?
Angelica se sobresaltó y se aferró a la manga de Marianne. Evelyn frunció el ceño y se acercó de inmediato al sofá. Mientras recogía el estoque que había dejado en el suelo, Rane estiró el brazo como para detenerla. Marianne apretó la mano de Angelica y contuvo el aliento.
Rane soltó una risita al ver a las tres mujeres tan nerviosas. Caminó sigilosamente hacia la ventana, amortiguando sus pasos. Se detuvo frente al ventanal, donde las cortinas estaban solo a medio correr, tomó aire y abrió la ventana de par en par con todas sus fuerzas.
Algo entró volando en la habitación, produciendo un sonido similar al de un roce contra el cuello de una prenda.
En cuanto Marianne identificó de qué se trataba, tiró del brazo de Evelyn hacia atrás. En el momento en que Evelyn, que estaba a punto de blandir su estoque a ciegas, se tambaleó y retrocedió un paso, el culpable se posó ligeramente sobre la mesa.
—Cheep.
Era un pequeño loro blanco con un penacho amarillo y mejillas rojas.
—Es esto —dijo Rane entre risas.
Evelyn y Angelica contemplaron a la pequeña e inesperada visitante con rostros de perplejidad.
—¡Poibe, tenías que ser tú! —exclamó Marianne.
Cheep, cheep.
Poibe batió las alas como respondiendo al llamado.
—Oh, ¿así que Phoebe? ¿Es la mascota de Marianne? Qué cosita más linda…
—A ti no te gustaban mucho los pájaros, ¿verdad? ¿Ha cambiado tu gusto por los animales en este tiempo?
Solo entonces Angelica y Evelyn se relajaron y comentaron algo cada una.
Marianne sonrió con cierta torpeza y le tendió la mano a Poibe. El ave dio un saltito y se posó en su brazo. Mientras acariciaba las suaves plumas de su cabeza y su lomo, Marianne meditó por dónde empezar y cuánto debía explicar.
—Bueno, Eve. Angel. Y Rane. Me creerán sin importar lo que diga, ¿verdad? Lo harán, ¿cierto?
—Por supuesto.
—¡Claro que sí!
—Te creo.
Como era de esperar, la deliberación no duró mucho.
—En realidad, hay algo que he querido decirles desde hace mucho tiempo.
La victoria o la derrota en una guerra no siempre se determina por el número de personas, pero siempre es bueno contar con tantos aliados como sea posible.
Marianne miró a las tres y sonrió levemente. Aquellas maravillosas y fiables amigas, con las que probablemente Ober no contaba, calmaron por completo su ansiedad.
