Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
El papa permaneció gritando en el mismo lugar durante un largo rato, pero al no ver regresar a Bowen ni a los demás, tuvo que rendirse.
Aunque su rostro no mostraba emoción, sus ojos destilaban una luz siniestra. Los tres hombres leales a él yacían gravemente heridos en el suelo, mientras que él los observaba como una serpiente acechando a su presa. Cuando estos sintieron una ominosa premonición, ya se había acercado y, con una daga afilada, les cortó el cuello.
La sangre, de un rojo brillante, brotó por el suelo, atrayendo pronto a bestias oscuras y plantas demoníacas. Sin embargo, él no estaba preocupado. Con calma, trazó un círculo mágico en el suelo usando la sangre.
Desde el centro del círculo, una niebla demoníaca negra comenzó a surgir, y la sombra fue tomando forma humana. Gradualmente, se solidificó, revelando un rostro extremadamente atractivo, pero perverso.
Si Bowen y su grupo estuvieran allí, seguramente reconocerían al hombre: era el «duque Hubert», quien había escoltado generosamente a Boel hacia los elfos.
—Impresionante, nunca pensé que el papa de la Iglesia Central me llamaría —dijo el hombre, curvando sus labios rojos en una sonrisa, como si estuviera disfrutando de un espectáculo fascinante.
El papa no se sintió ni avergonzado ni humillado; estaba dispuesto a pagar cualquier precio para recuperar su poder. Se inclinó y suplicó:
—Saludos, Dios de la Oscuridad. Soy yo, este humilde servidor, quien le ha convocado. Por favor, escuche mi plegaria.
—¿Mmm? Si satisfago tus deseos, ¿qué obtengo a cambio? —arqueó una ceja el hombre, visiblemente interesado.
—Estoy dispuesto a entregarle mi alma y convertirme en su sirviente eterno. Además, puedo ayudarle a ganar la Guerra Oscura —ofreció el papa.
—¿Oh? Qué tentador. Pero ¿por qué crees que tienes la capacidad de ganar la guerra entre dos dioses? —El hombre casi se echó a reír. Nadie conocía mejor que él la verdad detrás de la llamada «Guerra Oscura»: no era más que un juego para distraer al Monarca de su aburrimiento.
El papa reflexionó un momento y luego expuso su elaborado plan.
La expresión del hombre pasó de la indiferencia a la seriedad, y luego al asombro. Al finalizar el relato, incluso sintió admiración por el papa. Era digno de ser el primer mortal en recibir el poder divino del Monarca; de verdad era especial. Pero algo debía quedar claro: quien lograba captar la atención del Monarca, y hacerlo invertir en ellos, no era una buena persona.
El plan del papa consistía en que el Dios de la Oscuridad introdujera su alma en el cuerpo de Joshua, de modo de suplantarlo y así recuperar su poder y posición como papa, convirtiéndose así en el ser más poderoso del continente. Luego, cuando el Dios de la Luz lo recibiera en el Templo del Noveno Cielo, enviaría un mensaje secreto al Dios de la Oscuridad para que eliminara a su rival en el momento más vulnerable.
Esta idea era audaz, arrogante y vil, tanto que incluso sorprendió al propio Rey de la Oscuridad, quien aplaudió mientras reía:
—Herman, eres verdaderamente talentoso. No me sorprende que el Mon… el Dios de la Luz te haya valorado tanto en su momento. Es una pena que no vinieras a mi Templo de la Oscuridad para ejercer como sacerdote de la oscuridad.
—¿Entonces, está de acuerdo? —preguntó el papa con esperanza.
—Dame tu alma y te llevaré hasta Joshua —respondió el hombre, extendiendo la mano.
El papa, extasiado, se arrodilló y permitió que el hombre tocara la cima de su cabeza, permitiendo que absorbiera su alma sin oponer resistencia. Su esencia era de un negro puro, llena de pensamientos oscuros y deseos ambiciosos, comparable en corrupción a la de un Rey Demonio.
El hombre se maravilló por un momento antes de convertirla en una perla del alma.
Herman pensaba que, luego de permanecer en este estado por un tiempo, obtendría un cuerpo perfecto y poderoso. Pero estaba equivocado; ya que el Dios de la Oscuridad no lo había convertido en una perla ordinaria, sino en una destinada al refinamiento. La víctima enfrentaría tormentos interminables, ardiendo en el fuego del infierno mientras deseaba la muerte. Gritó desconsoladamente:
—¡Déjame salir! ¡Dios de la Oscuridad, no cumpliste tu palabra! ¡Ayudarme es lo mismo que ayudarte! ¿Acaso no tienes cerebro?
—Lo siento, los demonios no tenemos integridad —respondió el hombre, rascándose la cabeza y abriendo los brazos en un gesto de impotencia—. Olvidé mencionarte que, aunque soy el Dios de la Oscuridad, debo responder ante el Dios de la Destrucción. Como es más fuerte que yo, naturalmente está por encima de mí. No puedo provocarlo.
El hombre desapareció en una nube de niebla negra, dejando tras de sí cuatro cadáveres descomponiéndose con celeridad.
♦ ♦ ♦
Bowen seguía la caravana. Cada vez que se cruzaban con una bestia oscura o una planta demoníaca, él y su grupo intervenían sin demora, permitiendo que los hombres del reino de Sagya se mantuvieran firmes en la guardia.
Durante los enfrentamientos, el sacerdote Joshua los observaba de reojo, aunque sus ojos eran tan incoloros como el cristal: miraban a través de ellos, no hacia ellos. Cada vez que Bowen se encontraba con esa mirada vacía, reprimía su impaciencia y se recordaba: Espera. Aún no es momento de suplicar.
Por fin, el sacerdote Joshua tomó entre sus manos una pequeña estatua del Padre y comenzó su oración diaria. Cerró los ojos, y su rostro, antes frío como el mármol, se suavizó hasta adoptar una expresión serena, casi benevolente.
Bowen descendió desde las copas de los árboles y se acercó hasta el eje de la carroza, aguardando en silencio. El guía y los demás hombres lo miraron con recelo, temiendo interrumpir la devoción del sacerdote. Aunque lo despreciaban con la mirada, no se atrevieron a provocar un conflicto.
Zhou Yunsheng abrió los ojos y vio a Bowen sentado frente a él, su expresión aún impregnada por la calma de la oración.
Sonrió y preguntó:
—¿Hm? ¿Han regresado?
La calidez inesperada en su tono alivió la tensión en Bowen, quien no se anduvo con rodeos:
—Me gustaría invitarte a visitar las tierras élficas y la aldea de los hombres bestia como nuestro huésped. También quiero pedir tu ayuda para investigar al hombre que entregó a Boel a nuestro clan: el duque Hubert. Creo que podría no ser humano.
Zhou Yunsheng reflexionó un momento antes de responder:
—Boel estuvo, efectivamente, en esas tierras. Pero no deseo tener trato con nadie que haya sido rechazado por el Padre, así que no iré. Tú eres un sacerdote de luz de alto rango. ¿Cómo es posible que no puedas identificar a un demonio? Un poco de luz bastaría.
—Si se tratara solo de un demonio común… —Bowen sonrió con amargura—. Pero si es un rey demonio o algo más alto, ni diez sacerdotes de luz del más alto nivel podrían detectarlo. Tú eres distinto. He visto el resplandor dorado en tus ojos: eso es poder divino. Y ningún demonio, por fuerte que sea, puede ocultarse ante ti.
Apenas habían pasado unos días y dos tercios del Bosque Élfico ya habían sido consumidos por la niebla demoníaca. Una expansión de esa magnitud era inaudita y despertó en Bowen temores más profundos sobre la identidad del enemigo. Tal vez no se trataba simplemente de un rey demonio.
¿Podría estar por encima de un rey demonio? ¿El mismísimo Dios de la Oscuridad?
Zhou Yunsheng se sorprendió en su interior.
Boel tiene al Dios de la Oscuridad como amante…, recordó. Ese dios había descendido al mundo bajo la identidad de un duque, lo que de pronto lo explicaba todo.
¡Ni se te ocurra ir! ¡Mantente lejos de Boel y su maldito harén!, le advirtió su parte racional.
El fanboy descerebrado también estaba de acuerdo y ya se disponía a rechazar la invitación cuando Bowen añadió:
—Además, en este bosque solo se encuentra el templo de la luz construido por nuestros clanes. ¿No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que el sacerdote Joshua oró en un templo?
Orar podía hacerse en cualquier lugar, sí, pero hacerlo en un templo aumentaba significativamente las probabilidades de ser escuchado por el Padre. Desde que había partido en caravana, rodeado de guardaespaldas y expuesto al aire libre, el fanboy descerebrado no había tenido oportunidad alguna de acercarse verdaderamente al Padre.
La posibilidad de encontrarse con Él en el templo —aunque implicara cruzar una montaña envuelta en llamas— lo llenó de fervorosa resolución.
—De acuerdo, iré contigo —asintió con firmeza, casi haciendo que su parte racional se desmayara en su subconsciente.
Bowen y su grupo apenas pudieron contener su alegría. Sin perder tiempo, se adelantaron para guiar al equipo hacia los asentamientos de sus clanes.
♦ ♦ ♦
Las comunidades de elfos y hombres bestia habitaban una aldea protegida por un denso círculo de luz. Lo que alguna vez fue un paraje de ensueño, hermoso y mágico, ahora desprendía un aire decadente y angustioso. Las plantas, antes vibrantes, se marchitaban con lentitud; sus hojas eran de un amarillo enfermizo y los frutos, insípidos y secos.
Esto preocupaba profundamente a los elfos, cuyo estilo de vida era estrictamente vegetariano.
Por otro lado, los animales salvajes no corrompidos por la niebla demoníaca se volvían cada vez más escasos. La escasez de carne ponía en aprietos a los hombres bestia, que empezaban a sufrir hambre, aunque todavía no llegaban al límite de la inanición.
No estaban muriendo, pero sus espíritus estaban quebrados. Los rostros que pasaban, tanto elfos como hombres bestia, mostraban una fatiga insalvable y un ánimo completamente apagado.
—Alto sacerdote, has regresado. ¿Quién es él? —preguntó una elfa con arco, acercándose a grandes zancadas.
—Este es el sacerdote Joshua —dijo Bowen con tono respetuoso.
—¿Joshua, del reino de Sagya? —Los ojos de la elfa se entrecerraron como cuchillas. Sin dudar, extrajo una flecha del carcaj, la encocó y apuntó con voz amenazante—: Si es él, entonces es enemigo de los elfos y de los hombres bestia. ¿Por qué lo trajiste aquí?
Bowen y su grupo reaccionaron al instante, colocándose frente al joven para protegerlo. Clamaron a la elfa que se calmara. Bowen invocó un escudo de luz y trató de explicarse con calma, aunque sabía que los elfos jamás ocultaban la verdad entre los suyos. Había querido evitar revelar la verdadera identidad del muchacho… pero había olvidado que, para los clanes, él ya era un enemigo declarado.
Salvar al Árbol Madre equivalía a salvar a toda la raza élfica. Y esa deuda con Boel era demasiado grande como para ignorarla. Si él deseaba venganza, ellos la cumplirían sin titubear.
El control del cuerpo había pasado a la parte racional de Zhou Yunsheng, quien no compartía ni de lejos el sentimentalismo del fanboy descerebrado. Con una sonrisa helada, se dio media vuelta. Entrar en el templo podía significar que el Padre hiciera con él de nuevo de las suyas, y con solo imaginarlo, le dieron ganas de esfumarse.
—¡Sacerdote Joshua, por favor, espere! —gritó Bowen con urgencia, alzando su escudo de luz para bloquear el avance de la elfa y mirando con desesperación la espalda que se alejaba.
Cabello platino, ojos azules, un rostro más hermoso que el de cualquier elfo. Sí, ese era Joshua del reino de Sagya. Al oír el grito de Bowen, un hombre bestia de complexión imponente lo fulminó con la mirada, rebosante de odio.
En un instante, su cuerpo se transformó en un enorme tigre alado. Abrió sus fauces teñidas de rojo sangre y rugió con furia antes de lanzarse sobre el joven. Era el príncipe bestia al que Boel había salvado, enamorado en secreto de él. Y por Boel, no solo mataría: estaría dispuesto a ofrecer hasta su propia vida.
Los caballeros del reino de Sagya y del gran ducado de Dorados se pusieron en pie al unísono, encendidos por la rabia. Desenvainaron sus armas y se prepararon para el choque.
La batalla estaba a punto de estallar.
Fue entonces cuando una inmensa red de luz dorada descendió del cielo, envolviendo a los elfos y hombres bestia que gritaban clamores de guerra.
El corazón de Zhou Yunsheng, cuando estaba en manos de su parte racional, era más despiadado que el de cualquiera. Con solo mover un dedo, la red se cubrió de púas afiladas, que se hundieron sin piedad en la carne de los atrapados. Incluso los fornidos guerreros hombres bestia no pudieron soportar el daño. En segundos, sus cuerpos estaban cubiertos de hematomas, sangrando por decenas de heridas, reducidos a un estado lamentable.
Y aun así, Zhou Yunsheng no se dio por satisfecho. Agitó otro dedo, y sobre la red estalló una columna de llamas doradas.
—¡Detente! ¡Por favor, no los mates! —Bowen gritó desesperado. Su rostro estaba pálido como la ceniza.
Había visto esas llamas antes y sabía perfectamente lo que significaban: eran el fuego divino, y todo lo que tocaban se reducía a nada.
—¿Quién osa masacrar a nuestro pueblo en nuestras propias tierras? —Una voz firme resonó con fuerza.
Un hombre extraordinariamente apuesto apareció corriendo hacia ellos. Vestía una túnica azul pálido y llevaba una corona tejida con ramas y flores. Sus ojos, de un verde esmeralda brillante, rebosaban ira y majestad.
