Bajo el roble – Capítulo 124

Traducido por Tsunai

Editado por Yukiro


Era difícil adivinar quién estaba más sorprendido por todo aquello: él, ella o el duque de Croix. Max se congeló como una estatua de piedra y esperó a que desapareciera como un espejismo. Sentía que sería mejor para ella desmoronarse en polvo a que Riftan la viera tan miserable. Sin embargo, como siempre, el destino le dio la espalda cruelmente y traicionó sin piedad sus expectativas. Seguía de pie donde estaba, con una expresión más vacía de la que ella nunca había visto antes.

El primero en hablar fue el duque de Croix. El duque se sacudió la mano de Riftan que le sujetaba el brazo y alternó la mirada entre la puerta abierta de par en par y el rostro del intruso. Su rostro se iba distorsionando poco a poco por la ira.

—¿Cómo demonios has entrado aquí? ¿Cómo te atreves a invadir mi castillo? ¡No puedo dejar pasar esto! Si no sales de aquí ahora mismo…

—Ahora…

La voz de Riftan era extremadamente baja y plana. Sin embargo, había algo tan terrible en su voz que incluso el despreocupado duque de Croix se congeló. Riftan levantó la mirada que tenía clavada en ella y continuó hablando.

—¿No te he preguntado qué estás haciendo?

Era la primera vez en la vida de Max que veía a su padre tan perplejo. Hubo algo en los ojos de Riftan que le hizo estremecerse y dar un paso atrás, luego se puso rojo como si hubiera sido insultado vergonzosamente por sus propios reflejos.

—¡No hagas un escándalo por lo que acabas de presenciar! Como padre, es justo arreglar la mente rebelde de mi hija. Es el deber de un padre disciplinar a su hijo.

—¿Disciplinar…?

Riftan ladeó la cabeza como si no entendiera lo que acababa de oír. Su voz era extremadamente baja y seca.

—¿Lo que estás haciendo ahora es… disciplinar?

Cuando su mirada volvió a ella, Max encorvó los hombros y se agarró el dobladillo del vestido contra el pecho con dedos temblorosos. Sus ojos se posaron en su pelo revuelto, su cara amoratada por el bastón de su padre y luego en su espalda hinchada: se sentía como una lombriz, nunca se había sentido tan miserable y baja en toda su vida. Max no pudo mirarle directamente a los ojos y bajó la cabeza, entonces oyó la voz molesta de su padre.

—Un sacerdote de alto rango está en espera abajo. ¡Heridas como esta no dejarán rastro una vez que sea curada con magia! Hay que enseñar a mi hija de esta forma tan difícil para que aprenda a obedecer órdenes como es debido.

Mientras el duque escupía sus palabras, levantaba su barbilla puntiaguda con arrogancia, como si no estuviera contento con el hecho de tener que excusar sus acciones.

—Ahora te toca a ti explicarte. ¿Cómo demonios has entrado aquí? ¿No te dije claramente que no volvieras? Es imposible que ignores que entrar en el castillo de otro es un delito… ¿serás capaz de pagar el precio de tus actos?

Riftan se limitó a mirarle sin decir palabra. Ante la quietud de los ojos de Riftan, el duque chasqueó la lengua nerviosamente y agitó con arrogancia la mano libre que no sostenía el látigo.

—Primero, vete de aquí. Discutamos en el salón. Más vale que tengas una excusa válida para tus actos.

—De acuerdo…

Rifan apenas abrió la boca para murmurar las palabras. Permaneció inmóvil con una expresión firme y pétrea todo el tiempo, luego se dio la vuelta lentamente y se dirigió hacia la puerta. Max se quedó mirando con incredulidad mientras observaba su espalda cada vez más distante. Sintió que su cuerpo se enfriaba como si toda la sangre de sus venas se hubiera drenado. Sus labios solo podían temblar, su mente estaba completamente aturdida y ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de llamarlo por su nombre. Riftan se detuvo frente a la puerta. Y entonces, cogió una silla que estaba apoyada en la pared que estaba a su lado, se dio la vuelta y volvió hacia ellos.

Su rostro era tan tranquilo y comedido que ni ella ni el duque de Croix pudieron comprender lo que estaba ocurriendo hasta que levantó el brazo que sujetaba la silla por una de sus patas y ésta fue golpeada sin piedad contra la esbelta complexión del duque. Los ojos de Max se abrieron de par en par. De repente, el tiempo pareció transcurrir el doble de despacio. La silla se hizo añicos con el impacto, los trozos de madera volaron en todas direcciones y el cuerpo del duque se elevó en el aire como si fuera un simple espantapájaros y aterrizó rodando por el suelo. De la boca de su padre brotaron gritos, gemidos y extraños sonidos de puro desconcierto.

—¡Tú, bastardo… qué… qué crees que estás haciendo…!

El duque, que se había estrellado contra el suelo, levantó el torso y miró a Riftan con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrirle. Su pelo gris, que había sido peinado hacia atrás sin un solo mechón fuera de su sitio, estaba esparcido por su frente y le goteaba sangre de la boca. Su rostro estaba horriblemente deformado como el de una criatura maligna por el golpe y señaló con un dedo a Riftan.

—¡Te a-atreves…! ¡Te atreves…! Te atreves a hacerme esto…!

El áspero siseo que salió de su boca fue comparable al crujido de una puerta de hierro. El duque se puso en pie tambaleándose y gritó con todas sus fuerzas, tan fuerte que parecía que se le iba a desgarrar la garganta.

—¡Guardias…! ¡Guardias! Agarren a este bastardo ahora mismo… ¡UCK!

Riftan se acercó a él y le propinó una fuerte patada en el estómago. El duque de Croix se desplomó patéticamente y rodó por el suelo. Sangre y vómito salían de su boca mientras luchaba por respirar como si se estuviera ahogando. Max estaba totalmente sorprendida de que el tirano que había gobernado su vida pudiera ser tan débil e indefenso. Riftan agarró el cuello del retorcido duque de Croix. Lo levantó por el cuello y lo estampó sin piedad contra la pared. El cuerpo del duque se balanceó como una muñeca rota por el impacto. Se sujetó la cabeza contra la pared y murmuró en voz baja y premonitoria.

—¿Por qué armáis tanto alboroto? ¿No se solucionará simplemente cuando recibas magia curativa de un sacerdote?

—Heuuuk, heuuuu…

El duque se atragantó mientras sus largas y delgadas piernas que flotaban en el aire se tambaleaban. Su rostro, lleno de conmoción y horror, se estaba poniendo azul. Por primera vez en su vida, el duque sollozaba y luchaba, pataleando, agarrando y rascándose con las uñas el grueso antebrazo cubierto de armadura. Se retorcía con todas sus fuerzas, pero Riftan ni se inmutó. Miró al duque como si fuera un molesto bicho revoloteando y empezó a levantar el puño. En ese momento, alguien irrumpió en la habitación y lo sujetó con urgencia.

—¡Comandante!

Elliot y Uslin, que vestían profundas túnicas negras, sujetaron a Riftan por ambos lados. El rostro de Riftan, aterradoramente inexpresivo todo este tiempo, se retorció de furia cuando intentaron aflojarle el agarre por la fuerza.

—¡Suéltame!

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! Incluso con la posición de comandante, si haces algo así…!

Riftan los sacudió de inmediato. Y entonces, levantó al duque que se arrastraba por el suelo para escapar y le golpeó la cara con el puño. La mandíbula del duque quedó aplastada como mera arcilla y sus ojos se nublaron y rodaron hacia su cabeza. Riftan levantó el puño una vez más hacia el rostro caído, distorsionado y sin vida del duque. Elliot apenas pudo lanzarse entre ambos y le agarró del brazo.

—¡Comandante! ¡A este paso sí que va a morir! Cualquier persona normal morirá al instante si el comandante le asesta un golpe como es debido.

Riftan se retorcía y rugía como una bestia encadenada. Max solo podía observar la escena con una expresión de desconcierto en el rostro. El rostro de su padre estaba cubierto de sangre. Ni siquiera se movía; tenía los ojos en blanco y el cuerpo caído sin vida en el suelo. Mientras ella miraba aturdida su cuerpo destrozado, alguien irrumpió en la habitación. Max se estremeció al ver la cara de la persona. Ruth jadeó mientras miraba incrédulo alrededor de la habitación y, cuando la vio, sus ojos se abrieron de par en par, conmocionados. Su cara se volvió más blanca que el color de la harina.

—Oh, Dios mío… señorita… ¿cómo demonios ha podido…?

Justo cuando la mano de Ruth estaba a punto de alcanzarla, Riftan gritó con fuerza.

—¡Aleja tus manos de ella!

Riftan se zafó del agarre de los otros caballeros, los empujó y corrió hacia ella de inmediato, apartando con dureza el brazo de Ruth. Max se estremeció y se encorvó al verle perder completamente la razón y sumido en la ira. Ruth también se estremeció al verle tan despiadado y luego habló con cautela, como si estuviera apaciguando a una bestia enfurecida.

—Por favor, cálmate. ¿No debería lanzar magia curativa sobre la dama?

Riftan ni siquiera parecía entender las palabras de Ruth. Sus pupilas estaban oscuras, dilatadas y nubladas como si estuviera poseído por un fantasma. Su rostro ceniciento estaba extrañamente distorsionado. Ruth se acercó a ella con cautela, como si intentara no agraviarle en la medida de lo posible.

—No voy a tocarla. Solo intento hacer un hechizo curativo.

Todo el cuerpo de Riftan se tensó cuando Ruth volvió a tenderle la mano. Esta vez, no lo apartó. Max dejó escapar el aliento que había estado conteniendo cuando sintió que todo el dolor remitía lentamente. A medida que el dolor físico desaparecía, su aplastado orgullo se apoderaba ahora de ella. Se subió la bata hasta la punta de la barbilla y miró entre los rostros de Ruth, Riftan y los de Elliot y Uslin, que estaban helados de asombro. Y entonces, bajó la cabeza y escondió la cara con el pelo revuelto. Sintió que la humillación y la vergüenza le atravesaban la columna vertebral como un punzón afilado. Quería desmoronarse como el polvo y desaparecer de su vista.

—Muy bien, ya está hecho.

Cuando Ruth retiró la mano, Riftan se quitó rápidamente la túnica y la envolvió firmemente alrededor de su cuerpo. Y luego, la levantó firmemente en sus brazos y se dirigió hacia la puerta. Max se sintió como si flotara en una fría nube de inseguridad y apartó los ojos.

De pie en un lado oscuro del frío pasillo estaba Rosetta. Se acercó lentamente a la puerta, miró con frialdad el estado cadavérico de su padre y preguntó en tono hosco.

—¿Está muerto…?

—Todavía está vivo. Pero si no te das prisa y llamas al sacerdote, podría dejar de respirar en cualquier momento.

Elliot se había inclinado para comprobar el estado del duque y respondió con calma. Rosetta se limitó a asentir, pero no llamó al sacerdote. Max miró a su hermana con ojos aturdidos. Se preguntaba qué demonios estaba pasando. Debía de haberse desmayado mientras era golpeada por su padre y ahora estaba teniendo un extraño sueño. Su hermosa hermana menor, de la que su padre estaba tan orgulloso, apartó la cabeza del cuerpo destrozado del duque y señaló un pasillo oscuro.

—Ordené a una criada que indujera somníferos en las comidas de los guardias. Sin embargo, hay guardias que permanecen despiertos en el anexo oriental. Deben de haber oído la conmoción y probablemente ya estén corriendo hacia aquí. Deben darse prisa y escapar del castillo.

Luego se volvió rápidamente hacia el otro lado. Sus fríos ojos recorrieron los rostros de Max y Riftan y luego se alejaron.

—Por favor, no olviden que esto no tiene nada que ver conmigo.

—No le pasará nada a la joven señorita.

Cuando Uslin contestó bruscamente, se alejó por el pasillo con calma y elegancia. Mientras Max miraba aturdida su espalda que retrocedía lentamente, Riftan se dio la vuelta y se dirigió rápidamente hacia la dirección que Rosetta había señalado. Nadie habló mientras bajaban las escaleras del largo pasillo. Riftan bajó cuatro tramos de escaleras a la vez como el silencioso blandir de una hoja afilada e inmediatamente se dirigió a los terrenos del castillo. Justo cuando estaban a punto de escapar por la puerta trasera, aparecieron los guardias del duque y desenvainaron sus espadas para impedirles el paso. Los guardias soltaron un grito de sorpresa, como si hubieran reconocido inmediatamente a Riftan.

—¡Este comportamiento descarado es absolutamente atroz! ¿Cómo te atreves a merodear por el castillo? ¿Eres consciente de que esto podría hacer que la familia Croix declarara la guerra a Anatol?

Uno de los leales caballeros de su padre se adelantó de entre los guardias y gritó desafiante. Sin embargo, su firme actitud fue inmediatamente pisoteada por la penetrante mirada de Riftan. Entonces habló en voz inquietantemente baja.

—Tendréis lo que deseáis. A todos vosotros, a vuestras familias, a este maldito pedazo de tierra, lo quemaré todo sin remedio.

Los guardias, que eran unos doce más o menos, retrocedieron y se apartaron ligeramente. Los rostros de los guardias palidecieron, sabían bien qué destino les esperaba si se enfrentaban a los mejores caballeros de Whedon. Elliot se adelantó como para mediar cuando la tensión aumentaba entre ellos.

—Debéis saber bien que la dama pertenece al señor Calypse. En primer lugar, ¡la línea se ha cruzado en el momento en que su esposa fue encarcelada en el castillo de Croix! Mirándolo con lógica, está claro que el duque es el culpable.

—¡La señorita es la hija del duque! ¡Él tiene derecho a retenerla aquí…!

—Caron, ¿qué sentido tiene intentar arreglar esto con palabras? A partir de hoy, Anatol y el ducado están en conflicto. Ya que ese es el caso, entonces no habría problema si cortamos a cualquiera que se interponga en nuestro camino y acabamos con esto.

Como si su paciencia hubiera llegado al límite, Uslin desenvainó su espada y dio un paso al frente. El caballero que dirigía a los guardias y se adelantó vaciló durante un largo rato, parecía que había decidido que no serían capaces de detenerlos por sí solos e hizo un gesto con la cabeza a los demás guardias como indicándoles que se abrieran paso.

Riftan los atravesó mientras Elliot y Uslin mantenían vigilantes sus espadas, atentos a cualquier ataque que pudiera venir de cualquier dirección y escaparon rápidamente del castillo. El frío aire del atardecer rozó suavemente sus frías mejillas llenas de manchas secas de lágrimas. Max enterró la cara contra el frío pecho de Riftan que estaba cubierto de armadura y acurrucó su cuerpo cerca de ella.

Riftan tiró de su caballo, que estaba atado junto a un árbol y la montó en la silla, luego subió detrás de ella. Solo cuando oyó el eco de las herraduras galopando contra el suelo, Max ahogó el sollozo que estaba conteniendo. No sabía si era de alivio o de desesperación. Max prorrumpió en un grito sin aliento.

♦♦♦

Nadie cuestionó lo que había sucedido en el castillo de Croix. Los caballeros que esperaban fuera de los muros del castillo sintieron el aura tensa que los rodeaba, así que condujeron en silencio sus caballos, sin abrir la boca para preguntar sobre lo que había ocurrido. Cabalgaron sin parar a través de las colinas mientras la oscuridad comenzaba a oscurecer los cielos, hasta que divisaron un pueblo que estaba enclavado al pie de las colinas. Max parpadeó con los ojos hinchados en la oscuridad, entrecerrando los ojos ante la escasa luz. Al levantar la mirada, vio brillar la mandíbula de ángulos afilados de Riftan. Espoleó a su caballo y descendió la colina de inmediato sin perdonarle una mirada. Abordaron una gran posada en la parte más meridional de la ciudad. Los caballeros bajaron de sus caballos y los trasladaron a los establos, luego tomaron sus cargas.

Mientras tanto, la levantó en brazos, subió las escaleras de la posada y la llevó a una habitación vacía. La tumbó con cuidado en la cama, se acercó a la lámpara que había junto a la ventana y la encendió. Max se sentó bien acurrucada, abrazada a su cuerpo. La expresión del rostro de Riftan, que había estado oculta en la oscuridad, se reveló claramente a la luz parpadeante.

Sollozó y respiró hondo. El olor de los caballos y el aroma acerado de su armadura de hierro penetraron en sus pulmones. Riftan apoyó ambas manos en el alféizar de la ventana y se quedó mirando la luna creciente que flotaba en el cielo. Un aura tensa y fluida que podía cortar emanaba de su espalda; seguía enfundado en la armadura. Max no tenía ni idea de qué decir. Se quedó mirando su tensa espalda con la vista nublada y cuando bajó la mirada hasta sus rodillas, oyó unos ligeros golpes en la puerta.

—Señor Calypse, el agua caliente está lista.

Anunció Ruth desde el otro lado de la puerta. Riftan se giró lentamente y abrió la puerta. Max se arrimó al borde de la cama para evitar la luz que entraba desde el pasillo. Ruth lanzaba una mirada preocupada por encima del hombro de Riftan.

—Toma, he traído algunas toallas limpias y un conjunto de ropa para cambiarse. En cuanto a la comida…

—Trae la comida dentro de una hora.

Riftan bloqueó la puerta con sus anchos hombros como impidiendo que Ruth entrará. Luego le arrebató la palangana, la toalla y la ropa, cerrando la puerta antes de que el mago pudiera decir nada más. Max miró nerviosa a Riftan mientras se acercaba a la cama con la palangana en las manos. Colocó la palangana llena de agua caliente y humeante junto a la mesilla de noche y mojó una toalla en ella, luego la escurrió y se la acercó a la cara. Por reflejo, Max se estremeció y se le hizo un nudo en la garganta. Los labios de Riftan se endurecieron y habló con voz extrañamente tensa.

—Te limpiaré la sangre.

—Ah…

Después de limpiarle la cara, Riftan le quitó con cuidado la túnica y le limpió las manchas de sangre de los hombros y la espalda. Max se sintió miserable e impotente mientras aceptaba sus cuidados sin decir nada. Cada vez que la toalla caliente se deslizaba por su espalda, se sentía avergonzada, sentía un impulso irrefrenable de correr y esconderse en algún lugar, pero Riftan limpiaba diligentemente la sangre seca y las costras de su espalda desnuda, sin prestar atención a su expresión incómoda. Max se mordió los labios con ansiedad al sentir las temblorosas yemas de sus dedos rozando su piel. Tras un rato de limpiarle la espalda y enjuagar la toalla varias veces, habló con la boca apenas abierta.

—¿Con qué frecuencia ha sucedido esto…?

Los hombros de Max se tensaron; ella evitó su mirada y desvió los ojos de un lado a otro, como un animal atrapado buscando una escapatoria. Forzó una sonrisa rígida.

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Oyó su respiración cada vez más agitada. Max apartó la mirada, jugueteando con su pelo enmarañado y desordenado con manos temblorosas. A pesar de estar en silencio, el aura de Riftan buscaba una respuesta. Ella trató de ignorarlo, pero al no poder soportar la fuerte tensión, acabó murmurando en un tono incómodo.

—No pa-pasa… tan a me-menudo. Es so-solo… que estaba extremadamente fu-furioso conmigo… hoy. No-Normalmente, no es tan… malo…

La miró fijamente con una expresión indescifrable mientras ella luchaba por proteger las últimas onzas de orgullo que le quedaban. Su mirada parecía atravesarla y el rostro de Max enrojeció de vergüenza.

—Mi pa-padre es… e-excepcionalmente e-estricto… a veces, cuando se pone fu-furioso…

—¿Desde cuándo te hace esto?

Riftan se deshizo de su patético esfuerzo por tratar de ocultar el incidente como si no fuera para tanto y la sondeó sin descanso. Max contuvo la respiración como si fuera una persona acorralada, con la espalda apoyada indefensa contra una pared. Necesitaba un escudo, algo que la envolviera protectoramente y salvará de algún modo el orgullo que le quedaba. Se sentía tan insegura, como un bebé débil, indefenso y desnudo defendiéndose de un hombre ataviado con una armadura. Max acercó la manta a ella como si fuera un escudo y lo miró con fiereza. Aquella hostilidad se desencadenó por la crueldad de verse empujada a revelarlo todo.

—¿Q-qué quieres saber? Cuántas veces me pe-pega… desde cu-cuándo empezó a pegarme… ¿re-realmente quieres saberlo?

Los nudillos que sujetaban la toalla se volvieron blancos al apretarla con más fuerza. Le temblaba el corazón: era risible que incluso hasta ese punto siguiera intentando salvar su orgullo.

—Si tienes ta-tanta curiosidad, te daré una re-respuesta. Empezó cuando tenía o-ocho años. Cu-cuando quedó claro… que era ta-tartamuda. Mi pa-padre me hacía… recitar un po-poema delante de él dos veces por se-semana. Si y-yo… ta-tartamudeaba… me castigaba… en esa habitación.

Al oír sus palabras tan impotentes, Riftan bajó la cabeza con cara de desconcierto. Era la primera vez que lo veía tan decepcionado. Murmuró con voz áspera, sujetándose la frente.

—Hoy… No pensaba llevarte de vuelta a Anatol.

En ese momento, Max perdió instantáneamente toda su voluntad. Supiera o no Riftan que ella lo miraba con un rostro tan pálido como si toda la sangre se hubiera drenado de su cuerpo, continuó hablando como una marioneta, con los ojos clavados en el piso de madera sobre la sombra agitada del fuego en el horno.

—Pensé que habría sido mejor para ti quedarte en la finca de tu padre. Si hubieras dicho que eso era lo que querías, te habría dejado… todo el tiempo que estuve allí, me lo repetía una y otra vez. Me iría en cuanto viera que tu salud se recuperaba, solo quería ver tu cara y entonces me iría. Esta vez no te forzaría ni te arrastraría conmigo como antes…

La voz de Riftan se quebró a medida que su voz se hacía más grave y suave. Respiraba con dificultad mientras se apartaba el pelo de la frente.

—Le supliqué al duque que me dejara ver tu rostro aunque solo fuera una vez. Ese hombre me dijo que no querías verme la cara. Sentí como si el suelo bajo mí se desmoronara..

—¡Y-Yo no…!

La voz de Max surgió de repente por reflejo, pero sus labios se cerraron de inmediato. La penetrante mirada de Riftan voló de nuevo hacia ella. Ella jugueteaba ansiosamente con las sábanas, con los ojos desviados de un lado a otro.

—N-Nunca dije eso. Nunca dije que no quería v-ver…

—¿Entonces por qué volviste a ese lugar con él? ¿Por qué?

Se levantó bruscamente y Max se acurrucó aún más, con la espalda apretada contra la fría pared como un ratón acorralado. Riftan apoyó una mano contra la pared, junto a su cara, como si le impidiera escapar.

—¿Era mejor para ti sufrir así que esperarme? En vez de estar conmigo, ¿era… era mejor estar con ese tipo de persona?

—Yo… yo…

La boca de Max temblaba mientras intentaba hablar.

—Pensé que Ri-Riftan… nunca querría volver a v-verme…

Cuando Max apenas pudo pronunciar esas palabras, el rostro bronceado de Riftan se puso antinaturalmente pálido. Max apenas pudo continuar con sus palabras mientras su voz temblaba.

—Yo-yo perdí… al ni-niño…

—Y entonces… ¿pensaste que ya no quería verte?

Murmuró Riftan con incredulidad. Max apretó los labios, con los ojos llenos de lágrimas, mientras lo miraba.

—¿Qué o-otra cosa podría… p-pensar? M-me dijiste que me fu-fuera. No me dijiste na-nada… excepto que me fuera….

—¡No quería que te hicieran más daño!

Exclamó Riftan furioso, como si estuviera derramando sangre con sus palabras.

—Desde que te traje a Anatol conmigo, has estado expuesta al peligro tantas veces. Cuando te vi cubierta de sangre, solo pude pensar que todo era culpa mía. ¿Por qué tuviste que sufrir todo eso? ¡Por qué te quedaste embarazada, por qué fuiste y me seguiste hasta ese maldito lugar! Todo fue por mi culpa.

Max se quedó muda, con la mandíbula desencajada ante sus gritos desesperados. Riftan continuó expresando con amargura la angustia que se había acumulado en su pecho.

—Debería haberte dejado en paz. ¡Ni siquiera debería haberte llevado a Anatol! ¡Sabía desde el principio que no querías casarte conmigo! Si era realmente por tu bien, debería haberte dejado marchar cuando volví. ¡Incluso pensé que habría sido mejor que no volviera con vida! Mientras estabas inconsciente, solo podía pensar en eso…

Su voz se quebró al final. Riftan tembló violentamente, como si estuviera reprimiendo algo y luego, la agarró por los hombros.

—¡Si no fuera por tu hermana, te habría dejado allí! ¿Por qué no me lo dijiste? Lo que te ha hecho… ¿Por qué no me lo dijiste? Si me hubieras hablado, no le habría permitido acercarse a ti. Te habría protegido, ¡sin importar nada! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué?

—Yo, yo, yo…

Max se apartó de él, pero Riftan no le permitió escapar. La sujetó por la cara y la hizo volverse hacia él. Sintió que el último escudo que le quedaba se derrumbaba ante su mirada ardiente. Ya no quedaba orgullo ni energía para cubrirla.

—A ti… a ti te gusta pensar en m-mi como alguien especial…

Las lágrimas que rebosaban en sus ojos corrieron por sus mejillas. Sin siquiera pensar en secarse las lágrimas, se lamió los labios secos y volvió a hablar.

—Sin embargo… N-No soy nada… Realmente no soy na-nada… T-Temía… que lo de-descubrieras…

La expresión de Riftan parecía como si le hubieran dado un fuerte golpe en la cabeza. Max cerró los ojos con fuerza, y las lágrimas corrieron sin cesar por su rostro.

—Aunque muriera… No quería de-decirte la verdad. Yo, yo… No que-quería que lo supieras. Que s-soy… a-así… a-alguien tan pa-patético…

Intentó poner una sonrisa en sus temblorosos labios, pero fracasó, y su rostro se arrugó miserablemente. Brotó un sollozo inquebrantable.

—Yo… yo… Estoy tan avergonzada…

Las manos de Riftan que la sujetaban por los hombros se deslizaron y cayeron. Max acurrucó más su cuerpo y se cubrió la cara manchada de lágrimas con los puños. Otro sollozo reprimido escapó de sus labios. Se sentía más avergonzada que el ser sometida desnuda en medio de la plaza de un pueblo. Ante sus ojos, quería verse como la dama más noble del mundo. Era mejor que él la viera como si estuviera deslumbrante. No quería parecer tan miserable, desdichada y patética.

Lloraba incontrolablemente, temblaba y jadeaba como si tuviera algo caliente alojado en la garganta. Su rostro arrugado estaba empapado en lágrimas calientes, no podía controlarse en absoluto. Mientras agarraba con fuerza las sábanas y cerraba los labios, oyó una voz vacía sobre su cabeza.

—Tú… has estado en mi mente desde entonces.

Max hizo una pausa y levantó la cabeza. Riftan tenía una expresión de desconcierto en el rostro y los brazos caídos sin poder hacer nada. Murmuró sus palabras como si se estuviera confesando con ella.

—No hubo un solo momento en que no pensara en ti. Incluso cuando no sabías que existía en este mundo, eras lo único que tenía.

—Ah…

Ella no entendía lo que decía y sus labios temblaban. Lágrimas amargas y saladas se filtraron en su boca. Su aspecto miserable se reflejaba en sus ojos desolados.

—Cuanto más te anhelaba, más inútil se volvía, aunque me sentía miserable… no podía parar.

Los labios de Riftan se crisparon ligeramente.

—Muchas veces, muchas veces pensé en abandonar. Pensé que debía dejarlo ya. Cuanto más pensaba en ti, más solo me sentía. Estaba solo, sin importar con quién estuviera. Muchos días, intenté deshacerme de mis pensamientos sobre ti. Me dije que dejara de desear a alguien que no podía alcanzar. Una y otra vez, decidí parar… pero cada vez que volvía en mí, siempre estaba persiguiéndote.

Se apretó el puño contra la frente y cerró los ojos con fuerza.

—No creo que mi corazón sea mío. Desde el momento en que te vi por primera vez, ya no era mío. Y sin embargo… cómo pudiste no ser nada. Cómo pudiste no ser nada…

Max miró sin comprender sus hombros, gruesos como muros de hierro, temblando ligeramente. La cabeza de Riftan colgaba débilmente, como un hombre que hubiera entregado al enemigo lo que había estado protegiendo todo el tiempo. Ella, que contemplaba la precaria figura desde la distancia, alargó lentamente la mano y le abrazó la cabeza contra el pecho. No sabía qué decir. Max se limitó a gritar su nombre una y otra vez. ¿Cómo podía ser tan frágil, esta tan desconsolado, tan apenado? Mientras ella se hacía añicos delante de él, Riftan también se rompía en pedazos delante de ella. Su cuerpo se apoyó indefenso contra ella. Sus sombras a contraluz no podían parecer más lamentables.

Sus cuerpos cayeron sobre la cama como los escombros de un muro que se derrumba. Max enterró la cara contra su hombro frío. Ahora ni siquiera sabía por qué lloraba, simplemente frotó su húmeda mejilla contra su oscuro cabello, derramando la vieja angustia amontonada en su pecho. En la oscuridad, yacían y se abrazaban inmóviles.

YukiroSaori
T..T oooow. Este cap me hizo llorar mucho

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