Ya no te amo – Capítulo 52

Traducido por Melin Ithil

Editado por Sakuya


La atmósfera indiferente y elegante hacía que pareciera que podría desmoronarse fácilmente, pero sus labios rojos obstinadamente cerrados y sus ojos y rasgos faciales afilados, hicieron que su presencia fuera más vívida a medida que los alrededores se iluminaban.

—¡Su majestad! ¡Realmente se merece el nombre de Hermion! —Quizás no era solo la impresión de Niveia, la propia criada a su lado le dio una generosa admiración.

Se trataba del nombre que Vetrlang le había dado a Niveia en su registro familiar.

Niveia Hermion Vetrlang.

Ahora ese era su nombre, Hermion, la antigua palabra para “aquella que brilla”. En Thierry, la tierra del sol, ser nombrada como aquella que brillaba, significaba el afecto ceremonial. Incluso el príncipe heredero no llevaba la luz en su nombre, por lo que no era necesario explicar cuánto revuelo causó en el mundo social cuando se escuchó el nombre que le dieron.

No tiene sentido para mí.

Apartó la mirada de sí misma en el espejo, al escuchar los golpes en la puerta desde afuera.

—Su alteza, Hermion, su majestad está por comenzar la ceremonia.

♦ ♦ ♦

La puerta del salón de baile era probablemente el lugar más espléndido en el palacio real, tenía un nivel de grabado sorprendente.

Se quedó contando el número de flores talladas en el borde de la misma. Era aburrido, pero no había nada como estar lejos de una fiesta de té o un salón de baile, era la forma con la que a menudo pasaba el tiempo.

Ciento cuarenta y ocho… cuarenta y nueve.

Ella era la protagonista de la ceremonia y debía aparecer de última. Vetrlang apenas había anunciado el matrimonio y gracias a eso, ella estaba aprendiendo más sobre la puerta que cualquiera. Las flores parecían haber sido grabadas con el mismo patrón una y otra vez, pero si se miraba de cerca, eran diferentes en tamaño y forma. Por supuesto, era mucho más divertido que contar las mismas piezas triangulares pegadas en el techo del salón de baile.

—… Por lo tanto, estoy dispuesto a aceptar la solicitud de Joachim XII de poner fin oficialmente a la larga disputa entre Vinfriedt y Thierry, y bendecir el futuro de la pareja recién casada.

Un aplauso estalló en el interior del lugar para cuando Niveia alcanzó a contar hasta ciento cincuenta y dos. También significaba que era su turno de entrar.

La doncella, esperando levantar el largo velo nupcial, puso su mano sobre ella.

—Mi señora, colóquelo en su hombro.

—Quítame las manos de encima. —Dijo de inmediato. Su voz era deliberadamente afilada y no se asemejaba en nada a su lánguida y suave voz. Eso se debía a que no era inmune a ese tipo de contacto íntimo, pero, sobre todo, odiaba la sensación de ser presionada. Una sensación de que algo la reprimía, una profunda impotencia.

—¡Niveia Hermion Vetrlang de Thierry, entra!

Era hora de acabar con esto. Sonrío con amargura y salió con la puerta abierta de par en par, seguida de un aplauso vertiginoso. Con cada paso que daba en la alfombra roja, las flores se llenaban de polvo de cristal. Se habían rociado pétalos y el velo ondeó agradablemente sobre los omóplatos. Se paró frente de Vetrlang al borde de una alfombra roja que no era demasiado larga. Frente a ella estaba Arendt, que previamente había entrado por la otra entrada. Cuando sus ojos se encontraron, la saludo con la mirada.

Hola, cariño.

Sí, hola.

También lo saludó cerrando y abriendo lentamente sus ojos, sin siquiera imaginar cuantas veces Arendt había tenido que aguantar la respiración para poder decirle “hola” tan casualmente y con calma, además de que tuvo que contenerse para no decirle lo hermosa que se veía.

No había nadie que pudiera enfriar la brecha entre los dos. Además, habría sido posible que se saludaran en voz alta, pero ahora estaban en plena ceremonia y dado que la fecha del matrimonio se había decidido antes del anuncio de solicitud de matrimonio nacional, los invitados estatales del extranjero estaban prestando especial atención.

En una situación como esa, estaba segura que podría morir por la incomodidad y la necesidad de descanso, pero él estaba tan sereno, seguramente un hábito de haber sido gobernante toda su vida. No tenía tiempo para admirarlo así, se estaba llevando a cabo una sencilla ceremonia en la que el oficiante había entregado un simple voto de matrimonio sin siquiera tomar un respiro y compartió los anillos como señal de juramento.

Al ver a la persona a la que le sostenía la mano mientras compartía el anillo, Vetrlang recitó un breve mensaje. Incluso si se trataba de un matrimonio nacional, apenas había desviaciones de la ceremonia matrimonial.

—Seré lo marchito en el desierto en el que te encuentres y cuando llegue la noche, nos cuidaremos cuando los ojos del otro se oculten. No habrá razón por la que la luna nos deje, será un honor estar el uno con el otro.

Como si no quisieran que olvidaran el juramento, al final del discurso volvieron a estallar los aplausos. Al tiempo, significaba que la bulliciosa ceremonia había terminado. Para ella, había terminado tan pronto que rápidamente se sintió avergonzada, no como para las otras personas que habían compartido una larga ceremonia.

Entonces, ¿podemos ir a la recepción ahora?

Después de todo, las personas a saludar, eran en su mayoría personas vacías, por lo que esperaba que Arendt se encargara de ello. Lo miró como haciendo la petición. Sin embargo, él pareció malinterpretar el significado de su mirada. Envolvió sus brazos alrededor de su cintura, inclinó su cabeza y la presionó ligeramente contra su frente, susurrándole en voz baja y cosquilleante.

—Quisiera que estuviéramos solos tú y yo en esta ceremonia.

¿Qué quería decir? Quiso interrogarlo levantando la cabeza para encontrarse con su mirada.

Él siempre estuvo atento a las preguntas de ella, sin tener que ser pronunciadas, pero, por alguna razón, esta vez no respondía con una sonrisa amable.

¿Por qué?

Inclinó la cabeza y volteó su rostro, luego se encontró con los ojos del marqués de Solen que la estaba mirando. En un instante lo entendió.

Estoy cansada.

En lugar de asentir, parpadeó, fingiendo levantar la cabeza y le susurro al oído—: Yo también.

Tan pronto como dio su respuesta, los latidos del corazón contrario se aceleraron.

Parece muy cansado.

Trató de asegurarse de entenderlo.

♦ ♦ ♦

La recepción fue común, pero aburrida, sin embargo, al mismo tiempo le pareció una experiencia refrescante. Era lo suficientemente nuevo para ella, fue reconocida y se le acercaron de manera amistosa. Entre ellos estuvo Liat, el primer ministro de las potencias aliadas de Aspodel, a quien conoció por primera vez en la reunión en el principado de Silas.

—No sabía que tenías una relación con el primer ministro de Aspodel. —Después de la recepción, recibiendo una simple recompensa de Vetrlang, pronunció esas palabras, sorprendido, de camino al carruaje.

Sorprendentemente, lo mismo ocurría con ella.

—Ni siquiera sabía que podía recordar todos los nombres, todo estaba en el mismo lugar.

—¿Te refieres a la conferencia del principado de Silas?

—Sí.

La reunión del principado no había sido cualquiera. Reunir a los invitados estatales de cada país en un solo lugar era una tarea muy peligrosa, por lo que no se llevaban a cabo la mayor cantidad de reuniones posibles. Así que las reuniones a las que cada uno asistió eran de diferente índole. Naturalmente, él no sabía que ella había asistido a la reunión, lo supo después de que le preguntó cómo es que ella sabía la segunda condición. También, era poco probable que la hubiera tomado en serio el primer ministro.

Aparte de que no fue una figura central en el encuentro, solo había podido asistir con la tarjeta de presentación de “Asistente de Wistash”.

Quizás hubiera sido diferente si el duque hubiera ido en persona.

Posiblemente la memoria del primer ministro Liat había decaído.

Inclinó su cabeza y sus pasos ya la habían llevado a la puerta exterior del palacio imperial.

—Primera parada. —Arendt le susurró suavemente—. Tienes que sonreír en cuanto salgas por esa puerta y hasta que entres al vagón.

—No pueden dejar de fantasear con el romance. —Estaba un poco tarde con sus pensamientos, pero asintió con la cabeza.

La distancia al carruaje no era muy grande, pero al mismo tiempo era una distancia importante. Esto se debía a que era el momento en el que la gente se mostraba como pareja por primera vez.

—Si estás nerviosa, puedes apoyarte en mí.

Ella lo miró siendo amable nuevamente y negó con la cabeza.

—¿Tú estás nervioso estando a mi lado? —Se detuvo.

Al final de sus palabras, los soldados abrieron las puertas del palacio imperial.

| Índice |

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.