La gota de esperanza – Capítulo 10

Escrito por Grainne

Asesorado por Maru

Editado por Sharon


Gina despertó en una ciudad destrozada con un cielo completamente gris que parecía rodeada de nubes de lluvia. Sin entender en dónde se encontraba, decidió comenzar investigando el lugar.

Observó el espacio a su alrededor. Edificios se elevaban entre la niebla espesa, y por sus ventanas se dejaban ver sombras en movimiento. Parecían figuras humanas que pasaban por los alrededores o que interactuaban entre ellas, pero no sabía con exactitud qué o quiénes eran.

Se comunicaban y se acercaban, cada una moviéndose como personas. Finalmente, se percató de una figura que reconoció con facilidad debido a la postura, y que pertenecía a un hombre de cabello largo y descuidado.

Se incorporó corriendo hacia él para abrazarlo, pero al intentarlo, descubrió anonadada que sus extremidades lo atravesaban. Pasó sus manos por la sombra masculina que no le prestaba atención, y lanzó un suspiro derrotado cuando entendió que parecía imposible contactarse con él. En su desesperación, volvió a intentar mantener el contacto físico una y otra vez.

Incluso intentó aferrarse a él.

—¡Papá! —Su grito hizo eco en el gran espacio desolado mientras se arrodillaba en el suelo y lo golpeaba, esperando una respuesta de la sombra de su padre.

Luego de mucho insistir, se sentó sobre una piedra y observó a la sombra caminar por los alrededores. Nunca antes se había sentido tan sola, y que el lugar estuviera pintado de colores grises e inundado por la niebla que solo parecía disminuir sus esperanzas no ayudaba. Estaba frente a la figura de su padre y no podía hacer nada, ni siquiera las lágrimas brotaban ante la ansiedad de ser incapaz de poder contactarse.

Y de repente, sintió un brusco movimiento en su interior que no tardó en comprender. Con una expresión estupefacta, se dio cuenta que aquella sensación venía de su vientre, el cual sobresalía de su fina cintura. Acercó su mano lentamente al lugar y lo acarició con temor. Casi de inmediato, algo se movió en respuesta a su toque.

Sus manos temblaban a medida que se abrazaba a sí misma, y sin darse cuenta, la idea de que era un embarazo no deseado entró en su mente. Decidiendo dejar de lado el asunto, se levantó con cuidado y decidió caminar por el lugar, cuando repentinamente sintió unas pisadas seguirla, las cuales hacían temblar el suelo a su paso. Se dio vuelta y se encontró con un demonio de gran altura con enormes cuernos negros enrollados y una piel verde oscura con escamas puntiagudas del mismo color que sobresalían de sus brazos y espalda. Éste era de aspecto robusto y amplio, y caminaba con sus piernas gruesas pero cortas.

Por unos instantes, la pelirroja se quedó paralizada ante el miedo y la desesperación, pero rápidamente su entrenamiento entró en acción y corrió con todas su fuerzas a pesar del peso de su bebé. Sin embargo, el enorme demonio logró tirarla al suelo con unos pocos de sus enormes pasos temblorosos. Cuando alcanzó el pequeño cuerpo de la pelirroja, la empujó con ganas, provocándole un dolor infernal. Intentó arrastrarse con movimientos apresurados y dolorosos mientras evitaba verle a la cara, sin dejar de llorar con la esperanza de poder sobrevivir.

Lamentablemente, el demonio la pisó con una de sus enormes patas con alargadas garras. La pobre pelirroja soltó un gritó ahogado del dolor mientras sentía el crujir de sus huesos. Para su suerte, el bebé en su vientre era protegido por el líquido amniótico.

No obstante, cuando su vientre comenzó a hundirse contra el frío suelo, el dolor subió por su espina y abrumó sus sentidos. Sus gritos parecían interminables. Cada sonido de rotura en su débil cuerpo era un infierno. Finalmente, su sangre fluyó en compañía de sus saladas lágrimas, y perdiendo la batalla contra el enemigo, el vómito salió sin parar junto con la explosión de los órganos internos.

A pesar de que el demonio parecía inmóvil, la presión contra el débil cuerpo aumentó y su rostro monstruoso apareció repentinamente a su lado, intentando ver a su presa. Gina pudo ver los ojos de la bestia, unos ojos verdes incandescentes con pupilas finas como de un lagarto. Estaba asustada pero resignada a morir. Entonces, cerró sus ojos esperando lo peor.

Su pierna fue separada con fuerza de su cuerpo por las enormes manos del demonio, quien no paraba de reír entre rugidos monstruosos.

Rodeada por un charco creado por su propia sangre, Gina perdió la conciencia sin dejar de sufrir.

♦ ♦ ♦

Se despertó en su habitación con exaltación, tocando su vientre con gran dolor y terror. Sus gritos se escucharon por toda la casa, y en unos minutos, su padre, Larry, Bianca y Guillermo entraron alarmados a su habitación. David comprendió la situación de inmediato, y se acercó a tranquilizarla como siempre lo hacía, acariciando su cabeza dulcemente y repitiendo con ella los ejercicios de respiración.

Una vez sintió que su hija había pasado el estado de terror absoluto al que parecía entrar cada vez que despertaba de sus pesadillas, miró a los demás, que no sólo no se habían retirado, sino que miraban a la pequeña familia con una mezcla de preocupación, confusión y simpatía.

—¿Podrían salir un momento? —dijo David con fastidio ante su presencia mientras Gina escondía su rostro bañado en lágrimas—. Esto no es un espectáculo.

Esas palabras despertaron a todos del estupor en que la vista pareció haberlos inundado. Larry no podía parar de voltearse preocupado a la vez que seguía a los demás fuera de la habitación. La impotencia le envolvió. Sentía unas inmensas ganas de ayudar, pero no saber la forma de tranquilizarla le hizo sentirse inútil. Solo llegó a ver como ella se aferraba con fuerza contra el cuerpo de su padre, como si fuera una necesidad sentir su existencia, antes de que las puertas se cerraran y él quedará afuera por completo.

Cuando Gina logró mantener la calma, miró el rostro de su padre con agradecimiento.

—¿No puedes dormir conmigo? —le dijo en un tono de voz desconsolado, observándolo con sus ojos negros llenos de lágrimas y pellizcando su camiseta. David no pudo evitar compararla con los días de su juventud, cuando situaciones parecidas los mantuvieron a ambos despiertos hasta pasada la madrugada. A pesar de los años que pasaran y lo mucho que creciera, ella seguiría siendo siempre su niñita, y en estos momentos se veía desamparada.

—Cariño, intenta… —suspiró mirándola con pena mientras ella inflaba sus cachetes—. Sé que puedes controlarlos, confío en ti. ¿Quieres que te traiga agua?

La joven pelirroja negó con la cabeza, y tras una última mirada, lo soltó.

 —Me quedaré, si eso quieres…

—¿Y me cantarás la canción de cuna? —preguntó burlona.

—No tengo mi guitarra, así que eso no sucederá —respondió con sinceridad, detectando que bajo la fachada de comedia su hija hablaba en serio.

—Estaba bromeando, buenas noches —dijo, y con una última mirada a su padre, se acurrucó entre las sábanas dándole la espalda.

—¿Volviste a tener 4 años? Siempre tan testaruda —respondió acariciando su cabello. No recibió respuesta ya que ella intentaba conciliar el sueño.

Al salir, David fue invadido de inmediato por el resto de los preocupados residentes de la casa. Les dirigió una mirada de molestia, pero suspiró intentando calmar sus ganas de golpearlos. Sin embargo, no pudo evitar lanzarle una mirada afilada a Larry con su instinto de padre sobreprotector al máximo. El muchacho sólo pudo retroceder con el rostro pálido al detectar sus sentimientos en su contra.

—Esto suele suceder algunas noches. No entren todos juntos la próxima vez, por favor —dijo con gran seriedad y una expresión que intimidó a los demás. El único que se mantuvo delante suyo sin vacilar fue Guillermo.

—Perdona, nos hemos preocupado ante los gritos. Pero gracias por explicarnos, la próxima no entraremos ni nos levantaremos —dijo, y David asintió con la cabeza.

—Y-Yo quisiera… —tartamudeó Larry ante la intimidante mirada del padre sobreprotector—. Quisiera saber como tranquilizarla por si no estás… En algún momento… ¡En el futuro! ¡En mucho, mucho tiempo! —agregó rápidamente al ver un brillo malvado aumentando en los ojos del adulto.

David soltó un suspiró mientras Bianca miraba a Larry con una gran sonrisa. Sabía perfectamente las intenciones del joven español.

Pensando en la explicación que David les había dado, Larry se sintió confundido y sorprendido a la vez. Nunca había conocido a alguien que llegara a sentir los dolores en los sueños. Sentía pena y preocupación por Gina.

Alguien tan joven no debería pasar por tanto sufrimiento, pensó el joven español.

—Debe ser difícil para ella lidiar con ello —exclamó Larry hacia David con pesar cuando quedaron solos en el corredor, ya que los demás se habían retirado a sus habitaciones a dormir.

—No sabes por lo que ha pasado mi hija —respondió.

—Lo sé, Mar-, digo, David —Larry desvió la mirada nervioso, pero David percibió el interés que tenía hacia su hija.

—Ve a descansar. En otro momento te enseñaré los ejercicios de respiración, por si algún momento no estoy presente. En el futuro. Muy, muy en el futuro —enfatizó mirándole fijamente.

Aunque espero nunca suceda, pensó al mismo tiempo.

El español sonrió ante la confianza, sin percibir la amenaza implícita en el tono de David, y se despidió.

—Ella está acostumbrada a esto. Mientras no se haga daño, esta bien para mi… —dijo David con la mirada en el suelo, esperando que si lo repetía las veces suficientes en algún momento finalmente podría creerlo, y se dirigió a su habitación soltando un gran bostezo.

Mientras tanto, Gina concilió el sueño arropada entre sus sábanas. Esta vez no había edificios ni casas, solo un bosque entre la niebla. Caminó con desorientación entre los árboles hasta escuchar una voz femenina que hacía eco entre los enormes troncos y la espesa niebla. Al divisar unos pies humanos cerca, se escondió detrás de un árbol para observar con curiosidad.

—Azrael, tendremos un bebé —exclamó una mujer de intensos cabellos rojos que acariciaba su vientre con entusiasmo delante de una enorme bestia. Lo único que podía ver de él, eran unos enormes cuernos color hueso que terminaban en punta con un degradé de color negro intenso.

Gina lo observó con gran sorpresa, su mente de guerrera comenzó a pensar de inmediato en el poder del demonio y la manera de vencerlo. De repente, sintió un tirón en su cuello, y al bajar la mirada, se encontró con el collar que Larry le había regalado siendo atraído por las dos figuras frente a ella. Al mirarlo bien, incluso parecía flotar en su intento de acercarse.

Asustada, retrocedió rápidamente, pero tropezó con una de las ramas del árbol y cayó al suelo. Sintió la desesperación y el miedo en su cuerpo cuando los ojos del enorme demonio se dirigieron a ella.

Eran unos ojos felinos negros intensos con pupilas color carmesí que parecieron agrandarse de tamaño al verla. Sin esperar un minuto más, se levantó para huir con velocidad cuando sintió las manos de aquella mujer de cabello rojo agarrar su mano derecha. Era una bella mujer de cuerpo con curvas y cabello largo que llegaba hasta el suelo. Su rostro era muy parecido al suyo, con facciones delicadas acompañado de unos ojos verdes intensos que dejaba hipnotizado a cualquiera.

—Te espero al otro lado —exclamó pasando su pálida mano por la mejilla de Gina. Luego se vendó los ojos, y pasó sus manos debajo de las cintas. Ella escuchó el desagradable sonido de aquellas cuencas desprenderse, dejando caer la sangre por el rostro pálido de la mujer.

La desconocida unió sus manos con sus ojos arrancados mientras Gina observaba con desagrado la sangre correr entre sus dedos. Pero su expresión cambió repentinamente cuando los ojos se convirtieron en una piedra preciosa idéntica al collar que tenía puesto. Gina estaba por decirle algo cuando…

♦ ♦ ♦

Cuando Gina abrió los ojos con sorpresa, su cuerpo estaba completamente congelado. No eran síntomas que le fueran extraños, ya que no era la primera vez que sufría de parálisis de sueño, pero nunca podría acostumbrarse a esto. Incapaz de mover su cuerpo, se dedicó a mirar los alrededores. La poca luz que entraba de su ventana en su habitación oscura pertenecía a la luna.

Soltó un largo suspiro por su nariz. No entendía por qué siempre terminaba enredada entre sueños. En un último intento para descansar con tranquilidad, cerró los ojos esperando dormir en paz.

Para su desgracia, los sueños volvieron. La mayoría eran recuerdos y imágenes del pasado. Muchos de ellos, eran asesinatos de demonios que la dejaron marcada. Y a pesar de que siempre proyectaba una imagen digna de una heroína, lista para derrotar a los malos y salir victoriosa, las batallas dejaban un gran peso en su alma.

En uno de ellos, vio la iglesia donde asesinó con todas sus fuerzas aquel demonio que se hizo pasar por Larry. Aquella imagen se distorsionó cuando el lugar comenzó a arder, y en su lugar pudo ver el cadáver del demonio sin ojos acercándose hacia ella.

—Eres comida, y solo para eso sirves, asquerosa híbrido —le decía.

El rostro de horror de la pelirroja era tal que, en un intento desesperado por escapar, comenzó a manipular su sueño.

Finalmente, llegó a los recuerdos de su infancia con su padre a su lado. El primero era de cuando cumplió quince años. Ese día, su padre la sorprendió con una vieja guitarra mientras intentaba enseñarle acordes y algunas canciones fáciles de tocar.

De un momento a otro, la escena desapareció. Todo se tornó gris y melancólico, y la única persona que pudo observar era su padre con la guitarra en la esquina de su viejo hogar. Él tocaba acordes con tristeza mientras estaba sentado sobre un colchón viejo en el frío suelo de la casa abandonada a medio construir.

Finalmente, David comenzó a cantar unas pequeñas estrofas que, aunque en el sueño no podía escuchar la letra, recordaba a la perfección. La melodía le transmitía una gran melancolía y la hacía regresar a esa época donde su familia sólo estaba formada por dos personas.

«Vi todo el mundo en tus ojos, al menos el atisbo que me dejabas

Pero tus ojos nunca se pueden estirar, 

sobre los límites hechos en piedra»

El David frente a ella siguió tocando con suavidad las cuerdas de la vieja guitarra, hasta que desde un lado del mundo gris apareció una Gina de quince años que se acercó a él. Su padre rápidamente dejó el instrumento a un lado, le dio un beso en la frente y le sonrió.

La Gina del presente observaba sonriendo aquel recuerdo. Fue el único sueño que la dejó descansar.

Despertó al escuchar el camión que todos los días pasaba a la seis de la mañana por la casona. Suspiró mientras acariciaba su cabeza, y observó por la ventana que ya era otro día.

Cansada y derrotada por la cadena interminable de sueños, se levantó con cuidado para ir a desayunar.

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